jueves, 7 de octubre de 2021

LOURDES VEGA RODRÍGUEZ

Llevo mucho tiempo sin publicar en este medio por culpa de mi actividad académica y de mis compromisos científicos. Ahora voy a estar otro tiempo más sin publicar como muestra de respeto y cariño a quien fue la lectora más fiel de este blog.   

domingo, 21 de marzo de 2021

EL CULTIVO DE LA ESCANDA EN SAJAMBRE

 

En casi todas las panaderías actuales de Asturias se vende pan de escanda, tras haberse recuperado un alimento tradicional de la región. De hecho, la escanda o trigo silvestre de invierno, fue la única variedad que podía cultivarse en los suelos pobres y ácidos de estas tierras septentrionales y montañosas porque, a diferencia del trigo común, la escanda se adapta muy bien a los suelos poco profundos y a los climas fríos y húmedos. Su cultivo obligaba a un mayor trabajo y atención durante todo el año, especialmente por la necesidad de eliminar constantemente las malas hierbas, pero proporcionaba un cereal panificable más digerible y nutritivo por su alto contenido proteico que otros tipos de granos, también utilizados para el consumo humano en el pasado, como la cebada.

La siembra se hacía a voleo en los últimos días del otoño, normalmente en el mes de diciembre, utilizando las semillas con su cáscara. Se recolectaba en verano, separando las espigas de la caña que se ponían a secar en el hórreo entre una y dos semanas hasta, finalmente, aislar la cáscara del grano.   

La escanda podía ser de los tipos Triticum dicoccoides o Triticum spelta,  de los que existe evidencia en el norte peninsular desde la Edad del Hierro. Estas fueron las únicas variedades de trigo que podían cultivarse en Sajambre por las características de sus suelos. Por eso, cuando en muchos documentos solo se habla de tierras sembradas de “trigo”, usándose el término como voz genérica sin especificar variedad, debe entenderse que se trata de escanda. Además, cuando se menciona el tipo, este siempre es la escanda.    

En Sajambre se han conservado registros escritos del cultivo de la escanda desde el año 1179 hasta el siglo XIX, sin que sepamos con seguridad cuándo dejó de cultivarse. Quizás esto sucediera en la época decimonónica, tras la introducción de la patata, la mayor extensión del cultivo del maíz y un mayor aporte de cereales de la Meseta. Pero con certeza no lo sabemos, como tampoco sabemos si en épocas de hambrunas o dificultades económicas se recuperó su cultivo.  

La documentación judicial proporciona algunos de los casos más expresivos, como en las denuncias y querellas presentadas el 19 de enero del año 1666, cuando el vecino de Oseja, Pedro Díaz de Caldevilla, “se querelló de los dueños de las seves y xetos de Hu de Cossia, que está senbrada de escanda, y por estar patentes se destruyó el pan, mandó el juez dé información y que se bayan a ver las seves. Fueronlos a ver Luis Alonso, de hedad de 62 años, Matheo 42 y Cosme Díaz de 50 años. Dixeron estar avierto un xeto de Torivio de Suero, otro del querellante, Bernavé otro, Pedro Simón y yerno de Pedro Redondo otro”.  O sea, por quedar abiertos los cierres de Juncusía se destruyó el sembrado de escanda que tenía Pedro Díaz de Caldevilla.

El mismo año de 1666, el 1 de marzo, Juan Díaz de Vega, vecino de Soto, se querelló del “beçero y guarda de las cabras del barrio de Las Escortes, del lugar de Osexa, por dicir le destruyeron con la veçería de las cabras de dicho barrio la tierra de Monarga de este querellante que, al presente, tiene senbrada de escanda, y se quitaron más de dos fanegas de escanda del fruto”, es decir, que la escanda sembrada en Monarga en el mes de diciembre, ya había germinado y tenía espigas o grano a principios del mes de marzo.

A estos sembrados de Oseja y Soto, se suman los de Ribota, los de Pio o los de Vierdes, como este otro caso documentados el 31 de marzo de 1677 en una prueba testifical: “…si es verdad que el año próximo pasado de setenta y çinco… abrió la dicha hería de Teba que estaba sembrada de escanda y muy nacida, metió en dicha hería su ganado a pastar dicha escanda a bista de toda la beçindaz”.  

Cien años antes, entre 1579 y 1584, todos los vecinos de Sajambre declararon su productividad anual ante el escribano del rey, Diego Fernández de Cueto Luengo, en un documento que fue enviado a la Hacienda regia por orden de Felipe II.  Las declaraciones al completo se conservan en el Archivo General de Simancas. En ellas puede verse cómo todos los vecinos de Sajambre, excepto los pobres de solemnidad, sembraban escanda. Proporciono, a continuación, un par de ejemplos de cada pueblo. Como se verá, se les pregunta por su producción anual en seis años, que corresponden a 1579, 1580, 1581, 1582, 1583 y 1584. Con respecto al cereal panificable que daba la tierra declaran lo siguiente.   

OSEJA

Pedro de Gonçalo, vecino del dicho lugar de Osexa, y Juan de Gonçalo, su hijo, que biben y moran juntos y tienen sus bienes juntos en una cassa, y dixeron que senbraron cada uno de los dichos seis años tres fanegas (1) descanda  y dos de zebada, de los quales coxieron cada año a razón de quatro fanegas cada una, que suman diez y ocho cargas descanda en los seis años y doçe cargas de zebada”. 

Suero de Vierdes, vecino de Oseja, “senbró una fanega de escanda y otra hanega de zevada. Coxió a raçón de quatro hanegas de cada hanega, que son en los seis años seis cargas de escanda y seis de zevada”.

PIO

Juan de Redondo, padre, y Juan de Redondo, hijo, “senbraron en cada uno de los seis años dos hanegas de escanda y zebada. Coxieron cada un año de cada hanega quatro, que suman en los seis años quarenta y ocho hanegas de todo pan”.

Alonso del Collado, padre, y Alonso del Collado, hijo, “en cada uno de los seis años sembraron dos hanegas de pan de escanda y media de zebada. Cogió en cada un año dos cargas y media de pan que son quinçe cargas en los seis años”.  

SOTO

Gonzalo Piñán “de los seis años sembró dos hanegas de escanda y una de zebada. Cogió cada año tres cargas de pan, que suman diez y ocho cargas en los seis años”.

Diego de la Caneja, “senbró una fanega de escanda y una de zebada. Cogió cada año dos cargas de pan”.

RIBOTA

Juan Fernández, “senbró el año de setenta y nuebe y los demás años de los seis que se haze la aberiguación, senbró dos hanegas de pan, una de escanda y otra de zebada; y coxió en cada coxeta de las dichas seis coxetas dos cargas”.

Pedro Díez, es pobre, “en cada uno de los seis años sembró media hanega de escanda. Cogió cada año media carga”.

VIERDES

Juan de Biya, “en cada uno de los seis años senbró media hanega de escanda, cogió cada año media carga que son tres cargas en los seis años”.

Juan Díez “en cada uno de los seis años senbró hanega y media de pan, una hanega de escanda y media de zebada. Cogió cada año desto carga y media de pan”.  

Obsérvese, en este último caso (y en otros anteriores), cómo el término “pan” se usa como voz genérica para todo tipo de cereal panificable y compruébese también cómo, entonces, hacían pan (seguramente mezclado) con cebada. La cebada para consumo humano sigue documentándose en Sajambre en la primera mitad del siglo XIX. 

El genérico “pan” se usó con mucha frecuencia en la documentación desde la Edad Media. Véase a continuación cómo se sigue empleando “pan”, nuevamente como sinónimo de escanda, en una denuncia hecha en Pio durante el mes de noviembre de 1668, cuando Juan Redondo se querelló criminalmente de Mateo Redondo “por dicir que dicho día andavan las bacas y bueies de Matheo Redondo y su madre en las tierras de escanda de La Mata del Corral”, por lo que  su dueño, Juan Redondo, increpó a Mateo “qué cómo traía su ganado en los panes”, a lo que el otro le respondió “colérico, que érase mucha en ora mala para él y para sus barvas” y, acto seguido, lo apaleó.  Varios testigos fueron declarando uno a uno, entre ellos Catalina de Redondo, de 40 años, quien dijo “que andavan las bacas de Matheos en la tierra de Juan Redondo senbrada de escanda”… y como ella los demás.

La escanda abunda en los documentos judiciales del siglo XVII, a los que también podemos añadir lo que el comisario, Domingo Piñán de Cueto Luengo, guardaba en el hórreo cuando murió, de repente, un 24 de junio de 1652. En la sección Pan de casa de un inventario hecho con motivo de un pleito familiar, se dice “çinco cargas de escanda en espigas en el órrio de afuera. Una carga de çebada. Çinco cargas de çenteno”. El “hórreo de fuera” es el mismo que hoy está caído en el corral de la Casa Piñán.  

Unos años antes, el 31 de marzo de 1609, el cura de Ribota, Julián Gómez, dejó escrito el siguiente apunte: “Respondió Francisca, viuda, y dixo que biera llevar a Francisca, hija de Juan Fernández, dos quartos de escanda, más llevó la dicha dos pieças de çecina”. 

La escanda también figura en algunos inventarios post mortem, aunque en tales casos muy pocas veces se relaciona con las cosechas locales. Sí sucede, por ejemplo, en un caso de 1669, cuando Matías Piñán de Cueto Luengo pidió ejecución por impago de su salario contra los bienes de su suegra, María de la Puente, recién fallecida, en cuyo inventario se precisa:  más la collecha de çebada, escanda, habas y de todo pan”.  Esta alusión a “la cosecha de escanda” nos lleva al cultivo local, pero en otros casos, como los de 1675 de María de la Fuente, viuda de Pedro de Redondo, vecina de Pio, que tenía a su muerte media fanega de escanda (junto con centeno, maíz, arvejos, habas y cebada) en el hórreo; o el de María Martín, viuda de Juan de Acevedo, vecina de Oseja, quien tenía a su vez “diez quartos de maíd y dos de escanda”,  nos dejan en la duda sobre la vía de abastecimiento, es decir, si estas cantidades procedían de los sembrados sajambriegos o dicho grano había sido importado.

Efectivamente, como el pan de escanda formaba parte de la dieta tradicional sajambriega desde antiguo, en los momentos de carencia de cereal, no solo se buscaba y se compraba trigo común más allá de Pontón, también se adquiría escanda en la vecina Asturias.  Así, en el año 1664, un vecino de Vierdes llamado Domingo Díaz se comprometió a pagar a Juan del Collado, cura de la iglesia de Sebarga (Amieva), 530 reales por 16 fanegas de maíz, a 20 reales la fanega, y siete de escanda, a 30 reales la de escanda. En otro documento del 11 de marzo de 1668 también quedó registrada otra compra similar en concejo vecino, cuando siete vecinos de Oseja se obligaron con Pedro de Diego, vecino del lugar de Amieva, por 667 reales de vellón, que le pasan a deber por 19 fanegas de escanda y 9 de maíz.  En 1677, Damián Díaz de la Caneja compró cuatro fanegas de escanda a Alonso de la Predia, residente en Triongo (Cangas de Onís). O en 1684, Lorenzo Gutiérrez, Toribio Redondo y Pedro Cabrero, vecinos de Pio, se obligaron con el abad del monasterio de San Pedro de Villanueva (Cangas de Onís) por ocho fanegas de maíz, a 15 reales cada una, y fanega y media de escanda, a 22 reales la fanega.

Asturiano debía ser también un Don Pedro que se documenta en 1669 y en 1671 (el arcediano Pedro Díaz de Oseja ya había muerto); quizás fuese el "Pedro de Diego, vecino de Amieva" que había vendido escanda a otros sajambriegos en 1668. La cuestión es que el escribano público, Gonzalo Piñán de Cueto Luengo, dejó cuenta anotada de las cantidades de escanda y maíz por las que se endeudaron vecinos de Sajambre y de Valdeón en los meses de abril y mayo de 1669: “Llevó José Díaz, mi primo, cédula de nueve fanegas de pan (seis de maíd y tres de escanda). Otorgó obligación Pedro Piñán, del concejo de Baldeón, a favor de don Pedro por dos fanegas de escanda, plaço San Lucas. Pedro Moñiz, dos celemines de escanda y quatro de maíd y Piñán, quatro fanegas de maíd y dos de escanda, plaço San Martín, 400 mrs de salario… El mismo día otorgó obligaçión Torivio de Vega por dos de maíd y una de escanda… Torivio del Collado llevó cédula para dos de maíd y una de escanda. En Osexa a dos de mayo otorgó obligación Julián Díez, mi primo, por tres fanegas de maíd y dos fanegas de escanda. Pedro de la Mata, tres de maíz y una de escanda”. 

Dos años más tarde, el mismo escribano público dejó anotado: “Memorial  de los que quieren tomar la escanda y maíd del señor don Pedro son los siguientes: Primeramente Vitorio Alonso, doce, digo catorçe, fanegas. Domingo Piñan, quatro fanegas. Xardos, dos fanegas. Cristóbal Gonçález, tres fanegas”… y así hasta ocho vecinos más del lugar de Oseja.  En aquel caso la fanega de maíz se vendía a 18 reales y la de escanda a 35 reales de vellón.    

Los inventarios de bienes, las obligaciones y las adquisiciones de escanda fuera de Sajambre atestiguan su consumo, pero las fuentes que mejor documentan los sembrados del valle son los testimonios judiciales, en los que interesaba la precisión para tipificar bien los delitos, cuantificar los daños y señalar culpables. Por eso, al conservar mucha documentación judicial del siglo XVII, podemos registrar muy bien el cultivo local de la escanda. En cambio, no sucede lo mismo en el siglo XVIII. No porque no existiera dicho cultivo, sino por las características de los documentos conservados.

En el Catastro de Ensenada de 1752 solo se habla de tierras de ínfima calidad sembradas de “pan” o de “trigo” entre otros cultivos de Sajambre, sin más especificaciones. Pero estamos forzados a entender que dicho grano debía ser el único que podía cultivarse en la tierra, o sea, el Triticum spelta o el Triticum dicoccoides, algo que el escribano llegado de la corte, ajeno al habla del lugar, identificó simplemente como trigo.  

De otro lado, en la documentación privada del siglo XVIII, los escribanos públicos de Sajambre, Agustín Piñán de Cueto Luengo, José Antonio Díaz de la Caneja o Francisco de Mendoza, también suelen utilizar términos o expresiones castellanas genéricas para referirse al cereal panificable (como “pan”, “tierras de pan coger” o “cargas de todo pan”), lo que unido a la casi inexistencia de documentos emanados de la justicia ordinaria de esta época, son factores que nos impiden observar con detalle lo sucedido en dicho siglo.

De manera que los panes tradicionales consumidos en Sajambre en el pasado fueron el pan de escanda, seguramente desde la Edad del Hierro; el pan de mijo, también desde muy antiguo, que ya no se cultivaba en el siglo XVI; el pan de maíz o borona, tras su introducción en el valle a principios del siglo XVII; el pan de cebada “terciado” con centeno y escanda local, o con trigo común importado de la meseta, o con maíz, una práctica que se documenta hasta la segunda mitad del siglo XIX. Junto a todo ello, el pan de carestía, en el que también se mezclaba la harina de arvejos.  

El pan blanco, hecho exclusivamente con harina de trigo común, que llegaba a Sajambre gracias a la carretería y a las compras hechas más allá de Pontón, solo fue habitual en las mesas de los más ricos antes de la segunda mitad del siglo XIX.  

 

NOTAS

(1) La fanega equivalía a 42 kilos; 4 fanegas hacían 1 carga, o sea, cada carga eran 168 kilos. Equivalencias extraídas de Laureano M. Rubio Pérez (coord.), Historia de León. Edad Moderna, Universidad de León, 1999, p.501.  

 

sábado, 30 de enero de 2021

ENTRE SOTANAS ANDA EL JUEGO: estrategias de enriquecimiento y poder en los concejos de Sajambre y de Valdeón en los siglos XVII y XVIII. El intento de asesinato de un cura de Valdeón.

 

Las características socioeconómicas de los concejos leoneses de Sajambre y de Valdeón fueron muy similares en el pasado. Por eso, los mecanismos y las estrategias de enriquecimiento y poder son las mismas en uno y en otro municipio. Dada la pobreza de la zona, no se podía aspirar a mucho, pero sí existieron dos oficios ambicionados que siempre terminaban por reportar beneficios a las familias y, a menudo, a los linajes. Las ocupaciones eran la de cura y la de escribano público. 

No fue casualidad que estos quehaceres influyeran en el ascenso de varias familias de la región. Así sucedió con los Gómez de Caso en Burón, donde hubo curas y escribanos. Los Piñán de Cueto Luengo en Sajambre, con curas y escribanos. Los Díaz de Oseja asimismo en Sajambre, con escribano y curas. Los Díaz-Caneja sajambriegos, con escribanos y curas. Los Pesquera Pérez de Prado en Valdeón, con curas y escribanos. O los Ferrado de Vega en Amieva, con otros escribanos y más curas. Además, todos solían llevarse bastante bien entre sí, llegando a emparentar en varios casos, lo que resultaba muy útil para ampliar las redes de influencia y clientela.  

Los dos oficios (escribano y cura) tenían claras ventajas económicas con respecto al grueso de sus convecinos, quienes dependían de la fertilidad de la tierra, de la poco sustanciosa ganadería local y de la limitada actividad comercial. Además, tales ocupaciones proporcionaban poder debido a la respectiva autoridad del escribano y del cura.

Las ganancias de los antiguos notarios públicos no fueron desdeñables y el control sobre la población lo adquirían gracias a la información de primera mano que los vecinos plasmaban en las escrituras públicas que se formalizaban ante ellos: testamentos, deudas, obligaciones, préstamos hipotecarios, contratos diversos, cargas judiciales…  No olvidemos tampoco que en estos municipios pequeños, los escribanos públicos se encargaban también de escriturar la documentación municipal (función que con el tiempo desempeñaron los fieles de fechos y los secretarios de ayuntamiento) y la judicial, por lo que monopolizaban la información de los vecinos a título particular, la del ayuntamiento y la de todos los pleitos y conflictos judiciales.  

Por su parte, los curas recibían rentas por sus trabajos y por la práctica sacramental de sus parroquias, quedándose además con un porcentaje de los diezmos, lo que originó una acumulación de excedentes que solían dedicar a la reventa, pese a sentir sus beneficios disminuidos en las épocas de malas cosechas. Estas ganancias se unían a su total exención del pago de impuestos, al contrario que los laicos, pues ni siquiera los hidalgos quedaban exentos de los tributos eclesiásticos. El conjunto se incrementaba con los intereses derivados del dinero que prestaban, normalmente mediante la “venta” de censos, una expresión eufemística que servía para enmascarar la actividad financiera del clero, porque en la Edad Moderna “el clero se convirtió en uno de los principales prestamistas del mundo rural” (1).   También fueron varios los que, al final de sus vidas, fundaron “obras pías”,  una antigua institución que servía para evadir impuestos y beneficiar a la parentela en mayor o en menor medida, según fuera la envergadura de las respectivas haciendas y fundaciones. En palabras de un documento sajambriego de 1818 “para que con su aumento se remediasen los descendientes y parientes más pobres”.  Entre 1650 y 1850 hubo en Sajambre obras pías documentadas, de fundación laica y eclesiástica, entre los Díaz de Oseja (Oseja), los González (Oseja), los Viya (Soto), los Simón (Ribota), los Granda (Ribota), los Muñiz (Oseja), los Mayón (Pio), los Redondo Collado (Vierdes), los Acevedo (Oseja) o los Díaz de la Caneja (Oseja).  Algunos curas locales desempeñaron otras tareas, también con provecho económico, como capellanes, notarios apostólicos u oficios inquisitoriales (recuérdese el caso de nuestro Domingo Piñán), etc.  

Las haciendas del clero rural se resentían en las crisis de subsistencia por el impago de los diezmos o por su disminución. Pero, al menos en el caso del concejo de Sajambre y, por lo que sé, también en el de Valdeón, el balance siempre fue positivo para los párrocos. De aquellos de los que conservamos testamento, se observa una acumulación de prados y tierras, ganados, rentas diversas y riqueza patrimonial que sobrepasa, con mucho, la de sus feligreses y que en más de un caso se equipara a la de los Piñán de Cueto Luengo.  Muy pobre no debió ser el curato de Oseja y Soto cuando Pedro Díaz, el que con el tiempo se convirtió en arcediano, pleiteara durante 13 años por su propiedad.

A esta desahogada situación económica de los curas de Sajambre y Valdeón, se sumaba su relevante posición social, por pertenecer al principal estamento privilegiado de la sociedad del Antiguo Régimen, y una alta dosis de poder derivada de su peso social, de su prestigio moral y de la autoridad que poseían, nada más y nada menos, que sobre las almas de sus feligreses y, con ellas, sobre su salvación o condenación eternas.  ¡Qué mayor poder iba a existir, para aquellas gentes tan crédulas, que tener la última palabra sobre la condenación eterna (o no) de un individuo!    

Estas realidades de poder se mantuvieron durante tanto tiempo en el mundo rural que no es de extrañar que, hasta bien avanzado el siglo XX, la cúspide de la élite local estuviera formada por el alcalde, el secretario de ayuntamiento (que sustituye al escribano) y el cura.   

Como ya hemos hablado de los escribanos en otras ocasiones, vamos a tratar ahora sobre los curas y vamos a hacerlo a través de los Pérez de Prado, de Valdeón, uno de cuyos miembros fue contemporáneo del arcediano (Pedro Díaz), del comisario (Domingo Piñán) y víctima de una conspiración que tuvo como finalidad su asesinato.       

Los Pérez de Prado procedían de Puertas, en el concejo asturiano de Cabrales, y se instalaron en Valdeón cuando García Pérez de Prado obtuvo el curato de Soto antes de 1632. Este García Pérez de Prado permaneció en dicha localidad hasta los años centrales del siglo. En la documentación sajambriega, el 4 de junio de 1657 todavía aparece como cura párroco de San Pedro de Soto y, en la de Valdeón, sigue figurando como tal en 1658. Debió morir antes del 16 de noviembre de 1665, fecha en la que ya se registra como párroco de Soto su pariente Agustín Pérez de Prado.  Estuvo a punto de morir en 1632, cuando un grupo de vecinos de Valdeón conspiraron para asesinarlo.      

Lo cierto es que los actos de violencia contra la Iglesia y los clérigos no fueron infrecuentes en esta zona. En 1494 dos sajambriegos, llamados Pedro del Campo y Gonzalo Díaz, se atrincheraron en la iglesia de Oseja contra los clérigos locales. En 1535 el arcipreste de Burón fue asesinado. En 1632 existió una conspiración para matar al cura de Soto de Valdeón y, a finales del siglo, dos sajambriegos intentaron asesinar al prior de Pedrosa. A esto se unen las denuncias contra los abusos cometidos por los curas locales a causa de cobrar derechos abusivos a sus feligreses. Es lo que hicieron los vecinos de Valdeburón contra un clérigo local en 1536 y los vecinos de Oseja y Soto en 1671 contra el cura Juan Manuel de Posada Arnero, que fue condenado por dicho motivo.   

En el Archivo de la Real Chancillería de Valladolid se conserva la documentación del pleito interpuesto por García Pérez de Prado, cura propio de Soto de Valdeón, tras el intento de asesinato del que había sido víctima durante la romería de la Virgen de Corona en el año 1632. Los acusados por el cura fueron Pablo de Bulnes, Sancho Díez y Juan de Caldevilla, vecinos de Valdeón, Juan González de Prada, juez ordinario del mismo concejo, y Lorenzo Cueto, alcalde de la Santa Hermandad, es decir, de la policía de la época, el cual había convencido a Pablo de Bulnes y Juan de Caldevilla para ejecutar “el dicho delicto, provocándoles y asegurándoles que no serían castigados y que antes les ampararían y favorecerían”.  

Las causas de este intento de asesinato premeditado y planificado no quedan nada claras, más allá de mencionar la enemistad y odio que le tenían” al cura, en concreto Pablo de Bulnes, quien había servido en su casa y había sido despedido. No obstante, el despido de un simple criado no parece causa suficiente para una conspiración de esta envergadura, en la que parece que pudieron estar implicados un juez y el jefe de policía.     

La sucesión de los hechos fue la siguiente:

El día de la romería a la hermita  de Nuestra Señora de Corona, que está en un monte yermo, media legua poco más o menos de distancía del dicho lugar a donde mi parte avía dicho missa aquel día, por su devoción y por ser la dicha hermita fieligresía de la yglessia parrochial del dicho lugar de adonde el susudicho era cura (Soto de Valdeón), y después avía comido en conpanía de otros sacerdotes, y aviendo acavado de comer el susodicho, se avía puesto a dormir en el canpo y ribera muy cerca del río que por allí pasava. Y estando ansí durmiendo y desocupado, avían ydo los dichos Pablo de Bulnes y Juan de Caldebilla, aviéndose quedado distante algunos passos el dicho Juan de Caldebilla para ayudar al dicho Pablo de BulnesEl dicho Pablo de Bulnes avía cometido al dicho licenciado García Pérez de Prado y con un palo mui grande que llebaba con yntento de matar, le avía dado muchos palos en la caveça, que le avía echo quatro heridas muy grandes... y le avía sacado mucha sangre, aviéndose sin sentido. Y avía acometido a acavarle de matar aogándole en el dicho río y echarle en él y arrojarle a él, y le avía dado muchos golpes con pies y manos, y avían echado en el agua de dicho río, a donde sin falta expirara si quien acasso lo avían sentido no ubiera dado boçes y sacara de allí a su parte, a quien el dicho Pablo de Bulnes dejó por muerto, abiéndole asistido e faborecido dicho Juan de Caldebilla…” (2).

En otro pasaje del mismo documento se detalla el intento de asesinato y las heridas causadas: aprovechando que el cura se había echado la siesta, Pablo de Bulnes le asestó varios golpes en la cabeza con un palo dejándolo medio inconsciente. A continuación, para asegurarse de su muerte, lo arrastró hasta el río e intentó ahogarle. En esta situación siguió dándole golpes con piedras, manos y pies en la cara y en la espalda y, cuando el cura estaba a punto de morir, apareció una moza que empezó a gritar y acabó sacando a la víctima del agua para luego llevarla a su casa, donde permaneció en la cama, en peligro de muerte, durante algún tiempo.

Estando García de El Prado, clérigo, cura de la yglesia de San Pedro de Soto, descansando por la tarde cerca del río caudal que pasaba por çerca de la dicha hermita, Pablo de Bulnes, natural de el dicho concejo, con acuerdo y bajo pensado y alebosamente, avía ydo a donde estava el dicho cura que quería dormir y le avía dado con un palo en lo alto de la caveça, que le ronpió cuero y carne, de que avía quedado desatinado. Y biéndose ansí, le avían echado dentro de un poço… el dicho Pablo avía tomado mucha cantidad de piedras y con ellas le tirava y le dava en la caveça, y le avía echo muchas heridas en las espaldas y cara, de los quales dichos males e tratamientos estava a punto de muerte. Y le avría muerto si no (fuera) por una moça que avía llegado e dado boçes…  que a dicho cura que le avía sacado de la agua y llamó quienes tomasen la sangre y curasen las dichas heridas… en su casa donde estava en una cama muy malo, a peligro de muerte...” (3).    

Dice el documento que, una vez que el pueblo se enteró de lo sucedido y llevaron al cura a su casa, y el juez y el alcalde de la Santa Hermandad asistieron a la víctima disimulando su culpa. Se narra también la detención de Pablo de Bulnes, que se había escondido en una casa de Los Llanos. Lo apresaron y encerraron en la cárcel pública, pero el juez implicado y Sancho Díez facilitaron su fuga.  

La sentencia fue dictada en Valladolid, el 22 de septiembre de 1633, tras probarse la implicación de Pablo de Bulnes y Juan de Caldevilla, ordenando la inmediata incautación de bienes de ambos reos. Del primero se dice que se deja la sentencia al arbitrio de los alcaldes del crimen y al segundo se le condena al pago de 10.000 maravedís a entregar al cura en concepto de indemnización, a la satisfacción de las costas del pleito y a destierro de Valdeón durante 4 años, a más de 5 leguas del contorno de dicho concejo.   

La acusación a cinco vecinos, entre los que había autoridades concejiles, y la condena solo a dos de ellos, hace sospechar la existencia de posibles tensiones, seguramente de poder, entre el cura de Soto y las autoridades municipales. Como dijimos, este García Pérez de Prado se recuperó de sus heridas y continuó al frente de la parroquia de Soto de Valdeón, al menos, hasta 1658, asomándose a los documentos sajambriegos por su actividad prestamista. Por ejemplo, le debían dinero varios miembros de los primeros Díaz-Caneja, de Oseja.  

A García Pérez de Prado le sustituye en la parroquia de Soto un pariente suyo: Agustín Pérez de Prado que, según dice un documento de 1653, había nacido en el concejo asturiano de Cabrales y residía por entonces en la ciudad de León. Este Agustín también prestó dinero a vecinos de Sajambre, en concreto a algunos de Ribota en 1665, a otros de Oseja en 1671 y en 1670, el pueblo entero de Oseja se endeudó con él por 54’5 cargas de trigo y centeno para cubrir las necesidades de cereal panificable. En 1673 el encargado de cobrar en Sajambre lo que sus vecinos debían a Agustín Pérez de Prado fue Isidro Piñán, uno de los cinco hijos bastardos del cura Domingo Piñán, al que conocemos por haber sido el primer maestro elemental documentado en Sajambre (anterior a la fundación de la escuela del Arcediano) y por haber trabajado como aprendiz en la escribanía de los Piñán. Isidro Piñán acabaría tomando hábitos y convirtiéndose en notario apostólico, como su padre.

Agustín Pérez de Prado fundó en Soto de Valdeón una capilla que aparece en los documentos sajambriegos y valdeoneses con dos advocaciones. En 1672 se registra como la capilla del Rosario, en 1710 como la capilla del Carmen y en 1712, nuevamente como la capilla de Nuestra Señora del Rosario, al frente de la cual Agustín colocó a otro pariente llamado Fernando García Pérez de Prado.  Según un documento de 1672, esta capilla sirvió de modelo para la reconstrucción de la ermita de Corona que se hizo por esas fechas.  

Seguramente en su testamento, Agustín Pérez de Prado dejó fundada además una obra pía, quizás “de estudiantes”, que se menciona a veces en los documentos notariales de Sajambre. Así en 1710, Toribio Rodero e Inguanzo, vecino del lugar de Puertas, en el concejo de Cabrales, era el “patrono y lexítimo presentero de las memorias y obras pías que fundaron los licenciados don Garzía y don Agustín Pérez de Prado, de buena memoria, curas que fueron en la parroquial de Soto, concejo de Baldión” y acude a Sajambre para cobrar deudas de censos que dejaron a su muerte Pedro Amigo Mayón, el viejo y el joven. En 1712, los últimos descendientes del linaje del Arcediano en Soto de Sajambre traspasaron varios censos que tenían en contra de vecinos de Sajambre “a la obra pía que fundó el licenciado Don Agustín Pérez de Prado, cura que fue de la parroquial de San Pedro en Soto, en el concejo de Baldión”, en la persona de su patrono Miguel Pérez de Pesquera.  O en 1805, la “obra pía de estudiantes del concejo de Baldeón” todavía tenía censos contra vecinos de Oseja.

A finales del siglo XVII, los Pérez de Prado, de Soto, entroncaron con los Pesquera, también de Valdeón: ya mencionamos a Miguel Pérez de Pesquera en 1712; en 1753 y 1755 aparece en la documentación sajambriega Miguel Pesquera Pérez de Prado, escribano público del concejo de Valdeón, quien solicita permiso para ejercer en dicha escribanía pública del número en el año 1717, documento que se conserva en Sajambre; y en 1768, 1771 y 1772, el titular de dicha escribanía fue Sebastián de Pesquera y Pérez de Prado.

Como se ve, curas y escribanos en otro linaje que tuvo relevancia social en la región, aunque su historia tendrá que completarse con la documentación que se conserve de Valdeón y de Cabrales.    

NOTAS

(1)  Elena Catalá, “Mi familia tiene un cura. El clero patrimonial en la España del Antiguo Régimen”, Nuevo Mundo. Mundos nuevos, 2008, p.25.

(2)  Valladolid, Archivo de la Real Chancillería, Registro de Ejecutorias, caja 2585, doc. 75, de 1633.  

(3) Ibidem.

viernes, 4 de diciembre de 2020

LAS «FAKE NEWS» EN EL SAJAMBRE DEL SIGLO XVI Y LA LLEGADA DE LOS PIÑÁN A VALDEBURÓN

 

Eso que en la modernidad de las redes sociales se conoce con la expresión anglosajona de fake news no es otra cosa que bulos, infundios y patrañas que alimentan lo que en esta sociedad nuestra también llamamos desinformación. El cóctel que forman las noticias falsas y la manipulación constante de la realidad es lo que los filósofos han denominado (a mi parecer, de forma obscena) como “posverdad”, cuando no es más que una mentira. Vaciar de contenido y de significado las palabras que identifican conceptos importantes (como verdad, mentira, libertad, fascismo, democracia) es otra estrategia perversa del mundo actual.  

Los bulos no son solo cosa del presente. También se utilizaron en el pasado como arma política. Lo que resulta novedoso en el mundo de hoy es la enorme extensión y la gran rapidez que la desinformación llega a adquirir entre una población arrogante, mayoritariamente carente de sentido crítico que, por estar escolarizada y tener a su alcance la información inmediata de internet y de los medios de comunicación, se considera culta cuando no lo es. Esta confusión constante entre información y cultura, que campa a sus anchas en los estercoleros que son las redes sociales, es un mal tremendamente peligroso.  Un ejemplo de este peligro es la situación creada en los Estados Unidos de América tras el reciente proceso electoral, con un presidente abonado a la posverdad, por estar acostumbrado a que la mentira siempre le haya sido rentable.  Ya sabemos que es un patán integral y el mejor ejemplo que se me ocurre de que cultura y dinero no van emparejados. Pero si grave es (y mucho) que semejante ser haya sido elegido presidente de la nación más poderosa del mundo, más grave es que le haya votado una masa crédula, por ignorante, o a la que no le importa que se mienta, se manipule y se tergiverse. Lo más triste y demoledor es que no se trata solo de un mal propio de ese país americano, sino también de Europa y, por supuesto, de España. En Estados Unidos es un indicio más de la decadencia imparable en la que está inmerso el Tío Sam y en Europa, un síntoma aterrador del mundo al que nos dirigimos.  

En el pasado, la difusión de nuevas o noticias de uno u otro color fue forzosamente más lenta y limitada, pues circulaban de boca en boca y con los medios de transporte de la época.  También se difundieron mentiras y, en algunos momentos, se organizaron conspiraciones para propagar bulos que pusieran en peligro la paz de los pueblos.  

Durante su reinado, Felipe II sufrió varios atentados contra su vida y, en otras tantas ocasiones, quedó documentada la circulación de bulos, con los que sus enemigos perseguían la desestabilización política del reino.  Uno de los primeros se extendió por la Península en los últimos días del año 1563 y primeros de 1564, intentando hacer creer a la población que el monarca había sido asesinado. 

En el Archivo de la Casa Piñán se ha conservado un documento que retrata la llegada del bulo a Sajambre y las medidas que adoptaron sus autoridades ante una noticia que creyeron cierta.  El estudio de este documento y su edición íntegra han sido recientemente publicados por mí en un libro (1), de tal forma que en este caso me voy a limitar a resumir su contenido, quedando en la publicación la restante información y la transcripción íntegra del texto principal y de los añadidos.  Incluyo también en este post (no en el artículo publicado) nuevos datos sobre el linaje Piñán en Valdeburón.    

El 27 de diciembre de 1563 se levantó acta notarial en la localidad de Sames, en el concejo asturiano de Amieva, de cómo el alcalde de la Santa Hermandad y cinco sajambriegos más habían llegado a dicha población “persiguiendo a unos hombres que habían matado al rey”. 

Esos cinco sajambriegos debían ser los cuadrilleros, es decir, los miembros de la Santa Hermandad o policía de la época. Su jefe era el “alcalde de la Santa Hermandad”, cargo que se renovaba por elección todos los años a principios del mes de enero. Entre ellos había representantes de las cuatro asambleas vecinales del valle, es decir, de Oseja, Soto, Ribota y Vierdes-Pio.

Uno de los representantes de Soto fue “Piñán”, a secas, sin nombre de pila. Se trata de Gonzalo Piñán, el primero que conocemos con este nombre avecindado en Sajambre y documentado en Soto desde 1545, que no debe confundirse con otro Gonzalo Piñán que fue vecino de Polvoredo en los años 1553 y 1554.  Los documentos conservados en ambos casos no nos permiten saber si estaban emparentados, aunque lo sospecho. 

Ahora bien, si los documentos no proporcionan información directa sobre el origen del Piñán de Polvoredo, sí la dan indirecta, de tal manera que es probable que los Piñán de Polvoredo y los de  Sajambre ya estuvieran emparentados en el siglo XVI. Lo que es casi seguro es que los Piñán de Polvoredo no son originarios de dicho lugar. Lo explico.    

Del Gonzalo de Polvoredo se conservan varios documentos, entre ellos una ejecutoria del rey Carlos I, fechada en Valladolid, el 17 de junio de 1554, en la que se dice que

Gonçalo Pinan vezino del dicho lugar de Polboredoes hombre hijodalgo notorio de padre y solar conozido, debengar quinientos sueldos segúnd fuero de España… y los dichos sus padre y agüelo y cada uno de ellos en su tiempo, en los lugares donde bibieron y moraron, que estobieron syempre en posesión de hombres hijosdalgo e de no pechar ni pagar ellos, ni alguno de ellos en pedidos, ni monedas, ni en otros ningunos pechos ni tributos reales, ni conçejales e abiéndoles sido guardadas al dicho su parte y a los sus padre y agüelo todas las honrras, franquezas, esençiones e libertades que a los hotros hombres hijosdalgo suelen y deben y acostumbrar ser guardadas…

Una real ejecutoria es la sentencia final de un pleito dirimido ante el rey en última instancia. Este pleito lo fue de hidalguía y lo solicitó Gonzalo Piñán porque el concejo de Polvoredo no le reconocía su estado noble y le obligaba a pagar impuestos. Esto era habitual cuando se cambiaba de residencia de un municipio a otro. Es decir, la incoación de este pleito de hidalguía fue necesaria, posiblemente, porque este Gonzalo Piñán se había mudado a Polvoredo procedente de otro concejo. Los documentos no dicen de cuál.  

Al mismo tiempo que este Gonzalo Pinán o de Piñán vivía en Polvoredo, desde 1545 se documenta otro Gonzalo Pinán, Penán o de Piñán en Soto de Sajambre, considerado hidalgo en los padrones de 1552. El sajambriego murió entre 1584 y 1595 dejando, al menos, cinco hijos en el valle: Catalina, María, Juan, Pedro y Gonzalo. Este último vivió, casó y murió en Soto de Sajambre.

Hay tres factores que me llevan a hipotetizar un parentesco entre estos Piñanes ya en el siglo XVI. Uno es la homonimia, muy frecuente en las familias de aquella época, pudiendo ser estos dos Gonzalos primos, o tío y sobrino. El segundo factor es la peculiaridad del apellido, poco común entonces y ahora, que confluye en dos núcleos familiares asentados en lugares tan cercanos como son Polvoredo y Sajambre.  El tercero es que los dos Gonzalos fueron hidalgos notorios de solar conocido. 

Volviendo al bulo sobre el asesinato de Felipe II. Uno de los cuadrilleros que llegaron hasta Amieva fue Gonzalo Piñán, junto a otros sajambriegos que también se nombran en el documento, en seguimiento de unas personas que abían muerto al rei, nuestro señor, con sus armas. Persiguiendo a tales sospechosos llegaron hasta Sames, donde se encontraron con cuatro vecinos de Caño que venían desde el concejo de Cangas de Onís y que también se nombran. Ante el notario que levantó el acta, dejaron constancia de cómo todo el oriente de Asturias hasta Oviedo estaba ya avisado de dicha muerte.  

En el artículo explico el procedimiento policial, según las leyes de la época, que obligaba a los concejos a perseguir a los malhechores y cómo los sajambriegos lo aplicaron en este caso; me detengo también en el recorrido que se describe en el propio documento y que no fue otro que el del camino real desde Oseja hasta Sames por el puerto de Beza, donde se habla de la venta de Saúgu, convirtiéndose esta noticia en la más antigua, hasta la fundación de la ermita y del albergue de caminantes por el Arcediano casi un siglo después; y trato sobre los desgraciados a los que se debió acusar infundadamente de un crimen que, en realidad, no se había cometido. Entonces, como ahora, las noticias falsas tenían víctimas y consecuencias nefastas. No me extiendo sobre ello porque, como digo, está publicado en el mencionado trabajo.  

El bulo empezó a correr por la Península en los últimos días de diciembre de 1563. Los propios contemporáneos del hecho creyeron que se había difundido a partir de tres focos simultáneos: uno en Castilla, otro en Aragón y el tercero en Cataluña. Pero este documento demuestra que en Asturias y en el norte de León la difusión de la falsa muerte de Felipe II fue bastante anterior en el tiempo a la región levantina y que el foco castellano no debió estar muy alejado de Asturias y Valdeburón.

El desmentido del atentado no empezó a circular por España hasta los días 4 y 5 de enero de 1564. En circunstancias normales, tras conocerse el carácter falso de la noticia, el acta notarial hecha en Sames habría sido destruida por no tener validez. Pero en este caso se conservó. ¿Por qué?

El acta se levantó en Sames a petición de los sajambriegos, para que quedara constancia de que habían cumplido las leyes; y los sajambriegos se llevaron dicho documento a su concejo. El hecho de que se haya conservado en el Archivo de la Casa Piñán, con notas dorsales de Gonzalo Piñán I, indica sin ninguna duda que el acta notarial quedó en poder de dicho Gonzalo Piñán, manteniéndose en el archivo familiar de Soto, hasta que en 1636 Domingo Piñán de Cueto Luengo trasladara dicho archivo al palacio que se había hecho construir en Oseja.

¿Y por qué se lo quedaría Gonzalo Piñán si lo lógico habría sido que se lo quedara el alcalde de la Santa Hermandad, como máximo responsable policial que era?

Pues no lo sabemos, pero sospecho que porque el Piñán era la única persona alfabetizada de toda la cuadrilla.

¿Y por qué se conservó el documento en lugar de destruirse, que era lo que correspondía en tal caso?

Pues por culpa del tocino y las coricias.

El primer Gonzalo Piñán sajambriego aprovechó el espacio dejado en blanco al dorso del documento para usarlo como “libro de cuentas”, escribiendo de su propia mano varias notas contables sobre viajes a Oviedo, cebada, lechones, pucheras de vino, tocinos, coricias y otras cosas que había gastado y pagado a diferentes personas, como Sancho de Quintana o Juan Prieto.  

Estos apuntes de la economía doméstica de un sajambriego de mediados del siglo XVI permitieron la conservación de un curioso documento que, en otras circunstancias, se habría destruido.

 

NOTAS

(1) Elena E. Rodríguez Díaz, “El bulo de la muerte de Felipe II (1563) en el oriente de Asturias y norte de León”, en Elena E. Rodríguez Díaz y Antonio C. García Martínez (eds.), Historia y Archivos. Estudios en homenaje a Dña. Remedios Rey de las Peñas, Universidad de Huelva, 2020, pp. 297-309.