sábado, 30 de enero de 2021

ENTRE SOTANAS ANDA EL JUEGO: estrategias de enriquecimiento y poder en los concejos de Sajambre y de Valdeón en los siglos XVII y XVIII. El intento de asesinato de un cura de Valdeón.

 

Las características socioeconómicas de los concejos leoneses de Sajambre y de Valdeón fueron muy similares en el pasado. Por eso, los mecanismos y las estrategias de enriquecimiento y poder son las mismas en uno y en otro municipio. Dada la pobreza de la zona, no se podía aspirar a mucho, pero sí existieron dos oficios ambicionados que siempre terminaban por reportar beneficios a las familias y, a menudo, a los linajes. Las ocupaciones eran la de cura y la de escribano público. 

No fue casualidad que estos quehaceres influyeran en el ascenso de varias familias de la región. Así sucedió con los Gómez de Caso en Burón, donde hubo curas y escribanos. Los Piñán de Cueto Luengo en Sajambre, con curas y escribanos. Los Díaz de Oseja asimismo en Sajambre, con escribano y curas. Los Díaz-Caneja sajambriegos, con escribanos y curas. Los Pesquera Pérez de Prado en Valdeón, con curas y escribanos. O los Ferrado de Vega en Amieva, con otros escribanos y más curas. Además, todos solían llevarse bastante bien entre sí, llegando a emparentar en varios casos, lo que resultaba muy útil para ampliar las redes de influencia y clientela.  

Los dos oficios (escribano y cura) tenían claras ventajas económicas con respecto al grueso de sus convecinos, quienes dependían de la fertilidad de la tierra, de la poco sustanciosa ganadería local y de la limitada actividad comercial. Además, tales ocupaciones proporcionaban poder debido a la respectiva autoridad del escribano y del cura.

Las ganancias de los antiguos notarios públicos no fueron desdeñables y el control sobre la población lo adquirían gracias a la información de primera mano que los vecinos plasmaban en las escrituras públicas que se formalizaban ante ellos: testamentos, deudas, obligaciones, préstamos hipotecarios, contratos diversos, cargas judiciales…  No olvidemos tampoco que en estos municipios pequeños, los escribanos públicos se encargaban también de escriturar la documentación municipal (función que con el tiempo desempeñaron los fieles de fechos y los secretarios de ayuntamiento) y la judicial, por lo que monopolizaban la información de los vecinos a título particular, la del ayuntamiento y la de todos los pleitos y conflictos judiciales.  

Por su parte, los curas recibían rentas por sus trabajos y por la práctica sacramental de sus parroquias, quedándose además con un porcentaje de los diezmos, lo que originó una acumulación de excedentes que solían dedicar a la reventa, pese a sentir sus beneficios disminuidos en las épocas de malas cosechas. Estas ganancias se unían a su total exención del pago de impuestos, al contrario que los laicos, pues ni siquiera los hidalgos quedaban exentos de los tributos eclesiásticos. El conjunto se incrementaba con los intereses derivados del dinero que prestaban, normalmente mediante la “venta” de censos, una expresión eufemística que servía para enmascarar la actividad financiera del clero, porque en la Edad Moderna “el clero se convirtió en uno de los principales prestamistas del mundo rural” (1).   También fueron varios los que, al final de sus vidas, fundaron “obras pías”,  una antigua institución que servía para evadir impuestos y beneficiar a la parentela en mayor o en menor medida, según fuera la envergadura de las respectivas haciendas y fundaciones. En palabras de un documento sajambriego de 1818 “para que con su aumento se remediasen los descendientes y parientes más pobres”.  Entre 1650 y 1850 hubo en Sajambre obras pías documentadas, de fundación laica y eclesiástica, entre los Díaz de Oseja (Oseja), los González (Oseja), los Viya (Soto), los Simón (Ribota), los Granda (Ribota), los Muñiz (Oseja), los Mayón (Pio), los Redondo Collado (Vierdes), los Acevedo (Oseja) o los Díaz de la Caneja (Oseja).  Algunos curas locales desempeñaron otras tareas, también con provecho económico, como capellanes, notarios apostólicos u oficios inquisitoriales (recuérdese el caso de nuestro Domingo Piñán), etc.  

Las haciendas del clero rural se resentían en las crisis de subsistencia por el impago de los diezmos o por su disminución. Pero, al menos en el caso del concejo de Sajambre y, por lo que sé, también en el de Valdeón, el balance siempre fue positivo para los párrocos. De aquellos de los que conservamos testamento, se observa una acumulación de prados y tierras, ganados, rentas diversas y riqueza patrimonial que sobrepasa, con mucho, la de sus feligreses y que en más de un caso se equipara a la de los Piñán de Cueto Luengo.  Muy pobre no debió ser el curato de Oseja y Soto cuando Pedro Díaz, el que con el tiempo se convirtió en arcediano, pleiteara durante 13 años por su propiedad.

A esta desahogada situación económica de los curas de Sajambre y Valdeón, se sumaba su relevante posición social, por pertenecer al principal estamento privilegiado de la sociedad del Antiguo Régimen; asimismo, una alta dosis de poder derivada de su peso social, de su prestigio moral y de la autoridad que poseían nada más y nada menos que sobre las almas de sus feligreses y, con ellas, sobre su salvación o condenación eterna.  ¡Qué mayor poder iba a existir, para aquellas gentes tan crédulas, que tener la última palabra sobre la condenación eterna (o no) de un individuo!    

Estas realidades de poder se mantuvieron durante tanto tiempo en el mundo rural que no es de extrañar que, hasta bien avanzado el siglo XX, la cúspide de la élite local estuviera formada por el alcalde, el secretario de ayuntamiento (que sustituye al escribano) y el cura.   

Como ya hemos hablado de los escribanos en otras ocasiones, vamos a tratar ahora sobre los curas y vamos a hacerlo a través de los Pérez de Prado, de Valdeón, uno de cuyos miembros fue contemporáneo del arcediano (Pedro Díaz), del comisario (Domingo Piñán) y víctima de una conspiración que tuvo como finalidad su asesinato.       

Los Pérez de Prado procedían de Puertas, en el concejo asturiano de Cabrales, y se instalaron en Valdeón cuando García Pérez de Prado obtuvo el curato de Soto antes de 1632. Este García Pérez de Prado permaneció en dicha localidad hasta los años centrales del siglo. En la documentación sajambriega, el 4 de junio de 1657 todavía aparece como cura párroco de San Pedro de Soto y, en la de Valdeón, sigue figurando como tal en 1658. Debió morir antes del 16 de noviembre de 1665, fecha en la que ya se registra como párroco de Soto su pariente Agustín Pérez de Prado.  Estuvo a punto de morir en 1632, cuando un grupo de vecinos de Valdeón conspiraron para asesinarlo.      

Lo cierto es que los actos de violencia contra la Iglesia y los clérigos no fueron infrecuentes en esta zona. En 1494 dos sajambriegos, llamados Pedro del Campo y Gonzalo Díaz, se atrincheraron en la iglesia de Oseja contra los clérigos locales. En 1535 el arcipreste de Burón fue asesinado. En 1632 existió una conspiración para matar al cura de Soto de Valdeón y, a finales del siglo, dos sajambriegos intentaron asesinar al prior de Pedrosa. A esto se unen las denuncias contra los abusos cometidos por los curas locales a causa de cobrar derechos abusivos a sus feligreses. Es lo que hicieron los vecinos de Valdeburón contra un clérigo local en 1536 y los vecinos de Oseja y Soto en 1671 contra el cura Juan Manuel de Posada Arnero, que fue condenado por dicho motivo.   

En el Archivo de la Real Chancillería de Valladolid se conserva la documentación del pleito interpuesto por García Pérez de Prado, cura propio de Soto de Valdeón, tras el intento de asesinato del que había sido víctima durante la romería de la Virgen de Corona en el año 1632. Los acusados por el cura fueron Pablo de Bulnes, Sancho Díez y Juan de Caldevilla, vecinos de Valdeón, Juan González de Prada, juez ordinario del mismo concejo, y Lorenzo Cueto, alcalde de la Santa Hermandad, es decir, de la policía de la época, el cual había convencido a Pablo de Bulnes y Juan de Caldevilla para ejecutar “el dicho delicto, provocándoles y asegurándoles que no serían castigados y que antes les ampararían y favorecerían”.  

Las causas de este intento de asesinato premeditado y planificado no quedan nada claras, más allá de mencionar la enemistad y odio que le tenían” al cura, en concreto Pablo de Bulnes, quien había servido en su casa y había sido despedido. No obstante, el despido de un simple criado no parece causa suficiente para una conspiración de esta envergadura, en la que parece que pudieron estar implicados un juez y el jefe de policía.     

La sucesión de los hechos fue la siguiente:

El día de la romería a la hermita  de Nuestra Señora de Corona, que está en un monte yermo, media legua poco más o menos de distancía del dicho lugar a donde mi parte avía dicho missa aquel día, por su devoción y por ser la dicha hermita fieligresía de la yglessia parrochial del dicho lugar de adonde el susudicho era cura (Soto de Valdeón), y después avía comido en conpanía de otros sacerdotes, y aviendo acavado de comer el susodicho, se avía puesto a dormir en el canpo y ribera muy cerca del río que por allí pasava. Y estando ansí durmiendo y desocupado, avían ydo los dichos Pablo de Bulnes y Juan de Caldebilla, aviéndose quedado distante algunos passos el dicho Juan de Caldebilla para ayudar al dicho Pablo de BulnesEl dicho Pablo de Bulnes avía cometido al dicho licenciado García Pérez de Prado y con un palo mui grande que llebaba con yntento de matar, le avía dado muchos palos en la caveça, que le avía echo quatro heridas muy grandes... y le avía sacado mucha sangre, aviéndose sin sentido. Y avía acometido a acavarle de matar aogándole en el dicho río y echarle en él y arrojarle a él, y le avía dado muchos golpes con pies y manos, y avían echado en el agua de dicho río, a donde sin falta expirara si quien acasso lo avían sentido no ubiera dado boçes y sacara de allí a su parte, a quien el dicho Pablo de Bulnes dejó por muerto, abiéndole asistido e faborecido dicho Juan de Caldebilla…” (2).

En otro pasaje del mismo documento se detalla el intento de asesinato y las heridas causadas: aprovechando que el cura se había echado la siesta, Pablo de Bulnes le asestó varios golpes en la cabeza con un palo dejándolo medio inconsciente. A continuación, para asegurarse de su muerte, lo arrastró hasta el río e intentó ahogarle. En esta situación siguió dándole golpes con piedras, manos y pies en la cara y en la espalda y, cuando el cura estaba a punto de morir, apareció una moza que empezó a gritar y acabó sacando a la víctima del agua para luego llevarla a su casa, donde permaneció en la cama, en peligro de muerte, durante algún tiempo.

Estando García de El Prado, clérigo, cura de la yglesia de San Pedro de Soto, descansando por la tarde cerca del río caudal que pasaba por çerca de la dicha hermita, Pablo de Bulnes, natural de el dicho concejo, con acuerdo y bajo pensado y alebosamente, avía ydo a donde estava el dicho cura que quería dormir y le avía dado con un palo en lo alto de la caveça, que le ronpió cuero y carne, de que avía quedado desatinado. Y biéndose ansí, le avían echado dentro de un poço… el dicho Pablo avía tomado mucha cantidad de piedras y con ellas le tirava y le dava en la caveça, y le avía echo muchas heridas en las espaldas y cara, de los quales dichos males e tratamientos estava a punto de muerte. Y le avría muerto si no (fuera) por una moça que avía llegado e dado boçes…  que a dicho cura que le avía sacado de la agua y llamó quienes tomasen la sangre y curasen las dichas heridas… en su casa donde estava en una cama muy malo, a peligro de muerte...” (3).    

Dice el documento que, una vez que el pueblo se enteró de lo sucedido y llevaron al cura a su casa, y el juez y el alcalde de la Santa Hermandad asistieron a la víctima disimulando su culpa. Se narra también la detención de Pablo de Bulnes, que se había escondido en una casa de Los Llanos. Lo apresaron y encerraron en la cárcel pública, pero el juez implicado y Sancho Díez facilitaron su fuga.  

La sentencia fue dictada en Valladolid, el 22 de septiembre de 1633, tras probarse la implicación de Pablo de Bulnes y Juan de Caldevilla, ordenando la inmediata incautación de bienes de ambos reos. Del primero se dice que se deja la sentencia al arbitrio de los alcaldes del crimen y al segundo se le condena al pago de 10.000 maravedís a entregar al cura en concepto de indemnización, a la satisfacción de las costas del pleito y a destierro de Valdeón durante 4 años, a más de 5 leguas del contorno de dicho concejo.   

La acusación a cinco vecinos, entre los que había autoridades concejiles, y la condena solo a dos de ellos, hace sospechar la existencia de posibles tensiones, seguramente de poder, entre el cura de Soto y las autoridades municipales. Como dijimos, este García Pérez de Prado se recuperó de sus heridas y continuó al frente de la parroquia de Soto de Valdeón, al menos, hasta 1658, asomándose a los documentos sajambriegos por su actividad prestamista. Por ejemplo, le debían dinero varios miembros de los primeros Díaz-Caneja, de Oseja.  

A García Pérez de Prado le sustituye en la parroquia de Soto un pariente suyo: Agustín Pérez de Prado que, según dice un documento de 1653, había nacido en el concejo asturiano de Cabrales y residía por entonces en la ciudad de León. Este Agustín también prestó dinero a vecinos de Sajambre, en concreto a algunos de Ribota en 1665, a otros de Oseja en 1671 y en 1670, el pueblo entero de Oseja se endeudó con él por 54’5 cargas de trigo y centeno para cubrir las necesidades de cereal panificable. En 1673 el encargado de cobrar en Sajambre lo que sus vecinos debían a Agustín Pérez de Prado fue Isidro Piñán, uno de los cinco hijos bastardos del cura Domingo Piñán, al que conocemos por haber sido el primer maestro elemental documentado en Sajambre (anterior a la fundación de la escuela del Arcediano) y por haber trabajado como aprendiz en la escribanía de los Piñán. Isidro Piñán acabaría tomando hábitos y convirtiéndose en notario apostólico, como su padre.

Agustín Pérez de Prado fundó en Soto de Valdeón una capilla que aparece en los documentos sajambriegos y valdeoneses con dos advocaciones. En 1672 se registra como la capilla del Rosario, en 1710 como la capilla del Carmen y en 1712, nuevamente como la capilla de Nuestra Señora del Rosario, al frente de la cual Agustín colocó a otro pariente llamado Fernando García Pérez de Prado.  Según un documento de 1672, esta capilla sirvió de modelo para la reconstrucción de la ermita de Corona que se hizo por esas fechas.  

Seguramente en su testamento, Agustín Pérez de Prado dejó fundada además una obra pía, quizás “de estudiantes”, que se menciona a veces en los documentos notariales de Sajambre. Así en 1710, Toribio Rodero e Inguanzo, vecino del lugar de Puertas, en el concejo de Cabrales, era el “patrono y lexítimo presentero de las memorias y obras pías que fundaron los licenciados don Garzía y don Agustín Pérez de Prado, de buena memoria, curas que fueron en la parroquial de Soto, concejo de Baldión” y acude a Sajambre para cobrar deudas de censos que dejaron a su muerte Pedro Amigo Mayón, el viejo y el joven. En 1712, los últimos descendientes del linaje del Arcediano en Soto de Sajambre traspasaron varios censos que tenían en contra de vecinos de Sajambre “a la obra pía que fundó el licenciado Don Agustín Pérez de Prado, cura que fue de la parroquial de San Pedro en Soto, en el concejo de Baldión”, en la persona de su patrono Miguel Pérez de Pesquera.  O en 1805, la “obra pía de estudiantes del concejo de Baldeón” todavía tenía censos contra vecinos de Oseja.

A finales del siglo XVII, los Pérez de Prado, de Soto, entroncaron con los Pesquera, también de Valdeón: ya mencionamos a Miguel Pérez de Pesquera en 1712; en 1753 y 1755 aparece en la documentación sajambriega Miguel Pesquera Pérez de Prado, escribano público del concejo de Valdeón, quien solicita permiso para ejercer en dicha escribanía pública del número en el año 1717, documento que se conserva en Sajambre; y en 1768, 1771 y 1772, el titular de dicha escribanía fue Sebastián de Pesquera y Pérez de Prado.

Como se ve, curas y escribanos en otro linaje que tuvo relevancia social en la región, aunque su historia tendrá que completarse con la documentación que se conserve de Valdeón y de Cabrales.    

NOTAS

(1)  Elena Catalá, “Mi familia tiene un cura. El clero patrimonial en la España del Antiguo Régimen”, Nuevo Mundo. Mundos nuevos, 2008, p.25.

(2)  Valladolid, Archivo de la Real Chancillería, Registro de Ejecutorias, caja 2585, doc. 75, de 1633.  

(3) Ibidem.

viernes, 4 de diciembre de 2020

LAS «FAKE NEWS» EN EL SAJAMBRE DEL SIGLO XVI Y LA LLEGADA DE LOS PIÑÁN A VALDEBURÓN

 

Eso que en la modernidad de las redes sociales se conoce con la expresión anglosajona de fake news no es otra cosa que bulos, infundios y patrañas que alimentan lo que en esta sociedad nuestra también llamamos desinformación. El cóctel que forman las noticias falsas y la manipulación constante de la realidad es lo que los filósofos han denominado (a mi parecer, de forma obscena) como “posverdad”, cuando no es más que una mentira. Vaciar de contenido y de significado las palabras que identifican conceptos importantes (como verdad, mentira, libertad, fascismo, democracia) es otra estrategia perversa del mundo actual.  

Los bulos no son solo cosa del presente. También se utilizaron en el pasado como arma política. Lo que resulta novedoso en el mundo de hoy es la enorme extensión y la gran rapidez que la desinformación llega a adquirir entre una población arrogante, mayoritariamente carente de sentido crítico que, por estar escolarizada y tener a su alcance la información inmediata de internet y de los medios de comunicación, se considera culta cuando no lo es. Esta confusión constante entre información y cultura, que campa a sus anchas en los estercoleros que son las redes sociales, es un mal tremendamente peligroso.  Un ejemplo de este peligro es la situación creada en los Estados Unidos de América tras el reciente proceso electoral, con un presidente abonado a la posverdad, por estar acostumbrado a que la mentira siempre le haya sido rentable.  Ya sabemos que es un patán integral y el mejor ejemplo que se me ocurre de que cultura y dinero no van emparejados. Pero si grave es (y mucho) que semejante ser haya sido elegido presidente de la nación más poderosa del mundo, más grave es que le haya votado una masa crédula, por ignorante, o a la que no le importa que se mienta, se manipule y se tergiverse. Lo más triste y demoledor es que no se trata solo de un mal propio de ese país americano, sino también de Europa y, por supuesto, de España. En Estados Unidos es un indicio más de la decadencia imparable en la que está inmerso el Tío Sam y en Europa, un síntoma aterrador del mundo al que nos dirigimos.  

En el pasado, la difusión de nuevas o noticias de uno u otro color fue forzosamente más lenta y limitada, pues circulaban de boca en boca y con los medios de transporte de la época.  También se difundieron mentiras y, en algunos momentos, se organizaron conspiraciones para propagar bulos que pusieran en peligro la paz de los pueblos.  

Durante su reinado, Felipe II sufrió varios atentados contra su vida y, en otras tantas ocasiones, quedó documentada la circulación de bulos, con los que sus enemigos perseguían la desestabilización política del reino.  Uno de los primeros se extendió por la Península en los últimos días del año 1563 y primeros de 1564, intentando hacer creer a la población que el monarca había sido asesinado. 

En el Archivo de la Casa Piñán se ha conservado un documento que retrata la llegada del bulo a Sajambre y las medidas que adoptaron sus autoridades ante una noticia que creyeron cierta.  El estudio de este documento y su edición íntegra han sido recientemente publicados por mí en un libro (1), de tal forma que en este caso me voy a limitar a resumir su contenido, quedando en la publicación la restante información y la transcripción íntegra del texto principal y de los añadidos.  Incluyo también en este post (no en el artículo publicado) nuevos datos sobre el linaje Piñán en Valdeburón.    

El 27 de diciembre de 1563 se levantó acta notarial en la localidad de Sames, en el concejo asturiano de Amieva, de cómo el alcalde de la Santa Hermandad y cinco sajambriegos más habían llegado a dicha población “persiguiendo a unos hombres que habían matado al rey”. 

Esos cinco sajambriegos debían ser los cuadrilleros, es decir, los miembros de la Santa Hermandad o policía de la época. Su jefe era el “alcalde de la Santa Hermandad”, cargo que se renovaba por elección todos los años a principios del mes de enero. Entre ellos había representantes de las cuatro asambleas vecinales del valle, es decir, de Oseja, Soto, Ribota y Vierdes-Pio.

Uno de los representantes de Soto fue “Piñán”, a secas, sin nombre de pila. Se trata de Gonzalo Piñán, el primero que conocemos con este nombre avecindado en Sajambre y documentado en Soto desde 1545, que no debe confundirse con otro Gonzalo Piñán que fue vecino de Polvoredo en los años 1553 y 1554.  Los documentos conservados en ambos casos no nos permiten saber si estaban emparentados, aunque lo sospecho. 

Ahora bien, si los documentos no proporcionan información directa sobre el origen del Piñán de Polvoredo, sí la dan indirecta, de tal manera que es probable que los Piñán de Polvoredo y los de  Sajambre ya estuvieran emparentados en el siglo XVI. Lo que es casi seguro es que los Piñán de Polvoredo no son originarios de dicho lugar. Lo explico.    

Del Gonzalo de Polvoredo se conservan varios documentos, entre ellos una ejecutoria del rey Carlos I, fechada en Valladolid, el 17 de junio de 1554, en la que se dice que

Gonçalo Pinan vezino del dicho lugar de Polboredoes hombre hijodalgo notorio de padre y solar conozido, debengar quinientos sueldos segúnd fuero de España… y los dichos sus padre y agüelo y cada uno de ellos en su tiempo, en los lugares donde bibieron y moraron, que estobieron syempre en posesión de hombres hijosdalgo e de no pechar ni pagar ellos, ni alguno de ellos en pedidos, ni monedas, ni en otros ningunos pechos ni tributos reales, ni conçejales e abiéndoles sido guardadas al dicho su parte y a los sus padre y agüelo todas las honrras, franquezas, esençiones e libertades que a los hotros hombres hijosdalgo suelen y deben y acostumbrar ser guardadas…

Una real ejecutoria es la sentencia final de un pleito dirimido ante el rey en última instancia. Este pleito lo fue de hidalguía y lo solicitó Gonzalo Piñán porque el concejo de Polvoredo no le reconocía su estado noble y le obligaba a pagar impuestos. Esto era habitual cuando se cambiaba de residencia de un municipio a otro. Es decir, la incoación de este pleito de hidalguía fue necesaria, posiblemente, porque este Gonzalo Piñán se había mudado a Polvoredo procedente de otro concejo. Los documentos no dicen de cuál.  

Al mismo tiempo que este Gonzalo Pinán o de Piñán vivía en Polvoredo, desde 1545 se documenta otro Gonzalo Pinán, Penán o de Piñán en Soto de Sajambre, considerado hidalgo en los padrones de 1552. El sajambriego murió entre 1584 y 1595 dejando, al menos, cinco hijos en el valle: Catalina, María, Juan, Pedro y Gonzalo. Este último vivió, casó y murió en Soto de Sajambre.

Hay tres factores que me llevan a hipotetizar un parentesco entre estos Piñanes ya en el siglo XVI. Uno es la homonimia, muy frecuente en las familias de aquella época, pudiendo ser estos dos Gonzalos primos, o tío y sobrino. El segundo factor es la peculiaridad del apellido, poco común entonces y ahora, que confluye en dos núcleos familiares asentados en lugares tan cercanos como son Polvoredo y Sajambre.  El tercero es que los dos Gonzalos fueron hidalgos notorios de solar conocido. 

Volviendo al bulo sobre el asesinato de Felipe II. Uno de los cuadrilleros que llegaron hasta Amieva fue Gonzalo Piñán, junto a otros sajambriegos que también se nombran en el documento, en seguimiento de unas personas que abían muerto al rei, nuestro señor, con sus armas. Persiguiendo a tales sospechosos llegaron hasta Sames, donde se encontraron con cuatro vecinos de Caño que venían desde el concejo de Cangas de Onís y que también se nombran. Ante el notario que levantó el acta, dejaron constancia de cómo todo el oriente de Asturias hasta Oviedo estaba ya avisado de dicha muerte.  

En el artículo explico el procedimiento policial, según las leyes de la época, que obligaba a los concejos a perseguir a los malhechores y cómo los sajambriegos lo aplicaron en este caso; me detengo también en el recorrido que se describe en el propio documento y que no fue otro que el del camino real desde Oseja hasta Sames por el puerto de Beza, donde se habla de la venta de Saúgu, convirtiéndose esta noticia en la más antigua, hasta la fundación de la ermita y del albergue de caminantes por el Arcediano casi un siglo después; y trato sobre los desgraciados a los que se debió acusar infundadamente de un crimen que, en realidad, no se había cometido. Entonces, como ahora, las noticias falsas tenían víctimas y consecuencias nefastas. No me extiendo sobre ello porque, como digo, está publicado en el mencionado trabajo.  

El bulo empezó a correr por la Península en los últimos días de diciembre de 1563. Los propios contemporáneos del hecho creyeron que se había difundido a partir de tres focos simultáneos: uno en Castilla, otro en Aragón y el tercero en Cataluña. Pero este documento demuestra que en Asturias y en el norte de León la difusión de la falsa muerte de Felipe II fue bastante anterior en el tiempo a la región levantina y que el foco castellano no debió estar muy alejado de Asturias y Valdeburón.

El desmentido del atentado no empezó a circular por España hasta los días 4 y 5 de enero de 1564. En circunstancias normales, tras conocerse el carácter falso de la noticia, el acta notarial hecha en Sames habría sido destruida por no tener validez. Pero en este caso se conservó. ¿Por qué?

El acta se levantó en Sames a petición de los sajambriegos, para que quedara constancia de que habían cumplido las leyes; y los sajambriegos se llevaron dicho documento a su concejo. El hecho de que se haya conservado en el Archivo de la Casa Piñán, con notas dorsales de Gonzalo Piñán I, indica sin ninguna duda que el acta notarial quedó en poder de dicho Gonzalo Piñán, manteniéndose en el archivo familiar de Soto, hasta que en 1636 Domingo Piñán de Cueto Luengo trasladara dicho archivo al palacio que se había hecho construir en Oseja.

¿Y por qué se lo quedaría Gonzalo Piñán si lo lógico habría sido que se lo quedara el alcalde de la Santa Hermandad, como máximo responsable policial que era?

Pues no lo sabemos, pero sospecho que porque el Piñán era la única persona alfabetizada de toda la cuadrilla.

¿Y por qué se conservó el documento en lugar de destruirse, que era lo que correspondía en tal caso?

Pues por culpa del tocino y las coricias.

El primer Gonzalo Piñán sajambriego aprovechó el espacio dejado en blanco al dorso del documento para usarlo como “libro de cuentas”, escribiendo de su propia mano varias notas contables sobre viajes a Oviedo, cebada, lechones, pucheras de vino, tocinos, coricias y otras cosas que había gastado y pagado a diferentes personas, como Sancho de Quintana o Juan Prieto.  

Estos apuntes de la economía doméstica de un sajambriego de mediados del siglo XVI permitieron la conservación de un curioso documento que, en otras circunstancias, se habría destruido.

 

NOTAS

(1) Elena E. Rodríguez Díaz, “El bulo de la muerte de Felipe II (1563) en el oriente de Asturias y norte de León”, en Elena E. Rodríguez Díaz y Antonio C. García Martínez (eds.), Historia y Archivos. Estudios en homenaje a Dña. Remedios Rey de las Peñas, Universidad de Huelva, 2020, pp. 297-309.   

martes, 20 de octubre de 2020

LOS LIBROS SACRAMENTALES ERRÓNEOS DE 1762 A 1774 DE LA PARROQUIA DE OSEJA Y SOTO

Mediante documento expedido en León el 21 de mayo de 1776, el tribunal eclesiástico del Obispado, en la persona de José Fernández de Velasco y Pantoja, arcediano de Triacastela, ordena al cura de Oseja y su anexo, Soto, que a la sazón era el sajambriego Lupercio Díaz de Oseja, que se corrijan y se rehagan todos los libros sacramentales que dejó su antecesor, Baltasar Fernández, difunto, por estar llenos de errores y omisiones. 

Esto afectó a todos los libros de bautizados, velados, casados y difuntos de los años comprendidos entre 1762 y 1774, es decir, durante todo el ejercicio del párroco Baltasar Fernández, por contener “errores sustanciales” y ausencias de partidas, siendo “conveniente enmendarlos y reintegrarlos con la nezesaria solemnidad” y actuar “con la devida celeridad y prontitud” para evitar todos los inconvenientes derivados.  

Para estas fechas, el contenido de los libros sacramentales estaba ya reglamentado y solía respetarse, salvo en casos de errores, olvidos e incompetencias de los párrocos; omisiones que se producían por enfermedad, ausencia o muerte de los curas; o por las dificultades sucedidas en períodos de epidemias y guerras. En el caso que nos ocupa, se trata de una absoluta y continuada negligencia de Baltasar Fernández durante todo el tiempo que estuvo al cargo de la parroquia de Oseja y de su anexo, Soto.  

Por este motivo, el tribunal eclesiástico del Obispado de León dispone el inmediato “embargo de los vienes que ubiere dejado (Baltasar Fernández) con qualquiera otros frutos y rentas a él pertenecientes, los quales se depositen en persona segura y abonada a la  disposición del tribunal”, haciendo responsable a Lupercio Díaz de Oseja de la refacción de todos los asientos de los mencionados libros sacramentales, ante la presencia de testigos que fueran indicando los errores y su corrección, y dejando constancia escrita de sus testimonios.

Esta refacción de los libros de bautizados, matrimonios y difuntos de los vecinos de Oseja y Soto entre 1762 y 1774 afectó, por ejemplo, a varios miembros de la familia de Ignacio y Joaquín Díaz-Caneja, con partidas de bautismo y de defunción que se conservan hoy en el Archivo Histórico Diocesano de León y que son defectuosas. En realidad, afectó a todas las familias de Oseja y de Soto en alguna manera en aquellos casos de bautizados, casados y difuntos entre 1762 y 1774.  

Los libros sacramentales (mal) hechos por Baltasar Fernández se conservan hoy en el Archivo Histórico Diocesano de León. En el Archivo de la Casa Piñán, de Oseja de Sajambre, solo hay una refacción parcial de los bautismos de Oseja, con inclusión de la declaración de testigos, siguiendo las pautas formales que ordena la disposición judicial, en un legajo de 75 folios de papel, donde se reproducen (corregidas) algunas partidas comprendidas entre los años 1767 a 1774, indicando los errores del párroco anterior y subsanándolos. Es decir, de todas las correcciones ordenadas por el tribunal leonés, solo se conserva ese legajo de 75 folios, si es que también se llegaron a enmendar los restantes libros sacramentales afectados, porque por lo que yo llegué a ver, los libros que se conservan en León con estas fechas son los defectuosos, no sus correcciones.  Es fácil saber si nos encontramos ante la versión defectuosa o ante su corrección con un vistazo rápido, sin detenernos a leer los contenidos, fijándonos en quién firma el asiento: si el que firma es Baltasar Fernández será la partida defectuosa y si firma Lupercio Díaz de Oseja será su corrección.  Dicho de otra forma, hay que desconfiar de todo aquello que esté  escrito y/o firmado por Baltasar Fernández.

Por la enumeración de errores que dicho legajo contiene, sabemos que Baltasar Fernández no llevó nunca una anotación puntual de la administración de los sacramentos en Oseja y en Soto, anotando a menudo las partidas de bautismo semanas y meses después de la celebración del sacramento, muy probablemente de memoria, sin haber tomado o conservado notas, por lo que se equivocaba de forma reiterada en el nombre de los bautizados, en los nombres de los padres, padrinos y abuelos, en las fechas de los nacimientos  y bautizos y, en el peor de los casos, ni siquiera apuntaba las partidas de bautismo.  A juzgar por lo que dice el documento del tribunal eclesiástico leonés, debemos pensar que hizo lo mismo con los libros de velados, casados y difuntos.   

Esta incompetencia manifiesta del cura párroco de Oseja debió originar muchísimos conflictos y no pocos trastornos, sobre todo en la celebración de los matrimonios de Oseja y de Soto de aquellos años, porque, en la sociedad de la Edad Moderna, una de las finalidades de los libros sacramentales era el registro detallado de la consanguinidad y afinidad de los feligreses, tanto del parentesco carnal, como de la cognación espiritual que adquirían, en este caso, los padrinos de un bautizado (sucedía lo mismo en la confirmación). Recuérdese que en aquella época se consideraba incesto el parentesco y la afinidad hasta el cuarto grado y que, debido al alto nivel de endogamia que existía en el mundo rural, eran muchos los que se veían obligados a solicitar una dispensa apostólica para poder casarse. En la segunda mitad del siglo XVIII, era obligación del párroco indagar en la consanguinidad y afinidad de los contrayentes antes de autorizar la celebración de un matrimonio, lo que se hacía en base a la información que transmitían los libros sacramentales.   

En este legajo de 75 folios hay además otro tipo de información histórica, que no he deshilvanado del todo por falta de tiempo, pero del que voy a poner un ejemplo para terminar.

El documento de la Casa Piñán demuestra que el linaje Díaz-Caneja, de Oseja, ya había emparentado con los Sosa de Vidanes antes del casamiento de Tomás Díaz con María de Sosa. Un tío del Tomás que fue padre de Ignacio y de Joaquín ya estaba casado con una Sosa de Vidanes que, a su vez, fue tía de la mujer de Tomás. Según esto y los cánones de la época, hubo relación de afinidad entre Tomás Díaz de la Caneja y María de Sosa, por lo que debieron necesitar dispensa papal para contraer matrimonio. Espero poder indagar más sobre ese personaje femenino (fuentes hay) para dedicarle una entrada independiente más adelante.   

Resumiendo, todos aquellos que hayan sacado información de alguna partida de bautismo, matrimonio o defunción de vecinos de Oseja y de Soto entre los años 1762 y 1774, de los libros sacramentales que se conservaron en Sajambre hasta que fueron depositados en León, que sepan que es muy probable que las notas tomadas sean erróneas o contengan errores.  

miércoles, 23 de septiembre de 2020

TABERNAS DE SAJAMBRE ENTRE 1667 Y 1898

 

En 1579 y 1581, los sajambriegos declararon a las autoridades fiscales del reino que no existía taberna o mesón alguno en todo el valle. Sin embargo, casi un siglo después, en la segunda mitad del siglo XVII sabemos que existían tabernas en Oseja, Soto y Ribota.  Estos establecimientos se abrían donde existía tráfico de viajeros, como se dice en algunos documentos que tratan del tema. Así en uno de ellos, fechado en 1716, se escribió:   

…Conbiene aya tabernas públicas para los que transiten de unos tránsitos a otros y, particularmente, la debe de aber en el lugar de Oseja, como cabeça de jurisdiçión, y lugar de Soto, como más ymmediato a subir y bajar puerto.

El camino real, el paso de Pontón y, sobre todo, la capitalidad de Oseja hacían de esta villa el lugar principal para la existencia de una taberna. Como se dice en 1716, el tránsito por Beza justificaba la de Soto. Y en la segunda mitad del siglo XVII hubo una tercera en Ribota, seguramente gracias a la entrada y salida de gentes por el camino del Beyo. Sin embargo, a lo largo del siglo XVIII la taberna de Ribota terminó desapareciendo.  

Hasta 1818 y quizás durante más tiempo, todas las tabernas de Sajambre dependían de las asambleas vecinales, siendo los regidores y vecinos los encargados de arrendarlas al mejor postor.  El arrendamiento se renovaba cada año, siempre con condiciones.  En épocas de dificultades económicas resultaba complicado formalizar los contratos. Por ejemplo, durante la Guerra de Sucesión y en la inmediata posguerra, es decir, en los años 1714 y 1716, no hubo quien quisiera hacerse cargo de las tabernas sajambriegas, conservándose documentos sobre los perjuicios que esto causaba.

Los arrendatarios solían ser vecinos de la localidad, normalmente dos, aunque también podían adjudicarse a gente de fuera. Así, en 1715 la taberna de Soto fue entregada a Domingo Casado, vecino de Vegacerneja.  

Las condiciones que se repiten en los contratos de arrendamiento son la de vender todo tipo de vino traído en las carreterías, mencionándose el mosto, el vino “nuevo” (o joven), el vino añejo, el blanco, el tinto, el de Tudela o el de Rueda y la de vender según los precios que se ajustaban tres veces al año en Burón: 

… A regimiento que se açe en la villa de Burón, cabeça desta Merindad, por nuebe regidores, cuyo regimiento se açe tres beçes en el año al bino nuebo y un regimiento en março, otro y otro en últimos de San Juan, cuyos tienpos son para conoçer lo alto y bajo que puede andar onde se coge. Y conforme a los tales regimientos nos hemos gobernado en este concejo, y de ymmemorial tiempo a esta parte no se arrendó taberna en este conçejo que no fuese a regimiento de Baldevurón.

Asimismo, se exigía que los adjudicatarios se comprometieran a estar abastecidos de género en todo momento, bajo pena de ser multados si el desabastecimiento se prolongaba más allá de tres días.  En el siglo XVII dicha multa ascendía a cinco cántaras de vino pagadas a las asambleas vecinales propietarias de las tabernas. En no pocas ocasiones, los vecinos que acumulaban más excedentes revendieron vino a las tabernas para garantizar su abastecimiento. Esos vecinos con excedentes suficientes para dicha reventa solían ser los miembros de la familia Piñán de Cueto Luengo.  

El último requisito que se repite en los contratos sajambriegos desde el siglo XVII es la prohibición de que los particulares pudieran vender vino en sus casas, a espaldas a la taberna, bajo las siguientes penas en 1667:

Y lo mismo que nadie pueda vender vino, salvo ellos. Y si alguien lo hiciera pague 5 cántaras de vino, 3 para el lugar y 3 para los taberneros

De hecho, entre los años 1801 y 1803 se desarrolló pleito porque el vecino de Oseja, llamado Manuel Piñán, se dedicaba a vender vino de forma particular en su casa y a menor precio que en la taberna. Gracias a documentos como este, tenemos constancia de cómo los asturianos venían a comprar vino a Sajambre.

Muchas de las menciones documentales a las tabernas sajambriegas son de carácter genérico, pero gracias a varios registros más explícitos podemos proporcionar los nombres de algunos taberneros anteriores a 1900.

1667: Pedro González y Damián Díaz, taberna de Oseja, vecinos de Oseja.

1671: Julián Díez de Caldevilla, taberna de Oseja, vecino de Oseja.

1672: Simón y Lupercio Díez, taberna de Ribota, vecinos de Ribota.

1713: Toribio Díaz de Oseja y Pedro Alonso Tielve, taberna de Oseja, vecinos de Oseja.

1716: Domingo Casado, taberna de Soto, vecino de Vegacerneja.

1801: Agustín Piñán de Cueto Luengo, taberna de Oseja, vecino de Oseja.

1818: José Alonso Díaz y Manuel de Mendoza, taberna de Oseja, vecinos de Oseja.

1826: José Calvo y Bartolomé Alonso, taberna de Oseja, vecinos de Oseja.

En la Gaceta de Madrid, antecedente del actual BOE, se publicó la notificación del expediente administrativo por fraude fiscal, incoado el 23 de septiembre de 1898 y fallado el 29 de julio de 1901 contra “el tabernero de Oseja de Sajambre”, llamado Juan Díaz.