martes, 11 de diciembre de 2012

LA CONSTRUCCIÓN DE LA CASA RECTORAL DE SOTO DE SAJAMBRE



En 1815 el «mayordomo de la fábrica de la iglesia del lugar de Soto», que era Anselmo de Martino, presenta una petición al juez del Concejo de Sajambre, Don Pedro Díaz de Lerones, en nombre del cura de la localidad relativa a la construcción de una casa rectoral en Soto.  


Según se dice en el documento, tras las visitas pastorales de los años 1786 y 1799, el obispo de León, Don Cayetano Cuadrillero y Mota (1777-1800), había ordenado que el cura se pusiera 


«de acuerdo con los vecinos y traten de hacer la Casa Rectoral siendo pues tan necesaria la residencia del párroco sin la qual no se puede alimentar las almas en lo espiritual» y que «se imbiertan los alcances de la yglesia en la casa Rectoral quedando ésta para la Yglesia».  


Tal alcance o saldo de ganancias obtenidas por la iglesia de Soto parece que se organizó en base a una cantidad que debían aportar los feligreses y la Obra Pía del Arcediano (quizás por poseer propiedades en Soto).


Por lo que sabemos, en 1786 y 1799 Soto no tenía todavía una parroquia propia, sino una vicaría dependiente de la iglesia matriz de Oseja y, aunque la demarcación fuera casi independiente de facto, no parece que lo fuera de iure hasta principios del siglo XIX (1). No obstante, al estar este documento realizado en el año 1815, quienes intervienen en él se refieren al cura de Soto como «párroco» porque en 1815 Soto ya era una parroquia independiente.


Aclarado este aspecto, hay que decir que ni en 1786, ni tampoco en 1799 se llevó a cabo la orden episcopal de construir una casa para el cura de Soto. Y a partir de 1808 el asunto debió quedar paralizado a causa de la invasión napoleónica. Es por eso que una vez expulsados los franceses a finales de 1813, restaurado el absolutismo y devueltos a la Iglesia todos sus privilegios y preeminencias,  quien ya era párroco del lugar reclama a través del mayordomo las cantidades que se adeudaban para construir su casa y que, a pesar de haber sido solicitadas en varias ocasiones, no conseguía obtener de los deudores. Hay que decir que tales deudas eran muy comprensibles por aquellos años, ya que el campesinado español salió absolutamente empobrecido de la Guerra de la Independencia.  


El 3 de agosto de 1815, Anselmo de Martino solicita al juez del concejo que «cite, emplace y embargue» los bienes que hagan falta de los deudores 


«hasta completar la satisfacción de las deudas que la Yglesia tiene a su fabor y contra Don José Díaz de la Caneja, administrador de los vienes de la Obra Pía del Doctor Oseja, contra Manuel González, Ygnacio Posada, Andrés Díaz, José González, Manuel y Juan de Martino, Juan Muñiz, herederos de Thomás Díaz de la Caneja, herederos de Vicente de Martino y todos los demás comprendidos en los alcances de dicha yglesia, obligándoles a todos y a cada uno en particular a la obserbancia de la lei y en especial contra Don José Díaz de la Caneja por la cantidad de quinientos sesenta y cinco reales y veinte y quatro maravedís o lo que resultare de quentas, y los demás comprendidos en este escripto para que, reconociendo cada uno su deuda, paguen dentro del término que el tribunal halle por justo» (Archivo de la Casa Piñán, Sección 3, s.s). 


Todas las personas mencionadas son vecinos de Soto, excepto José Díaz de la Caneja (y Sosa) que aparece aquí como administrador de la Obra Pía del Arcediano. Y a comienzos del siglo XIX había parientes de un Tomás Díaz de la Caneja viviendo en Soto, según indican otros documentos. De lo que no estoy segura es de si el tal Tomás Díaz de la Caneja era el hermano de José o era otra persona llamada de la misma manera. 


El plazo que establece el juez ordinario para que los deudores entregaran su parte es de 48 horas y además bajo la pena de dos ducados impuestos a cada uno de ellos en caso de incumplimiento de la orden judicial.   


Del contenido del documento y de la urgencia de esta decisión judicial parece deducirse que algunos vecinos de Soto ya habían contribuido y que ahora se solicitaba la derrama correspondiente a un grupo de rezagados (o de resistentes, eso no lo sabemos).   

De ser así, lo que sirvió de casa rectoral en Soto hasta el siglo XX debió edificarse poco después del mes de agosto de 1815 y, en cualquier caso, este documento proporciona una fecha segura post quem para datar esta construcción que, por lo que tengo entendido, todavía se conserva.  


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NOTAS

(1) Estos datos están sacados de E. Martino, La Montaña de Valdeburón, Madrid: Universidad Pontificia de Comillas, 1980, n.205, p.151. 

domingo, 9 de diciembre de 2012

NOTICIAS HISTÓRICAS SOBRE EL SAJAMBRE TRADICIONAL: LA QUIJIELLA Y LOS LAVADEROS PÚBLICOS



Bogada que se exhibe en el Museo del Pueblo de Asturias en Gijón.

La quijiella es una de las partes del instrumento doméstico con el que se hacía la colada antes de inventarse las lavadoras modernas. El Vocabulario sajambriego proporciona otras dos palabras relacionadas con el mismo artilugio: la de cernada y cernadero.

Todas ellas son voces utilizadas en Asturias: cernada, cernaderu y queisiel.la, empleándose también el término bogada (1) que debió conocerse en Sajambre como veremos a continuación.

Aunque ya hemos tenido ocasión de hablar de este artefacto en las páginas de este blog, digamos que el mecanismo se componía de un tronco ahuecado o quijiella en el que se introducía la ropa que iba a ser colada. Encima de la ropa se ponía el cernadero o paño que servía de filtro, sobre el que se colocaba la ceniza del llar o cernada. La quijiella quedaba dentro de un recipiente cilíndrico de madera o de piedra llamado bogada que se colocaba sobre un soporte adicional para facilitar el desagüe de la lejía producida al verter agua caliente sobre la ceniza.  



Bogada y quijiella (a la izquierda, en el suelo) que se exhiben en la Colección Etnográfica de Juan Manuel González, en Oseja de Sajambre.

El término bogada está sobradamente documentado en Asturias y en otros lugares de la cornisa cantábrica, como en el lejano País Vasco, según leemos en las ordenanzas municipales de la villa de Lequeitio del año 1486 (2). Esto indica que debía ser una palabra extendida que bien pudo conocerse también en Sajambre, aunque hoy se haya olvidado y se identifique la parte por el todo.

Pero lo más curioso es que la quijiella no aparece en la documentación antes de 1800.  Ni uno solo de los inventarios de bienes de los siglos XVI, XVII y XVIII conservados (y son muchos) mencionan ninguno de los instrumentos domésticos relacionados con la colada. En cambio, a partir de la Guerra de la Independencia empiezan a aparecer en los bienes de difuntos.

Por ejemplo, la vecina de Oseja, María Díaz, muerta en el año 1815 poseía una quijiella y el vecino de Ribota, Manuel Díez, casado con María Redondo y padre de Josefa y de Francisca, tenía en 1816 «dos quijiellas de a media carga».

Nos consta que en España se conocía el uso blanqueador de la ceniza desde la época romana y la Edad Media, y en la literatura de los Siglos de Oro hay suficientes alusiones a la colada como sinónimo del lavado de ropa. Pero a juzgar por lo que sucede en los documentos, mi pregunta es la siguiente: si se conocía la técnica, ¿por qué no aparece ni una sola quijiella en los inventarios de bienes sajambriegos anteriores a 1800 con éste o con otro nombre?  ¿Es que acaso las quijiellas y bogadas se introdujeron en el valle alrededor de 1800?

Algo parecido sucede con los lavaderos públicos, aunque el caso sea diferente. Las delimitaciones de casas, hórreos, cuadras, pajares y caminos en los documentos de los siglos XVII y XVIII son abundantes y, sin embargo, ni en una sola de ellas se menciona un lavadero en ninguno de los cinco pueblos del valle, al contrario de lo que sucede con las fuentes y con los abrevaderos para el ganado. Los lavaderos empiezan a aparecer en los documentos en la misma época que las quijiellas: después de la Guerra de la Independencia.  Pero en este caso la ausencia de lavaderos está justificada. Veamos.

Aunque en la documentación sajambriega, con anterioridad a 1800, no aparece ni siquiera el término lavadero, sabemos que antes del siglo XIX se llamaba así a los lugares al aire libre a los que acudían las mujeres para este fin, fuera un tramo del río, un arroyo o una fuente. De esta manera se utiliza, por ejemplo, en las leyes de la Novísima Recopilación de 1790.  En cambio, lo que hoy llamamos lavaderos públicos, es decir, los recintos arquitectónicos cubiertos con un tejado, con una o más piletas y bancas corridas o individuales, son construcciones que se difunden en el medio rural español a partir de principios del siglo XIX. En este sentido, la fecha de 1815 en la que se registra el primer lavadero sajambriego (3) es coherente con lo que sucedía en otros lugares del norte peninsular e, incluso, podría considerarse como relativamente temprana.

Lo que no nos consta es quién costeó este lavadero, si fue una iniciativa concejil desde el primer momento o si fue edificado por algún indiano acaudalado o por algún prócer local, como haría en Soto Don Félix de Martino un siglo después.

Entre las mejoras urbanísticas del siglo XIX, los lavaderos públicos supusieron un avance importantísimo para el trabajo y la calidad de vida de las mujeres. A pesar de la penosa tarea de la colada, al menos el lavadero les evitaba tener que desplazarse a los ríos o a los arroyos, a veces a las afueras del pueblo, cargando con pesados cestos a la ida y a la vuelta;  y les libraba de tener que soportar las inclemencias del tiempo, especialmente en el invierno con el viento, el frío y la nieve, de rodillas sobre el suelo, encorvadas y metiendo sus brazos en el agua helada.  Tanto era así que en tratados médicos del siglo XIX se reconocen los males que las mujeres desarrollaban a causa de esta lastimosa actividad, tales como sabañones, grietas en las manos, quemaduras y enfermedades reumáticas.  

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NOTAS

(1) Diccionariu de la Llingua Asturiana, disponible on line en www.academiadelallingua.com
(2) Cuando se enumeran las cosas que estaba prohibido hacer durante las festividades religiosas, se dice «e tanpoco que non faga bogada nin lave ropa en ese día, so la dicha pena» (J. Enríquez Fernández et alii, Colección documental del Archivo Municipal de Lequeitio, San Sebastián, 1992). No obstante, al siglo XX llegó llamándose kuba y boketa (J.Caro Baroja, Los vascos, Madrid, 1971).
(3) En Oseja, junto a La Fuentona. El documento dice que ya existía en 1815, así que su construcción tuvo que ser algo anterior.

sábado, 3 de noviembre de 2012

MADERAS UTILIZADAS EN EL MOBILIARIO DOMÉSTICO SAJAMBRIEGO DE LOS SIGLOS XVII Y XVIII



Al ser el trabajo de la madera una industria tradicional, tanto el maderamen de los edificios, como los enseres domésticos de las casas campesinas eran fabricados por los propios sajambriegos sirviéndose de la riqueza de sus bosques como materia prima.  

Las maderas que se documentan para tales usos son las siguientes:

Roble: la madera de roble fue la más utilizada en la construcción y en la manufactura de arcas, escaños y tayuelos. Todas las casas del valle, ricas y pobres, poseían objetos fabricados con este árbol, aunque el roble fue el único tipo de madera que podían permitirse los más modestos, a excepción de los vecinos de Soto de Sajambre. 

Plágano: la madera del plágano comparte el espacio de las viviendas de Soto con el roble, documentándose solo allí arcas de este material. El arce blanco o plágano es un árbol autóctono de Asturias, León y parte oriental de Galicia. En Sajambre debía darse especialmente en Soto, en donde se documenta durante toda la Edad Moderna.  

Fresno:  en algunas casas medianamente acomodadas existían arcas de fresno. Esto se registra sobre todo en el fondo del valle y, en especial, en Ribota. 

Castaño: sucede lo mismo que con el fresno, documentándose únicamente en la vivienda de Juan Fernández de Ribota en el año 1662. 

Cerezo: como sucede con el fresno y el castaño, lo encontramos muy pocas veces en los siglos XVII y XVIII. Hasta el momento solo he visto descrita un arca de este tipo de madera en la casa de un vecino de Pio del año 1714, que también poseía algún que otro objeto doméstico de calidad. 

Nogal: como en la actualidad, el nogal fue en el pasado una de las maderas nobles más apreciadas y más caras. Por eso no extraña que, en el Sajambre del Antiguo Régimen, solo aparezca en las casas de los más acomodados. Así nos lo cuentan varios documentos que hablan del contenido de las viviendas de los Piñán de Cueto Luengo, de los diferentes párrocos que se sucedieron en las iglesias del valle y de los Díaz de la Caneja que fueron herederos y sucesores del escribano Tomás en Oseja.  En estas casas había arcas, escaños, armarios y alacenas de roble, pero también había bufetes, sillas torneadas, bancos, mesas, arcas y otros objetos suntuarios hechos con madera de nogal que acostumbran a calificarse en los inventarios de bienes como buenos, refiriéndose a su alta calidad.

domingo, 14 de octubre de 2012

LA CACÍA DE LAS CASAS SAJAMBRIEGAS ENTRE 1600 Y 1850



Cacía es una palabra de la lengua asturiana que se define en el Diccionariu de l’Academia de la Llingua como conjunto de platos, vasos, cazos, cucharas que hacen el servicio en una casa.  

Vamos a clasificar los preseos domésticos de la cacía por sus materiales, relacionándolos con el nivel económico de quienes los poseyeron, porque los utensilios culinarios fueron elementos de distinción social entre los campesinos y los señores. 

La mayoría de los inventarios de bienes sajambriegos son de una enorme pobreza y sencillez en lo que se refiere a estos objetos, tanto en cantidad como en calidad. El material más nombrado en todos ellos es la madera, siendo los utensilios de palo exclusivos (junto con el hierro) de los hogares más modestos (que eran muchos). 

Los más pobres comen directamente del caldero o del cazo utilizando el pan como plato y como cubierto. En los hogares de nivel intermedio aparece algún plato y alguna escudilla de madera, siempre en número escaso, mientras que el rico utiliza tales recipientes fabricados con palo para uso ordinario, como se especifica en un inventario de la Casa Piñán del 1600: «dos docenas de platos y escodillas de madera, ordinario de casa». 

Madera: cucharas, escudillas, platos, jarros y jarras («dos jarros de azunbre de madera»), vasos («comían por un copito la leche»). Hay que mencionar también en un aparte a la paleta y a la paletilla del horno. 

El cuerno, que debía ser un material aprovechado desde antiguo, se halla escasamente representado en los inventarios de bienes. Nos consta sin embargo su uso tradicional para pequeños vasos, que se documentan como «liaras» en un inventario de 1809. Pudiera ser que las cornamentas fueran más rentables para su venta que para su transformación in situ.

En Sajambre, la cacía de barro es casi inexistente en la documentación de la Edad Moderna y, por lo que parece, se difunde a partir del siglo XIX. A diferencia de los campesinos de la meseta que bebían por jarras de barro, los sajambriegos se servían de jarras de madera hechas por ellos mismos. Y para cocinar los alimentos usaban las calderas y calderos que colgaban de las clamiyeras, pregancias o llarias. La mayor difusión de los recipientes de barro para la cocción se produce a partir del momento en el que empezaron a desaparecer las cocinas de humo. Solo así se entiende la escasísima representación que tienen los objetos de barro vulgar en los inventarios sajambriegos, en donde con anterioridad a 1800 solo aparece algún utensilio aislado en casas ricas o acomodadas. 

Barro: ollas. Las de mayor calidad, por su mejor resistencia al fuego, procedían de Pereruela (Zamora).  

Entre los metales empezamos a encontrar claras diferencias sociales. El más generalizado es el hierro, presente en todas las casas y exclusivo (junto con la madera) de los hogares más humildes.  El cobre se registra sobre todo entre los ricos y los medianamente acomodados, con alguna excepción, como la de «una calderica pequeña de cobre ya traída» que poseían en 1669 Toribio Alonso Blanco y María Amigo, vecinos de Oseja.  Más escaso es el latón, documentado en poquísimas ocasiones.  El estaño solo aparece en los inventarios de la Casa Piñán. El cobre y el estaño están relacionados además con objetos refinados propios de mesas más sofisticadas que las de un campesino.  El oropel se documenta exclusivamente entre los Piñán de Cueto Luengo.  El bronce de los almireces «y sus manos» solo podemos documentarlo en la Casa Piñán y en las casas rectorales.  Y la plata solo aparece entre los ricos, a no ser que alguien guardara la copa del concejo. 

Hierro: caldera, caldero, la cuchara o cucharón («una cuchar de fierro»), el asador («dos asadores de yerro de asar carne», «un caballete de asar carne»), la sartén, la esplena, el cazo y el cangilón, la olla gitana («tres ollas de metal i hierro que llaman jitanas»), la herrada («una herrada para traer agua», «una herrada y su cangilón»). 

Cobre: calderas, calderos, cazos, («dos caços, uno de cobre y otro de hierro»), cazuelas, torteras («dos caços de cobre y una tarta y una caçuela todo de cobre»), chocolateras "clericales" («una chacolatera de cobre»). 

Latón: no se enumera ninguno de los característicos cazos de latón con brazo de hierro antiguos, pues los cazos de las casas modestas eran todos de hierro y los de las casas ricas parece que eran solo de cobre. En 1809 vemos aparecer «una caldera de azófar». 

Estaño: jarros, pichetes o vasos con tapa («çinco jarros y pichetes de estaño»), aceiteras («dos açeiteras de estaño»). 

Oropel: ollas en la Casa Piñán («una olla de estaño oropelada que haçe una puchera»).

Bronce: el almirez o mortero («dos almireçes con sus manos»).

Plata: jarras, tazas, vasos («los vasos de plata los llevó el difunto», refiriéndose a un cura que muere estando de viaje), cuberterías («doçe cucharas de plata y dos tenedores»), saleros. 

La loza solo se documenta en las casas ricas y acomodadas durante toda la Edad Moderna y gran parte del siglo XIX. La cerámica fina que se estilaba en Sajambre era la de Talavera. En los hogares acomodados aparece esporádicamente alguna jarra talaverana, pero en la Casa Piñán y en las de los párrocos había jarras y otros utensilios de más categoría.

Loza: jarros, jarras («dos jarras de Talabera, una quebrada»), fuentes («una almofia de Talabera»), escudillas («una escudilla de Talabera con que se bebe»), platos («tres doçenas de platos y escudillas de Talabera»), saleros («tres saleros de Talabera finos», «un salero de plata y dos de Talabera»). 

Por último, el vidrio es extremadamente raro y, de nuevo, los pocos casos documentados aparecen entre los objetos domésticos de los curas y de la Casa  Piñán.

Vidrio: frasca, frascos («una frasca con doçe frascos de vidrio») y quizás el «pipotillo de echar vinagre» que había pertenecido al Comisario Piñán.