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jueves, 19 de junio de 2025

COCINAS DE POBRES, COCINAS DE RICOS EN SAJAMBRE DURANTE LOS SIGLOS XVII Y XVIII (2): CONSUMO, CONFORT Y URBANIDAD EN UNA COMUNIDAD RURAL DE MONTAÑA

Ningún siglo es igual a otro. El continuismo rural es un mito producto del desconocimiento histórico. Solo hace falta pensar en cómo se vivía en Sajambre en la década de 1920 y cómo se vive ahora. Las diferencias son grandes para lo bueno y para lo malo, y así sucedió en todos los siglos. 

En el artículo anterior describí lo que dicen los documentos sobre las formas de vida de los sajambriegos en el siglo XVII, a través de los objetos domésticos y de consumo en las cocinas, que es el espacio habitado mejor descrito en los inventarios de bienes sajambriegos. El menaje resultó ser muy escaso en todas las viviendas y con una alta desigualdad entre los más ricos y todos los demás. No había categorías intermedias. Ese nivel básico generalizado no siempre fue sinónimo de pobreza, sino de ausencia total de elementos superfluos y suntuosos, o sea, de una inexistencia absoluta de objetos no necesarios, a los que nos tiene acostumbrados el consumismo moderno. Se vivía de una manera muy distinta a la actual, porque la mayoría de la gente no valoraba los objetos que no fueran imprescindibles para el trabajo o para la vida cotidiana. En las casas tenían lo que necesitaban y nada más. El valor se lo daban a las tierras, a los prados y a los animales. Por otra parte, tampoco hay que olvidar que el siglo XVII fue una época de crisis generalizada en toda España, por lo que las dificultades que pudieron tener los sajambriegos en esa época se agudizaron por la mala situación del reino. 

Pero pese a que el siglo XVII terminó con las secuelas de la gran crisis económica y el XVIII se inició con la Guerra de Sucesión (1701-1713), que diezmó demográficamente el valle y obligó a muchos sajambriegos a emigrar, pese a estas circunstancias adversas, se observa un paulatino cambio de mentalidad a partir de 1695 aproximadamente.  

Vimos cómo antes de esta fecha solo los ricos usaban manteles en las mesas para comer y solo ellos se servían de cubiertos para lo mismo. Los demás carecían de tales niveles de urbanidad y comían con las manos, con la escudilla de madera o ayudándose con el pan. Esta realidad seguirá existiendo y la escudilla para beber siguió usándose durante mucho tiempo. Tan extendida estaba esta costumbre, que los más pudientes las compraban de loza de Talavera, como el cura de Oseja y Soto en 1720, en cuyo documento se especifica el uso que se le daba: “una escodilla de Talavera con que se bebe” .  No hay vasos, ni copas en la vida cotidiana de la generalidad del valle. Solo en unas pocas viviendas que vuelven a concidir con los más acomodados: los clérigos y los Piñán de Cueto Luengo. No se utilizan en los hogares de la mayoría, salvo "la copa del concejo", de plata y con una función ritual y protocolaria, que aparece ocasionalmente guardada en casa de algún vecino. 

Sin embargo, a partir de 1695 se detecta una realidad cambiante, más parecida a lo que se lee en los documentos del siglo XVIII. Las innovaciones entran lentamente, ahora a través de los grupos medios de la sociedad rural formados por algunos que llegaron a alcanzar mejor situación, gracias a la práctica diversificada y combinada de las actividades agropecuarias y comerciales, estas últimas a través de la carretería y de la arriería. El cambio empieza a detectarse, incluso, en algún hogar más modesto. En cualquier caso, se sigue observando cómo otras modernidades penetran en el valle asimismo de mano de las élites locales. 

El porcentaje de uso de menaje variado en el siglo XVII, con algunas piezas más aparte de las estrictamente necesarias, era del 8’5%. Este mismo porcentaje en el siglo XVIII asciende al 27’6% de los casos. Con menaje variado no me refiero a un único caldero para el llar, sino a varios y de diferentes tamaños; cazos de distintos materiales, de hierro, de latón y de aleaciones como el peltre, con plomo y estaño; ollas metálicas y de barro; caballetes con mayor frecuencia para asar; herradas para transportar agua, así como más de una mesa o de un escaño. Cuando hay dos escaños en buen estado, uno suele colocarse cerca de la cama. 

También se documenta un número mayor de arcas porque hay más cosas que guardar, a veces entre tres y cinco, como las cinco que poseían los Díaz de la Caneja en su casa solariega de Oseja. En otras estancias de la vivienda aparecen también bancos de respaldo, escritorios y bufetes con cajones, ya no solo en casa de los Piñán de Cueto Luengo, donde había escribanos públicos, o de los Díaz de la Caneja, donde también había escribanos, sino, por ejemplo, en la casa de los Martino, de Soto. Son pequeñas diferencias que se extienden muy despacio, pero que hacen su aparición en el siglo XVIII. 

Al porcentaje anterior le sigue el 21’2% de hogares que ahora tienen manteles y servilletas en las mesas para comer, frente al mismo 8’5% del período anterior que, como vimos, se limitaba a la Casa Piñán y a los clérigos. 

Un 8’5% era también en el período anterior el porcentaje de casas con cualquier objeto de ostentación que podríamos calificar “de lujo”, o sea, jarras y platos de Talavera, salpimenteros o cubiertos de plata. Este mayor consumo aumenta de forma muy ligera a un 12’7% en el siglo XVIII, posiblemente porque hay información de más miembros del estamento clerical. No obstante, en 1709 se documenta un José Díaz, laico, que vivía en una casa con “cocina, sala, bodega y dos caballerizas”, sita en el barrio de Caldevilla, en Oseja, junto al palacio de los Piñán, que se hallaba bien abastecida y en la que existían dos escaños de nogal y de tejo y una cama de madera sin labrar. Este José Díaz poseía también “dos jarras de Talavera, la una ya quebrada” y acababa de construirse un hórreo junto a la casa y el huerto anexo. Pese a conservarse menor cantidad y diversidad de documentos que en el siglo precedente, son diferencias que se localizan con menor esfuerzo en el XVIII, lo que indica un tímido cambio en la manera de vivir y en la mentalidad de algunos hogares sajambriegos durante el 1700. 

En el siglo XVIII aparecen por primera vez en los inventarios de bienes de Sajambre los vasares y armarios en las cocinas para guardar los platos y las vasijas, pero las únicas casas en las que se incluye este mobiliario doméstico vuelven a ser las viviendas de los clérigos. Hasta el siglo XIX no se registran quixiellas o quijiellas para colar la ropa. 

Las cocinas de los sajambriegos siguieron estando impregnadas de humo en el siglo XVIII, lo que, en su lado práctico, servía para curar los productos de la matanza. El escaño continuaba alrededor del llar, con el gran caldero colgando de las llarias o clamiyeras de hierro y con algunas tayuelas para sentarse. En cambio, la cocina baja de la Casa Piñán responde al modelo de las casas señoriales. Seguía siendo la única de chimenea de todo el valle, con varias trébedes de distinto tamaño para colocar las ollas, con vasares, platos de madera y vajilla de loza, cubertería de plata, copas de vidrio, almireces de bronce o cacillos; con la matanza curándose en dependencias distintas a la cocina y con el horno para amasar fuera de dicho espacio, en una estancia independiente. Estas cocinas libres de humo no llegaron a las restantes casas sajambriegas hasta bien entrado el siglo XIX y, en algunos casos, hasta principios del XX. 

Entre los nuevos objetos que se encuentran ahora en las mesas más acomodadas, que – insisto – siguen siendo las de los clérigos y los Piñán de Cueto Luengo, se encuentran los potes de tabaco y las chocolateras, tan características del siglo XVIII. Habrá que esperar al año 1856 para encontrar una chocolatera en casa de Víctor Acevedo, vecino de Oseja. 

La otra cara de esta misma moneda es la pobreza, que seguía estando bastante extendida. Por ejemplo, en 1721 el bien más preciado del mobiliario y enseres domésticos que tenía Juan de Granda, vecino de Vierdes, era un escaño destartalado.

CONCLUSIONES 

La principal conclusión que se extrae de esta documentación es que la memoria que llegó al siglo XX como creencia de lo que fue la vida tradicional en Sajambre, en lo que respecta al contenido de las casas de morada, no es anterior al siglo XIX y, para muchos casos, más bien la segunda mitad de dicho siglo. 

Esta realidad es absolutamente paralela a lo que se ha estudiado en Asturias. Lo que se “cree o creyó recordar” como vida popular no sobrepasa el 1800 o 1850 y lo que se considera propio de las casas tradicionales no es anterior a esa misma época.  

domingo, 13 de abril de 2025

COCINAS DE POBRES, COCINAS DE RICOS EN SAJAMBRE DURANTE LOS SIGLOS XVII Y XVIII (1): CONSUMO, CONFORT Y URBANIDAD EN UNA COMUNIDAD RURAL DE MONTAÑA

En las tierras montañosas de toda la Cordillera Cántabrica y, con ellas, en la comarca geográfica (que no administrativa) de Picos de Europa, la cocina fue hasta hace muy poco el espacio principal de las casas.  La vida transcurría en ella. Allí se comía, se dormía, se charlaba, se preparaban los alimentos, se amasaba o, simplemente, se pasaba el tiempo al calor del llar. Muchas viviendas solo tenían una cocina y un cuarto para dormir, porque en siglos pasados no existieron algunos fenómenos modernos, como el consumismo o el confort.  Estaban acostumbrados a vivir con un traje para el invierno y otro para el verano, con los aperos y utensilios justos para desempeñar las tareas agrícolas, ganaderas y comerciales, y con el mobiliario doméstico más austero que facilitara algún lugar para sentarse, otro para dormir y otro para calentarse y cocinar. No hacía falta nada más para la existencia humana. La casa era, en esencia, poco más que un lugar que protegía de las inclemencias. 

No existía el concepto de decoración, ni conciencia o necesidad alguna de tener que adornar la vivienda. Solo se poseía lo que se necesitaba. 

No había intimidad porque, a menudo, los miembros de una familia dormían juntos y las casas carecían de la compartimentación del espacio a la que estamos acostumbrados en la actualidad. Además, el espacio se compartía con los animales, al quedar la cuadra en los bajos de las viviendas, muy cerca de los lugares de habitación humana. 

No existía el concepto de confort. 

No había WC ni cuartos de baño. Los excrementos humanos terminaban en la cuadra o en el corral y el aseo se hacía con una jofaina, si se hacía. La mayoría de los cuartos de baño de las casas de Sajambre empezaron a construirse en los años 70 y 80 del siglo XX. Esto no solo sucedió en el concejo de Sajambre, sino que fue tónica predominante en el medio rural español, y en algunos casos también urbano, hasta bien avanzado el siglo XX. 

Las casas carecieron de agua corriente hasta la Edad Contemporánea. A por agua se iba a las fuentes públicas con cántaros y herradas, salvo que existiera algún pozo en el corral. En los documentos sajambriegos de los siglos XVII y XVIII, solo se documenta un pozo en el corral de la casona que poseyó en Ribota el cura párroco, Toribio Díaz Prieto, a comienzos del siglo XVIII. Normalmente eran las mujeres las encargadas de ir a por agua a la fuente en los pueblos de España. Pero en las ciudades existía el oficio de aguador, que se encargaba de recoger agua, transportarla en burros y repartirla por calles y plazas. 

Las viviendas eran, en general, lugares insalubres y mal ventilados para combatir los rigores climatológicos. Los únicos vanos en las fachadas eran la puerta de entrada y algún ventanuco en la cocina o en el cuarto. Sin cristales, porque el vidrio no llegó a todos los bolsillos hasta su fabricación industrial en el siglo XIX. Solo los edificios nobles, como las iglesias, y algún palacio podían tener vidrios o vidrieras. Los demás tapaban las ventanas en invierno con pieles, cortinas, pergamino o se cerraban con contraventanas de madera. Por esto, el interior de las casas era también un espacio muy mal iluminado. La iluminación artificial era a base de velas, con palmatorias y candiles como mucho (candelabros en las casas ricas); hasta finales del siglo XVIII no existieron lámparas de gas en las ciudades; y la electricidad llegó a Sajambre en el siglo XX gracias al indiano, Félix de Martino. La multiplicidad de huecos o su tamaño en las fachadas de las viviendas fue indicativo de un nivel social más elevado o de un cierto enriquecimiento de sus dueños. En Sajambre, las ganancias de la arriería y de la carretería permitieron la construcción de algunas casas (pocas) con elementos nobles, como ventanas o puertas en arco de medio punto. 

Los interiores de las casas eran lugares insanos porque las cocinas eran de humo, con el llar como centro. Algunas llegaron al siglo XX. Al no haber chimenea, el humo impregnaba techos y paredes, ennegrecidos por ello. El humo se aprovechaba para curar los productos de la matanza. No se tenía ni idea de lo extremadamente dañino que es el humo y los ahumados para la salud humana.  Las cocinas de chimenea se utilizaron en la Edad Media. Los manuscritos medievales están plagados de miniaturas que las representan. Pero el mundo rural del norte cantábrico siguió prefiriendo las cocinas de humo durante toda la Edad Moderna. Fueron mayoritarias hasta el siglo XIX, no solo en Sajambre, y en muchos pueblos llegaron algunas hasta el siglo XX. 

No existía demasiada preocupación por la limpieza doméstica. No aparecen útiles para estos quehaceres en los inventarios de bienes y hasta el siglo XIX no se inventó la escoba. Hasta que no empezaron a abrirse comercios de proximidad en el siglo XX, los sajambriegos fabricaban escobas rústicas con ramas silvestres. Las migas y restos de comida por los suelos seguramente eran engullidos por las pitas y algún gato o perro. Cuando en los inventarios de bienes se procede a la descripción del estronco de casa, es decir, el contenido de las viviendas, aparecen siempre las gallinas dentro de las casas de morada. Nunca se habla de gallineros, normalmente se describen junto a los objetos que había en las cocinas. Por cierto, solo en 2 casos de 153 documentos consultados aparecen perros y gatos, en concreto, 1 gato y 1 mastín. Es decir, estos animales no poseyeron valor material para los sajambriegos de los siglos XVII y XVIII. Seguramente, el gato se valoraba solo como cazador de ratones y el mastín por su desempeño con el ganado. 

La higiene no tuvo ningún interés para aquellas sociedades porque no se conocía el fundamento biológico de la enfermedad. Las ciudades estaban algo más avanzadas en esto que el medio rual, pero hasta el siglo XVIII no se iniciaron las preocupaciones políticas por el higienismo. Fueron los ilustrados los que lo difundieron en España, aunque con razonamientos todavía alejados de las causas científicas de las patologías. Por ejemplo, se achacaba a los malos olores la razón de muchos contagios. Este fue el principal motivo que llevó a Carlos III a obligar a construir los cementerios fuera del casco urbano de ciudades y pueblos, porque la costumbre de enterrar a los muertos bajo el suelo de las iglesias hacía la estancia en ellas a menudo insoportable. Las disposiciones carolinas se cumplieron de forma irregular en el medio rural. Oseja es una de las poblaciones cuyo cementerio está todavía dentro de la población y, además, en el mismo centro urbano. 

Como se sabe, la primera vacuna (viruela) no existió hasta finales del siglo XVIII y los microorganismos causantes de enfermedades infecciosas no se descubrieron hasta el XIX. A principios del XX todavía había médicos en España que no creían en los microbios, lo que hoy son los virus y bacterias, y escribieron libros negando su existencia. Es decir, en el Sajambre de los siglos XVII y XVIII no se sabía por qué se producían los andancios, de ahí que no se preocuparan demasiado por el hacinamiento, por la higiene, ni tomaran precaución alguna en el contacto continuo con los animales. 

Otra cosa distinta son los objetos de distinción social que poseyeron las clases altas, que les proporcionaban comodidad y refinamiento. En la Edad Media, un noble no solo pertenecía a los grupos privilegiados de la sociedad, sino que también tenía que parecerlo. Es decir, debía vestirse y vivir acorde con su estatus. Eso era lo que se entendía como “decencia” y ese es el origen de la expresión “nobleza obliga”. Esta mentalidad tuvo continuidad en la sociedad estamental del Antiguo Régimen. De manera que, en las casas de los más acomodados de Sajambre, encontraremos objetos de ostentación y, con ellos, un incipiente consumo de lo que, en aquel ambiente, se entendió como objetos de lujo. Pero, aunque el 80% de la sociedad sajambriega perteneciera a la baja nobleza (la hidalguía) y no existiera en la tierra nobleza titulada, ni el lujo, ni el confort afectó a todos. Al contrario, la mayoría fueron pobres o muy pobres, tanto que, a pesar de ser hidalgos, trabajaban con sus manos para sobrevivir. Como ya manifesté en otros artículos, al hilo de otros temas, en el siglo XVII solo destacaron los Piñán y los curas. Es a partir de 1696 cuando empieza a observarse una pequeña diversificación en los objetos de uso cotidiano de algunas casas, con un incipiente interés por novedades, por piezas suntuarias o por ciertos utensilios y mobiliario que demuestran un cambio de mentalidad. 

Por último, el menaje de cocina informa también sobre las convenciones de urbanidad en la mesa, o la ausencia de ellas. Veremos cómo en esto también existió una importante diferenciación entre las casas de los ricos y las casas de los pobres. Por ejemplo, durante todo el siglo XVII los únicos cubiertos que aparecen en la mayoría de los inventarios son la cuchara de hierro, que era el cucharón que se usaba en el caldero, y la esplena para las sartenes. La sopa se bebía directamente de la escudilla y el resto se comía con las manos, ayudándose de alguna rebanada de pan. La mayoría de los sajambriegos no tenía mesas en las cocinas, a veces solo un escaño y casi nunca manteles. Las servilletas eran un lujo que solo poseían los ricos. Tampoco se documentan vasos, ni tazas, ni jarras en la mayor parte de los hogares del siglo XVII. Se bebía con la escudilla o, en su caso, con la bota de vino. 

Un problema importante de estas fuentes documentales es la inexistencia de objetos domésticos relacionados con la cocina en muchos inventarios masculinos. Esto se debe a que muchos utensilios fueron bienes privativos que la mujer aportaba al matrimonio en su ajuar y cuya propiedad conservaba hasta su muerte. Ese ajuar es el “carro de trastes” o “carro de ajuares” que se menciona en algunos documentos.  Así, en el ajuar que recibió la hermana de Gonzalo Piñán de Cueto Luengo cuando se casó con Juan Díez en 1653 se hallaba lo siguiente: dos pares de manteles, una caldera de cobre, una cuchar, una esplena, un asador, dos hoces de pan, una cuchilla para la masera, un cazo de cobre, un cedazo, una peñera y un maniego con dos docenas de platos y escudillas de madera, además de ropa de cama, vestidos de su cuerpo, una azada y 50 ducados de arras. Esta información procede de un memorial anexo porque lo habitual, en las cartas de dote, es que solo se incluyan las cantidades monetarias, tierras, prados y ganados y se aluda genéricamente al “carro de ajuares”, pero sin enumerar su contenido. 

El mobiliario y los complementos domésticos de los hogares sajambriegos del 1600 y del 1700 aparecen retratados en los documentos de la época con los siguientes términos: trastes, ajuares, bastigas, alhajas y, en general, estronco de casa. En el período más antiguo, que aquí comprende los años 1600 a 1695, solo encontramos dos tipos de casas: pobres y ricas, sin situaciones intermedias. Eso sí, dentro de la pobreza, había individuos mejor y peor abastecidos. El siglo XVIII fue distinto, en él se encuentra una mayor variedad de situaciones. 

Por último, he de decir que he utilizado un total de 153 documentos conservados, compuestos por inventarios post mortem (la mayoría) y algunos de otro tipo, en los que se enumeran mobiliario y utensilios de cocina. De esos 153 documentos, solo encontré información útil en 89 (42 del siglo XVII y 47 del XVIII). Vamos a centrarnos primero en el siglo XVII para apreciar, después, los cambios que se observan en el XVIII.  Tales cambios se empiezan a detectar en Sajambre a mediados de la última década del 1600, por lo que he establecido la frontera cronológica en el año 1695. 


SIGLO XVII (1600-1695). COCINAS Y MESAS DE LA GENERALIDAD DE LA POBLACIÓN DEL VALLE


Todas las cocinas de Sajambre fueron de humo en el 1600, excepto la única de chimenea que tuvo el palacio Piñán. La mayoría se componían del llar y sobre él un caldero que, en esta época, era de hierro. Incluso en las casas de los ricos, donde también había calderos de cobre, no falta el grande de hierro. Este caldero, en el que se cocinaba, colgaba de las cadenas del llar. Por eso, tales cadenas aparecen justo antes o justo después de los calderos de hierro en los inventarios sajambriegos. En algunas viviendas había calderos más pequeños u ollas que se colocaban sobre la trébede para cocinar. 

Las cadenas de hierro para el caldero aparecen en esta época con las siguientes denominaciones: pregancias (1600), clamiyeras (1652), “unas clamiyeras de yerro con sus garfios y travesías” (1677) y llarias (1662, 1669, 1677), incluso se registran “unas medias llarias” (1699). 

En la cocina tradicional solía haber un banco de madera corrido en forma de U, a menudo pegado a la pared, con o sin brazos, que, a veces, tenía una mesa abatible. Es lo que hoy se conoce como escaño. No obstante, en el pasado un escaño también fue un banco de madera corrido sin mesa, o un banco de madera con brazos para dos o más personas con o sin respaldo y con o sin mesa, o un simple banco para sentarse en la cocina. La primera vez que se documenta un escaño en Sajambre es en 1675, sin especificar de qué tipo, en casa de Juan de la Puente, de Ribota. Estaba en su cocina porque se incluye entre otros artilugios domésticos propios de dicha estancia. En 1677 se registra “una mesa vieja y un escaño desarmado” en casa de Victorio Alonso, de Oseja. 

No hay más mobiliario en las cocinas del siglo XVII, aunque en ellas, o en algunas de ellas, debía haber alguna mesa, como la que estaba desarmada en la vivienda de Victorio Alonso, pero no se especifica su función. No aparecen maseras en el siglo XVII en las casas pobres, tampoco vasares o armarios de ningún tipo. Por su parte, se entendía que el horno formaba parte de la arquitectura de la cocina. Solo se menciona cuando se encontraba fuera de dicho espacio.   

Entre los recipientes para almacenar, transportar u otros útiles que aparecen en las cocinas se encuentran: calderos pequeños, “una olla de traer agua” que tenía en 1675 María Martín, vecina de Oseja y viuda de Juan de Acevedo; alguna herrada (1661) para lo mismo y cántaras para agua o vino; pellejos y botas de vino; artesas para echar manteca (1675), peñeras y cedazos para cribar la harina, pesas y toda suerte de cestería.  

Dejo para el final el menaje de cocina y la cubertería.  Son escasas las “ollas gitanas”, es decir, metálicas y más frecuentes las sartenes (era masculino en Sajambre: el sartén) y los cazos. El sartén era siempre de hierro y los cazos podían ser de hierro o de cobre. No se registran trébedes, pero tenía que haberlas para poder colocar las sartenes y ollas sobre la lumbre o sobre las brasas. Tradicionalmente, una trébede era un armazón de hierro con tres pies que servía de soporte a cazuelas y sartenes. Con el tiempo y por extensión, la encimera de las cocinas modernas se llamó (y se llama) “trébede” en Sajambre. 

Abundan también les cuchares, con el plural siempre en asturiano. El singular es “la cuchar” y el plural, “cuchares” o “cuyares”. La cuchar siempre era de hierro y se relaciona con el caldero. En la mayoría de las casas solo había una cuchar, por lo que claramente se usaba en el caldero. No aparecen otras cucharas que estas, ni siquiera de madera. Este hecho indica que no usaban la cuchara para ingerir alimentos. Teniendo en cuenta que todos eran artesanos de la madera y que fabricar cucharas para comer no debía resultarles demasiado oneroso, esta total ausencia indica una falta de costumbre. Para lo que hoy hacemos con las cucharas, se servían ellos de las escudillas o del pan. 

Hay también esplenas y algo que no faltaba en ninguna casa: platos y escudillas de madera. Su número variaba según los casos. Veamos. 

Lo más frecuente era que la gente tuviera una docena de platos y escudillas. Es lo que más se repite en los inventarios. Siempre de madera, así se especificaba, y si se daba el caso de que fueran de otro material, el notario dejaba constancia porque su valor era más elevado. En el siglo XVII nos encontramos con algunos que superaban la media: como los Piñán (lo veremos enseguida), o como la docena y media de platos y escudillas de Juan González (Soto, 1659) o 14 escudillas y 4 platos (Catalina Díez, Ribota, 1665) y otros que se quedaban por debajo, como “media docena de platos y escudillas” (Inés Amigo, viuda, Pío, 1667; y Victorio Alonso y su mujer, Oseja, 1677); 4 platos y 4 escudillas (María Martín, viuda, Oseja, 1675); 7 escudillas y 1 plato (María Redondo, soltera, Pío, 1677) o solo 3 escudillas (María de la Puente, viuda, Pío, 1675). 

En dos casos de 1659 y 1675 aparece un “asador”, es decir, una barra puntiaguda de hierro que servía para remover la lumbre y que se usaba también en el tallado de la madera. 

Nadie comía sobre manteles en la mayor parte de las casas sajambriegas antes de 1696. No usaban servilletas. No conocían el tenedor. No aparecen los cuchillos, aunque debían tener instrumentos cortantes para trabajar la madera y trocear los alimentos, aparte de puñales, que debían ser “multiuso” como armas defensivas u ofensivas, para el trabajo en general, para la matanza y para otras circunstancias. En el siglo XVII, ese instrumento ya pudo ser una navaja, porque los cuchillos abatibles se habían inventado precisamente en España a finales del siglo XVI. Al menos, uno de los hijos del primer Tomás Díaz de la Caneja, llamado Pedro, tenía una navaja en 1670, con la que asesinó a su primo, Toribio Díaz, a causa de una disputa por una partida de naipes el día de Nochevieja.  

La conclusión es que la mayor parte de los sajambriegos del siglo XVII comía con las manos en los escaños o bancos de las cocinas, sin mantel, ni refinamiento de ningún tipo, sin comodidad y sin higiene. 


SIGLO XVII (1600-1695). COCINAS Y MESAS DE LOS RICOS 

Para documentar este período entre la clase alta de la sociedad sajambriega solo hay documentos relativos a los Piñán de Cueto Luengo, que son suficientemente expresivos. Debe pensarse que el arcediano, Pedro Díaz, no vivía en Sajambre y que, cuando su madre estaba en Oseja, se hospedaba en casa de los Piñán o, es de suponer, que con alguna de sus hijas. Los principales documentos de la línea principal de los Piñán son el inventario de bienes de Marcos Piñán, el de su hermano, el cura de Oseja y Soto y comisario de la Inquisición, Domingo Piñán, en su casa palacio de Oseja, el ajuar de una de sus sobrinas y una serie de testimonios resultantes de la actividad notarial o judicial con información útil. 

Antes de 1636 se ponían manteles para comer en la residencia que Marcos Piñán tenía en El Casar, de Soto, una “morada con cocina, bodega de amasar y cuatro aposentos dormitorios”. Estos cuatro aposentos marcan una diferencia importante con las casas de todos sus vecinos en la primera mitad del siglo XVII, en las que solo había un aposento y, a menudo, ni siquiera eso. Marcos Piñán tenía una buena posición económica, con numerosas propiedades en Soto, algunas recibidas por herencia de su padre, el escribano Gonzalo Piñán, quien casó con una Juana González de Coco, que se llamaba igual que la fundadora de la capellanía de la Virgen del Pópulo quien, a su vez, vivió y murió en Madrid, pero que estuvo emparentada con su homónima sin ninguna duda (quizás fueron tía y sobrina), porque dejó al cura Domingo Piñán, hijo de la primera y al que la segunda llamaba su “sobrino”, como primer beneficiario de dicha capellanía. Aparte de las propiedades y rentas heredadas, Marcos Piñán debió haber hecho algo de fortuna vendiendo vino en Asturias. 

En su inventario post mortem del 31 de julio de 1636 figuran “tres mesas de manteles”, aunque en su casa hubiera una cocina tradicional con su llar y su caldero.  Para esa fecha de 1636, su hermano, el clérigo e inquisidor, ya había terminado de construir un palacio rural en Oseja, que fue el único edificio del valle que tuvo una cocina de chimenea en su planta baja. En el piso alto hubo una segunda cocina de humo a uso de la tierra. “Con su cozina alta y vaja”, siguieron repitiendo los documentos familiares durante todo el siglo XVII. 

El comisario Piñán no tuvo nada que se nombrara como ‘escaños’, pero sí “tres bancos de respaldar”, tres taburetes y dos sillas, todo de madera de nogal (1652). Tuvo también, al menos, dos mesas que se cubrían con “manteles alemaniscos, unos pequeños y otros grandes, con quatro serbilletas de la misma tela y otra serbilla (sic) en una pieça, que es decorada a los manteles grandes alemaniscos, de largo todo hermano. Más unos manteles ordinarios de lienço, de cada día, con media doçena de paños del mesmo lienço. Más otros dos paños de manos labrados de ilo leonado y negro, de manos”. Es decir, Domingo Piñán, sus sucesivas barraganas y sus hijos, no comían en la cocina, sino en una dependencia aparte donde había una mesa que a diario se vestía con manteles de lienzo y servilletas del mismo género. Para ocasiones especiales tenía servilletas y manteles bordados de tejidos más nobles y de importación, calificados de “alemaniscos” por su procedencia germana, aunque seguramente se adquirían en los mercados de paños de Segovia o en alguna feria bien abastecida, como la de Medina del Campo. 

La cubertería que poseía el palacio Piñán cuando murió su primer dueño se componía de “doce cuchares de plata y dos tenedores, doce cuchillos en dos caxas”. Los tenedores eran una absoluta novedad en Sajambre y aquí sí vemos cuchillos (no la vulgar navaja que usaba el pueblo llano), de plata y con una clara función en el servicio de mesa. 

La vajilla se componía de las siguientes piezas: “Tres taças de plata y una jarra de plata…. Más un salero de plata y dos de Talabera... Más dos açeiteras de estaño… Más tres doçenas de platos y escudillas de Talabera. Más un pipotillo de echar binagre… Más quatro doçenas de escudillas y platos de madera, ordinario de casa...”. O sea, para uso diario se comía en platos y escudillas de madera, como el resto de los sajambriegos, solo que el comisario tenía cuatro docenas. Para ocasiones más solemnes, sacaba la vajilla buena, que era de loza de Talavera (tres docenas). Todo se acompañaba con complementos de plata y cerámica (jarras, tazas, saleros, aceiteros, etc). 

En las cocinas tenía el siguiente instrumental: “Cinco jarros y pichetes de estaño, de una açunbre y media y de puchera… Más una olla de estaño oro pelada que haçe una puchera… Más dos almireçes con sus manos... Más tres ollas de metal i hierro que llaman jitanas. Más quatro calderos y una caldera de cobre, y los calderos de hierro. Más dos caços de cobre y una tarta y una caçuela todo de cobre... Más nuebe queros de traer bino que llaman pellexos… Más tres badillos y dos caballetes de asar carne y dos tiellas y un sartén y dos cuyares de fierro... Más tres herradas de traer agua... Más dos pares de clamiyeras de casa. Más dos xarros de açunbre de madera”. En el ajuar de 1653 aparece “una masera”, que veremos proliferar en las casas del valle durante el siglo XVIII. En concreto, “una cuchilla para la masera”. Por cierto, en la casa Piñán, aparte de las cocinas, había “un aposento donde se amasa el pan para dicha casa”, o sea, el horno estaba en un espacio independiente de las cocinas.

En los inventarios de los Piñán de esta época no se especifica el material de los almireces o morteros, quizás por eso no eran de bronce. La olla de estaño dorada quizás fuera un objeto de ostentación para servir los guisos en la mesa. Los badillos tenían una función similar a los asadores, la de remover las ascuas en el horno. 

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En resumen, los Piñán de Cueto Luengo no solo tenían en el siglo XVII la casa de mayores dimensiones de todo el concejo, considerada palacio en la Real Chancillería de Valladolid, y una capilla señorial de bóveda enfrente de la casona, sino que el interior era acorde con el estatus de sus dueños, hidalgos notorios de solar conocido. Pero otros muchos sajambriegos que también fueron hidalgos notorios por nacimiento nunca llegaron a igualar en fortuna a los Piñán, porque estos últimos fueron enriqueciéndose de distintas maneras a lo largo de varias generaciones, destacando ya en el siglo XVI cuando vivían en Soto.  Lo cierto es que, en el XVII, estaban a años luz del resto de los sajambriegos. Ahora bien, esto es válido para el pequeño marco de la sociedad rural sajambriega de aquella época y, si acaso, para alguno de los concejos circundantes con perfiles socioeconómicos parecidos, porque la fortuna de los Piñán habría sido irrisoria para los más ricos de ciudades como Oviedo o León y no digamos en la corte de Madrid. Por tanto, todo ha de relativizarse y entenderse en su contexto.

Al mismo tiempo, cuando cualquiera entraba en la casa del comisario del Santo Oficio, Domingo Piñán, contemplaba una sucesión de objetos de ostentación en cada estancia, porque no solo poseyó lo que aquí se ha descrito, sino también cortinajes, cuadros con óleos en las paredes, candelabros, espejos, bargueños, escritorios o una nutrida biblioteca. Y la cuestión es que sus paisanos frecuentaban el palacio, bien porque trabajaban como sirvientes, o porque trataban allí asuntos de iglesia o de negocios (más de medio concejo de Sajambre tenía ganado en aparcería con Domingo Piñán), o porque acudían a pagar las rentas (más de medio pueblo de Soto vivía en casas alquiladas a Domingo Piñán, tantos otros de todos los pueblos llevaban prados suyos y muchos tenían prestámos hipotecarios con él), o porque iban de visita, pues el cura se molestaba si cuando nacían sus hijos, no acudían sus feligreses a su casa para darle la enhorabuena. Que un cura post tridentino tuviera hijos era un escándalo al estar penado en los cánones del concilio. Pero Domingo Piñán tuvo varios hijos. Porque podía. Y nunca le pasó nada, a pesar de haber sido denunciado. También se construyó un palacio al llegar a Oseja en 1621. Porque podía. Y una capilla funeraria cuya advocación era la de su nombre: Santo Domingo. Porque podía y la había pagado él y así perduraría su recuerdo por los siglos de los siglos.  Todavía existe en la actual iglesia de Oseja la capilla de Santo Domingo. Empezamos a entender cómo los objetos de lujo relacionados con el refinamiento y el confort que disfrutó Domingo Piñán, frente a la modesta forma de vida de los restantes sajambriegos (incluidos los otros hidalgos notorios), adquiría un significado simbólico (de prestigio y poder) en las mentes de sus convecinos. 

domingo, 21 de marzo de 2021

EL CULTIVO DE LA ESCANDA EN SAJAMBRE

 

En casi todas las panaderías actuales de Asturias se vende pan de escanda tras haberse recuperado un alimento tradicional de la región. De hecho, la escanda o trigo silvestre de invierno, fue la única variedad que podía cultivarse en los suelos pobres y ácidos de estas tierras septentrionales y montañosas porque, a diferencia del trigo común, la escanda se adapta muy bien a los suelos poco profundos y a los climas fríos y húmedos. Su cultivo obligaba a un mayor trabajo y atención durante todo el año, especialmente por la necesidad de eliminar constantemente las malas hierbas, pero proporcionaba un cereal panificable más digerible y nutritivo por su alto contenido proteico que otros tipos de granos también utilizados para el consumo humano en el pasado, como la cebada.

La siembra se hacía a voleo en los últimos días del otoño, normalmente en el mes de diciembre, utilizando las semillas con su cáscara. Se recolectaba en verano, separando las espigas de la caña que se ponían a secar en el hórreo entre una y dos semanas hasta, finalmente, aislar la cáscara del grano.   

La escanda podía ser de los tipos Triticum dicoccoides o Triticum spelta,  de los que existe evidencia en el norte peninsular desde la Edad del Hierro. Estas fueron las únicas variedades de trigo que podían cultivarse en Sajambre por las características de sus suelos. Por eso, cuando en muchos documentos solo se habla de tierras sembradas de “trigo”, usándose el término como voz genérica sin especificar variedad, debe entenderse que se trata de escanda. Además, cuando se menciona el tipo, siempre es escanda.     

En Sajambre se han conservado registros escritos del cultivo de la escanda desde el año 1179 hasta el siglo XIX, sin que sepamos con seguridad cuándo dejó de cultivarse. Quizás esto sucediera en la época decimonónica, tras la introducción de la patata, la mayor extensión del cultivo del maíz y un mayor aporte de cereales de la Meseta. Pero con certeza no lo sabemos, como tampoco sabemos si en épocas de hambrunas o dificultades económicas se recuperó su cultivo.  

La documentación judicial proporciona algunos de los casos más expresivos, como en las denuncias y querellas presentadas el 19 de enero del año 1666, cuando el vecino de Oseja, Pedro Díaz de Caldevilla, “se querelló de los dueños de las seves y xetos de Hu de Cossia, que está senbrada de escanda, y por estar patentes se destruyó el pan, mandó el juez dé información y que se bayan a ver las seves. Fueronlos a ver Luis Alonso, de hedad de 62 años, Matheo 42 y Cosme Díaz de 50 años. Dixeron estar avierto un xeto de Torivio de Suero, otro del querellante, Bernavé otro, Pedro Simón y yerno de Pedro Redondo otro”.  O sea, por quedar abiertos los cierres de Juncusía se destruyó el sembrado de escanda que tenía Pedro Díaz de Caldevilla.

El mismo año de 1666, el 1 de marzo, Juan Díaz de Vega, vecino de Soto, se querelló del “beçero y guarda de las cabras del barrio de Las Escortes, del lugar de Osexa, por dicir le destruyeron con la veçería de las cabras de dicho barrio la tierra de Monarga de este querellante que, al presente, tiene senbrada de escanda, y se quitaron más de dos fanegas de escanda del fruto”, es decir, que la escanda sembrada en Monarga en el mes de diciembre ya había germinado y tenía espigas o grano a principios del mes de marzo.

A estos sembrados de Oseja y Soto, se suman los de Ribota, los de Pio o los de Vierdes, como este otro caso documentado el 31 de marzo de 1677 en una prueba testifical: “…si es verdad que el año próximo pasado de setenta y çinco… abrió la dicha hería de Teba que estaba sembrada de escanda y muy nacida, metió en dicha hería su ganado a pastar dicha escanda a bista de toda la beçindaz”.  Nuevamente, en marzo la escanda estaba "muy nacida".

Cien años antes, entre 1579 y 1584, todos los vecinos de Sajambre declararon su productividad anual ante el escribano del rey, Diego Fernández de Cueto Luengo, en un documento que fue enviado a la Hacienda regia por orden de Felipe II.  Las declaraciones al completo se conservan en el Archivo General de Simancas. En ellas puede verse cómo todos los vecinos de Sajambre, excepto los pobres de solemnidad, sembraban escanda. Proporciono, a continuación, un par de ejemplos de cada pueblo. Como se verá, se les pregunta por su producción anual en seis años, que corresponden a 1579, 1580, 1581, 1582, 1583 y 1584. Con respecto al cereal panificable que daba la tierra declaran lo siguiente.   

OSEJA

Pedro de Gonçalo, vecino del dicho lugar de Osexa, y Juan de Gonçalo, su hijo, que biben y moran juntos y tienen sus bienes juntos en una cassa, y dixeron que senbraron cada uno de los dichos seis años tres fanegas (1) descanda  y dos de zebada, de los quales coxieron cada año a razón de quatro fanegas cada una, que suman diez y ocho cargas descanda en los seis años y doçe cargas de zebada”. 

Suero de Vierdes, vecino de Oseja, “senbró una fanega de escanda y otra hanega de zevada. Coxió a raçón de quatro hanegas de cada hanega, que son en los seis años seis cargas de escanda y seis de zevada”.

PIO

Juan de Redondo, padre, y Juan de Redondo, hijo, “senbraron en cada uno de los seis años dos hanegas de escanda y zebada. Coxieron cada un año de cada hanega quatro, que suman en los seis años quarenta y ocho hanegas de todo pan”.

Alonso del Collado, padre, y Alonso del Collado, hijo, “en cada uno de los seis años sembraron dos hanegas de pan de escanda y media de zebada. Cogió en cada un año dos cargas y media de pan que son quinçe cargas en los seis años”.  

SOTO

Gonzalo Piñán “de los seis años sembró dos hanegas de escanda y una de zebada. Cogió cada año tres cargas de pan, que suman diez y ocho cargas en los seis años”.

Diego de la Caneja, “senbró una fanega de escanda y una de zebada. Cogió cada año dos cargas de pan”.

RIBOTA

Juan Fernández, “senbró el año de setenta y nuebe y los demás años de los seis que se haze la aberiguación, senbró dos hanegas de pan, una de escanda y otra de zebada; y coxió en cada coxeta de las dichas seis coxetas dos cargas”.

Pedro Díez, es pobre, “en cada uno de los seis años sembró media hanega de escanda. Cogió cada año media carga”.

VIERDES

Juan de Biya, “en cada uno de los seis años senbró media hanega de escanda, cogió cada año media carga que son tres cargas en los seis años”.

Juan Díez “en cada uno de los seis años senbró hanega y media de pan, una hanega de escanda y media de zebada. Cogió cada año desto carga y media de pan”.  


Obsérvese, en este último caso (y en otros anteriores), cómo el término “pan” se usa como voz genérica para todo tipo de cereal panificable y compruébese también cómo, entonces, hacían pan (seguramente mezclado) con cebada. La cebada para consumo humano sigue documentándose en Sajambre en la primera mitad del siglo XIX. 

El genérico “pan” se usó con mucha frecuencia en la documentación desde la Edad Media. Véase a continuación cómo se sigue empleando “pan”, nuevamente como sinónimo de escanda, en una denuncia hecha en Pio durante el mes de noviembre de 1668, cuando Juan Redondo se querelló criminalmente de Mateo Redondo “por dicir que dicho día andavan las bacas y bueies de Matheo Redondo y su madre en las tierras de escanda de La Mata del Corral”, por lo que  su dueño, Juan Redondo, increpó a Mateo “qué cómo traía su ganado en los panes”, a lo que el otro le respondió “colérico, que érase mucha en ora mala para él y para sus barvas” y, acto seguido, lo apaleó.  Varios testigos fueron declarando uno a uno, entre ellos Catalina de Redondo, de 40 años, quien dijo “que andavan las bacas de Matheos en la tierra de Juan Redondo senbrada de escanda”… y como ella los demás.

La escanda abunda en los documentos judiciales del siglo XVII, a los que también podemos añadir lo que el comisario, Domingo Piñán de Cueto Luengo, guardaba en el hórreo cuando murió, de repente, un 24 de junio de 1652. En la sección Pan de casa de un inventario hecho con motivo de un pleito familiar, se dice “çinco cargas de escanda en espigas en el órrio de afuera. Una carga de çebada. Çinco cargas de çenteno”. El “hórreo de fuera” es el mismo que hoy está caído en el corral de la Casa Piñán.  

Unos años antes, el 31 de marzo de 1609, el cura de Ribota, Julián Gómez, dejó escrito el siguiente apunte: “Respondió Francisca, viuda, y dixo que biera llevar a Francisca, hija de Juan Fernández, dos quartos de escanda, más llevó la dicha dos pieças de çecina”. 

La escanda también figura en algunos inventarios post mortem, aunque en tales casos muy pocas veces se relaciona con las cosechas locales. Sí sucede, por ejemplo, en un caso de 1669, cuando Matías Piñán de Cueto Luengo pidió ejecución por impago de su salario contra los bienes de su suegra, María de la Puente, recién fallecida, en cuyo inventario se precisa:  más la collecha de çebada, escanda, habas y de todo pan”.  Esta alusión a “la cosecha de escanda” nos lleva al cultivo local, pero en otros casos, como los de 1675 de María de la Fuente, viuda de Pedro de Redondo, vecina de Pio, que tenía a su muerte media fanega de escanda (junto con centeno, maíz, arvejos, habas y cebada) en el hórreo; o el de María Martín, viuda de Juan de Acevedo, vecina de Oseja, quien tenía a su vez “diez quartos de maíd y dos de escanda”,  nos dejan en la duda sobre la vía de abastecimiento, es decir, si estas cantidades procedían de los sembrados sajambriegos o dicho grano había sido importado.

Efectivamente, como el pan de escanda formaba parte de la dieta tradicional sajambriega desde antiguo, en los momentos de carencia de cereal, no solo se buscaba y se compraba trigo común más allá de Pontón, también se adquiría escanda en la vecina Asturias.  Así, en el año 1664, un vecino de Vierdes llamado Domingo Díaz se comprometió a pagar a Juan del Collado, cura de la iglesia de Sebarga (Amieva), 530 reales por 16 fanegas de maíz, a 20 reales la fanega, y siete de escanda, a 30 reales la de escanda. En otro documento del 11 de marzo de 1668 también quedó registrada otra compra similar en concejo vecino, cuando siete vecinos de Oseja se obligaron con Pedro de Diego, vecino del lugar de Amieva, por 667 reales de vellón, que le pasan a deber por 19 fanegas de escanda y 9 de maíz.  En 1677, Damián Díaz de la Caneja compró cuatro fanegas de escanda a Alonso de la Predia, residente en Triongo (Cangas de Onís). O en 1684, Lorenzo Gutiérrez, Toribio Redondo y Pedro Cabrero, vecinos de Pio, se obligaron con el abad del monasterio de San Pedro de Villanueva (Cangas de Onís) por ocho fanegas de maíz, a 15 reales cada una, y fanega y media de escanda, a 22 reales la fanega.

Asturiano debía ser también un Don Pedro que se documenta en 1669 y en 1671 (el arcediano Pedro Díaz de Oseja ya había muerto); quizás fuese el "Pedro de Diego, vecino de Amieva" que había vendido escanda a otros sajambriegos en 1668. La cuestión es que el escribano público, Gonzalo Piñán de Cueto Luengo, dejó cuenta anotada de las cantidades de escanda y maíz por las que se endeudaron vecinos de Sajambre y de Valdeón en los meses de abril y mayo de 1669: “Llevó José Díaz, mi primo, cédula de nueve fanegas de pan (seis de maíd y tres de escanda). Otorgó obligación Pedro Piñán, del concejo de Baldeón, a favor de don Pedro por dos fanegas de escanda, plaço San Lucas. Pedro Moñiz, dos celemines de escanda y quatro de maíd y Piñán, quatro fanegas de maíd y dos de escanda, plaço San Martín, 400 mrs de salario… El mismo día otorgó obligaçión Torivio de Vega por dos de maíd y una de escanda… Torivio del Collado llevó cédula para dos de maíd y una de escanda. En Osexa a dos de mayo otorgó obligación Julián Díez, mi primo, por tres fanegas de maíd y dos fanegas de escanda. Pedro de la Mata, tres de maíz y una de escanda”. 

Dos años más tarde, el mismo escribano público dejó anotado: “Memorial  de los que quieren tomar la escanda y maíd del señor don Pedro son los siguientes: Primeramente Vitorio Alonso, doce, digo catorçe, fanegas. Domingo Piñan, quatro fanegas. Xardos, dos fanegas. Cristóbal Gonçález, tres fanegas”… y así hasta ocho vecinos más del lugar de Oseja.  En aquel caso la fanega de maíz se vendía a 18 reales y la de escanda a 35 reales de vellón.    

Los inventarios de bienes, las obligaciones y las adquisiciones de escanda fuera de Sajambre atestiguan su consumo, pero las fuentes que mejor documentan los sembrados del valle son los testimonios judiciales, en los que interesaba la precisión para tipificar bien los delitos, cuantificar los daños y señalar culpables. Por eso, al conservar mucha documentación judicial del siglo XVII, podemos registrar muy bien el cultivo local de la escanda. En cambio, no sucede lo mismo en el siglo XVIII. No porque no existiera dicho cultivo, sino por las características de los documentos conservados.

En el Catastro de Ensenada de 1752 solo se habla de tierras de ínfima calidad sembradas de “pan” o de “trigo” entre otros cultivos de Sajambre, sin más especificaciones. Pero estamos forzados a entender que dicho grano debía ser el único que podía cultivarse en la tierra, o sea, el Triticum spelta o el Triticum dicoccoides, algo que el escribano llegado de la corte, ajeno al habla del lugar, identificó simplemente como trigo.  

De otro lado, en la documentación privada del siglo XVIII, los escribanos públicos de Sajambre, Agustín Piñán de Cueto Luengo, José Antonio Díaz de la Caneja o Francisco de Mendoza, también suelen utilizar términos o expresiones castellanas genéricas para referirse al cereal panificable (como “pan”, “tierras de pan coger” o “cargas de todo pan”), lo que unido a la casi inexistencia de documentos emanados de la justicia ordinaria de esta época, son factores que nos impiden observar con detalle lo sucedido en dicho siglo.

De manera que los panes tradicionales consumidos en Sajambre en el pasado fueron el pan de escanda, seguramente desde la Edad del Hierro; el pan de mijo, también desde muy antiguo, que ya no se cultivaba en el siglo XVI; el pan de maíz o borona, tras su introducción en el valle a principios del siglo XVII; el pan de cebada “terciado” con centeno y escanda local, o con trigo común importado de la meseta, o con maíz, una práctica que se documenta hasta la segunda mitad del siglo XIX. Junto a todo ello, el pan de carestía, en el que también se mezclaba la harina de arvejos.  

El pan blanco, hecho exclusivamente con harina de trigo común, que llegaba a Sajambre gracias a la carretería y a las compras hechas más allá de Pontón, solo fue habitual en las mesas de los más ricos antes de la segunda mitad del siglo XIX.  

 

NOTAS

(1) La fanega equivalía a 42 kilos; 4 fanegas hacían 1 carga, o sea, cada carga eran 168 kilos. Equivalencias extraídas de Laureano M. Rubio Pérez (coord.), Historia de León. Edad Moderna, Universidad de León, 1999, p. 501.  

 

domingo, 9 de diciembre de 2012

NOTICIAS HISTÓRICAS SOBRE EL SAJAMBRE TRADICIONAL: LA QUIJIELLA Y LOS LAVADEROS PÚBLICOS



Bogada que se exhibe en el Museo del Pueblo de Asturias en Gijón.

La quijiella es una de las partes del instrumento doméstico con el que se hacía la colada antes de inventarse las lavadoras modernas. El Vocabulario sajambriego proporciona otras dos palabras relacionadas con el mismo artilugio: la de cernada y cernadero.

Todas ellas son voces utilizadas en Asturias: cernada, cernaderu y queisiel.la, empleándose también el término bogada (1) que debió conocerse en Sajambre como veremos a continuación.

Aunque ya hemos tenido ocasión de hablar de este artefacto en las páginas de este blog, digamos que el mecanismo se componía de un tronco ahuecado o quijiella en el que se introducía la ropa que iba a ser colada. Encima de la ropa se ponía el cernadero o paño que servía de filtro, sobre el que se colocaba la ceniza del llar o cernada. La quijiella quedaba dentro de un recipiente cilíndrico de madera o de piedra llamado bogada que se colocaba sobre un soporte adicional para facilitar el desagüe de la lejía producida al verter agua caliente sobre la ceniza.  



Bogada y quijiella (a la izquierda, en el suelo) que se exhiben en la Colección Etnográfica de Juan Manuel González, en Oseja de Sajambre.

El término bogada está sobradamente documentado en Asturias y en otros lugares de la cornisa cantábrica, como en el lejano País Vasco, según leemos en las ordenanzas municipales de la villa de Lequeitio del año 1486 (2). Esto indica que debía ser una palabra extendida que bien pudo conocerse también en Sajambre, aunque hoy se haya olvidado y se identifique la parte por el todo.

Pero lo más curioso es que la quijiella no aparece en la documentación antes de 1800.  Ni uno solo de los inventarios de bienes de los siglos XVI, XVII y XVIII conservados (y son muchos) mencionan ninguno de los instrumentos domésticos relacionados con la colada. En cambio, a partir de la Guerra de la Independencia empiezan a aparecer en los bienes de difuntos.

Por ejemplo, la vecina de Oseja, María Díaz, muerta en el año 1815 poseía una quijiella y el vecino de Ribota, Manuel Díez, casado con María Redondo y padre de Josefa y de Francisca, tenía en 1816 «dos quijiellas de a media carga».

Nos consta que en España se conocía el uso blanqueador de la ceniza desde la época romana y la Edad Media, y en la literatura de los Siglos de Oro hay suficientes alusiones a la colada como sinónimo del lavado de ropa. Pero a juzgar por lo que sucede en los documentos, mi pregunta es la siguiente: si se conocía la técnica, ¿por qué no aparece ni una sola quijiella en los inventarios de bienes sajambriegos anteriores a 1800 con éste o con otro nombre?  ¿Es que acaso las quijiellas y bogadas se introdujeron en el valle alrededor de 1800?

Algo parecido sucede con los lavaderos públicos, aunque el caso sea diferente. Las delimitaciones de casas, hórreos, cuadras, pajares y caminos en los documentos de los siglos XVII y XVIII son abundantes y, sin embargo, ni en una sola de ellas se menciona un lavadero en ninguno de los cinco pueblos del valle, al contrario de lo que sucede con las fuentes y con los abrevaderos para el ganado. Los lavaderos empiezan a aparecer en los documentos en la misma época que las quijiellas: después de la Guerra de la Independencia.  Pero en este caso la ausencia de lavaderos está justificada. Veamos.

Aunque en la documentación sajambriega, con anterioridad a 1800, no aparece ni siquiera el término lavadero, sabemos que antes del siglo XIX se llamaba así a los lugares al aire libre a los que acudían las mujeres para este fin, fuera un tramo del río, un arroyo o una fuente. De esta manera se utiliza, por ejemplo, en las leyes de la Novísima Recopilación de 1790.  En cambio, lo que hoy llamamos lavaderos públicos, es decir, los recintos arquitectónicos cubiertos con un tejado, con una o más piletas y bancas corridas o individuales, son construcciones que se difunden en el medio rural español a partir de principios del siglo XIX. En este sentido, la fecha de 1815 en la que se registra el primer lavadero sajambriego (3) es coherente con lo que sucedía en otros lugares del norte peninsular e, incluso, podría considerarse como relativamente temprana.

Lo que no nos consta es quién costeó este lavadero, si fue una iniciativa concejil desde el primer momento o si fue edificado por algún indiano acaudalado o por algún prócer local, como haría en Soto Don Félix de Martino un siglo después.

Entre las mejoras urbanísticas del siglo XIX, los lavaderos públicos supusieron un avance importantísimo para el trabajo y la calidad de vida de las mujeres. A pesar de la penosa tarea de la colada, al menos el lavadero les evitaba tener que desplazarse a los ríos o a los arroyos, a veces a las afueras del pueblo, cargando con pesados cestos a la ida y a la vuelta;  y les libraba de tener que soportar las inclemencias del tiempo, especialmente en el invierno con el viento, el frío y la nieve, de rodillas sobre el suelo, encorvadas y metiendo sus brazos en el agua helada.  Tanto era así que en tratados médicos del siglo XIX se reconocen los males que las mujeres desarrollaban a causa de esta lastimosa actividad, tales como sabañones, grietas en las manos, quemaduras y enfermedades reumáticas.  

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NOTAS

(1) Diccionariu de la Llingua Asturiana, disponible on line en www.academiadelallingua.com
(2) Cuando se enumeran las cosas que estaba prohibido hacer durante las festividades religiosas, se dice «e tanpoco que non faga bogada nin lave ropa en ese día, so la dicha pena» (J. Enríquez Fernández et alii, Colección documental del Archivo Municipal de Lequeitio, San Sebastián, 1992). No obstante, al siglo XX llegó llamándose kuba y boketa (J.Caro Baroja, Los vascos, Madrid, 1971).
(3) En Oseja, junto a La Fuentona. El documento dice que ya existía en 1815, así que su construcción tuvo que ser algo anterior.