lunes, 26 de enero de 2009

MITOLOGÍA DE SAJAMBRE (I.3): BARBARONA

En el Vocabulario sajambriego (2001, 89) se dice que Barbarona era una mujer fantasma que poseía tal fuerza que era capaz de parar con la mano el rodezno del molino más potente, se tiraba al fondo de los valles y las simas desde las más elevadas montañas sin hacerse daño, se dedicaba a asustar a las gentes a las que se les aparecía en cuanto empezaban a hablar de ella. Algunos la consideraban real, aunque loca embrujada y otros afirmaban haberla escuchado o haberla visto. Las mujeres que iban al molino del Buseco y se preguntaban temerosas “¿Estará acá Barbarona?”, escuchaban su respuesta “Acá estó, acá estó, agarrada al rodezno’l molín”. Y cuando un vecino de Oseja, llamado el tío Calvo, pasaba con su carro por debajo de la cueva de Burdió vio a Barbarona asomada en lo alto de la peña diciéndole: “Calvín, calveto, / allá me tiro en tu carreto / peinando el mi moñeto”. Y cuando el tío Calvo se dio la vuelta, pudo ver a Barbarona en el carro peinando su cabellera.
Hasta aquí la leyenda registrada en la citada obra. Cualquier conocedor de las religiones antiguas peninsulares ha podido constatar ya el extraordinario trasfondo mítico de esta tradición. Veamos cuál es.
En primer lugar, el hecho de que Barbarona fuese un ser al que se le tenía miedo nos indica que nos encontramos ante un mito precristiano.
En segundo lugar, la leyenda contiene muchos de los atributos que caracterizan a la Diosa Madre indoeuropea (ástures y cántabros eran pueblos indoeuropeos) y que según Julio Caro Baroja (Ritos y mitos inequívocos, 1974) son los siguientes:
1) Es una mujer selvática y montaraz.
2) Posee una fuerza sobrehumana.
3) Es rubia, blanca y hermosa.
4) Es cruel y de carácter viril.
5) Vive en las cuevas.
6) Asusta y reduce a los caminantes para luego seducirles.
7) Mata a sus amantes despeñándolos.
8) Se traslada a grandes distancias sólo con un paso, y se hace ver en simas y precipicios.
A esto hay que añadir que, en la interpretación vasca del mito, este ser vuela y a veces se la ve peinando su cabellera.
La leyenda sajambriega no nos dice nada sobre el aspecto físico de Barbarona, por lo que no sabemos si quizás fue perdiendo su belleza original según se fue transformando en un ser cruel por efecto de las religiones que la combatían. Sea como fuere, son muchos los elementos que coinciden.
Su nombre, Barbarona, nos lleva directamente al punto 4. La mención explícita a su fuerza, al punto 2. Sus andanzas por riscos y peñas, al punto 1. El miedo que causa a las gentes, al punto 6. El punto 8 y la interpretación vasca están presentes cuando se lanza desde lo más alto al fondo de los valles, lógicamente volando. Asimismo, encontramos un paralelismo entre la versión vasca y la leyenda sajambriega cuando se aparece a los humanos peinando su cabellera. Y muy posiblemente también viviera en cuevas. Recordemos que se halla junto a la Cueva de Burdió cuando asusta al tío Calvo; y cerca del molino del Buseco, en donde se aparece a las mujeres de Oseja, existe una gran cueva con el mismo nombre. No parece una casualidad la mención de estos dos lugares (con cuevas) en esta leyenda.
Y, por último, la Diosa Madre es también la diosa de la fecundidad y de la tierra. A Barbarona le gustan los molinos, lugar en el que se transforman los frutos de la agricultura, lugar al que se llevan los productos que entrega a los humanos la Madre (diosa) Tierra.
Creo que este mito está relacionado con el siguiente que estudiaremos: el de la Berronera.

MITOLOGÍA DE SAJAMBRE (I.2): EL (RE)NUBERU.

Aunque desde hace casi 100 años no hay recuerdo en Sajambre del Nuberu, sabemos que este personaje mitológico formó parte de las creencias populares del valle, como se comprobará en un instante.
El Nuberu o Reñubeiru, también llamado Xuan Cabrito en Asturias, es un genio maligno que gobierna las tormentas, el rayo y el granizo, se desplaza montado encima de las nubes, se dedica a causar males a los hombres y a las cosechas y tiene la apariencia de un viejo barbado, vestido con pieles de cabra y sombrero de ala ancha. El Nuberu puede ahuyentarse asustándolo con el repique de las campanas o conjurándolo para que se aleje o cambie su trayectoria.
Tres elementos que llegaron hasta el siglo XX sirven para atestiguar la antigua creencia en este ser:
1. En el acervo lingüístico sajambriego, la palabra “renobera” que significa “mujer malvada” es una clara transposición femenina del término Reñubeiru (el nuberu) galaico (ver El habla y la cultura popular de Oseja de Sajambre, 169).
2. Hasta mediados del siglo XX existía la creencia en Sajambre de que tocar las campanas servía para alejar las tormentas. Este hecho fue registrado como contemporáneo por Ángel Fernández en el libro anteriormente citado de 1959.
3. Hasta la misma centuria, a veces se aludía a la posibilidad de “conjurar la nube” para que descargase el granizo en otro lugar, lo que yo misma he escuchado en conversaciones con habitantes de Sajambre.

domingo, 25 de enero de 2009

MITOLOGÍA DE SAJAMBRE (I.1): SERES FABULOSOS.

La Mitología sajambriega tienen muchas conexiones con la asturiana, pero también con la cántaba, lo que no es otra cosa que la pertenecia de Sajambre al sustrato precristiano dominante en el norte peninsular. En este primer capítulo hablaré de los seres fabulosos a través de las ánimas benditas, el nuberu, la barbarona, la berronera, el cuélebre, el diañu, los duendes, las jianas, el pellitero o el sancinojo. En el segundo capítulo me referiré a los vestigios de antiguas deidades que se han conservado en Soto, Vegabaño, Peña Santa o Trecoro y de antiguas divinizaciones de las aguas, los bosques, los árboles, las piedras, los animales o los astros.

ÁNIMAS BENDITASExceptuando los más jóvenes, todos los demás recordaremos sin dificultad los rezos e imprecaciones de nuestras madres o abuelas a las ánimas benditas. Esta veneración lleva implícita tres arcaicas creencias: las antiguas concepciones religiosas sobre la vida después de la muerte de los pueblos prerromanos, el ancestral culto a los antepasados y el miedo al “regreso” de los difuntos.
En 1959, Ángel Fernández González recogió algunas historias relacionadas con estos asuntos en su libro El habla y la cultura popular de oseja de Sajambre y en las pp.157-158, así como también en la p.155 del Vocabulario sajambriego de José Díaz y Díaz-Caneja, se describe una interesantísima costumbre que se llevaba a cabo en la noche de difuntos o poco antes de Navidad.
Los mozos, en silenciosa comitiva, recorrían una a una las casas del pueblo pidiendo “una limosna para las ánimas benditas”. Llevaban dos sacos: uno para las ánimas propiamente y otro para las “ánimas vivas”, es decir, para ellos mismos. La gente entregaba los corrapios o corras de panoyas de maiz hechos la primera noche de esbilla para las ánimas y, de vez en cuando, se les daba a los mozos algunas nueces o avellanas. El maiz se subastaba al día siguiente y lo obtenido era disfrutado por los mozos.
No resulta difícil interpretar esta tradición, cuyo origen precristiano está fuera de toda duda.
Las corras de maíz que son, además, las primeras corras que se hacen en la primera esbilla, se entregan como ofrenda a las Ánimas en una ceremonia que se desarrolla en el solsticio de invierno o en la noche de difuntos, el último día de noviembre.
En este culto a las Ánimas se produce un interesante efecto de sincretismo. A nosotros nos llega el hecho ya asimilado por el Cristianismo, para el que estos espíritus son las almas de los desdichados que aguardan en el Purgatorio su destino final en el Cielo. Sin embargo, bajo esta lectura asimilada al Cristianismo se esconden creencias más antiguas, como las concepciones religiosas indoeuropeas (ástures y cántabros eran pueblos indoeuropeos), en las que los muertos debían efectuar un largo viaje hasta la llegada a su destino en un paraíso astral, lo que hacían guiándose por la puesta del sol.
En relación con estas creencias se encuentra también el antiquísimo convencimiento de que los muertos podían dejarse ver por los vivos en los momentos inmediatamente posteriores a la muerte. De ahí, la extendida creencia en Sajambre de que los difuntos podían aparecerse a los familiares o amigos hasta dos o tres días después del fallecimiento. De hecho, el riesgo de aparaciones no terminaba, digamos que oficialmente, hasta el cabo de año tras la misa de aniversario. De ahí, que la importancia de ésta fuera tan grande como la del funeral.
E igualmente, esta presencia de las Ánimas benditas en la mentalidad popular hay que vincularla con la arraigada creencia de todo el norte penisnsular en la Güestia, Santa Compaña o procesión de almas en pena, propensas a dejarse ver con las primeras luces del alba cuando los cazadores subían al monte.
Sería interesante efectuar una recogida sistemática de historias relacionadas con las Ánimas benditas en los cinco pueblos de Sajambre. Al menos, yo todavía recuerdo algunas de las que contaba mi abuela. Y junto a ello, registrar también todos los aspectos cultuales que se desarrollaban en las iglesias del valle y en los que “intervenían” las Ánimas. Por ejemplo, muchos de los testamentos de los siglos XVII y XVIII poseían mandas con la orden de celebrar misas dedicadas a las Ánimas benditas en general.

viernes, 23 de enero de 2009

LA ERMITA DE SAN PELAYO DE PIÓ

El niño Pelayo, de 13 años, era sobrino de Hermigio, obispo de Tuy. Ambos fueron capturados y llevados a Córdoba como rehenes en el año 920. La tradición dice que Pelayo sufrió martirio en la ciudad califal y que sus restos fueron trasladados, primero, a Oviedo en el 994 (monasterio de San Pelayo) y más tarde a León. Su culto se extendió rápidamente por todo el norte peninsular a partir del siglo XI.

Esto indica que la advocación de la ermita de Pió no puede ser anterior al año 1.000. También sabemos que a comienzos del siglo XVIII, en el año 1703, el templo se hallaba en estado ruinoso (lo que denota antigüedad) y que se trasladó desde su antiguo emplazamiento al pueblo de Pió. El documento habla de bóveda, vanos, campanario, piedra y madera.

De manera que la ermita de San Pelayo debe encuadrarse entre el año 1.000 y el 1.700, aunque a juzgar por el estado en el que se encontraba a comienzos del siglo XVIII y su advocación, debemos suponer una fábrica medieval, románica o gótica. Ahora bien, esto no excluye que el templo hubiera podido cambiar de advocación y fuese, en realidad, más antiguo.

Su traslado y restauración costó más o menos lo que el contemporáneo aderezo de la ermita de San Roque. Hay que pensar, por tanto, que fuera de reducidas dimensiones, estilo popular, planta cuadrangular o ligeramente rectangular, una única nave, alguna ventana, una puerta con arco, paredes de mapostería, un pequeño pórtico empedrado y un campanario para una sola campana.