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domingo, 1 de septiembre de 2024

LAS BOLERAS SAJAMBRIEGAS ANTES DE 1830

 

Índice: 1. Un poco de historia previa. 2. Boleras de Sajambre en los documentos anteriores a 1830.  


 1. Un poco de historia previa 


El juego de bolos o de birlos, como era conocido en el pasado (así en el Brocense), hunde sus raíces en la noche de los tiempos. Artefactos encontrados en el Neolítico hacen creer en la existencia de prácticas de puntería y precisión que serían los antecedentes más remotos de este entretenimiento, con variedades que se multiplicaron sin interrupción desde el antiguo Egipto hasta tiempos recientes en todas las culturas del Mediterráneo, primero, y de la Europa germánica después, y cuyo denominador común consistía en derribar objetos a distancia lanzando bolas, que primero fueron de piedra y más tarde de madera. 

Claudine Bouzonnet-Stella y Jacques Stella, Les quilles (1667). 
Fuente: Metropolitan Museum of Art.

En España, de oeste a este y de norte a sur, existieron distintas modalidades de juego como muestran las fuentes históricas y etnográficas; y lo mismo podría decirse de una gran parte del Occidente europeo. A nosotros nos interesa el estilo que se extendió por Asturias y norte de León y que, desgraciadamente, ha dejado poco rastro en la documentación antigua. De ahí que cuando aparece alguna evidencia, resulte más valiosa. Sin embargo, aunque sus huellas escritas sean exiguas, no son inexistentes. En las fuentes judiciales puede hallarse algún que otro testimonio y, como se verá en la segunda parte de este artículo, también en otro tipo de registros históricos. 

Las variedades del juego en León y en Asturias son consideradas de origen céltico y prerromano por algunos o configuradas a lo largo de la Edad Media por otros. Aquellos que niegan su existencia en el siglo XIII basándose en su ausencia en el Libro de los juegos de Alfonso X, copiado en Sevilla en el año 1283, se equivocan en su juicio porque esta obra se dedicó a lo que podríamos calificar, grosso modo, como juegos de mesa y naturalmente los bolos quedan al margen del objeto preferente del tratado alfonsí, que el rey identificó propiamente como libros del açedrex e tablas e dados, que solían jugarse sentados. No obstante, en el prólogo se mencionan otros juegos a caballo y a pie, en ambos casos de forma sucinta y genérica como se puede comprobar: "E los otros que se fazen de pie son assí como esgremir, luchar, correr, saltar, echar piedra o dardo, ferir la pellota e otros iuegos de muchas naturas en que usan los omnes los miembros por que sean por ello más rezios e reciban alegría" (f. 1r del original escurialense).  Ese "echar piedra o dardo" es una referencia genérica a todos los juegos del siglo XIII en los que se tiraban o lanzaban piedras, pues está claro que los  dardos se lanzan a distancia, y recordemos que, en los birlos, las bolas fueron de piedra durante mucho tiempo y todavía en la Edad Media. No hay duda, por tanto, que el juego de bolos quedó incluído de manera genérica en dicha expresión. 

Las menciones documentales del siglo XIV sobre birlos en otras latitudes peninsulares insisten en su práctica en la Edad Media hispana. A partir del XVI se prodigan las alusiones tanto en documentos, como en fuentes literarias, lo que ha hecho afirmar a algunos autores que es entonces cuando se difunde verdaderamente en España el juego de bolos o birlos (1).  Sin embargo, yo me pregunto hasta qué punto esta percepción no será falsa porque con anterioridad a 1500 las fuentes escritas son numéricamente muy inferiores a las conservadas con posterioridad al siglo XVI. Por eso, al aumentar el número y la variedad de fuentes escritas en la alta Edad Moderna, aumenta también el número de hallazgos documentales sobre el juego de bolos. Esto me parece significativo y debiera hacernos relativizar las afirmaciones negativas que se han formulado sobre la Edad Media para nuestro país.   

En esta primera parte de mi artículo voy a referirme a los tres casos más antiguos que conocemos en lo que fue el territorio del antiguo Reino de León que corresponden, en este caso, a Asturias y a la provincia de León, si bien mucho más tarde, ya a finales del siglo XVIII hay algún otro caso en tierras salmantinas. El primer testimonio histórico es ovetense, data del año 1495 y ha sido ampliamente repetido desde que se diera a conocer. El segundo es leonés, ha permanecido inédito hasta el momento y está fechado en el año 1549. El tercero también es inédito, vuelve a ser asturiano y está datado en el año 1554. Como se ve, los tres son muy cercanos cronológica y geográficamente. Ninguno de ellos informa sobre modalidades técnicas concretas que puedan distinguirse en la actualidad, pero sí sobre su existencia y difusión, sobre costumbres relacionadas con el juego o su ubicación en el espacio urbano y sobre aspectos sociales y hasta económicos de dicho entretenimiento. 

1495, Oviedo. Se ha transmitido en una querella interpuesta por Alonso de Quintanilla, contador mayor de los Reyes Católicos, contra Nuño Bernaldo el 17 de julio de 1495 por un agravio acaecido durante una partida de bolos que se había jugado en el campo de San Francisco. La noticia fue dada a conocer por Uría Ríu en 1949 y completada en el año 2000 por Ruiz Alonso (2).  El ultraje que terminó ante la justicia se describe en el documento: "Estando un día del mes de abrill  deste anno de nouenta e çinco en las octavas de Pascua, estando en el campo de San Françisco, que es fuera de la çibdad de Oviedo, que es çerca del monesterio de Santa Clara, mirando cómo Nunno Bernaldo... jugando a los byrlos que dixo el dicho Nunno Bernaldo que avía meado por las armas de Alonso de Quintanilla" (3). En este testimonio consta que apostaban vino y cabritos en las partidas, y se observa algo que sigue constatándose en la documentación posterior: jugaban juntos nobles y plebeyos.   

1549, Ponferrada. Una cincuentena de años después del conocido documento ovetense, en 1549 sucedió otro altercado que terminó en pleito criminal cuando “un día domingo, que se contaran doze días del mes de mayo del dicho año, estando ellos jugando los bolos en cuerpo y sin espadas algunas, en el camino real quanto ha de Las Heras de la dicha villa para La Cruz, extramuros della...” (4). Como en el caso anterior, la partida se juega fuera de las murallas de la ciudad, pero a juzgar por lo sucedido, dicho emplazamiento no debía quedar muy lejos del convento de San Agustín. La única puerta que queda en pie de lo que fue la muralla medieval de Ponferrada se conoce hoy como el Arco de las Heras, tras el cual se encuentra la plaza del Ayuntamiento, lugar en el que se localizaba antiguamente el convento de San Agustín. Así que uno de los lugares donde los ponferradinos del siglo XVI jugaban a los bolos debía estar bastante cerca de dicha puerta.  

Lo que sucedió fue lo siguiente. Tras personarse en la partida Cristóbal de León, su criado Pedro Doria y otros vecinos, todos armados, algunos jugadores les increparon diciéndoles que “qué avían de hazer armados de diversas armas, espadas, broqueles y cascos e piedras e cotas de malla”. La reacción de los aludidos consistió en agredir a Pedro Arias, cuando este estaba “andando en el exerziçio del dicho juego, avaxándose a tomar un bolo, el dicho Antonio Hernández, haziendo lo que le avía mandado el dicho Christóval de León, le tirara con una gran pedrada, con la qual le diera en las espaldas alevosamente”. Tras la pedrada llegaron los golpes y cuchilladas con las espadas: “e una le açertara en las espaldas de que le ronpiera cuero e carne e le avía salido mucha sangre”. El documento narra cómo el tal Pedro Arias se salvó de una muerte segura gracias a la concurrencia de gente que asistía a la partida, lo que le permitió huir y refugiarse en el convento de San Agustín. 

Como dijimos, al igual que en el caso ovetense de 1495, la partida se celebraba extramuros y había en ella una gran cantidad de gente, es decir, era un juego al gusto de la población y con amplia difusión social, lo que indica tradición. Como en 1495, entre jugadores y asistentes se entremezclaban los diferentes estamentos sociales, motivo de conflictos en uno y en otro caso.   

1554, Colloto (Oviedo). Poco después de aquella infausta partida en Ponferrada se documenta otra en Santa Eulalia de Colloto, en Oviedo, donde vemos cómo los habitantes del lugar jugaban en este caso junto a las tabernas, apostaban y eran los taberneros los que guardaban los bolos.

La información procede de otro pleito, ahora contra Juan de Cimadevilla, vecino de Oviedo, por ruidos y alborotos en su taberna a causa de los que jugaban a las cartas y a los bolos y por permitir apuestas “a dos reales de fruta y vino”. Es muy interesante desde una perspectiva económica el descargo de culpas que se argumenta sobre las cantidades apostadas. Se acusa también a María de Mercado porque “siendo la tavernera pública, en su casa avía dado naypes y bolos para jugar”. Al formularse la primera acusación se especifica que “avía en frequençia juego de naypes e volos e otros géneros de juegos e visto el daño e ayuntamiento de gentes e gastos e ruydos que suçedían por los taverneros de naypes e birlos y avía estado dentro de la taverna de Juan de Cimadevilla, en anocheciendo, mucha gente jugando a los naypes e junto a la casa, otros a los volos...” (5). 

Según la acusación, ambos contravenían una real provisión sobre los juegos en las tabernas y además estaban amancebados. De esto último se defienden argumentando falsedad y mala intención porque Juan de Cimadevilla tenía más de 60 años y María de Mercado más de 75. Seguramente y como era habitual en la época, María de Mercado sería viuda y habría heredado de su marido la taberna local.

La real provisión que se menciona debió ser una de las muchas órdenes destinadas a evitar los alborotos y pendencias que este tipo de reuniones sociales traían consigo, especialmente el juego de cartas. Ya vimos hace tiempo en este mismo blog cómo en la Nochevieja de 1670, a causa de una partida de naipes en Oseja, un hijo de Tomás Díaz de la Caneja, llamado Pedro, había dado muerte a navajazos a su primo, Toribio Díaz, quien lo perdonó in articulo mortis, siendo desterrado del concejo el matador. Los casos anteriores de 1495 y 1549 son ejemplo de las disputas y problemas que podía acarrear una partida de bolos. Pero a diferencia de ellos, ahora observamos la ubicación de las boleras en el interior de la población y en la proximidad de las tabernas. La concurrencia seguía siendo nutrida. 

Aunque esta actividad lúdica no haya quedado suficientemente reflejada en los documentos del pasado, es obvio que siguió practicándose sin interrupción y en abundancia en Asturias y en León, por lo que Jovellanos aludió a su práctica en varios de sus escritos, como en la Memoria para el arreglo de la policía de los espectáculos y diversiones públicas y sobre su origen en España, de 1790, y dejó escrito que en la mayoría de los pueblos y lugares de Asturias hay siempre una bolera que es el sitio en donde se reúnen y juegan los vecinos”. Esto también es válido para Sajambre. 


2. Boleras de Sajambre en los documentos anteriores a 1830


Otra manera de documentar el juego de bolos consiste en rastrear pacientemente las delimitaciones de propiedades en contratos, transacciones y negocios diversos transmitidos en la documentación  notarial porque, de existir, las boleras podían utilizarse como referentes espaciales.  Utilizo como fuente para esta segunda parte la documentación notarial sajambriega de los escribanos públicos Gonzalo y Agustín Piñán de Cueto Luengo, José Díaz de Caldevilla y Juan Bautista Piñán. 

Lo lógico sería pensar que todos o la gran mayoría de los pueblos de Sajambre tuvieron boleras en la Edad Moderna y, desde luego, en la época de Jovellanos. Incluso en el siglo XIX y principios del XX se jugaba a los bolos en las majadas de todos los valles de Picos de Europa, práctica que sospecho más antigua. No obstante, en los documentos sajambriegos conservados de los siglos XVI, XVII, XVIII e inicios del XIX solo he encontrado boleras en Oseja y en Vierdes.    

1675, 1703, Oseja (barrio de Las Cortes). En el barrio de Las Cortes quedó el topónimo Huerta de la Bolera porque en dicho lugar se situó una de las boleras de la localidad, que se documenta en 1675. Esto no quiere decir que no pudiera ser anterior. En realidad, debió serlo. Lo que quiere decir es que en tal fecha aparece por primera vez en un registro escrito.   

Ahora bien, en ninguno de los documentos anteriores a 1830 aparece el topónimo Huerta de la Bolera tal y como existe en la actualidad. Lo que aparece es una casa o un hórreo que lindan con la bolera, con el camino de la bolera, etc. Es decir, la bolera del barrio de Las Cortes se usa como referente espacial para situar propiedades. Esto significa que dicha bolera estaba en uso.  

La noticia de 1675 procede del inventario de bienes de María de Cabrero, viuda de Pedro Díez de Viya, efectuado el 10 de septiembre. En él se dice que su casa de morada se situaba en el barrio de Las Cortes junto a los hórreos de Juan y José Bermejo, junto a la casa de los Acevedo y junto “al camino de la bolera”.  

Este camino de la bolera debía ser el mismo que conducía a los molinos de Carunde desde dicho barrio, ya que así aparece varias veces (1693, 1703, 1705, 1706) en documentos relativos a la casa más antigua de los Acevedo. La casa familiar de los Acevedo Villarroel (espero dedicarles un artículo en otra ocasión, sobre todo a los que salieron de Sajambre) o casa vieja se dividió en 1693 en cuatro partes: una pertenecía a Pedro de Acevedo y sus herederos, la segunda era de Gregorio de Acevedo y sus herederos, la tercera de María de Acevedo y de su marido, José Alonso, y la cuarta correspondió a Ana de Acevedo y a su marido, Agustín de Vega. Todo lindaba con la bolera y “con los caminos que van a los molinos de Carunde por bajo y por arriba”.   

Por esta razón, en el testamento de Pedro de Acevedo fechado en 1703 se identifica su vivienda como “la media casa de la bolera que se compone de caballeriça y pajar, bodega y portal que se partió con Juan Bermejo, y dicha casa y bodega es la parte de abajo y linda con casa y bodega de Roque Bermejo y con el camino real que ba a los molinos de Carunde”.   

En consecuencia, en el siglo XVII la bolera del barrio de Las Cortes y del adyacente barrio del Valleyo, que eran entonces, como saben bien los lectores de este blog, los emplazamientos más poblados de la villa, se situaba en medio del caserío y al borde de un camino. No era la vía principal de acceso a la localidad o camino real, como en el caso de Ponferrada, pero esta es una coincidencia que se observa en varios de los casos más antiguos.  

1812, Vierdes.  En un documento de cargo y data relativo a la actividad de Pedro Simón, vecino de Vierdes, durante la tutela de sus sobrinos menores de edad, escriturado el 2 de diciembre de 1812, en plena guerra contra los franceses, se incluyó “la huerta de la volera sita en este lugar, cerrada sobre sí, palmiento como dos carros y medio de abono, tasada en seiszientos y cinquenta reales”.  

Aquí “la bolera” vuelve a ser un referente espacial porque se escribe con minúscula, cuando a lo largo de todo el documento el escribano pone mayúsculas en los topónimos. No debe extrañar a nadie que hubiera huertas en medio de las aldeas, ya que la unidad de poblamiento sajambriego fue la de casa-hórreo-huerta, estando la última a menudo junto a las casas o en su parte trasera. Todavía quedan viviendas con esta disposición en el centro de las poblaciones del valle.  

Este Pedro pertenecía a la única familia apellidada Simón que existió en Vierdes en el siglo XIX, por lo que, si todavía quedan personas llamadas así con este origen, serán sus descendientes o de su hermano difunto, Matías Simón, ya que un tercer hermano, de nombre Toribio, se hallaba entonces prisionero en Francia al haber sido apresado en el sitio de Astorga (tendría que dedicar otro artículo a los héroes sajambriegos que fueron enviados a defender la ciudad de Astorga de los franceses). Pedro tuvo por hijos a Joaquín, Modesto e Isidoro. 

Nada más indica el documento sobre la bolera de Vierdes, pero posiblemente fue la misma que la que hoy existe en el centro de la localidad.  

1827, Oseja (barrio de Caldevilla). En la actualidad, la única bolera de Oseja se localiza en el barrio de Caldevilla, junto a la cabecera de la iglesia parroquial por un lado y frente a la Casa Piñán por otro, en lo alto del muro de contención que se construyó al edificarse la iglesia a mediados del siglo XIX, siendo inaugurada en el año 1855.  

En esta imagen de Google Maps se ve el muro de contención que rodea la iglesia de Oseja. 
Los árboles de la derecha ocultan la bolera actual. 

No sabemos con exactitud cuánto tiempo le llevó al obispo de Oviedo, Ignacio Díaz-Caneja y Sosa, construir la actual iglesia parroquial de Oseja y remodelar todo su entorno, aunque estoy convencida de que todo el proceso se podría detallar rastreando los planos y los documentos que deben conservarse, probablemente, en Oviedo. Si partimos de la creencia popular de que don Ignacio acometió la obra cuando ya era obispo, para lo que fue nombrado en 1848, habría que considerar que la nueva fábrica de la iglesia, el pórtico, el cementerio, el cercado del recinto y los muros de contención del perímetro por los lados del cementerio, de la bolera, del camino y de La Cortina debieron hacerse en esos siete años como marco cronológico general. En cambio, la noticia de una bolera en el barrio de Caldevilla es anterior a esa obra, en concreto de 1827, por lo que antes de los trabajos efectuados en la iglesia y en sus aledaños ya existía una bolera en Caldevilla. Pero, ¿dónde estaría entonces esa bolera? 

En el inventario de bienes de José Rodríguez se describe una de sus propiedades de la siguiente forma: “En la casa de avitación de el padre del difunto, donde al presente vive su hermano, Santiago Rodríguez, en el barrio de Caldevilla, a la parte que de ella pertenece a la volera y hacia la de don Juan Piñán, tiene este difunto 80 reales de vellón”.  Esta bolera es, de nuevo, un referente espacial para identificar la parte de una casa orientada hacia dicho lugar. También es un referente espacial la “casa de don Juan Piñán”, que corresponde a la casa palacio de los Piñán de Cueto Luengo. Por tanto, la propiedad de los Rodríguez se encontraba en Caldevilla, cerca de la Casa Piñán y cerca de una bolera que estaba en uso. Por exigencias del juego, el lugar tenía que ser forzosamente llano y despejado, y sabemos que entre la iglesia y la Casa Piñán pasaba el camino real que procedía del Puerto de Pontón y que al lado del palacio de los Piñán había más caserío, con hórreos y con huertas. ¿Dónde se ubicaría exactamente aquella antigua bolera? 

En la documentación conservada de la Edad Moderna no se mencionan accidentes geográficos en el entorno de la iglesia, aunque relacionado con ello debe estar el “allizaze petrinia” del documento que delimita el coto del “monasterio” altomedieval de Santa María de Oselia. Un alizace es una hoya, foso o barranca y el epíteto petrinia especifica su carácter rocoso. Antes de la remodelación del siglo XIX existió una depresión o corte natural en el terreno, con roca o pared de piedra, que más tarde se aseguró con muros de contención, bajo la cual debió construirse el templo primitivo de Santa María de Oseya. Lo que está claro es que el actual muro de contención, sobre el que está la bolera, es del siglo XIX y que lo que hoy es el pórtico que rodea toda la iglesia fue aplanado y cercado en la misma época. También son de ese tiempo los restantes lienzos de muro, casi siempre de contención. De manera que la fisonomía del terreno antes de 1848 debió ser similar a la actual, con la iglesia situada en un nivel más bajo que el del resto del caserío de Caldevilla y en un lugar rodeado, al menos en tres de sus lados, por tajos rocosos naturales, en cuyo centro se edificó la iglesia prerrománica y en 1621-1636 la capilla funeraria de Santo Domingo.  Entre dicho emplazamiento y el caserío documentado discurría el tramo del camino real que bajaba del Puerto de Pontón. Así que la antigua bolera de Caldevilla de 1827 debió ubicarse a un lado de aquel camino, si no en el mismo lugar en el que hoy se halla, no muy lejos de allí. Lo que no sé es si la construcción de la carretera actual a finales del siglo XIX le afectó de algún modo y si entre los cultivadores sajambriegos del juego tradicional de los bolos se ha transmitido algún tipo de memoria al respecto. 

La mucha población que tuvo Sajambre con anterioridad a mediados del siglo XX y Oseja en particular, explican la existencia de dos boleras en momentos concretos, sobre todo considerando la distancia que existe entre los barrios de Caldevilla y de Las Cortes. Los dos eran también lugares muy poblados, junto con el barrio de Quintana, del que no se tiene noticia de bolera propia.  

 

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NOTAS

(1) J. G. Ruiz Alonso, Estudio de los bolos en Asturias: aspectos histórico-culturales, modalidades, elementos y materiales de juego. Tesis doctoral, Universidad de Granada, 2000, pp. 53-58.

(2) J. G. Ruiz Alonso, Estudio de los bolos en Asturias, pp. 66-67. 

(3) Archivo General de Simancas, Cámara de Castilla, núm. 10. 

(4) Archivo de la Real Chancillería de Valladolid, Reg. Ejecutorias, 707, 13, ff. 1r-2v.

(5) Archivo de la Real Chancillería de Valladolid, Reg. Ejecutorias, 823, 21, ff. 1r-3r.

 

domingo, 16 de septiembre de 2012

EL MOLINO Y EL LAVADERO DE CALDEVILLA EN 1815 (y 2).



Veíamos en el post anterior cómo el concejo de Oseja había denunciado la obra de un nuevo molino que pretendía construirse en Ruseria y leíamos las argumentaciones del Pueblo por boca de sus representantes legales.

La Fuentona en la actualidad.
 El molino que Isidoro González quería construir con el agua de La Fuentona era un molino de cubo, lo que suponía una innovación para Oseja, en donde solo existían los tradicionales molinos que se movían con la fuerza del río.  Como viene siendo habitual en la mentalidad campesina en general y en la sajambriega en particular, las gentes se opusieron a la novedad por la fuerte desconfianza que les causaba la iniciativa arremetiendo con el tremendismo y la dureza que vimos en el post anterior contra Isidoro González.  

La variedad del «molino de cubo» se utilizaba para lugares en donde la corriente de agua era escasa, como sucedía con el arroyo que salía de La Fuentona. La rueda se movía por la presión que alcanzaba el agua recogida en un depósito vertical y circular, llamado cubo, que accionaba la rueda según se iba vaciando.   

Al defenderse de las acusaciones de los vecinos de Oseja, el dueño del molino precisa las características y el emplazamiento exacto de la construcción:  

«Los ymaginados perjuicios que dibulgan los contrarios temiéndose que yo haga algún alberque por bajo de la Fuente de Monasterio a donde pudiera suceder algún daño, éste se evita porque prometo no hacer allí alberque alguno, supuesto que el agua de dicha fuente la yntrodujo en un huerto mío ynmediato para su riego, a donde pienso hacer toda la maniobra, y el cubo a de principiar en dicho huerto cerrado, y el molino bajo el mismo huerto, sin que pueda seguirse daño a ninguno, que por lo mismo conpré y derribé un nogal que avía a donde se funda el sitio que tengo principiado a cimentar. Por lo que dicho enbargo nace de pura malicia... » (1815, agosto, 9).  

Por tanto, el depósito de agua estaría en el huerto propiedad de Isidoro González, topográficamente más alto que el molino que iba a construir en la orilla del camino, cuya integridad y la del lavadero se aseguran: 

«Se dejará tránsito y cañada suficiente para tránsito de ganados de toda especie. El labadero quedará como se halla. Las aguas nunca podrán hacer los daños que se proponen porque ya no le hacen, ni aora, ni aunque tomen otra dirección pueden hacerle balsa. Para aquél tampoco pienso hacerla. Y así queda devanecido lo que se dice de aogar los niños. Toda la represa que de éstas pueda hacerse queda dentro de mi misma posesión y en caso de haver daño, yo solo le esperimentaría» (1815, agosto, 9).  

Por lo que se dice, el molino proyectado constaría exclusivamente de un cubo, sin ningún estanque adicional, que se iría llenando con el agua convenientemente canalizada de La Fuentona hacia el huerto que, a decir de otros documentos, estaba cercado, lo que a su vez minimizaba o, incluso, impedía  los hipotéticos peligros que podían suponer estas instalaciones.  

El conjunto del mecanismo que se quería construir se iba a hacer en una propiedad particular de Isidoro formada por el huerto y por el solar que había ocupado el nogal derribado. No obstante, sí parece que el edificio del molino sobrepasaba en algo estos límites, según las palabras del propio Isidoro:   

«El terreno público que la máquina pueda ocupar no pasa de doce pies (3’65 m). El perjuicio que de aquí pueda provenir es ymaginario por la utilidad que resulta y a él ningún perjuicio deve ésta echar» (1815, agosto, 9).   

Lo que no tolera Isidoro González es la injusta acusación sobre el carácter público del huerto que era de su propiedad. La falsedad de este argumento parece demostrarse al no volver a mencionarse el hecho en la restante documentación del pleito:

«El otro reparo que se pone en el otro escrito de la pretensión a que contesto es en todas sus partes despreciable e impertinente. Por tener solo mala causa se propone. Yo tengo título y dominio en el huerto, y aunque no le tubiera no es de este juicio el ventilarlo, pero le tengo y me hallo en quieta y pacífica posesión. Y si sobre esta certeza el contrario quiere disputar, que lo haga en otro juicio» (1815, agosto, 9).   

Al margen de estas respuestas a las acusaciones del Pueblo de Oseja, el emprendedor sajambriego justifica de la siguiente manera y por las siguientes razones la conveniencia de su molino: 

«Este molino, estando en medio de la población, es más útil que todos los que hay en todos sus términos. Es éste un país nevosísismo, de ir a los otros molinos, (lo) que solo se puede verificar peonilmente, se siguen muchos perjuicios que no habrá quando yo ponga corriente (a) mi muela. Aquí, desde casa, a pie o de a caballo o con carro, qualquiera puede conducir sus moliendas» (1815, agosto, 9).    

Esta afirmación y otra noticia de 1819 a la que nos referiremos en un instante dan a entender que el molino de La Yana, documentado en 1759, no se hallaba en funcionamiento. Pero la verdad es que la idea de Isidoro González era buena. Los lectores de este blog ya pudieron comprobar los problemas que originaba el difícil y concurrido tránsito del camino del Valleyo hacia los molinos de Carunde. Y cabe asimismo imaginarse muy bien los incómodos trabajos de la población al tener que recorrer la distancia que separaba el caserío del Buseco, a la ida y a la vuelta, con los caminos completamente cubiertos de nieve. 

Los documentos conservados no contienen la sentencia de este pleito, pero en la zona de La Fuentona existió un molino en el siglo XX que perteneció a la familia González, así que quizás ganaron el litigio. Nada sé de las características técnicas de dicha construcción, si era verdaderamente de cubo y si se conserva en la actualidad alguna huella de aquel depósito, aunque intuyo una respuesta negativa dada la transformación y urbanización del lugar.  

Después de sufrir la incomprensión de sus vecinos, en 1819 un hermano de Isidoro, llamado Pedro González, denuncia a Santos Díaz de Oseja y a José Díaz de la Caneja Piñán por un molino harinero que pretendían construir en el barrio de Las Cortes movido con el agua de la fuente de La Yana.  Dicho molino debía ser el que se documenta en el año 1759 perteneciente en parte a Don Joaquín de Sosa, de quien debió heredarlo su pariente, José Díaz de la Caneja Piñán. 

El argumento principal defendido por Santos y por José para la construcción del molino de La Yana era la conveniencia de poseer un molino dentro del pueblo para mayor comodidad de los vecinos a fin de que no tuvieran que desplazarse a los más alejados de Carunde o El Buseco.  

José Díaz de la Caneja figura en los documentos que rechazaban el proyecto de Isidoro González cuatro años antes. Los argumentos que combatía en 1815 contra uno de sus vecinos eran exactamente los mismos que defendía en 1819 para su propio beneficio.  
 

sábado, 15 de septiembre de 2012

EL MOLINO Y EL LAVADERO DE CALDEVILLA EN 1815 (1).



Ya sabemos que los molinos de Oseja se concentraban, a las afueras de la localidad, en los ríos Buseco y Carunde. A comienzos del siglo XIX había en el Buseco ocho molinos en funcionamiento y los documentos describen cuatro activos y varios arruinados en Carunde, así como otro en Las Salgueras. Pero, al igual que en Soto y en Ribota, también existieron molinos situados en el casco de la población, como el de La Yana que describe un documento de 1759 y uno más junto a La Fuentona que llegó al siglo XX.

Por lo que parece, un molino de cubo situado en Ruseria, entre los barrios de Caldevilla y La Pandiella, se empezó a cimentar a principios del mes de junio de 1815. Su dueño era el vecino de Oseja Isidoro González, que había sido el regidor del lugar en el año 1811, cuando fue reclutado para combatir en la Guerra de la Independencia. 

La obra se inició sin licencia del Pueblo, ocupando por una parte el solar que quedó tras haber derribado un nogal que el propio Isidoro González había comprado para este fin y, por otra parte, invadiendo terreno del común. A su vez, el mencionado nogal se localizaba junto a un huerto cercado que Isidoro tenía en el lugar, pero el molino se proyectó para edificarse fuera de dicho huerto.  

El concejo de Oseja, a través de su regidor Manuel Díaz de Oseja Rodríguez, denunció el proyecto, dictaminándose el embargo de la obra el 10 de junio de 1815 bajo la severa multa de 100 ducados e iniciándose un pleito que se prolongaría durante el resto de 1815 y el año siguiente de 1816.  

Vamos a detenernos en este pleito porque varios de sus documentos describen el entorno de La Fuentona a comienzos del siglo XIX, es decir, cuarenta años antes de que el lugar fuera remodelado por la construcción del muro de contención que rodea la actual iglesia parroquial de Oseja. 

Una vez formalizada y aceptada la denuncia por el juez ordinario, a la sazón Don Pedro Díez de Lerones, se ordenó que cada parte nombrara un perito encargado de informar sobre las ventajas e inconvenientes del proyecto. Isidoro González nombró a Manuel Díaz de Caldevilla, vecino de Soto, y el Pueblo de Oseja a Manuel Hidalgo, vecino de Pio.  En este post vamos a conocer los argumentos de los vecinos de Oseja y en el siguiente, los de Isidoro González.

La argumentación del Pueblo de Oseja fue vertida en tres documentos del 10 de junio, 1 de septiembre y 9 de diciembre de 1815 que se conservan en el Archivo de la Casa Piñán. Sus principales razones fueron las siguientes: 

1º) Los daños que causaría la construcción de una alberca necesaria para alimentar convenientemente el molino y las consecuencias negativas por desviar la corriente de La Fuentona, llamada siempre Fuente de Monasterio.

«Ysidoro González, vecino de este mismo lugar, yntenta hacer un molino en la Fuente de Monasterio, de que se pueden temer graves perjuicios qe (sic) por la escasez de l’agua precisa hacer un gran alverqe con peligro de haogarse especialmente los niños y por lo mismo, este Pueblo no ha qerido darle licencia y porqe hai molinos sobrantes en el río ha donde puede él fabricar si quiere» (1815, junio, 10).

«Y reunidas las aguas y estancadas allí se hará un atolladero de muy difícil, quando no, de imposible tránsito, lo que ahora se puede y debe evitar. Con lo espuesto concurre que si se diere lugar al proyecto del Ysidoro González  por necesidad tiene que extrabiar las aguas de su natural corriente y dirigirlas hacia el sitio de Barroseria, en donde ya se hicieron profundas simas que se aumentarán notablemente por lo quevradizo de aquel terreno, declive, en que se advierten ya profundas grietas que amenzan funestas desgracias» (1815, diciembre, 9).

2º) El perjuicio que se hacía al lavadero público y al abrevadero del ganado que allí existían, así como el estrechamiento del camino de Novenas.

«Y de hacerle en dicha fuente, ympide el labadero y Camino Real para el pago de Nobenas, por lo qe (sic) pido se embargue bajo de una grave multa» (1815, junio, 10).

«Provoca al pueblo de mi vecindad el intolerable inconveniente de pribarle substancialmente del bebedero de sus ganados, en quanto cerrada aquella cañada y apretado considerablemente, si se llegasen a encontrar dos bueis en aquel reducido estrecho se podrían maltratar y acaso matar, lo que de ningún modo debemos tolerar los demás vecinos, ni yo, ni esclavizar la livertad y franquicia con que ahora se halla dicho bebedero, ni menos pribarnos de la que tenemos para el aprovechamiento del labadero de las ropas del pueblo, que vendrá a quedar inutilizado por la ya apuntada razón si se diere lugar al proyecto contrario, como también el camino inmediato destruido al tránsito de los carros que desde inmemorial tiempo a esta parte sirvió para la condución de abono para muchas de nuestras heredades y para otros indispensables usos» (1815, diciembre, 9)

3º) Los inconvenientes que iba a causar el estancamiento de aguas en dicho lugar. 

«Y reunidas las aguas y estancadas allí se hará un atolladero de muy difícil, quando no, de imposible tránsito, lo que ahora se puede y debe evitar. Con lo espuesto concurre que si se diere lugar al proyecto del Ysidoro González por necesidad tiene que extrabiar las aguas de su natural corriente y dirigirlas hacia el sitio de Barroseria, en donde ya se hicieron profundas simas que se aumentarán notablemente por lo quevradizo de aquel terreno, declive, en que se advierten ya profundas grietas que amenzan funestas desgracias» (1815, diciembre, 9).

4º) La apropiación de terreno del común.  

«Que el terreno y sitio en que el Ysidoro González pretende fabricar el nuevo molino no es de su particular dominio, sino común de todo el vecindario, a quien por ahora no acomoda benderle y sí gozarle en la forma que se halla... Otrosí digo que el huerto contrario... se halla en terreno que fue común del Pueblo, por lo que a su merced buelbo a suplicar se sirva mandar que el Ysidoro González en el acto de la notificación presente el título de pertenencia o escritura de venta que tenga de aquel terreno» (1815, diciembre, 9).  

5º) La no necesidad de dicho molino por los muchos que ya existían en otros lugares.

«Y aunque quiere protestar el contrario la necesidad de aquel artafacto, le creemos muy distante de probarla, quando en el bien cercano Río de Buseco hay hasta un número de ocho molinos que subministran aun mayor despacho que el que puede ocurrir al vecindario de Oseja...» (1815, diciembre, 9).




 Una cosa se debe destacar antes de seguir adelante: estos documentos proporcionan una fecha ante quem para datar el lavadero de Caldevilla que todavía se conserva y que, como se dice aquí, ya existía en el año 1815. Por tanto, esta construcción tradicional tiene más de 200 años de antigüedad.    

miércoles, 22 de septiembre de 2010

LA TORRE DE OSEJA DE SAJAMBRE: primeras noticias documentales.

Poco a poco van apareciendo los antiguos edificios sajambriegos de los que teníamos noticia por haber llegado al siglo XX y otros desconocidos de los que ahora vamos sabiendo de su existencia. En este caso, le toca el turno a La Torre de Oseja. No obstante, hay que lamentar lo poco que se prodiga en una documentación en la que abundan las noticias sobre el barrio de Caldevilla.

Como ya habíamos explicado en otras entradas, es muy probable que esta construcción tuviera su origen en una torre o casa fuerte señorial de la Baja Edad Media. Pero a partir del siglo XV, estos edificios pierden totalmente su sentido originario convirtiéndose en torreones anexos a casas solariegas o siendo ocupadas por habitantes del lugar para diferentes usos. Uno de estos usos fue el de adaptar los viejos caserones medievales para lugares de habitación y vivienda. Y esto último parece ser lo que le sucedió a La Torre de Oseja, ocupada por más de una familia. Hasta el momento conozco 4 documentos: tres hablan de La Torre directamente y el cuarto lo hace de manera indirecta.

El primer caso está datado en Oseja, el 21 de febrero de 1667, y se trata del testamento incompleto de Cosme Díaz de Caldevilla, casado con Catalina González, y padre de Fabián, Dominga y María, que tras las mandas piadosas encarga lo siguiente: “Yten mando se paguen diez y ocho reales a Juan Alonso de Liébana. E la refición de La Torre, de techo y trillado y paredes lo hiçimos Pedro Díaz, mi ermano, y yo y es medio a medio en pago de la misma cosa, de la parte que toca a Juan Díaz, mi sobrino, le tengo dado cinco ducados”(Oseja de Sajambre, Archivo de la Casa Piñán, Notarial, Gonzalo Piñán de Cueto Luengo 1667, último folio).

Es decir, que la familia Díaz de Caldevilla reconstruyó el techo y las paredes de La Torre con anterioridad a febrero del año 1667, utilizando paja en la obra, posiblemente la techumbre, como vimos que en estos mismos años poseían todavía muchas casas en todo Sajambre. Si la construcción poseyó alguna vez una cubierta almenada, quizás fue entonces cuando la perdió, porque al siglo XX habría de llegar con teja y a cuatro aguas.

El principal motivo de esta refacción debió estar relacionado con la ocupación que varias familias hicieron del edificio. En el inventario de bienes de este Cosme Díaz de Caldevilla, datado el 18 de junio de 1667, leemos lo siguiente: “Primeramente declararon ser y aver quedado del dicho Cosme Díaz, difunto, la cassa de su continua morada donde vivía, en La Torre, e que es una cozina. Tócale desta cozina, le toca la quinta parte de ella, dividida entre çinco hermanos. Linda con casa de Andrés Díaz y herederos de Julián de Palaçio”. El documento expresa más adelante cómo la vivienda de los Díaz de Caldevilla está separada de los restantes inquilinos por una división interna hecha de madera: “según lo parte el tablado que linda con casa de Pedro de Caldevilla y cassa de los herederos de los Palaçios”.

Este Cosme Díaz de Caldevilla es homónimo del primo del Arcediano, pero este último estaba casado con Francisca Rodríguez, no con Catalina González, y murió en Madrid, no en Oseja. De manera que, en principio, no hay ninguna conexión entre estas familias.

El anteriormente citado Pedro de Caldevilla que vivía en La Torre y que, en realidad, se llamaba Pedro Díaz de Caldevilla muere en el año 1675 y entre sus bienes se inventaría "un quarto de cassa en La Torre, en que al presente vive Andrés Díez, declarante", es decir, el Andrés Díaz también mencionado en el documento de 1667.

Algunos años después, el 27 de septiembre de 1718, un sajambriego avecindado en Medina Sidonia otorga carta de poder para que su representante legal se haga cargo de la herencia que le corresponde por la muerte de sus padres y hermanos. La carta de poder, hecha ante tres escribanos públicos de la localidad gaditana, está otorgada por Juan Bautista Díaz de La Torre de Caldevilla, “natural de la villa de Osexa” e “hijo lexítimo de Joseph Díes de la Torre de Caldevilla y de Francisca Gonzáles, su lexítima muger, mis padres defunttos, vezinos y natturales que fueron de dicha villa” (Oseja de Sajambre, Archivo de la Casa Piñán, Notarial, Agustín Piñán de Cueto Luengo; original cosido al protocolo de 1718).

Lo que sucede es que cuando se efectúa el inventario de bienes en Oseja, el 22 de junio de 1719, la Justicia y el escribano público de Sajambre se refieren a los miembros de esta familia llamándoles “Juan Bautista Díaz de Caldevilla, vezino que pareze ser de la ciudad de Medina Sidonia, natural que fue de este dicho lugar... por carta de poder espezial para partir y dibidir los vienes que quedaron por fin y muertte de Jossephe Díaz de Caldebilla y Francisca González, padres del referido Juan Bautistta Díaz”. ¡La Torre ha desaparecido de sus apellidos!

Es más que evidente que Juan Bautista había adoptado como apellido este rimbombante “De La Torre de Caldevilla” cuando sólo le correspondía como tal un vulgar “Díaz”. Bien lo sabían la Justicia y el escribano de Sajambre cuando atinadamente lo suprimieron tanto del nombre del hijo, como del de sus progenitores.

Pero lo que aquí nos interesa es que si Caldevilla se trata de una indicación de procedencia que ya conocemos bien, La Torre también debió serlo, posiblemente porque como en el caso de 1667 esta familia era una de las que vivía en el viejo caserón medieval a comienzos del siglo XVIII. Y todos estos Díaz de Caldevilla debieron pertenecer, posiblemente, al mismo linaje.

domingo, 25 de abril de 2010

EL BARRIO DE CALDEVILLA (8): el edificio principal de la Casa Piñán de Oseja de Sajambre.

Casa Piñán de Oseja de Sajambre (siglo XVII). Fachada lateral que miraba al Camino Real o Calle del Caldevilla.


Ventana abocinada con derrame hacia el exterior situada en la planta baja de la casa palacio de los Piñán.

La Casa Piñán es un bloque macizo de planta rectangular y marcada horizontalidad estructurado en dos pisos con sótano y desván y cubierto con teja a cuatro aguas. El aspecto rústico del edificio viene impuesto por los materiales constructivos empleados: mampostería para los muros, sillares y sillarejo para los huecos y esquinales, y madera para el entramado interno. Pero estos materiales son los mismos que se utilizaron desde la Edad Media en todos los edificios nobles de la zona: mampostería y sillarejo tiene la iglesia de San Pedro de Orzales, La Torre, la propia Capilla de Santo Domingo a decir de los documentos, y de mampostería, sillar y sillarejo están hechas todas las iglesias y los edificios civiles más antiguos de los cercanos concejos asturianos(1). Por tanto, es la tradición lo que se impone en este aspecto.

Contribuye también a su apariencia rústica la austeridad en la ornamentación, pero esto no es nada extraño en casonas y palacios rurales de la Cordillera en los siglos XVI y XVII. Propio de la época era también la escasez de vanos abiertos en la planta baja o la presencia en ella de pequeños y estrechos huecos, como las ventanas abocinadas de la Casa Piñán. La función de estas saeteras era la de protegerse del frío y no la de servir de elementos defensivos. Las ventanas defensivas presentaban un derrame hacia el interior y no hacia el exterior, como sucede en las de la Casa Piñán (Foto 2).

Es en el piso superior en donde se abren los huecos de mayor tamaño que son siempre ventanas adinteladas (Foto 1), formadas por sillares y sillarejos con una leve moldura voladiza. Sin embargo, en el interior de la casa estas ventanas cuadradas están rematadas en arco escarzano con poyos laterales que aprovechan el grosor de los muros. Son las “ventanas de asiento” que describía el documento del 1726. Volveremos a ellas dentro de un momento.

La puerta principal, para una sola hoja, es también arquitrabada, cuyo dintel presenta en sus extremos dos molduras de carácter culto como ornamentación. De todas formas, me faltan datos para poder describir con exactitud las características de la fachada; espero poder hacerlo en otra ocasión. Para la puerta monumental de entrada al corral se eligió el arco de medio punto de tradición clásica y para la entrada principal al edificio se prefirió la forma adintelada, más moderna, que empieza a difundirse en esta parte de España a partir de finales del siglo XVI. Así, mientras que las puertas adinteladas irán utilizándose cada vez con más frecuencia, las puertas en arco no desaparecerán completamente de la arquitectura tradicional hasta finales del siglo XVIII(2).

Una diferencia fundamental con respecto a las restantes viviendas sajambriegas es que el portal de la Casa Piñán no divide la morada de hombres y animales, sino que la casa principal, a la que se accede por un pórtico cubierto, se reserva exclusivamente para la habitación humana. En la planta baja existen varias estancias, una de ellas la cocina. El documento de 1722 habla de las cozinas alta y baja, de manera que si no existieron ambas desde un principio, quizás la alta (de humo) fuera la más antigua y la baja se añadiera en algún momento posterior al segundo tercio del siglo XVII. Sea como fuere, la cocina de la planta baja ya existía en el mes de noviembre del año 1722 y nada impide que no se siguiera utilizando la del piso alto para ahumar los productos de la matanza, por ejemplo.

Mientras que el suelo del corral está empedrado, la solería del portal está enlosada, otro rasgo de riqueza bien distinto a la realidad de las antiguas casas locales. Una escalera situada a la izquierda del portal facilita el acceso al piso superior que se compone de una gran sala o salón rodeado de varias estancias.

Esta gran sala del piso alto era un lugar vividero, como lo indica el mobiliario antiguo y ciertas características arquitectónicas. Vayamos por partes. Como hemos dicho, las ventanas adinteladas al exterior se cobijan bajo arcos escarzanos en el interior, debajo de los cuales existen dos poyos de piedra que se sirven del grosor de los muros. Estas ventanas de asiento eran un elemento distintivo de las casas señoriales y de las residencias palaciegas de los siglos XVI y XVII, que servían simplemente para contemplar la calle y en este caso, además, la entrada y salida de la iglesia. Su presencia en edificaciones del norte de España suele ser posterior a los siglos XIV y XV, lo que constituye otra fecha de referencia para la datación de otros edificios del lugar en los que también existieron ventanas de asiento. A fin de aclarar algunas “leyendas urbanas”, digamos que difícilmente podía ser éste un aspecto propio de una construcción defensiva cuando acompañaba a una ventana que abría un hueco en el muro haciéndolo más vulnerable. No, en estos casos, se trataba tan sólo de un lujo característico de una casa señorial.


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NOTAS
(1) Inventario de la arquitectura asturiana: J. Gil y S. Álvarez, “Zona sur oriental: Peñamellera Baja, Peñamellera Alta, Cabrales, Onís, Cangas de Onís, Amieva, Ponga, Parres”, Liño 4 (1983), así lo ponen de manifiesto las autoras de este estudio en la p.841.

(2) Recuérdese esta fecha como referente para empezar a datar algunas de las casas más antiguas que conservan los pueblos del valle.