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domingo, 23 de septiembre de 2012

NUEVAS NOTICIAS SOBRE LA OBRA DEL ARCEDIANO DON PEDRO DÍAZ DE OSEJA (y 3)



En su testamento de 1665, Don Pedro Díaz de Oseja dejó establecido que se hiciera un monte de piedad y un almacén de grano en su tierra natal, que sirviera este último para cubrir las necesidades de sus paisanos en época de invierno. 

Sin embargo, en el año 1708 los sajambriegos se quejan a los albaceas del Arcediano de que no han podido aún construir la alhóndiga del pan, ni el mencionado monte de piedad: 

«por estarnos debiendo dichos señores deán y cabildo ciento y ochenta ducados de vellón atrasados y para que llebemos a efecto la cobranza de ellos, y assimismo el cumplimiento de la alhóndiga de dinero y pan»(1). 

Por lo que parece, ni una cosa ni la otra llegaron nunca a hacerse realidad. En la documentación conservada existen testimonios abundantes de las tierras y ganados que formaban parte de la obra pía del Doctor Oseja, que se arrendaban o se entregaban en comuñas, así como documentos sobre su gestión por los distintos administradores. Pero no he hallado ni una simple noticia, directa o indirecta, referida a la alhóndiga o al monte de piedad.  

Además del legado conocido y de la construcción de la alberguería de Saúgo, los documentos conservados nos obligan a redimensionar la obra del Arcediano en el concejo que le vio nacer.  

En primer lugar, en 1642 costeó la reconstrucción arquitectónica de la iglesia de Soto, con la participación de maestros de cantería llaniscos. Y debió colaborar también en la construcción de la capilla de San Antonio de la iglesia de Oseja, que fue panteón de sus descendientes.  

Además de ello, el Arcediano estuvo detrás de varias adquisiciones documentadas, como una lámpara para la iglesia de Oseja, de cuya compra se encargó el párroco Don Domingo Piñán, y como la ropa clerical que regaló a los curas de Sajambre en 1642. En la carta autógrafa ya editada, Don Pedro Díaz envía «dos casullas de Damasco» para las iglesias de Oseja y Soto y «para el señor Sant Pedro de Orzales haré haçer otra, avisando el señor Julián Gómez si estará bien del mismo tamaño y si gustase se hará más pequeña», lo que nos dice que el párroco de Ribota era de corta estatura. En la postdata añade: «por no perder la ocasión de inviar vien tratada la casulla, la hize haçer y va con las demás. Tomaráse el señor Julián Gómez la más pequeña» (1).   

Y aunque el Arcediano es claro en hacer su donación a las iglesias y no a las personas, en ningún templo de Sajambre perduró ropa de este tipo en la segunda mitad del siglo XVII, por lo que su riqueza debió ser atractiva para los herederos de cada uno de los párrocos. 

Una vez que Don Pedro fue nombrado arcediano de Villaviciosa se incorporaron a su criazón mocitos sajambriegos, a quienes se les proporcionaba estudios y la oportunidad de conseguir una vida mejor.  Tres años antes de su muerte, en una carta suya heterógrafa, el propio Arcediano hizo un balance sobre la suerte de quienes se fueron a Oviedo bajo su tutela: 

«Ese muchacho, hijo de el scrivano Julián Díaz, que dize estar aý desanparado, puede henbiar acá por un año, le daré un pedazo de pan y si fuere virtuoso más, pero me temo que hará como los otros que, en veniendo, acá se hazen pícaros».   
  
Hasta el final de su vida, el intermediario entre el Arcediano y Sajambre y encargado de ejecutar casi todos sus proyectos en su tierra natal fue su sobrino,  Don Diego de la Caneja, que en el año 1662 vivía en la madrileña Plaza de la Cebada, esquina con la Calle del Humilladero.  

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NOTAS
(1) Elena E. Rodríguez Díaz, «La Senda del Arcediano y el Camino del Beyo: nuevos documentos para su historia», Boletín del Real Instituto de Estudios Asturianos, núm. 175-176 (2010), pp.95-116  ISSN: 0020-384X.

lunes, 8 de noviembre de 2010

MÁS SOBRE OBRAS PÍAS EN LOS SIGLOS XVII Y XVIII (y 3): los Viya y los Simón.

Andrés de Viya, vecino de Soto, funda en su testamento del 31 de julio de 1703 dos obras pías sobre un doblén o buey de dos años con la condición de que el patrono fuera siempre un miembro de su familia. La primera fundación se establece con el Santuario de la Virgen de la Velilla, una de las devociones más arraigadas de Sajambre, y su patrono debía ser su hijo Pedro. La segunda obra pía la funda en Oseja y su primer patrono debía corresponder a su hijo Juan, aunque con él ya se había gastado parte de su hacienda porque en cierta época “se causaron más deudas que intereses por acidentes que sucedían en el susodicho y su poca fortuna”. Su hija Isabel y sus descendientes quedaban segundos en el derecho para acceder al cargo de administrador.

La importancia del prestigio en la comunidad que le suponía al fundador y a su estirpe el haber instituido y estar a cargo de una obra pía queda patente en una de las condiciones que establece Andrés de Viya en su fundación. Tras enunciar lo que debía hacerse para conservar y enriquecer la obra pía, añade que si llegara el caso de no poder mantenerla, con las ganancias que se tuvieran debía comprarse alguna res o hacerse algo “para que aya memoria de la dicha Obra Pía” (Archivo de la Casa Piñán, Notarial, Sajambre, Agustín Piñán de Cueto Luengo, leg.1703).

Hasta el momento, los primeros Viyas de los que tengo noticia en Sajambre datan del siglo XVI. Con anterioridad a 1550 vivieron en Soto de Sajambre Juan de Viya y su mujer, Elvira Gutiérrez, quienes engendraron a Álvaro Díez de Viya o, simplemente, Álvaro de Viya (1560-1574) y a Juan Blanco de Vierdes. Así aparecen documentados estos dos “hermanos” en una venta fechada el 28 de febrero de 1574 (Archivo de la Casa Piñán, Notarial, Sajambre, Diego Fernández de Cueto Luengo, leg.1545-1592), posiblemente por estar el segundo casado con una hermana del primero. Álvaro de Viya muere entre 1574 y 1577, momento a partir del cual empieza a documentarse su hijo, Pedro de Viya, también vecino de Soto. Durante el siglo XVII, los Viya siguen documentándose más en Soto que en Oseja. Vivían en el barrio de El Corral y, por lo que sabemos, a esta familia puede deberse la introducción del maíz en Sajambre. De todas formas, se conserva la partida de defunción de María de Viya, vecina de Oseja y mujer de Juan Bermejo, que murió el 2 de marzo de 1645, sin hijos, dejando por heredero a su sobrino Francisco de Viya. No se dice de dónde era vecino este sobrino. En 1701 vivía en Oseja un Juan de Viya.

El apellido Simón aparece ya en un documento del 19 de diciembre del año 1545 en un Juan Simón que también era vecino de Soto. Y hay que decir que de allí fueron la mayoría de los Simones que aparecen en los protocolos notariales sajambriegos. Sin embargo, es un vecino de Ribota, llamado Pedro Simón, quien reclama el patronato de una obra pía fundada por “su tío”, Gonzalo Simón, hacía más de 20 años.

Conservamos el informe del abogado, Juan de Baños, que prepara la apelación y el documento no lleva fecha. No obstante, la escritura y la ortografía indican que debe datarse en el siglo XVIII. Tampoco se dice en el texto de dónde era originario Gonzalo Simón y sólo se habla de la existencia de un pleito entre el vecino de Ribota y Pedro Redondo, natural de Pío, a causa de la propiedad de un buey que el primero decía pertenecer a la obra pía de su familia.

domingo, 7 de noviembre de 2010

MÁS SOBRE OBRAS PÍAS EN LOS SIGLOS XVII Y XVIII (2): los González.

Las Obras Pías fundadas en las familias González, Viya y Simón, al igual que la establecida entre los Alonso, dejaron por capital un cierto número de bueyes de labranza con instrucciones precisas sobre cómo se debían criar, vender y comprar para ir manteniendo la fundación y, en el mejor de los casos, para ir aumentándola con el tiempo.

En la Obra Pía de los González, de Oseja, se especifica que “...para conprar y bender los bueyes que diere de sí la administración y ansimismo los que se conpraren, han de ser añojos y nobillos de corto prezio y éstos se den al pariente más cercano y más pobre hasta que lleguen a diez años, y entonces se bendan y de su balor se pongan otros del género dicho, y no bueyes abentajados que, siéndolo, no se podría mantener dicha Obra Pía...” (Archivo de la Casa Piñán, Notarial, Sajambre, Agustín Piñán de Cueto Luengo, leg.1711).

La naturaleza de las obras pías suponía que del capital fundacional (en este caso bueyes) debían beneficiarse los miembros más pobres de la familia, quienes no podían venderlos ni efectuar ninguna otra transacción económica con ellos, ya que esa prerrogativa estaba reservada a los administradores, que eran siempre el cura de la parroquia y el pariente más cercano al fundador. Al ser la Iglesia la dueña de los bienes, en caso de conflicto se dependía de la jurisdicción diocesana.

Por eso cuando Miguel Acebedo permutó por su cuenta un buey que había recibido de la obra pía, su patrono, Toribio González, lo denuncia ante el Obispo de León: “...el dicho Miguel de Azebedo teme[rosa]mente para apremutar dicho buey por [...], bolbió a hazer otra premuta sin lizenzia de los referidos cura y patrono, por cuia causa se a atrasado y danificado dicha Obra Pía. Sobre que protestó dar querella criminal o en la forma que más aya lugar ante el señor Obispo que al presente es deste Obispado o su discreto Probisor, a quien toca el conozimiento desta causa...” (Archivo de la Casa Piñán, Notarial, Sajambre, Agustín Piñán de Cueto Luengo, leg.1703).

Cuando este Toribio González hace testamento el 15 de abril de 1711, los 5 bueyes de la obra pía estaban en poder de “Roque Bermejo, uno; Antonio Díaz, otro; la viuda de Diego Alonso, otro; Josseph, otro; la viuda de Juan Alonso, otro” (Archivo de la Casa Piñán, Notarial, Sajambre, Agustín Piñán de Cueto Luengo, leg.1711).

Sabemos que Juan de Gonzalo había fundado esta Obra Pía, lo que no sabemos es cuándo, aunque hubo de ser como pronto en la segunda mitad del siglo XVII porque en el año 1703 ya era patrono Toribio González y antes lo había sido su padre, Pedro González, muerto con anterioridad a 1701. De esta fecha conservamos el testamento de su viuda, Elena Díaz de Caldevilla, y el inventario de bienes de la casa. Además del promogénito Toribio, también fueron hijos suyos Manuel, María, Toribia y Ana.

Toribio González hace testamento en el año 1711 dejando por herederos a sus hijos Toribio, Dionisio, Manuel, María y Micaela González. Su primogénito, Juan González, había muerto antes de 1711. Sin embargo, en el patronato de la obra pía familiar no le sucede ninguno de sus hijos, sino Juan González de Bulnes, vecino de Soto y heredero a su vez del que fuera cura de Oseja hasta el mes de enero de ese mismo año, Pedro González (ver post de 4 de noviembre de 2010), por lo que ambos debían ser parientes del fundador.

sábado, 6 de noviembre de 2010

MÁS SOBRE OBRAS PÍAS EN LOS SIGLOS XVII Y XVIII (1).

Aparte de la Obra Pía del Arcediano, ya conocemos la fundación que en el año 1666 hizo María González y de la que se benefició el linaje de los Alonso Tielve de Oseja. Esta familia mantuvo el Tielve en su apellido hasta el siglo XIX, para perderlo en esa misma centuria. Por otras fuentes que nos dicen donde vivían, sabemos que los descendientes actuales de este linaje deben ser los miembros de alguna de las familias apellidadas Alonso procedentes del barrio de La Pandiella. Asentados en Oseja desde el siglo XVII por lo menos, tuvieron vinculaciones familiares con la localidad cabraliega de Tielve, lo que hubo de suceder forzosamente con anterioridad a 1600.

A finales de ese mismo siglo, Juan de Gonzalo fundó otra Obra Pía para el linaje de los González, de Oseja. En 1703 Andrés de Viya fundó otra Obra Pía para el linaje de los Viya, de Soto. Y a comienzos del siglo XVIII, Gonzalo Simón fundó otra Obra Pía para el linaje de los Simón, de Ribota.

Ya sabemos que los principales objetivos de estas fundaciones piadosas eran tres: a) obtener ventajas fiscales al vincular los bienes fundacionales a la Iglesia, pues las propiedades eclesiásticas no estaban sometidas a imposiciones tributarias; b) favorecer económicamente a la familia del fundador; y c) adquirir prestigio e influencia en la comunidad. Exactamente igual que en la actualidad.

Pero aparte de la información económica que puedan transmitir las obras pías, también constituyen una interesante fuente genealógica, ya que cuando conservamos varios documentos podemos seguir en ellos la línea sucesoria y las filiaciones de los grupos familiares que fueron favorecidos por tales instituciones. En los próximos posts hablaré de las Obras Pías de los González, los Viya y los Simón, dando por seguro que en los muchos documentos que faltan por estudiar aparecerán otras.

domingo, 11 de enero de 2009

CAPELLANÍAS Y OBRAS PÍAS EN EL ANTIGUO RÉGIMEN

Retomo el artículo de las Fundaciones que hubo en Sajambre con una definición previa de estas instituciones características del Antiguo Régimen. Obras Pías y Capellanías eran fundaciones perpetuas que, según definió algún autor, se encontraban a medio camino "entre la beneficencia y la familiaritas". Es asunto muy estudiado y, por tanto, bien conocido. Cito únicamente una obra clásica de cabecera: Bartolomé Clavero, Mayorazgo. Propiedad feudal en Castilla (1369-1836), Madrid 1974.
La Capellanía consistía en la dotación de una plaza vitalicia de cura (un capellán) que se vinculaba a una ermita o templo ya existente o a una capilla privada con la obligación de cierto número de misas que el capellán se comprometía a realizar por el alma del fundador y, habitualmente, también por su familia. De esta manera, los fundadores aseguraban quién rezase por ellos, requisito imprescindible para acortar las penas del Purgatorio y poder alcanzar la salvación eterna. Para el mantenimiento de la capellanía y manutención del cura, el fundador destinaba una parte de su patrimonio que generara rentas, establecía el tipo de capellanía, las condiciones del disfrute, nombraba al patrono o administrador, designaba al beneficiario y establecía el proceso de sucesión cuando la capellanía quedara vacante.
La Obra Pía era una fundación, generalmente de carácter benéfico, en la que se establecían una serie de servicios piadoso-asistenciales más o menos amplios sobre una base patrimonial, fijando también las condiciones, los beneficiarios y el funcionamiento.
Los bienes que se destinaban a tales instituciones formaban un todo indivisible que pasaba a formar parte del patrimonio de la Iglesia como propiedades vinculadas, por lo que, en la mayor parte de los casos, no se podían enajenar sin el permiso de las autoridades eclesiásticas. Capellanías y Obras Pías existían en las ciudades, pero sobre todo se prodigaban en los ambientes rurales, más desatendidos y necesitados que la población urbana de la época.
Bajo estas fundaciones benéfico-asistenciales se camuflaban, en realidad, estrategias socioeconómicas mucho más terrenales que espirituales y mucho más interesadas que altruistas. Veamos por qué.
1º.- En uno y en otro caso, los beneficiarios solían ser los familiares del fundador, con lo que este tipo de instituciones proporcionaban medios de vida a los allegados sin que las propiedades y sus rentas (al ser bienes eclesiásticos) estuvieran sometidas a carga alguna, libres de impuestos, diríamos hoy.
Recuérdese, por ejemplo, la capellanía fundada en Soto por Juana González de Coco que debía estar ocupada por su sobrino, Domingo Piñán y tras la muerte de éste, por algún miembro de su familia. Sólo en su defecto, podrían beneficiarse los vecinos de Soto.
2º.- La vinculación del patrimonio que permitían las capellanías y obras pías era un recurso útil para los que no poseían mayorazgos, ya que mediante estas instituciones se adquirían unas rentas fijas que facilitaban el camino hacia el ennoblecimiento.
Hemos de aclarar que la sociedad de los siglos XVI, XVII y XVIII era una sociedad estamental pero no cerrada, ya que existían medios para ascender en la escala social. El mayor afán del pueblo llano era convertirse en noble y el empeño del hidalgo era entrar en la nobleza de título. Los honores militares y la carrera eclesiástica eran dos medios para conseguir la promoción social, pero incluso para alcanzar cargos en la Iglesia era necesario haber poseído previamente otros beneficios (de ahí la enconada lucha del Arcediano por el curato de Oseja). Una tercera vía para entrar a formar parte del estamento nobiliario era el enriquecimiento (tras muchas de las "probanzas de nobleza" del siglo XVIII se encontraba, de hecho, una compra de las mismas). La fundación de mayorazgos perseguía este fin, como hacia idéntico lugar se encaminaban también las capellanías y obras pías. La razón: tales instituciones convertían a sus beneficiarios en rentistas.
3º.- Estas fundaciones servían como un instrumento de prestigio social y un medio de ostentación, en especial en el lugar del nacimiento del promotor, que era a donde estaban adscritas la mayor parte de estas instituciones. Del fundador se conservaba el recuerdo por "su generosidad" y los herederos y familiares se beneficiaban -también- de tales reconocimientos, adquiriendo preeminencia social. Una reminiscencia de esta función que estoy describiendo ha perdurado hasta el día de hoy, pues todavía se intentan forzar los árboles genealógicos para hacerse descendiente de un arcediano, de un obispo o de un ministro.
Podrá comprenderse ahora la extraordinaria difusión que tuvieron estas fundaciones "piadosas" durante el Antiguo Régimen. Pese a todo, las que lograron alcanzar sufuciente prestigio y fueron útiles a la sociedad adquirieron consideración como entidades de interés público y fueron integradas en las actuaciones sociales del Estado Liberal del siglo XIX. En otros casos, como le sucedió a las Obras Pías del Arcediano y del Obispo Díaz-Caneja, desaparecieron con la Desamortización.
En Sajambre existieron varias obras pías y capellanías, que de seguro irán aumentando según vayamos conociendo nuevos documentos. Como el fenómeno era general y Sajambre no fue ninguna excepción, nos encontramos con situaciones muy similares en los concejos vecinos.

domingo, 2 de noviembre de 2008

LA CAPELLANÍA DE LA VIRGEN DEL PÓPOLO (II): la fundadora, doña Juana González de Coco.

Juana González de Coco estableció en 1625 una fundación piadosa que consistió en una capellanía adscrita a la iglesia de Soto que llevaba por nombre “capellanía de la Virgen del Pópolo” (Eutimio Martino, Valdeburón, n.139). Definiré esta institución más adelante porque ahora quiero centrarme en la personalidad de la fundadora.
El apellido González es un patronímico que significa "hijo de Gonzalo" y, aunque hoy haya desaparecido, el apellido Coco se documenta desde el año 1598. El documento fundacional de la capellanía dice que Juana González era originaria de Soto y en Soto aparece el apellido Coco en la fecha más temprana (1598), cuando se menciona “la casa de Pedro de Coco” (Archivo Piñán, Toribio de Granda 1598-05-04). En un documento hecho en Oseja en 1633, uno de los testigos se llama Agustín Fernández de Coco (Archivo Piñán, Sancho Díaz 1633-12-21). En 1659, Baltasara Díaz de Coco, mujer de Ventura Díaz, tenía un prado en el Verrunde de Oseja (Archivo Piñán, 1659). En 1680, el apellido Coco vuelve a documentarse en Soto (Eutimio Martino, Valdeburón, n.157). Y en 1794 se cita a un Manuel Alonso de Coco (Colección Particular, Francisco de Mendoza 1798-03-10).


Pero la noticia más interesante nos la proporciona el documento fundacional cuando menciona al primer beneficiario de su capellanía: su sobrino Domingo Piñán, a la sazón cura de Oseja y su anexo, Soto. Se trata de Domingo Piñán de Cuetoluengo, el mismo que construyó una parte de la Casa Palacio de Oseja, así como la capilla señorial de Santo Domingo, que fue Comisario del Santo Oficio y que es, hasta el momento, el personaje más antiguo que conocemos del linaje Piñán.


El parentesco debía venir por línea materna y coincide en nombre con la mujer del hermano de Domingo, llamado Gonzalo Piñán, documentado en el año 1579 y muerto antes de 1636, cuyos hijos María González (viuda de Alonso de Biya en 1592), Juan Piñán y Pedro Piñán están documentados en Soto, mientras que Agustín Piñán y Gonzalo Piñán lo están en Oseja junto a su tío Domingo. Al ser el nombre de Agustín poco frecuente en el Sajambre de esta época y aparecer siempre vinculado a la familia Piñán, a este Agustín que fue sobrino carnal del comisario y que vemos en documentos de mediados del seiscientos, bien pudo ponérsele el nombre de algún antepasado; de manera que, tal vez, el Agustín Fernández de Coco documentado en 1633 perteneciera a esta misma familia. Nótese también la reproducción del nombre de la fundadora en uno de los hijos de Gonzalo Piñán de Cuetoluengo que, por lo que sé a día de hoy, hace el número I de los Gonzalos de esta familia.


La fundación de la capellanía nos dice otra cosa interesante: Juana González de Coco vivía en Madrid, tenía propiedades inmobiliarias en dicha ciudad y suficiente caudal para establecer una fundación piadosa en su pueblo natal. Esto quiere decir que la familia Piñán debía disfrutar de una holgada situación económica antes de la aparición en la escena sajambriega de Domingo Piñán. No en vano, este personaje había estudiado en la Universidad, alcanzado el grado de licenciado y obtenido el curato de Santo Adriano de Gradefes antes de llegar a Oseja en 1621. Ninguna de estas cosas habrían sido posibles sin medios económicos. Hay que remarcar también que, entre 1598 y 1622, vemos a su hermano Gonzalo Piñán y a su mujer, Juana González (la homónima de la fundadora), comprando propiedades en Sajambre.


En resumen, esta primera Fundación sajambriega documentada estuvo vinculada al pueblo de Soto, fue establecida por un miembro de la familia Piñán y disfrutada por otro miembro de la misma saga.


PRÓXIMO CAPÍTULO (de este artículo): la institución de la capellanía en el Antiguo Régimen.

jueves, 23 de octubre de 2008

FUNDACIONES HISTÓRICAS EN SAJAMBRE: LA IGLESIA DE SANTA MARÍA DE SOTO Y SU CAPELLANIA (I).

Las Fundaciones más conocidas en Sajambre son la del arcediano Díaz de Oseja y la del obispo Díaz-Caneja, pero en los siglos del Antiguo Régimen hubo en el valle otras instituciones de esta naturaleza que iremos retratando y explicando en esta nueva Etiqueta, la cual iniciamos con la primera Fundación conocida: la que se vinculó a la iglesia de Santa María de Soto en el año 1625. Al mismo tiempo, nos servirá para hacer una pequeña historia de este templo sajambriego. En este primer post me limitaré a enumerar los datos con los que contábamos hasta el momento , al objeto de intentar completar, comprender y contextualizar históricamente lo narrado en los documentos.


La iglesia de Soto toma su primera advocación de la iglesia matriz, Santa María de Oseja, de la que dependerá desde su fundación hasta comienzos del siglo XIX. Nótese que las dos iglesias actuales, la de Nuestra Señora de la Asunción de Oseja y la de Nuestra Señora de las Nieves de Soto, siguen teniendo ambas una advocación mariana, si bien cada una de ellas está dedicada a un atributo o categoría diferente de la Virgen María.


La iglesia de Soto no se menciona en los documentos de 1300, 1348 y 1468,. En este último caso la explicación debe radicar en el carácter económico del parroquial del siglo XV, en donde sólo se registran las iglesias a efectos de tributación, por lo que en nuestro caso debieron limitarse a mencionar la iglesia matriz. Sea como fuere, en Soto tuvo que existir iglesia desde tiempo atrás. Como dependiente de la de Oseja se documenta a partir de inicios del siglo XVI.


En 1625, Juana González de Coco establece una capellanía en la iglesia de Santa María de Soto que será transformada en 1665 por el arcediano Pedro Díaz de Oseja.


La donación efectuada por los dos clérigos llamados ambos Diego de la Caneja, que el Arcediano convirtió en canónigos, son datos procedentes de una fuente desconocida, y mientras no poseamos información contrastada y documentalmente fiable son hechos que deben permanecer en el terreno de lo puramente especulativo.


Santa María de Soto sigue siendo filial de Oseja en los años 1723, 1752 y 1756: así consta en los archivos diocesanos (E. Martino, Valdeburón, n.147), así aparece en el Catastro de Ensenada (Archivo Municipal de Oseja de Sajambre) y así se dice en un documento notarial al mencionar que don Joaquín de Sosa y Tovar es "cura deste dicho lugar (Oseja) y del de Soto, su anexo" (Archivo Piñán, Francisco Antonio Díaz Caneja 1756-11-30).


En el siglo XVIII se convierte en vicaría perpetua con un vicario a ella adscrito, pero ni el hecho de tener un vicario o ‘ayudante’ de cura, ni tampoco la posesión de pila bautismal y libros de bautismo la convierten en una parroquia autónoma. Esto no sucederá hasta comienzos del siglo XIX, según los documentos consultados por Eutimio Martino (La Montaña de Valdeburón, n. 255).


En el artículo que aquí iniciamos analizaremos la Fundación que Juana González de Coco establece en 1625 a través de los siguientes apartados: la fundadora y su familia; significado y función de las capellanías en la España del Antiguo Régimen; la capellanía de Soto; la transformación que de ella hace el arcediano Pedro Díaz de Oseja 40 años después; y la iglesia de Soto en los siglos XVII y XVIII.


PRÓXIMO CAPÍTULO (de este artículo): la Fundación de 1625, doña Juana González de Coco.