lunes, 19 de septiembre de 2011

LA RECONSTRUCCIÓN DE LA IGLESIA DE SOTO A COSTA DEL ARCEDIANO

A la memoria de M.E.D.P.

La que posiblemente fue la iglesia medieval de Soto llegó hasta el año 1642, fecha en la que “la capilla mayor y cuerpo y campanario de la dicha parroquial del dicho lugar se está cayendo y se tiene necesidad de haçerle todo de nuevo”.  De manera que el párroco, vecinos y mayordomo, reunidos a concejo, se ponen de acuerdo con un maestro de cantería para reconstruirla, todo bajo los auspicios de Don Pedro Diaz de Oseja, arcediano de Villaviciosa en la Iglesia de Oviedo desde 1621. El contrato toma forma el 24 de septiembre ante el notario apostólico y cura de Oseja y Soto, el comisario don Domingo Piñán de Cueto Luengo, quien además era originario del lugar. 

Aquel concejo estuvo formado por Marcos de Mendoza, juez ordinario, Cosme de Suero, regidor, Juan González el viejo, procurador de dicho concejo y lugar, Domingo Sánchez, mayordomo de la iglesia de Soto, Juan de Mendoza el viejo, Pedro de Suero, Juan Alfonso de Coco, Diego Fernández Muñiz, Toribio Diez, Juan González el mozo, Pedro de Vega el mozo, Pablo de Palacio, Lucas González, Julián González, Juan Caneja, Juan Sánchez, Juan Fernández del Corral, Juan de Mendoza, su hijo Pedro de Mendoza y Pedro Diez Revuelta. Estuvieron presentes como testigos: el canónigo, Diego de la Caneja, sobrino del Arcediano; el cura de Ribota y sus anejos, Julián Gómez; y el escribano público del número, Sancho Diez. 

El maestro de cantería contratado fue Pedro de Bada, vecino del lugar de Nueva, en el concejo de Llanes y Principado de Asturias, que se comprometió a “haçer toda la dicha obra, ansí de la capilla mayor del cuerpo de la dicha yglesia y su campanario con las traças y condiçiones y modos que se le pidiesen por parte del cura y vecinos del dicho lugar”.   

Sánchez Martín define la traza como “la primera planta o diseño que se propone o idea del artífice para la fábrica de algún edificio u otra obra”(1). Desde el siglo XVI existían libros de trazas útiles para varias profesiones relacionadas con la construcción, como libros de trazas de cantería o libros de trazas de carpintería, que proporcionaban modelos y ayudaban a solucionar problemas. Pero nuestro Pedro de Bada no hubo de leerlos, ni de guiarse por ellos, porque en el documento que analizamos se declara analfabeto.  Así que “las trazas” que aquí se nombran fueron –como se dice- una serie de indicaciones dictadas por el cura, por los vecinos ¿y también por el Arcediano? 

En realidad, el Arcediano fue quien corrió con los gastos de toda la obra según se declara: “Y en quanto a la cantidad y prezio de dinero en que se ha de haçer dicha obra, ansí los dichos vecinos de Soto, como el dicho Pedro de Vada la ponen en manos del señor Doctor Don Pedro Diez de Oseja, arcediano de Villaviciosa y canónigo de la santa Yglesia de la ziudad de Oviedo, para que su merçed en vista de la misma obra lo tase y mande [por] entrambas partes, ansí los veçinos como el dicho Pedro de Vada, maestro de cantería. Y caso que dicho señor arcediano no q[quiera o] pueda venir a la vista y tasazión de la dicha obra desde aora para entonçes,  son conformes dichos vecinos de Soto y dicho Pedro de Vada en que vean la dicha obra quatro hombres honrrados, dos de los vecinos y dos de parte del dicho Pedro de Vada, los quales lo vean y tasen por entrambas partes”.  

Como condiciones del contrato, el pueblo y el cura se comprometen a pagar los gastos de los desplazamientos del maestro y sus oficiales, y “el acarreto de piedra, cal, arena y más  ma[teriales], ansimismo la leña para los caleros”. Por su parte y como era habitual desde la Edad Media, el artesano se compromete a poner los materiales en forma de “cantos y piedra y toba, y cavar las pozas de los caleros y cargarlos y cortar la leña”.  Se obliga también a estar siempre presente en la obra, salvo en caso de enfermedad, en cuyo supuesto lo podría sustituir su yerno. 

Por lo que vamos sabiendo, por los espacios arquitectónicos que se nombran y por la contratación de un cantero sin la presencia de ningún arquitecto en la refacción, el edificio debía de ser muy sencillo. Tanto la estructura de la iglesia medieval, como ésta que se empieza a reconstruir en el otoño de 1642 tuvo que responder a los esquemas característicos de las iglesias rurales de la zona. La suponemos con una única nave de cubierta adintelada, seguramente de madera; cabecera cuadrada; paredes encaladas y suelo de tierra para facilitar los enterramientos; con su capilla mayor para el altar, quizás separada de la nave por un arco apoyado sobre pilares, que un documento de 1668 llama estribo; con lienzos exteriores de mampostería y sillares labrados en vanos y esquinas; con un campanario, quizás de una sola campana; y con un pórtico cubierto que la rodeaba, sostenido por pilares de madera y suelo también de tierra. Un pórtico que en el año 1668 se cierra para su uso como lugar de reunión del concejo, cabildo o asamblea vecinal, acomodando a su alrededor poyos de piedra recubiertos de tabla para asiento de los vecinos. 

Esta reconstrucción de la iglesia de Santa María de Soto hecha en 1642-1643 debió llegar hasta el año 1883, momento en el que se levanta la fábrica actual. 

Por otra parte, sabíamos que el Arcediano había dejado dinero para el cuidado de las iglesias de Oseja y de Soto en sus últimas voluntades(2), pero lo que no sabíamos es que hubiera intervenido en ellas antes de su testamento de 1665. Este documento del Archivo de la Casa Piñán prueba que lo hizo en Soto, como otros del mismo fondo prueban que también lo hizo en Oseja.

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(1) F. J. Sánchez Martín, Estudio del léxico de la geometría aplicada a la técnica del Renacimiento, ed. Universidad de Salamanca, 2009, p.826.
(2) “Ytem mando se den y paguen en cada un año perpetuamente a la fábrica de la yglesia parroquial de Santa María de Oseja y a la de Santa María de Soto, donde yo fui cura, ocho ducados, quatro cada una”.

lunes, 4 de julio de 2011

EL EFECTO DE LA RENOVACIÓN PEDAGÓGICA EN LEÓN EN 1926 Y 1927 (y 2): Marcelino Reyero Riaño, maestro de Oseja de Sajambre.

Entre 1925 y 1928 fue maestro de la escuela pública de Oseja de Sajambre, Marcelino Reyero Riaño, a donde llegó tras ganar la plaza por oposición. Reyero fue, por tanto, contemporáneo de Leonardo Barriada en Sajambre, y junto a él participó también en el volumen de 1927 derivado de uno de los encuentros pedagógicos que se celebraron en León durante el segundo tercio del siglo XX.   

Las aportaciones de Reyero a esta obra colectiva versaron sobre “La escuela y el libro” (pp.42-46) y “El Diario escolar” (pp.69-72).  En el primer artículo critica tanto el uso como único recurso didáctico del libro de texto típico de la escuela tradicional, como la total carencia de ellos del más extremo liberalismo educativo. Pero su presencia en esta publicación obedece, sobre todo, a su aportación sobre la puesta en práctica llevada a cabo en Oseja de Sajambre de una de las técnicas pedagógicas defendidas por la Escuela Activa: la del diario escolar o historia de la escuela, que debían redactar los niños con meras orientaciones del maestro.  

Por parte de los niños el trabajo consistirá en que un escolar cada día se dedique a ir anotando en el cuaderno, destinado a tan fin, los hechos ocurridos en clase, lecciones explicadas, trabajos realizados y otros sucesos que por su importancia y por la relación que tengan con la escuela y los niños, merezcan ser consignados en el diario, y pueden incluirse los ocurridos en la localidad, acostumbrando a los niños de este modo a observar la sociedad en que viven y poder tener así un conocimiento más exacto de ella. Los asuntos consignados en el diario lo estarán no de una manera breve, sino detallada…, juntamente con algún dibujo que sea expresión de lo escrito” (pp.70-71).

Termina enumerando las ventajas del método en el desarrollo intelectual del niño, gracias a la capacidad de observación que despierta, “la autoeducación que origina el tener que pensar, hablar y razonar por cuenta propia y la predisposición literaria que en ellos ha de manifestarse” (p.72).  

Hace años deposité en el Archivo del Ayuntamiento de Oseja de Sajambre varios de estos diarios escolares hechos entre 1934 y 1937, a los que nos hemos referido en este blog en alguna otra ocasión (2008-07-17). Desconocíamos entonces quién había sido el iniciador de esta práctica que llegó hasta el año 1937. Aquí tenemos la respuesta.    

Los cuadernos conservados que son anteriores a la Guerra Civil están escritos por los niños exactamente como Reyero los describe, con sus impresiones diarias, desde que se levantaban y desayunaban hasta que terminaban la jornada escolar. Los textos tienen una frescura inigualable y en ellos podemos asistir a la vida cotidiana y a las enseñanzas recibidas, resumidas por las inteligencias infantiles que nos llegan directamente gracias a las palabras de los niños y a sus dibujos, con su vocabulario, sus expresiones, sus faltas de ortografía y su espontaneidad.   

En cambio, el último cuaderno de 1937, que fue hecho en un Sajambre controlado por los nacionales, es sólo un monólogo del maestro, escrito de su puño y letra con una caligrafía impecable pero sin contener ni uno solo de los requisitos para los que este recurso didáctico fue creado y, sobre todo, sin que se permitiera a los niños “pensar, hablar y razonar por cuenta propia”, como defendía Reyero en el año 1927.      

Marcelino Reyero Riaño fue natural de la cercana localidad buronesa de Casasuertes, en donde nació un 26 de abril de 1899(1).  Comenzó su carrera como maestro nacional de Oseja de Sajambre entre los años 1925 y 1928 para convertirse  en Inspector de Enseñanza Primaria durante la II República, después de que las autoridades republicanas asumieran para la enseñanza pública los principios de la Escuela Nueva que años antes se habían desarrollado en las escuelas privadas de fundación laica. Tras la sublevación militar del 17 de julio de 1936 y a diferencia de tantos compañeros suyos, Marcelino Reyero no sufrió los efectos de la represión que afectó al Magisterio español por haberse adherido a la causa rebelde desde el inicio mismo de la Guerra Civil y haberse puesto inmediatamente al servicio del Estado Nacional que entonces iniciaba su andadura.      

Así, en noviembre de 1936, los nacionales organizan la primera Junta leonesa que tendría como misión depurar la escuela pública de la influencia “de la masonería, el judaísmo y el marxismo” y expurgar las bibliotecas escolares de la provincia, encargándose de la inspección, incautación y destrucción de los libros que habían llegado a los pueblos gracias a las Misiones Pedagógicas.  Según el Boletín Oficial de la Provincia de 2 de noviembre de 1936, dicha comisión estuvo formada por los siguientes miembros: “El Ilustre Sr. Don Olegario Díaz-Caneja, Canónigo Penitenciario de la Catedral de León. Doña Ursicina Martínez Gallego, Directora del Museo Arqueológico de León. Doña Purificación Merino Villegas, Inspectora Jefe de 1ª Enseñanza de León. D. Marcelino Reyero Riaño, Inspector de 1ª Enseñanza de Jaén, agregado a León. D. Rafael Castrillo Martínez, Maestro Nacional de León” (2).    

En 1938, Reyero era asesor técnico del Ministerio de Educación Nacional, en la Jefatura Nacional del Servicio de Enseñanza Primaria y continuó siéndolo hasta 1943. Poco después se convierte en el secretario de la comisión encargada de redactar el texto de la Ley de Enseñanza Primaria de 18 de julio de 1945. Y entre 1943 y 1965 desempeñó el alto cargo de Consejero Nacional de Educación, entre otros honores alcanzados durante el Régimen.   

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Entre la vanguardia del magisterio que participó en las publicaciones leonesas de 1926 y 1927 hubo, tras la Guerra Civil, fusilados, encarcelados, represaliados y forzados al exilio (Rafael Álvarez García, Julio Marcos Candanedo, Vicente Valls y Anglés, Francisca Bohigas Gavilanes, Manuel González Linacero, Agustín Alonso Jambrina, Antonio Berna Salido), partidarios de los sublevados y activistas del Régimen (Marcelino Reyero Riaño, Rafael Olmos Escobar) y miembros de la “tercera España”. No me refiero a la de Paul Preston, sino a la de Andrés Trapiello, a aquella España que se vio arrastrada a elegir entre uno de los dos bandos.

A diferencia de DON LEONARDO BARRIADA, que optó por seguir ejerciendo su profesión de maestro anónimamente dentro de los márgenes que le permitía la oficialidad,  Marcelino Reyero eligió la vía de los méritos políticos en el nuevo estado contribuyendo al desmantelamiento de los avances pedagógicos que se habían logrado en España con anterioridad a la Dictadura Franquista (al fin y al cabo, no todo había sido 'república').

Con el talento y el reconocimiento que poseía Leonardo Barriada, si éste hubiera querido involucrarse en las instituciones educativas del Estado Nacional como hizo Reyero u otros con mucha menos valía que él, habría conseguido tantos o más honores que aquéllos. Sin embargo, el maestro de Soto de Sajambre eligió otro camino.     

A mi parecer, este contrapunto engrandece la figura de Don Leonardo Barriada.     

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NOTAS
(1) Toda la información biográfica de Marcelino Reyero Riaño está sacada de la siguiente dirección web  http://www.casasuertes.com/Marcelino%20Reyero.htm

(2) José Andrés de Blas, “La Guerra Civil española y el mundo del libro: censura y represión cultural (1936-1937)”, Represura (2006), nota 84. Disponible on line: 


sábado, 2 de julio de 2011

EL EFECTO DE LA RENOVACIÓN PEDAGÓGICA EN LEÓN EN 1926 Y 1927 (1): Leonardo Barriada.

La influencia que tuvo en la provincia de León la corriente pedagógica conocida como Escuela Nueva o Escuela Activa y, en especial, la influencia que tuvo la Institución Libre de Enseñanza (ILE), fundada por Francisco Giner de los Ríos en 1876, se refleja en dos libros publicados en 1926 y 1927 a instancias de la Inspección de Primera Enseñanza de León.   

El primero de ellos, titulado Cuestionarios escolares mínimos, se inicia con una cita extraída del Ideario pedagógico de Rafael Altamira y Crevea, un krausista vinculado a la Institución Libre de Enseñanza que tuvo que exiliarse a México tras la Guerra Civil: “Hay que dar un programa a la escuela española; pero no de tal o cual número de asignaturas, que éste ya existe, sino un programa de contenido y de finalidades de su enseñanza”. 

Tras esta cita se desarrolla un prólogo con referencias a Manuel Bartolomé Cossío, que sustituyó a Giner de los Ríos en la dirección de la ILE, y un primer capítulo que consiste en una relación de citas sobre filosofía educativa, correspondiendo las dos primeras a Cossío y a Francisco Giner de los Ríos: “si deseáis aprender la verdadera ciencia de la educación, observar a vuestro alrededor la vida real, la de todos los días; estudiad a los padres y a los niños; apuntad, comentad, reflexionad…” (Cossío) y “¡Ojalá llegue pronto el día en que pueda toda enseñanza reducirse a despertar y guiar –con sumo tacto y respeto- el juicio propio de los niños!” (Giner). La relación de citas de este primer capítulo no está ordenada alfabética, temática ni cronológicamente, por lo que el encabezamiento de estos dos autores con estos dos pensamientos en página única y primera es claramente intencionado.    

Siguen después citas de Santiago Ramón y Cajal (colaborador de la ILE), varias de Jean Jacques Rousseau (fundamento filosófico de la Escuela Activa), varias de Pestalozzi (ideólogo del mismo movimiento pedagógico) y de su fuente de inspiración, el filósofo y pedagogo alemán Herbart, así como autores de los siglos XVI y XVII preocupados por el desarrollo humanista del hombre (Juan Luis Vives, Comenio), políticos célebres preocupados por el progreso humano (Saavedra Fajardo, Jovellanos) u otras del ya citado Manuel Bartolomé Cossío. De esta manera, la intención y la filiación ideológica de los dos volúmenes quedaban plenamente justificadas.     

Estos dos libros fueron el resultado de un encuentro celebrado entre los maestros progresistas de la provincia de León al objeto de intercambiar experiencias docentes, que se dieron a la imprenta para su difusión. El resultado es un conjunto de artículos sobre métodos y técnicas didácticas modernas que estos maestros estaban aplicando en sus respectivas escuelas.  En el segundo volumen de 1927, titulado Minucias pedagógicas, colaboran Leonardo Barriada con dos artículos y Marcelino Reyero Riaño, maestro de la escuela de Oseja de Sajambre, que también contribuye con otras dos aportaciones.   

LEONARDO BARRIADA escribe “La higiene del niño”  (pp.143-150) y “Notas sobre la enseñanza de la Geografía” (pp.65-68).   

En “La higiene del niño” expone la exigencia de mantener saludables los espacios de la escuela, con limpieza, buena iluminación y bien ventilados porque “el aire es el agente higiénico más necesario y más asequible a toda clase de personas” (p.145) y detalla los requisitos higiénicos que deben pedirse a los alumnos, traduciendo a indicaciones concretas las voluntades de don Félix de Martino. 

Así, Barriada dice que hay que revisar al niño al entrar en la escuela para comprobar, no sólo si tiene limpias las manos, sino también las uñas, si se ha lavado los dientes (“al menos una vez al día”), la cara y “enjabonado diariamente la cabeza haciendo inútil el uso del peine” (p.146). El maestro debe también revisar la ropa y obligar a la limpieza de las prendas, así como forzar a que el niño se bañe al menos una vez a la semana.  Defiende la necesidad de que las escuelas tengan “aparato baño-ducha, como ocurre en Alemania en la mayoría de las escuelas. No debería autorizarse el funcionamiento de ninguna escuela que no tuviera lavabos con agua corriente o, por lo menos, una fuente con su correspondiente pila. Las escuelas actuales no poseen estos medios de limpieza” (p.146).   

Habla después sobre la situación al respecto de Soto de Sajambre: “Nuestro pueblo no se distingue hoy por su limpieza, y ello por falta de medios y hábitos” (p.146), para referirse a continuación a la alimentación física e intelectual bajo la máxima tan de moda en aquellos tiempos de mens sana in corpore sano.  Barriada menciona en concreto el caso de las escuelas alsacianas y cita al historiador alemán  Ernst Robert Curtius, lo cual es de admirar, pues en aquellos años Curtius empezaba a publicar y no había escrito todavía la gran obra por la que se le conoció.  Esto es una muestra del alcance de las lecturas de Barriada y posiblemente también de los viajes a los que le obligó,  con enorme acierto y modernidad, don Félix de Martino.

El artículo es fundamental para documentar la filosofía que fundamentaba la práctica docente de Leonardo Barriada y las ideas que Félix de Martino tuvo al respecto. Sirve también para documentar la articulación del currículo escolar que ambos defendieron. 

En la segunda aportación titulada “Notas sobre la enseñanza de la Geografía”, Barriada aplica el principio de enseñar a partir del conocimiento del entorno inmediato del niño y de las clases al aire libre que la escuela progresista defendía y lo hace a través del caso concreto de la Geografía.    

En primer lugar Barriada efectúa una crítica de los métodos tradicionales, de la enseñanza memorística, que tanto combatió la ILE,  y de los recursos anticuados que existían en las escuelas, como “tanto mapa viejo, confuso, desteñido, repleto de pequeños nombres” (p.67). Propone sustituirlos por “los de Vidal-Lablache y de La Forest y algunos alemanes, suizos e italianos que se venden en las librerías de Madrid y Barcelona. Son auxiliares poderosos a los estudios geográficos los trabajos de cartografía, dibujos, las proyecciones luminosas, paseos y excursiones escolares diurnos y nocturnos, formación de mapas trazados sobre madera, tierra o barro, sobre el pavimento. ¡Lástima que en toda escuela no hubiera un patio, jardín o campo con agua, arenas, grava para ofrecer un escenario adecuado a los primeros estudios geográficos!” (pp.67-68). 

Sería interesante comprobar si la escuela de Soto poseyó algunos de los mapas citados entre el material didáctico que llegó de París o si Barriada los conocía solamente por haberlos visto en Madrid o Barcelona.  Naturalmente, a continuación menciona el gigantesco mapa de Soto de Sajambre: 

Hay algunos colegios que tienen un grandísimo mapa orientado y trazado en el suelo para la enseñanza de la Geografía e Historia: entre estos, puedo citar los de Manjón, otro en Valladolid que tiene unos cien metros cuadrados, otro en Soto de Sajambre, de doble superficie que el anterior, con agua corriente para ríos y formación de mares, detalle de ferrocarriles, montañas y algunos detalles más que, aunque hecho por maestros y alumnos, en forma rústica, tiene varias aplicaciones. De este modo los niños viajan, recorren poblaciones, dicen habitantes, pueblos, productos, ríos, montañas, vías y comunicaciones, señalan distritos, academias, monumentos y demás cosas notables.  La dirección del maestro y sus enseñanzas completan el cuadro variado y animadísimo de estas lecciones”. 

El artículo está firmado por “Leonardo Barriada, Maestro de la Fundación Martino (Soto de Sajambre)” (p.68). Por su participación en estos volúmenes, pero sobre todo por el tipo de docencia practicada en la Escuela de Soto, Barriada perteneció y fue parte activa de la renovación pedagógica del momento que constituía uno de los puntales de la progresía de la época. 

jueves, 30 de junio de 2011

EL EFECTO DE LA RENOVACIÓN PEDAGÓGICA DEL SIGLO XX Y LA ESCUELA DE SOTO

Cuando se habla de la Escuela de Soto fundada por don Félix de Martino, al frente de la cual se encontraba el maestro don Leonardo Barriada, siempre se dice que éste se sirvió de las técnicas didácticas más avanzadas de su época. Esto es una gran verdad, aunque también es necesario contextualizar histórica y adecuadamente esta afirmación para entenderla en su justa medida. 

La primera persona en acercarse a dicha contextualización fue Lorenzo Sevilla Gallego en su utilísimo libro titulado “100 años de una intención”, en donde biografía a don Félix de Martino y analiza las características y el alcance de su extraordinaria y desinteresada labor de mecenazgo. Al hacerlo, define muy bien este autor la obra pedagógica de Martino y Barriada como perteneciente a la llamada Escuela Nueva, que tuvo cultivadores tanto entre los católicos, como entre los liberales. 

Pero cuando intentamos buscar un único modelo que sirviera de inspiración al colegio privado de Soto, no terminamos de encontrarlo. Esto sucede porque para él se eligieron soluciones eclécticas, inspiradas en diversas fuentes, aunque pertenecientes todas ellas a las diferentes tendencias que constituían la escuela progresista, Escuela Nueva o Escuela Activa.  Es cierto, como afirma Lorenzo Sevilla, las coincidencias del método didáctico utilizado en Soto con algunos aspectos de las Escuelas del Ave María de Andrés Manjón. Pero la proximidad en este caso no fue total, ya que en el planteamiento pedagógico del padre Manjón, el catecismo y la religión eran las asignaturas más importantes y a las que se dedicaban más horas lectivas por encima de las restantes asignaturas(2). Sin embargo, don Félix de Martino dejó muy claro en una ocasión que Lorenzo Sevilla destaca (pp.56-57), que la religión había de ser en su escuela simplemente una asignatura más, sin ninguna preeminencia con respecto a las restantes materias. Esta es, por tanto, una diferencia fundamental entre el método utilizado en Soto y el modelo de las Escuelas manjonianas.    

Tampoco coinciden Martino y Barriada al cien por cien con las propuestas de Decroly, otro de los grandes ideólogos de la Escuela Activa, pues aunque se aproximaron en algunas técnicas didácticas, les distanciaban otras como el alejamiento de la división de los contenidos discentes en asignaturas, la impartición de una o dos materias al día o muy pocas al mes, la ausencia de exámenes tradicionales, la elección democrática de los tutores por parte de los alumnos, la supresión de los castigos…, principios pedagógicos defendidos por Decroly y aplicados por sus seguidores que no se llevaron a cabo en la escuela de Soto.     

Existieron asimismo coincidencias notorias con algunos procedimientos didácticos del krausismo que difundió en España la Institución Libre de Enseñanza (ILE)  aplicados a la instrucción primaria, como fueron las clases al aire libre y las excursiones que estuvieron presentes en la ILE desde sus orígenes en 1876. 

La filosofía krausista obligaba a poner en contacto directo al alumno con la naturaleza y con los objetos de estudio, por lo que adquirían una enorme importancia las sesiones experimentales y las excursiones, tanto en el entorno de la escuela, como a más larga distancia, tal y como hizo Barriada en varias ocasiones. El arboreto de Soto debió estar inspirado en el jardín botánico de la Institución, así como el gabinete de física fue similar en su planteamiento a los gabinetes de la ILE. La dedicación de Barriada “más allá de lo exigible”, según las expresión de Lorenzo Sevilla (p.61), que se materializó en las Clases Dominicales destinadas a reforzar el aprendizaje, y no a la discencia de la mera doctrina cristiana, son paralelas a las “conferencias dominicales” de la ILE y al pensamiento de María de Maeztu expresado en su célebre frase: “es verdad el dicho antiguo de que la letra con sangre entra, pero no ha de ser con la del niño, sino con la del maestro”.   También coinciden ambas fundaciones privadas en la coeducación o enseñanza mixta, en la preocupación por la higiene de los alumnos, así como en el cuidado por la construcción del edificio de la escuela, que debía ser sólido, con adecuada iluminación y suficiente amplitud de espacios. Sin embargo, Martino y Barriada se alejan del krausismo y de la ILE en todo lo que ambas poseían de defensa a ultranza del laicismo.   

Estos paralelismos reseñados se deben a que todos ellos se inspiraron en los mismos fundamentos pedagógicos de origen roussoniano, unos principios que en España empezaron desarrollándose precisamente en las escuelas privadas de finales del siglo XIX y primer tercio del siglo XX, y que tuvieron como principales representantes a Andrés Manjón, Francisco Ferrer Guardia y Francisco Giner de los Ríos. El denominador común de estas tres grandes personalidades de la Pedagogía española fueron los presupuestos básicos de las mencionadas orientaciones pedagógicas, aunque luego les separasen las respectivas interpretaciones, como la mayor presencia de la religión en el caso de la escuela católica del padre Manjón frente a la defensa de la libertad de cátedra y el laicismo de Giner de los Ríos o el anticlericalismo y la ausencia de exámenes en las escuelas de Ferrer Guardia.  

En este sentido, no puede afirmarse que Leonardo Barriada fuera un adelantado para su época, sino precisamente un hijo de su época.  Las técnicas didácticas utilizadas en Soto de Sajambre ya se habían aplicado antes en otros lugares y por otros maestros. Lo que hizo Leonardo Barriada fue crear una escuela un tanto ecléctica, al efectuar una selección y consiguiente adaptación de procedimientos didácticos de diferente origen aunque pertenecientes todos ellos al pensamiento de la Pedagogía progresista del momento.     

Ahora bien, ¿fue don Leonardo Barriada el único responsable de la selección y aplicación de tales principios didácticos? Desde luego que no o, por lo menos, no al cien por cien, porque por encima de don Leonardo había un árbitro que tenía las ideas muy claras y que sabía a la perfección lo que quería para su Escuela: don Félix de Martino.   Y, desde luego, a don Félix correspondió el mérito de situar al "remoto y pobre" lugar de Soto de Sajambre al mismo nivel que algunas de las más avanzadas instituciones educativas de las ciudades de la época.

Gracias al trabajo de Lorenzo Sevilla Gallego, sabemos que don Félix obligó a Leonardo Barriada a mantenerse al día sobre avances pedagógicos, financiando su formación continua y sus viajes de estudio por España y Europa (p.58).  Por eso, sería muy difícil pensar que Leonardo Barriada no hubiera leído o conocido no sólo lo que hacía el padre Manjón, sino también las propuestas de un Sanz del Río, de un Ferrer Guardia, de un Giner de los Ríos,  de un Manuel Bartolomé Cossío o de un Gumersindo de Azcárate. En realidad, sería absolutamente impensable que no hubiera sabido de la ILE dada la proximidad geográfica de la Fundación Sierra-Pambley (nacida en 1887).   
  
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NOTAS
(1) Lorenzo Sevilla Gallego, 100 años de una intención. Escuela de Soto de Sajambre, s.l., 2007.
(2) Esta orientación fue desarrollada en “El Catecismo como asignatura céntrica”, ponencia pronunciada por Andrés Manjón en el I Congreso Catequético Nacional, celebrado en 1913, ed. en Andrés Manjón, El Catequista. Hojas meramente catequistas del Ave-María, Tomo II, Patronato de las Escuelas del Ave-María, Alcalá de Henares, 1946.