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domingo, 1 de septiembre de 2024

LAS BOLERAS SAJAMBRIEGAS ANTES DE 1830

 

Índice: 1. Un poco de historia previa. 2. Boleras de Sajambre en los documentos anteriores a 1830.  


 1. Un poco de historia previa 


El juego de bolos o de birlos, como era conocido en el pasado (así en el Brocense), hunde sus raíces en la noche de los tiempos. Artefactos encontrados en el Neolítico hacen creer en la existencia de prácticas de puntería y precisión que serían los antecedentes más remotos de este entretenimiento, con variedades que se multiplicaron sin interrupción desde el antiguo Egipto hasta tiempos recientes en todas las culturas del Mediterráneo, primero, y de la Europa germánica después, y cuyo denominador común consistía en derribar objetos a distancia lanzando bolas, que primero fueron de piedra y más tarde de madera. 

Claudine Bouzonnet-Stella y Jacques Stella, Les quilles (1667). 
Fuente: Metropolitan Museum of Art.

En España, de oeste a este y de norte a sur, existieron distintas modalidades de juego como muestran las fuentes históricas y etnográficas; y lo mismo podría decirse de una gran parte del Occidente europeo. A nosotros nos interesa el estilo que se extendió por Asturias y norte de León y que, desgraciadamente, ha dejado poco rastro en la documentación antigua. De ahí que cuando aparece alguna evidencia, resulte más valiosa. Sin embargo, aunque sus huellas escritas sean exiguas, no son inexistentes. En las fuentes judiciales puede hallarse algún que otro testimonio y, como se verá en la segunda parte de este artículo, también en otro tipo de registros históricos. 

Las variedades del juego en León y en Asturias son consideradas de origen céltico y prerromano por algunos o configuradas a lo largo de la Edad Media por otros. Aquellos que niegan su existencia en el siglo XIII basándose en su ausencia en el Libro de los juegos de Alfonso X, copiado en Sevilla en el año 1283, se equivocan en su juicio porque esta obra se dedicó a lo que podríamos calificar, grosso modo, como juegos de mesa y naturalmente los bolos quedan al margen del objeto preferente del tratado alfonsí, que el rey identificó propiamente como libros del açedrex e tablas e dados, que solían jugarse sentados. No obstante, en el prólogo se mencionan otros juegos a caballo y a pie, en ambos casos de forma sucinta y genérica como se puede comprobar: "E los otros que se fazen de pie son assí como esgremir, luchar, correr, saltar, echar piedra o dardo, ferir la pellota e otros iuegos de muchas naturas en que usan los omnes los miembros por que sean por ello más rezios e reciban alegría" (f. 1r del original escurialense).  Ese "echar piedra o dardo" es una referencia genérica a todos los juegos del siglo XIII en los que se tiraban o lanzaban piedras, pues está claro que los  dardos se lanzan a distancia, y recordemos que, en los birlos, las bolas fueron de piedra durante mucho tiempo y todavía en la Edad Media. No hay duda, por tanto, que el juego de bolos quedó incluído de manera genérica en dicha expresión. 

Las menciones documentales del siglo XIV sobre birlos en otras latitudes peninsulares insisten en su práctica en la Edad Media hispana. A partir del XVI se prodigan las alusiones tanto en documentos, como en fuentes literarias, lo que ha hecho afirmar a algunos autores que es entonces cuando se difunde verdaderamente en España el juego de bolos o birlos (1).  Sin embargo, yo me pregunto hasta qué punto esta percepción no será falsa porque con anterioridad a 1500 las fuentes escritas son numéricamente muy inferiores a las conservadas con posterioridad al siglo XVI. Por eso, al aumentar el número y la variedad de fuentes escritas en la alta Edad Moderna, aumenta también el número de hallazgos documentales sobre el juego de bolos. Esto me parece significativo y debiera hacernos relativizar las afirmaciones negativas que se han formulado sobre la Edad Media para nuestro país.   

En esta primera parte de mi artículo voy a referirme a los tres casos más antiguos que conocemos en lo que fue el territorio del antiguo Reino de León que corresponden, en este caso, a Asturias y a la provincia de León, si bien mucho más tarde, ya a finales del siglo XVIII hay algún otro caso en tierras salmantinas. El primer testimonio histórico es ovetense, data del año 1495 y ha sido ampliamente repetido desde que se diera a conocer. El segundo es leonés, ha permanecido inédito hasta el momento y está fechado en el año 1549. El tercero también es inédito, vuelve a ser asturiano y está datado en el año 1554. Como se ve, los tres son muy cercanos cronológica y geográficamente. Ninguno de ellos informa sobre modalidades técnicas concretas que puedan distinguirse en la actualidad, pero sí sobre su existencia y difusión, sobre costumbres relacionadas con el juego o su ubicación en el espacio urbano y sobre aspectos sociales y hasta económicos de dicho entretenimiento. 

1495, Oviedo. Se ha transmitido en una querella interpuesta por Alonso de Quintanilla, contador mayor de los Reyes Católicos, contra Nuño Bernaldo el 17 de julio de 1495 por un agravio acaecido durante una partida de bolos que se había jugado en el campo de San Francisco. La noticia fue dada a conocer por Uría Ríu en 1949 y completada en el año 2000 por Ruiz Alonso (2).  El ultraje que terminó ante la justicia se describe en el documento: "Estando un día del mes de abrill  deste anno de nouenta e çinco en las octavas de Pascua, estando en el campo de San Françisco, que es fuera de la çibdad de Oviedo, que es çerca del monesterio de Santa Clara, mirando cómo Nunno Bernaldo... jugando a los byrlos que dixo el dicho Nunno Bernaldo que avía meado por las armas de Alonso de Quintanilla" (3). En este testimonio consta que apostaban vino y cabritos en las partidas, y se observa algo que sigue constatándose en la documentación posterior: jugaban juntos nobles y plebeyos.   

1549, Ponferrada. Una cincuentena de años después del conocido documento ovetense, en 1549 sucedió otro altercado que terminó en pleito criminal cuando “un día domingo, que se contaran doze días del mes de mayo del dicho año, estando ellos jugando los bolos en cuerpo y sin espadas algunas, en el camino real quanto ha de Las Heras de la dicha villa para La Cruz, extramuros della...” (4). Como en el caso anterior, la partida se juega fuera de las murallas de la ciudad, pero a juzgar por lo sucedido, dicho emplazamiento no debía quedar muy lejos del convento de San Agustín. La única puerta que queda en pie de lo que fue la muralla medieval de Ponferrada se conoce hoy como el Arco de las Heras, tras el cual se encuentra la plaza del Ayuntamiento, lugar en el que se localizaba antiguamente el convento de San Agustín. Así que uno de los lugares donde los ponferradinos del siglo XVI jugaban a los bolos debía estar bastante cerca de dicha puerta.  

Lo que sucedió fue lo siguiente. Tras personarse en la partida Cristóbal de León, su criado Pedro Doria y otros vecinos, todos armados, algunos jugadores les increparon diciéndoles que “qué avían de hazer armados de diversas armas, espadas, broqueles y cascos e piedras e cotas de malla”. La reacción de los aludidos consistió en agredir a Pedro Arias, cuando este estaba “andando en el exerziçio del dicho juego, avaxándose a tomar un bolo, el dicho Antonio Hernández, haziendo lo que le avía mandado el dicho Christóval de León, le tirara con una gran pedrada, con la qual le diera en las espaldas alevosamente”. Tras la pedrada llegaron los golpes y cuchilladas con las espadas: “e una le açertara en las espaldas de que le ronpiera cuero e carne e le avía salido mucha sangre”. El documento narra cómo el tal Pedro Arias se salvó de una muerte segura gracias a la concurrencia de gente que asistía a la partida, lo que le permitió huir y refugiarse en el convento de San Agustín. 

Como dijimos, al igual que en el caso ovetense de 1495, la partida se celebraba extramuros y había en ella una gran cantidad de gente, es decir, era un juego al gusto de la población y con amplia difusión social, lo que indica tradición. Como en 1495, entre jugadores y asistentes se entremezclaban los diferentes estamentos sociales, motivo de conflictos en uno y en otro caso.   

1554, Colloto (Oviedo). Poco después de aquella infausta partida en Ponferrada se documenta otra en Santa Eulalia de Colloto, en Oviedo, donde vemos cómo los habitantes del lugar jugaban en este caso junto a las tabernas, apostaban y eran los taberneros los que guardaban los bolos.

La información procede de otro pleito, ahora contra Juan de Cimadevilla, vecino de Oviedo, por ruidos y alborotos en su taberna a causa de los que jugaban a las cartas y a los bolos y por permitir apuestas “a dos reales de fruta y vino”. Es muy interesante desde una perspectiva económica el descargo de culpas que se argumenta sobre las cantidades apostadas. Se acusa también a María de Mercado porque “siendo la tavernera pública, en su casa avía dado naypes y bolos para jugar”. Al formularse la primera acusación se especifica que “avía en frequençia juego de naypes e volos e otros géneros de juegos e visto el daño e ayuntamiento de gentes e gastos e ruydos que suçedían por los taverneros de naypes e birlos y avía estado dentro de la taverna de Juan de Cimadevilla, en anocheciendo, mucha gente jugando a los naypes e junto a la casa, otros a los volos...” (5). 

Según la acusación, ambos contravenían una real provisión sobre los juegos en las tabernas y además estaban amancebados. De esto último se defienden argumentando falsedad y mala intención porque Juan de Cimadevilla tenía más de 60 años y María de Mercado más de 75. Seguramente y como era habitual en la época, María de Mercado sería viuda y habría heredado de su marido la taberna local.

La real provisión que se menciona debió ser una de las muchas órdenes destinadas a evitar los alborotos y pendencias que este tipo de reuniones sociales traían consigo, especialmente el juego de cartas. Ya vimos hace tiempo en este mismo blog cómo en la Nochevieja de 1670, a causa de una partida de naipes en Oseja, un hijo de Tomás Díaz de la Caneja, llamado Pedro, había dado muerte a navajazos a su primo, Toribio Díaz, quien lo perdonó in articulo mortis, siendo desterrado del concejo el matador. Los casos anteriores de 1495 y 1549 son ejemplo de las disputas y problemas que podía acarrear una partida de bolos. Pero a diferencia de ellos, ahora observamos la ubicación de las boleras en el interior de la población y en la proximidad de las tabernas. La concurrencia seguía siendo nutrida. 

Aunque esta actividad lúdica no haya quedado suficientemente reflejada en los documentos del pasado, es obvio que siguió practicándose sin interrupción y en abundancia en Asturias y en León, por lo que Jovellanos aludió a su práctica en varios de sus escritos, como en la Memoria para el arreglo de la policía de los espectáculos y diversiones públicas y sobre su origen en España, de 1790, y dejó escrito que en la mayoría de los pueblos y lugares de Asturias hay siempre una bolera que es el sitio en donde se reúnen y juegan los vecinos”. Esto también es válido para Sajambre. 


2. Boleras de Sajambre en los documentos anteriores a 1830


Otra manera de documentar el juego de bolos consiste en rastrear pacientemente las delimitaciones de propiedades en contratos, transacciones y negocios diversos transmitidos en la documentación  notarial porque, de existir, las boleras podían utilizarse como referentes espaciales.  Utilizo como fuente para esta segunda parte la documentación notarial sajambriega de los escribanos públicos Gonzalo y Agustín Piñán de Cueto Luengo, José Díaz de Caldevilla y Juan Bautista Piñán. 

Lo lógico sería pensar que todos o la gran mayoría de los pueblos de Sajambre tuvieron boleras en la Edad Moderna y, desde luego, en la época de Jovellanos. Incluso en el siglo XIX y principios del XX se jugaba a los bolos en las majadas de todos los valles de Picos de Europa, práctica que sospecho más antigua. No obstante, en los documentos sajambriegos conservados de los siglos XVI, XVII, XVIII e inicios del XIX solo he encontrado boleras en Oseja y en Vierdes.    

1675, 1703, Oseja (barrio de Las Cortes). En el barrio de Las Cortes quedó el topónimo Huerta de la Bolera porque en dicho lugar se situó una de las boleras de la localidad, que se documenta en 1675. Esto no quiere decir que no pudiera ser anterior. En realidad, debió serlo. Lo que quiere decir es que en tal fecha aparece por primera vez en un registro escrito.   

Ahora bien, en ninguno de los documentos anteriores a 1830 aparece el topónimo Huerta de la Bolera tal y como existe en la actualidad. Lo que aparece es una casa o un hórreo que lindan con la bolera, con el camino de la bolera, etc. Es decir, la bolera del barrio de Las Cortes se usa como referente espacial para situar propiedades. Esto significa que dicha bolera estaba en uso.  

La noticia de 1675 procede del inventario de bienes de María de Cabrero, viuda de Pedro Díez de Viya, efectuado el 10 de septiembre. En él se dice que su casa de morada se situaba en el barrio de Las Cortes junto a los hórreos de Juan y José Bermejo, junto a la casa de los Acevedo y junto “al camino de la bolera”.  

Este camino de la bolera debía ser el mismo que conducía a los molinos de Carunde desde dicho barrio, ya que así aparece varias veces (1693, 1703, 1705, 1706) en documentos relativos a la casa más antigua de los Acevedo. La casa familiar de los Acevedo Villarroel (espero dedicarles un artículo en otra ocasión, sobre todo a los que salieron de Sajambre) o casa vieja se dividió en 1693 en cuatro partes: una pertenecía a Pedro de Acevedo y sus herederos, la segunda era de Gregorio de Acevedo y sus herederos, la tercera de María de Acevedo y de su marido, José Alonso, y la cuarta correspondió a Ana de Acevedo y a su marido, Agustín de Vega. Todo lindaba con la bolera y “con los caminos que van a los molinos de Carunde por bajo y por arriba”.   

Por esta razón, en el testamento de Pedro de Acevedo fechado en 1703 se identifica su vivienda como “la media casa de la bolera que se compone de caballeriça y pajar, bodega y portal que se partió con Juan Bermejo, y dicha casa y bodega es la parte de abajo y linda con casa y bodega de Roque Bermejo y con el camino real que ba a los molinos de Carunde”.   

En consecuencia, en el siglo XVII la bolera del barrio de Las Cortes y del adyacente barrio del Valleyo, que eran entonces, como saben bien los lectores de este blog, los emplazamientos más poblados de la villa, se situaba en medio del caserío y al borde de un camino. No era la vía principal de acceso a la localidad o camino real, como en el caso de Ponferrada, pero esta es una coincidencia que se observa en varios de los casos más antiguos.  

1812, Vierdes.  En un documento de cargo y data relativo a la actividad de Pedro Simón, vecino de Vierdes, durante la tutela de sus sobrinos menores de edad, escriturado el 2 de diciembre de 1812, en plena guerra contra los franceses, se incluyó “la huerta de la volera sita en este lugar, cerrada sobre sí, palmiento como dos carros y medio de abono, tasada en seiszientos y cinquenta reales”.  

Aquí “la bolera” vuelve a ser un referente espacial porque se escribe con minúscula, cuando a lo largo de todo el documento el escribano pone mayúsculas en los topónimos. No debe extrañar a nadie que hubiera huertas en medio de las aldeas, ya que la unidad de poblamiento sajambriego fue la de casa-hórreo-huerta, estando la última a menudo junto a las casas o en su parte trasera. Todavía quedan viviendas con esta disposición en el centro de las poblaciones del valle.  

Este Pedro pertenecía a la única familia apellidada Simón que existió en Vierdes en el siglo XIX, por lo que, si todavía quedan personas llamadas así con este origen, serán sus descendientes o de su hermano difunto, Matías Simón, ya que un tercer hermano, de nombre Toribio, se hallaba entonces prisionero en Francia al haber sido apresado en el sitio de Astorga (tendría que dedicar otro artículo a los héroes sajambriegos que fueron enviados a defender la ciudad de Astorga de los franceses). Pedro tuvo por hijos a Joaquín, Modesto e Isidoro. 

Nada más indica el documento sobre la bolera de Vierdes, pero posiblemente fue la misma que la que hoy existe en el centro de la localidad.  

1827, Oseja (barrio de Caldevilla). En la actualidad, la única bolera de Oseja se localiza en el barrio de Caldevilla, junto a la cabecera de la iglesia parroquial por un lado y frente a la Casa Piñán por otro, en lo alto del muro de contención que se construyó al edificarse la iglesia a mediados del siglo XIX, siendo inaugurada en el año 1855.  

En esta imagen de Google Maps se ve el muro de contención que rodea la iglesia de Oseja. 
Los árboles de la derecha ocultan la bolera actual. 

No sabemos con exactitud cuánto tiempo le llevó al obispo de Oviedo, Ignacio Díaz-Caneja y Sosa, construir la actual iglesia parroquial de Oseja y remodelar todo su entorno, aunque estoy convencida de que todo el proceso se podría detallar rastreando los planos y los documentos que deben conservarse, probablemente, en Oviedo. Si partimos de la creencia popular de que don Ignacio acometió la obra cuando ya era obispo, para lo que fue nombrado en 1848, habría que considerar que la nueva fábrica de la iglesia, el pórtico, el cementerio, el cercado del recinto y los muros de contención del perímetro por los lados del cementerio, de la bolera, del camino y de La Cortina debieron hacerse en esos siete años como marco cronológico general. En cambio, la noticia de una bolera en el barrio de Caldevilla es anterior a esa obra, en concreto de 1827, por lo que antes de los trabajos efectuados en la iglesia y en sus aledaños ya existía una bolera en Caldevilla. Pero, ¿dónde estaría entonces esa bolera? 

En el inventario de bienes de José Rodríguez se describe una de sus propiedades de la siguiente forma: “En la casa de avitación de el padre del difunto, donde al presente vive su hermano, Santiago Rodríguez, en el barrio de Caldevilla, a la parte que de ella pertenece a la volera y hacia la de don Juan Piñán, tiene este difunto 80 reales de vellón”.  Esta bolera es, de nuevo, un referente espacial para identificar la parte de una casa orientada hacia dicho lugar. También es un referente espacial la “casa de don Juan Piñán”, que corresponde a la casa palacio de los Piñán de Cueto Luengo. Por tanto, la propiedad de los Rodríguez se encontraba en Caldevilla, cerca de la Casa Piñán y cerca de una bolera que estaba en uso. Por exigencias del juego, el lugar tenía que ser forzosamente llano y despejado, y sabemos que entre la iglesia y la Casa Piñán pasaba el camino real que procedía del Puerto de Pontón y que al lado del palacio de los Piñán había más caserío, con hórreos y con huertas. ¿Dónde se ubicaría exactamente aquella antigua bolera? 

En la documentación conservada de la Edad Moderna no se mencionan accidentes geográficos en el entorno de la iglesia, aunque relacionado con ello debe estar el “allizaze petrinia” del documento que delimita el coto del “monasterio” altomedieval de Santa María de Oselia. Un alizace es una hoya, foso o barranca y el epíteto petrinia especifica su carácter rocoso. Antes de la remodelación del siglo XIX existió una depresión o corte natural en el terreno, con roca o pared de piedra, que más tarde se aseguró con muros de contención, bajo la cual debió construirse el templo primitivo de Santa María de Oseya. Lo que está claro es que el actual muro de contención, sobre el que está la bolera, es del siglo XIX y que lo que hoy es el pórtico que rodea toda la iglesia fue aplanado y cercado en la misma época. También son de ese tiempo los restantes lienzos de muro, casi siempre de contención. De manera que la fisonomía del terreno antes de 1848 debió ser similar a la actual, con la iglesia situada en un nivel más bajo que el del resto del caserío de Caldevilla y en un lugar rodeado, al menos en tres de sus lados, por tajos rocosos naturales, en cuyo centro se edificó la iglesia prerrománica y en 1621-1636 la capilla funeraria de Santo Domingo.  Entre dicho emplazamiento y el caserío documentado discurría el tramo del camino real que bajaba del Puerto de Pontón. Así que la antigua bolera de Caldevilla de 1827 debió ubicarse a un lado de aquel camino, si no en el mismo lugar en el que hoy se halla, no muy lejos de allí. Lo que no sé es si la construcción de la carretera actual a finales del siglo XIX le afectó de algún modo y si entre los cultivadores sajambriegos del juego tradicional de los bolos se ha transmitido algún tipo de memoria al respecto. 

La mucha población que tuvo Sajambre con anterioridad a mediados del siglo XX y Oseja en particular, explican la existencia de dos boleras en momentos concretos, sobre todo considerando la distancia que existe entre los barrios de Caldevilla y de Las Cortes. Los dos eran también lugares muy poblados, junto con el barrio de Quintana, del que no se tiene noticia de bolera propia.  

 

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NOTAS

(1) J. G. Ruiz Alonso, Estudio de los bolos en Asturias: aspectos histórico-culturales, modalidades, elementos y materiales de juego. Tesis doctoral, Universidad de Granada, 2000, pp. 53-58.

(2) J. G. Ruiz Alonso, Estudio de los bolos en Asturias, pp. 66-67. 

(3) Archivo General de Simancas, Cámara de Castilla, núm. 10. 

(4) Archivo de la Real Chancillería de Valladolid, Reg. Ejecutorias, 707, 13, ff. 1r-2v.

(5) Archivo de la Real Chancillería de Valladolid, Reg. Ejecutorias, 823, 21, ff. 1r-3r.

 

domingo, 21 de marzo de 2021

EL CULTIVO DE LA ESCANDA EN SAJAMBRE

 

En casi todas las panaderías actuales de Asturias se vende pan de escanda tras haberse recuperado un alimento tradicional de la región. De hecho, la escanda o trigo silvestre de invierno, fue la única variedad que podía cultivarse en los suelos pobres y ácidos de estas tierras septentrionales y montañosas porque, a diferencia del trigo común, la escanda se adapta muy bien a los suelos poco profundos y a los climas fríos y húmedos. Su cultivo obligaba a un mayor trabajo y atención durante todo el año, especialmente por la necesidad de eliminar constantemente las malas hierbas, pero proporcionaba un cereal panificable más digerible y nutritivo por su alto contenido proteico que otros tipos de granos también utilizados para el consumo humano en el pasado, como la cebada.

La siembra se hacía a voleo en los últimos días del otoño, normalmente en el mes de diciembre, utilizando las semillas con su cáscara. Se recolectaba en verano, separando las espigas de la caña que se ponían a secar en el hórreo entre una y dos semanas hasta, finalmente, aislar la cáscara del grano.   

La escanda podía ser de los tipos Triticum dicoccoides o Triticum spelta,  de los que existe evidencia en el norte peninsular desde la Edad del Hierro. Estas fueron las únicas variedades de trigo que podían cultivarse en Sajambre por las características de sus suelos. Por eso, cuando en muchos documentos solo se habla de tierras sembradas de “trigo”, usándose el término como voz genérica sin especificar variedad, debe entenderse que se trata de escanda. Además, cuando se menciona el tipo, siempre es escanda.     

En Sajambre se han conservado registros escritos del cultivo de la escanda desde el año 1179 hasta el siglo XIX, sin que sepamos con seguridad cuándo dejó de cultivarse. Quizás esto sucediera en la época decimonónica, tras la introducción de la patata, la mayor extensión del cultivo del maíz y un mayor aporte de cereales de la Meseta. Pero con certeza no lo sabemos, como tampoco sabemos si en épocas de hambrunas o dificultades económicas se recuperó su cultivo.  

La documentación judicial proporciona algunos de los casos más expresivos, como en las denuncias y querellas presentadas el 19 de enero del año 1666, cuando el vecino de Oseja, Pedro Díaz de Caldevilla, “se querelló de los dueños de las seves y xetos de Hu de Cossia, que está senbrada de escanda, y por estar patentes se destruyó el pan, mandó el juez dé información y que se bayan a ver las seves. Fueronlos a ver Luis Alonso, de hedad de 62 años, Matheo 42 y Cosme Díaz de 50 años. Dixeron estar avierto un xeto de Torivio de Suero, otro del querellante, Bernavé otro, Pedro Simón y yerno de Pedro Redondo otro”.  O sea, por quedar abiertos los cierres de Juncusía se destruyó el sembrado de escanda que tenía Pedro Díaz de Caldevilla.

El mismo año de 1666, el 1 de marzo, Juan Díaz de Vega, vecino de Soto, se querelló del “beçero y guarda de las cabras del barrio de Las Escortes, del lugar de Osexa, por dicir le destruyeron con la veçería de las cabras de dicho barrio la tierra de Monarga de este querellante que, al presente, tiene senbrada de escanda, y se quitaron más de dos fanegas de escanda del fruto”, es decir, que la escanda sembrada en Monarga en el mes de diciembre ya había germinado y tenía espigas o grano a principios del mes de marzo.

A estos sembrados de Oseja y Soto, se suman los de Ribota, los de Pio o los de Vierdes, como este otro caso documentado el 31 de marzo de 1677 en una prueba testifical: “…si es verdad que el año próximo pasado de setenta y çinco… abrió la dicha hería de Teba que estaba sembrada de escanda y muy nacida, metió en dicha hería su ganado a pastar dicha escanda a bista de toda la beçindaz”.  Nuevamente, en marzo la escanda estaba "muy nacida".

Cien años antes, entre 1579 y 1584, todos los vecinos de Sajambre declararon su productividad anual ante el escribano del rey, Diego Fernández de Cueto Luengo, en un documento que fue enviado a la Hacienda regia por orden de Felipe II.  Las declaraciones al completo se conservan en el Archivo General de Simancas. En ellas puede verse cómo todos los vecinos de Sajambre, excepto los pobres de solemnidad, sembraban escanda. Proporciono, a continuación, un par de ejemplos de cada pueblo. Como se verá, se les pregunta por su producción anual en seis años, que corresponden a 1579, 1580, 1581, 1582, 1583 y 1584. Con respecto al cereal panificable que daba la tierra declaran lo siguiente.   

OSEJA

Pedro de Gonçalo, vecino del dicho lugar de Osexa, y Juan de Gonçalo, su hijo, que biben y moran juntos y tienen sus bienes juntos en una cassa, y dixeron que senbraron cada uno de los dichos seis años tres fanegas (1) descanda  y dos de zebada, de los quales coxieron cada año a razón de quatro fanegas cada una, que suman diez y ocho cargas descanda en los seis años y doçe cargas de zebada”. 

Suero de Vierdes, vecino de Oseja, “senbró una fanega de escanda y otra hanega de zevada. Coxió a raçón de quatro hanegas de cada hanega, que son en los seis años seis cargas de escanda y seis de zevada”.

PIO

Juan de Redondo, padre, y Juan de Redondo, hijo, “senbraron en cada uno de los seis años dos hanegas de escanda y zebada. Coxieron cada un año de cada hanega quatro, que suman en los seis años quarenta y ocho hanegas de todo pan”.

Alonso del Collado, padre, y Alonso del Collado, hijo, “en cada uno de los seis años sembraron dos hanegas de pan de escanda y media de zebada. Cogió en cada un año dos cargas y media de pan que son quinçe cargas en los seis años”.  

SOTO

Gonzalo Piñán “de los seis años sembró dos hanegas de escanda y una de zebada. Cogió cada año tres cargas de pan, que suman diez y ocho cargas en los seis años”.

Diego de la Caneja, “senbró una fanega de escanda y una de zebada. Cogió cada año dos cargas de pan”.

RIBOTA

Juan Fernández, “senbró el año de setenta y nuebe y los demás años de los seis que se haze la aberiguación, senbró dos hanegas de pan, una de escanda y otra de zebada; y coxió en cada coxeta de las dichas seis coxetas dos cargas”.

Pedro Díez, es pobre, “en cada uno de los seis años sembró media hanega de escanda. Cogió cada año media carga”.

VIERDES

Juan de Biya, “en cada uno de los seis años senbró media hanega de escanda, cogió cada año media carga que son tres cargas en los seis años”.

Juan Díez “en cada uno de los seis años senbró hanega y media de pan, una hanega de escanda y media de zebada. Cogió cada año desto carga y media de pan”.  


Obsérvese, en este último caso (y en otros anteriores), cómo el término “pan” se usa como voz genérica para todo tipo de cereal panificable y compruébese también cómo, entonces, hacían pan (seguramente mezclado) con cebada. La cebada para consumo humano sigue documentándose en Sajambre en la primera mitad del siglo XIX. 

El genérico “pan” se usó con mucha frecuencia en la documentación desde la Edad Media. Véase a continuación cómo se sigue empleando “pan”, nuevamente como sinónimo de escanda, en una denuncia hecha en Pio durante el mes de noviembre de 1668, cuando Juan Redondo se querelló criminalmente de Mateo Redondo “por dicir que dicho día andavan las bacas y bueies de Matheo Redondo y su madre en las tierras de escanda de La Mata del Corral”, por lo que  su dueño, Juan Redondo, increpó a Mateo “qué cómo traía su ganado en los panes”, a lo que el otro le respondió “colérico, que érase mucha en ora mala para él y para sus barvas” y, acto seguido, lo apaleó.  Varios testigos fueron declarando uno a uno, entre ellos Catalina de Redondo, de 40 años, quien dijo “que andavan las bacas de Matheos en la tierra de Juan Redondo senbrada de escanda”… y como ella los demás.

La escanda abunda en los documentos judiciales del siglo XVII, a los que también podemos añadir lo que el comisario, Domingo Piñán de Cueto Luengo, guardaba en el hórreo cuando murió, de repente, un 24 de junio de 1652. En la sección Pan de casa de un inventario hecho con motivo de un pleito familiar, se dice “çinco cargas de escanda en espigas en el órrio de afuera. Una carga de çebada. Çinco cargas de çenteno”. El “hórreo de fuera” es el mismo que hoy está caído en el corral de la Casa Piñán.  

Unos años antes, el 31 de marzo de 1609, el cura de Ribota, Julián Gómez, dejó escrito el siguiente apunte: “Respondió Francisca, viuda, y dixo que biera llevar a Francisca, hija de Juan Fernández, dos quartos de escanda, más llevó la dicha dos pieças de çecina”. 

La escanda también figura en algunos inventarios post mortem, aunque en tales casos muy pocas veces se relaciona con las cosechas locales. Sí sucede, por ejemplo, en un caso de 1669, cuando Matías Piñán de Cueto Luengo pidió ejecución por impago de su salario contra los bienes de su suegra, María de la Puente, recién fallecida, en cuyo inventario se precisa:  más la collecha de çebada, escanda, habas y de todo pan”.  Esta alusión a “la cosecha de escanda” nos lleva al cultivo local, pero en otros casos, como los de 1675 de María de la Fuente, viuda de Pedro de Redondo, vecina de Pio, que tenía a su muerte media fanega de escanda (junto con centeno, maíz, arvejos, habas y cebada) en el hórreo; o el de María Martín, viuda de Juan de Acevedo, vecina de Oseja, quien tenía a su vez “diez quartos de maíd y dos de escanda”,  nos dejan en la duda sobre la vía de abastecimiento, es decir, si estas cantidades procedían de los sembrados sajambriegos o dicho grano había sido importado.

Efectivamente, como el pan de escanda formaba parte de la dieta tradicional sajambriega desde antiguo, en los momentos de carencia de cereal, no solo se buscaba y se compraba trigo común más allá de Pontón, también se adquiría escanda en la vecina Asturias.  Así, en el año 1664, un vecino de Vierdes llamado Domingo Díaz se comprometió a pagar a Juan del Collado, cura de la iglesia de Sebarga (Amieva), 530 reales por 16 fanegas de maíz, a 20 reales la fanega, y siete de escanda, a 30 reales la de escanda. En otro documento del 11 de marzo de 1668 también quedó registrada otra compra similar en concejo vecino, cuando siete vecinos de Oseja se obligaron con Pedro de Diego, vecino del lugar de Amieva, por 667 reales de vellón, que le pasan a deber por 19 fanegas de escanda y 9 de maíz.  En 1677, Damián Díaz de la Caneja compró cuatro fanegas de escanda a Alonso de la Predia, residente en Triongo (Cangas de Onís). O en 1684, Lorenzo Gutiérrez, Toribio Redondo y Pedro Cabrero, vecinos de Pio, se obligaron con el abad del monasterio de San Pedro de Villanueva (Cangas de Onís) por ocho fanegas de maíz, a 15 reales cada una, y fanega y media de escanda, a 22 reales la fanega.

Asturiano debía ser también un Don Pedro que se documenta en 1669 y en 1671 (el arcediano Pedro Díaz de Oseja ya había muerto); quizás fuese el "Pedro de Diego, vecino de Amieva" que había vendido escanda a otros sajambriegos en 1668. La cuestión es que el escribano público, Gonzalo Piñán de Cueto Luengo, dejó cuenta anotada de las cantidades de escanda y maíz por las que se endeudaron vecinos de Sajambre y de Valdeón en los meses de abril y mayo de 1669: “Llevó José Díaz, mi primo, cédula de nueve fanegas de pan (seis de maíd y tres de escanda). Otorgó obligación Pedro Piñán, del concejo de Baldeón, a favor de don Pedro por dos fanegas de escanda, plaço San Lucas. Pedro Moñiz, dos celemines de escanda y quatro de maíd y Piñán, quatro fanegas de maíd y dos de escanda, plaço San Martín, 400 mrs de salario… El mismo día otorgó obligaçión Torivio de Vega por dos de maíd y una de escanda… Torivio del Collado llevó cédula para dos de maíd y una de escanda. En Osexa a dos de mayo otorgó obligación Julián Díez, mi primo, por tres fanegas de maíd y dos fanegas de escanda. Pedro de la Mata, tres de maíz y una de escanda”. 

Dos años más tarde, el mismo escribano público dejó anotado: “Memorial  de los que quieren tomar la escanda y maíd del señor don Pedro son los siguientes: Primeramente Vitorio Alonso, doce, digo catorçe, fanegas. Domingo Piñan, quatro fanegas. Xardos, dos fanegas. Cristóbal Gonçález, tres fanegas”… y así hasta ocho vecinos más del lugar de Oseja.  En aquel caso la fanega de maíz se vendía a 18 reales y la de escanda a 35 reales de vellón.    

Los inventarios de bienes, las obligaciones y las adquisiciones de escanda fuera de Sajambre atestiguan su consumo, pero las fuentes que mejor documentan los sembrados del valle son los testimonios judiciales, en los que interesaba la precisión para tipificar bien los delitos, cuantificar los daños y señalar culpables. Por eso, al conservar mucha documentación judicial del siglo XVII, podemos registrar muy bien el cultivo local de la escanda. En cambio, no sucede lo mismo en el siglo XVIII. No porque no existiera dicho cultivo, sino por las características de los documentos conservados.

En el Catastro de Ensenada de 1752 solo se habla de tierras de ínfima calidad sembradas de “pan” o de “trigo” entre otros cultivos de Sajambre, sin más especificaciones. Pero estamos forzados a entender que dicho grano debía ser el único que podía cultivarse en la tierra, o sea, el Triticum spelta o el Triticum dicoccoides, algo que el escribano llegado de la corte, ajeno al habla del lugar, identificó simplemente como trigo.  

De otro lado, en la documentación privada del siglo XVIII, los escribanos públicos de Sajambre, Agustín Piñán de Cueto Luengo, José Antonio Díaz de la Caneja o Francisco de Mendoza, también suelen utilizar términos o expresiones castellanas genéricas para referirse al cereal panificable (como “pan”, “tierras de pan coger” o “cargas de todo pan”), lo que unido a la casi inexistencia de documentos emanados de la justicia ordinaria de esta época, son factores que nos impiden observar con detalle lo sucedido en dicho siglo.

De manera que los panes tradicionales consumidos en Sajambre en el pasado fueron el pan de escanda, seguramente desde la Edad del Hierro; el pan de mijo, también desde muy antiguo, que ya no se cultivaba en el siglo XVI; el pan de maíz o borona, tras su introducción en el valle a principios del siglo XVII; el pan de cebada “terciado” con centeno y escanda local, o con trigo común importado de la meseta, o con maíz, una práctica que se documenta hasta la segunda mitad del siglo XIX. Junto a todo ello, el pan de carestía, en el que también se mezclaba la harina de arvejos.  

El pan blanco, hecho exclusivamente con harina de trigo común, que llegaba a Sajambre gracias a la carretería y a las compras hechas más allá de Pontón, solo fue habitual en las mesas de los más ricos antes de la segunda mitad del siglo XIX.  

 

NOTAS

(1) La fanega equivalía a 42 kilos; 4 fanegas hacían 1 carga, o sea, cada carga eran 168 kilos. Equivalencias extraídas de Laureano M. Rubio Pérez (coord.), Historia de León. Edad Moderna, Universidad de León, 1999, p. 501.  

 

sábado, 8 de febrero de 2020

ZAMARRÓN Y ZAMARRONES EN SAJAMBRE


Estamos en el mes del carnaval y quiero transmitir lo que conozco en Sajambre sobre una costumbre ancestral, extendida por la Península y común a la cultura rural de Asturias, Cantabria, León, Zamora y Salamanca.   

Es imposible hacer una síntesis, en un espacio como este, de lo mucho que se ha escrito y publicado sobre lo que se denomina zamarrones en esta parte de España, aunque sigue siendo referencia obligada el estudio del carnaval de Julio Caro Baroja (1).

Hay noticia de la palabra y del concepto desde muy atrás en el tiempo. Sirvan de muestra los siguientes casos, que no son los únicos que existen.      

Época romana, Antigüedad Tardía y Edad Media, Julio Caro Baroja: Ya los primeros Padres de la Iglesia, latinos y griegos, se encontraron que en todo el ámbito del Imperio Romano, desde comienzo de año, es decir, desde enero, hasta avanzada la estación, hasta la Primavera, solían salir máscaras, sobre todo en las barriadas rurales en los pueblos, precisamente con cencerros, con cucuruchos, con trajes estrambóticos, y hay una cantidad considerable de sermones y de cánones penitenciarios y de disposiciones religiosas cristianas contra estas prácticas” (2).   

Siglo XIII. Alfonso X, Partida VII, Título 6º (De los infamados), ley 4ª: "Otrosí son enfamados (infames)  los juglares e los remedadores e los facedores de los zaharrones que públicamente antel pueblo cantan o bailan o facen juego por precio que les den”.    

Siglo XV. Las máscaras de los çaharrones o buharrachos se documentan en la traducción que Pedro Díaz de Toledo hizo en 1447 de Platón.   

1540-1553. Repertorio universal de las leyes de Castilla, reproduce la disposición de las Partidas: “Y, ansimesmo, son infames... los hazedores de los çaharrones que públicamente andan por el pueblo, y cantan, y baylan, y hazen juegos”.     

Año 1601. Francisco del Rosal, Diccionario etimológico, Biblioteca Nacional de España, T-127, p. 193: "çagarrones, que otros dicen çaarrones o çaharrones y çarraones, son figuras ridículas de enmascarados que acostumbran ir detrás de las fiestas, procesiones o máscaras para detener y espantar la canalla enfadosa de muchachos que en semejantes fiestas inquietan y enfadan, y assí, para más horror de éstos, los visten en hábitos y figura de diablo, por lo qual en Zamora los gagarrones son llamados diablícalos".  

1611. Sebastián de Covarrubias, Tesoro de la lengua castellana o española, p.390 (f.261v): "çaharrón, el momarrache o botarga que en tiempo de carnabal sale con mal talle y mala figura, haciendo ademanes algunas vezes de espantarse de los que topa, y otras de espantarlos” (3).  

¿Y en Sajambre qué? 

Para empezar, existen los siguiente topónimos: la Cuenya del Zamarrón o Cuenya Alta del Zamarrón y el arroyo del Zamarrón, tal y como se citan en un deslinde municipal de 1928; todos situados cerca de la divisoria con Amieva. 

En 1444 se documenta el Argayo del Çamarrón en el mismo lugar (4).    

Además José Díaz y Díaz-Caneja en su Vocabulario sajambriego (voz zamarrón) escribió lo siguiente:

«Zamarrón. m. Disfrazado o enmascarado en general, de ordinario zafia y extravagantemente ataviado, objeto de irrisión o mofa general. Ú. m. en pl. para designar a los que por carnavales son acompañados o seguidos por las cencerradas tradicionales. Si estos zamarrones, de origen inmemorial en Sajambre, no difieren mucho de los de otras poblaciones y comarcas, mucho se ha fantaseado respecto a ellos. Apenas pueden ser reconocidos en los textos consultados, en ninguno o casi ninguno de los cuales llevan exactamente esta denominación tradicional sajambriega» (p.564).  

«Apenas pueden ser reconocidos en los textos consultados», dice mi tío abuelo. Menos mal que, a día de hoy, conocemos muchos más ‘textos’ que en su época. 

En el Archivo de la Casa Piñán hay un documento hecho en Ribota en el año 1667, donde se registra el uso de la palabra «camarón» como insulto. 

Ésa es la ortografía del escribano, que puede y debe interpretarse como çamarrón porque en muchas ocasiones la misma persona escribe: Goncalo por Gonçalo, Goncález por Gonçález, cardo por çardo, tiera por tierra, incurido por incurrido y muchos otros casos similares. Todo esto (c/ç y r/rr) es propio de la ortografía de los siglos XV, XVI y XVII en esta zona geográfica y en otras partes de España.     

Recordemos ahora la grafía del topónimo de 1444 que se registra en un documento hecho por mano del escribano público Diego Díez de Valdeón en escritura gótica cursiva cortesana: Argayo del Çamarrón. O con más precisión: ÇamaRon, donde la R mayúscula situada en el medio de una palabra escrita con minúsculas representa siempre el sonido fuerte de la erre castellana en las escrituras de la Baja Edad Media (para más señas, la tipificación gótica de la R capital romana muy usada en las cursivas y en las híbridas castellanas).    

Aunque el término çamarrón (camaron) aparezca escrito en singular en el documento de 1667, lo interesante del caso es que se menciona en un instrumento judicial porque se usó para insultar a un vecino de Ribota, definiéndolo el propio demandante como palabra injuriosa, por lo que no puede tener otro significado que el de «objeto de irrisión o mofa general», que he destacado en la definición del Vocabulario sajambriego, junto con el carácter infamante que poseyeron los zamarrones desde las Partidas de Alfonso X. 

En consecuencia, este caso de 1667 es el registro documental más antiguo de Sajambre y quizás sea también el más antiguo de la comarca de Riaño, donde la palabra zamarrón se usó con un significado muy cercano al de los zamarrones carnavalescos.    


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NOTAS

1.- Julio Caro Baroja, El Carnaval. (Análisis histórico-cultural), Taurus, Madrid, 1979.

2.- Manuel Garrido Palacios, “Itzea 1976. Conversaciones con Don Julio Caro Baroja al hilo de los Carnavales de Zubieta, Ituren y Lanz (Navarra)”, Revista Folklore, 181 (1996). 

3.- Edición facsímil del impreso de 1611 preparada por Martín de Riquer y editada en Barcelona en 1943.

4.- Elena E. Rodríguez Díaz, Valdeón: Historia y colección diplomática, Oviedo, 2000, n.35, p.317.

viernes, 2 de noviembre de 2018

EL USO DE VARAS DE CUENTAS EN SAJAMBRE DURANTE EL SIGLO XVI


En el año 1586, los sajambriegos tuvieron que efectuar un recuento fiscal del pago de alcabalas y de las actividades productivas de cada uno de los vecinos de los pueblos del concejo para enviarlo a la hacienda regia.  Para recabar toda esta información, nombraron por representantes a Pedro de Gonzalo, Suero de Vierdes y Juan de Prieto, por Oseja; Gonzalo Piñán y Diego de la Caneja, por Soto; Juan Fernández, por Ribota; Hernando Díez, Juan de Redondo y Hernando de Prieto, por Vierdes y Pio, junto a Alonso Martínez de Oseja, juez del concejo, y a Diego Fernández de Cueto Luengo, escribano del rey afincado en Soto, que escrituró los documentos.

Cuando quisieron dar cumplimiento a las órdenes reales al respecto, que exigían efectuar un traslado de los libros y registros en los que debía haber quedado escrito el reparto de la alcabala de los años 1579, 1580, 1581, 1582, 1583 y 1584:

 Que digan e declaren quánto an repartido y pagado cada uno de los dichos vezinos en los dichos seis años y que para ello traxesen los memoriales y libros que tienen.

Los sajambriegos se vieron obligados a dejar constancia de lo siguiente:

A lo qual respondieron los dichos diputados que no tienen libros, ni memoriales, ni se husan asentar por memoria los dichos repartimientos, sino en baras y en palos de madero. Nota en el margen izquierdo: Que reparten por varas y no por scripto y no pueden dar traslado de ningún repartimiento y las causas (1).

Las varas y palos tallados fueron herramientas de cálculo utilizadas por todos los pueblos de la Tierra desde el Paleolítico Superior. En 1994, Georges Ifrah introducía de la siguiente manera el capítulo dedicado a este recurso mnemotécnico en su monumental historia de los números:

La práctica del tallado tiene al menos cuarenta milenios de antigüedad. Técnica primitiva y sin porvenir, diríamos. Primitiva ciertamente, pero no sin porvenir. Ha llegado hasta hoy casi sin alteración, a través de milenios de evolución, de historia y de civilizaciones. Sin saberlo, nuestros ancestros idearon hace más de treinta mil años el invento que habría de batir una de las marcas de longevidad de todos los tiempos. Ni siquiera la rueda es tan antigua. Solo el uso del fuego puede rivalizar con él (2). 

Hueso de Ishango con marcas de conteo.
Los instrumentos más primitivos están ligados al Homo Sapiens y fueron encontrados en África (Ishango) y en Europa en el período comprendido entre los 35.000 y los 20.000 años, perpetuándose hasta el siglo XIX en Inglaterra para uso institucional (suprimidos en 1826); entre los pastores escandinavos, célticos, alemanes, toscanos, dálmatas, alpinos y húngaros hasta la década de 1830; o en las panaderías rurales de Francia hasta el año 1900 (3).  En el Museo de León se conservan dos varas de sauce procedentes del Palacio de los condes de Luna. En la actual provincia de León, el uso de estos instrumentos contables ya se documenta en el siglo XV.

Por tanto, lo sucedido en Sajambre durante el siglo XVI se inserta en la casuística conocida y, al mismo tiempo, la geografía leonesa del uso de estas varas de cuentas se extiende desde la Montaña Occidental, perteneciente a los dominios del Condado de Luna, hasta la Montaña Oriental, porque en Maraña pasó lo mismo que en Sajambre. En el documento de 1586 elaborado por Tristán Álvarez de Riero, juez ordinario del concejo de Maraña y escribano del rey, se dejó constancia de que ellos tampoco pudieron hacer copia de los registros de alcabalas porque no los tenían, a causa de

Averse hecho en rayas fechas en baras y no en escrito, por averse perdido y no poder aver raçón dellas (4). 

Es decir, los dos casos de Sajambre y de Maraña atestiguan que esta práctica, tan característica de las sociedades ágrafas, todavía existía a finales del siglo XVI en el entorno de los Picos de Europa. Por lo que no sería nada raro que algo similar hubiera quedado registrado en las averiguaciones o en otros documentos de carácter fiscal o económico de Valdeón, de Valdeburón o de otros concejos de la comarca.

Museo de León
El tallado de varas o palos sufrió una evolución desde la Prehistoria. Por los casos conocidos, sabemos que cada pueblo desarrolló una notación distinta, partiendo de las marcas más antiguas y universales que fueron las rayas verticales, normalmente agrupadas en número de cinco (por los cinco dedos de la mano). Desde esta variedad más antigua, los pastores europeos se sirvieron de muescas y signos de diferentes tamaños, formas o intensidades formando conjuntos que llegaron a constituir una auténtica codificación, hecha por individuos que no sabían leer ni escribir. Pero es que, aparte de la pérdida de la memoria popular que nos permitiría hoy comprender tales marcas, hay que resaltar que los cómputos podían tener diversas funciones, lo que dificulta más su interpretación. Por ejemplo, las cantidades grabadas en una de las varas del Museo de León (aumentar la fotografía adjunta) se podrían descifrar sin demasiada dificultad. Lo que se desconoce es para qué servía dicha vara o qué era lo que estaba representando esta notación. 

El caso sajambriego corresponde a repartos del impuesto de la alcabala entre el vecindario y las cantidades registradas tuvieron cierta complejidad. Lo sabemos porque 

Yten dixeron los dichos diputados que abían hallado la bara en que está cortada la alcabala de lo que paga cada vezino el terçio deste mayo próximo pasado y es lo syguiente (5).  

Nótese cómo se refieren a lo que está cortado en el palo, no a lo que está escrito, pintado o expresión similar.  De entrada, estos cortes y las rayas de los marañeses confirman que la técnica utilizada fue la del grabado y no otra modalidad (como el uso de la tinta que hicieron los ingleses en la Edad Media).

La vara localizada correspondía a uno de los tres plazos anuales (tercio) para pagar el impuesto de la alcabala, en este caso, por parte del vecindario de Oseja y lo que se hizo fue volcar en un documento escrito el contenido de la vara encontrada. Al conservarse dicho documento, comprobamos que había cantidades enteras y fracciones que se expresaron en reales, medios reales, cuartillos y maravedís, siendo la unidad del real el número entero y las fracciones los medios reales, los cuartillos y los maravedís (6). Además, cada cantidad correspondía a cada uno de los 46 vecinos de Oseja y, como se ve en los siguientes fragmentos, no se trataba de cantidades homogéneas:

Pedro Prieto y Bartolomé Díez, dos reales.
Pedro de Alonso, sesenta y tres maravedís.
Diego Díez de la Pandiela, dos reales y doze maravedís.
Juan Martínez, real y medio.
Alonso Cabrero, un real y quartillo.
Diego Moniz, tres quartillos.
Ysabel, biuda, doze maravedís.
Pedro de Gonzalo y Juan de Gonzalo, siete reales.
Juan de Hernando y su madre, çiento e quarenta e dos maravedís y medio.
Azebedo y sus hermanos, tres quartillos.
Juana de Granda, medio real.
Gonçalo Canín, çinco quartillos.

Por fuerza, los sajambriegos de 1500 tuvieron que poseer un sistema organizado de signos que permitiera distinguir los números enteros de las fracciones, al tiempo que cada cantidad quedara asignada claramente a cada vecino. Todo esto en una única vara, pues los documentos siempre se refieren a ella en singular. 

Si se hubiera conservado alguna de estas varas sajambriegas, el documento de 1586 haría las veces de una Piedra Rosetta y podríamos descifrar los signos grabados en los palos del valle que, supongo, no serían de sauce (como los del Museo de León), sino de madera de roble o de alguno de los árboles autóctonos. Pero, hoy por hoy, las fuentes no permiten precisar más. Ahora bien, la constatación del uso de esta técnica de contabilidad tan arcaica en Sajambre durante el siglo XVI ya me parece muy interesante en sí misma, porque además extiende a la Montaña Oriental lo ya conocido para la Montaña Occidental leonesa. Aparte de todo esto, el documento que "traduce" el contenido de la vara de Oseja podría servir de pista para el desciframiento de las varas leonesas conservadas. 



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NOTAS

(1) Archivo General de Simancas, Expedientes de Hacienda, leg.164-20, f.5r.
(2) Georges Ifrah, Historia universal de las cifras. La inteligencia de la Humanidad contada por los números y el cálculo, Espasa Calpe, 1997 (2ª ed.), p.173.
(3) Ibídem, pp.175-177.
(4) AGS, Expedientes de Hacienda, leg.164-20, 3r.
(5) Ibídem, f.10v.
(6) El cuartillo era la cuarta parte de un real y 1 real equivalía a 34 maravedís.