domingo, 17 de marzo de 2019

DEVOCIONES NO MARIANAS EN LA RELIGIOSIDAD POPULAR DE SAJAMBRE (1600-1830)


Me dispongo a concluir el trabajo iniciado en el artículo anterior sobre el culto mariano en Sajambre con una incursión ahora en la religiosidad popular que se manifiesta a través de las devociones no marianas, utilizando las mismas fuentes que se detallaron en el artículo anterior, con la sola añadidura de los sínodos diocesanos de la época. 

Separo la latría de la dulía, a través de los siguientes apartados:

Índice
1. Devociones relacionadas con los misterios de la fe. 2. Devociones cristológicas. 3. Devociones  angélicas. 4. Devociones a los santos. 5. Los difuntos. 6. Devociones relacionadas con la práctica penitencial. 7. Conclusiones.


1. DEVOCIONES RELACIONADAS CON LOS MISTERIOS DE LA FE

En el marco del impulso devocional de la Contrarreforma, se trasplantaron a la religiosidad popular una serie de cultos relacionados con los fundamentos de la Fe sobre los que el Conclio de Trento insistió a fin de reforzarlos, tras haber sido contradichos o puestos en duda por las nuevas interpretaciones del mensaje evangélico. 

Ya vimos el repunte en la devoción a la Virgen María que se produjo en este mismo contexto histórico. Junto a ello, hay otros tres fundamentos teológicos que se repiten en los testamentos sajambriegos del período analizado. El primero de ellos es el de la Trinidad, dogma central sobre la naturaleza de Dios, que se reafirma frente a las tendencias unitaristas y antitrinitarias surgidas durante la Reforma protestante.   

Las misas votivas dedicadas a la Santísima Trinidad suceden en Sajambre en plena efervescencia del Barroco contrarreformista: durante la segunda mitad del siglo XVII y primeros años del XVIII. El primer testamento con misas dedicadas a la Trinidad data del año 1645 y el último que las incluye es de 1703.

El Espíritu Santo se menciona prácticamente en la misma época en la que aparece la Trinidad, asimismo presente en todos los testamentos del Barroco comprendidos entre los años 1641 y 1719.   

El culto al Espíritu Santo está obviamente relacionado con las celebraciones litúrgicas del día de Pentecostés. En el Misal romano publicado en Alcalá de Henares en 1589, ya se advertía de la prohibición de “echar paloma el día de Pentecostés”,  debido a lo extendido de esta costumbre en la España de la época. Consistía aquella tradición en que el sacerdote echaba a volar una paloma en la misa de Pentecostés, en recuerdo de la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles. 

No sabemos si este ritual se celebró en Sajambre, pero es muy posible que así fuera porque estuvo admitido durante bastante tiempo y consta su gran difusión en España. El Papa terminó prohibiéndolo porque daba lugar a algunas inconveniencias. Por ejemplo, en las constituciones sinodales de Plasencia, de 1535, se registra el siguiente caso:

Que el día del Espíritu Santo el sacerdote eche paloma y no otra ave. Porque somos informados que el día del Espíritu Santo en este nuestro obispado, no cumpliendo con lo que deben al oficio de aquella fiesta, en lugar de echar paloma, el sacerdote echa pollos. Por la presente mandamos que en ninguna iglesia de este nuestro obispado se eche cosa ninguna antes que el sacerdote que dixere la misa haya echado la paloma del Espíritu Santo, porque no haya el desasosiego y alboroto que suele haber con lo susodicho. Y el sacerdote [no] eche otra cosa sino una paloma y ésta, libre, sin que vaya atada, ni cortadas las alas, ni otra cosa alguna. Y después de echada por el sacerdote, permitimos que se echen otras aves, las que quisieren, por la solemnidad de la fiesta... (1).

Junto a la unión hipostática, el otro gran misterio que los católicos defendieron como estandarte frente a los protestantes fue el de la transubstanciación, que adoptó forma dogmática en la Sesión XXIII del Concilio de Trento; en ella se definió la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Este milagro quedó reflejado en la devoción popular al Santísimo Sacramento y en la solemne celebración del día del Corpus Christi. 

Las dedicaciones votivas de los sajambriegos al Santo Sacramento vuelven a concentrarse en los testamentos barrocos, limitándose en esta ocasión a la segunda mitad del siglo XVII, solo entre los años 1667 y 1699. 

Sabemos que a finales del siglo existía una Cofradía del Santísimo Sacramento en Oseja, a la que pertenecía su párroco, Juan Manuel de Posada Arnero.

La exaltación de este culto sucede durante la fiesta del Corpus Christi, cuya celebración se fue extendiendo por España desde el siglo XIII, produciéndose un gran impulso a partir del siglo XVI por la influencia del Concilio de Trento. Por esta razón, las primeras menciones documentales al Corpus de muchos lugares del norte de España pertenecen ya a la Edad Moderna. Por ejemplo, el primer testimonio de la celebración del Corpus en Oviedo data de los años finales del siglo XV y en la actual Cantabria del año 1534 (2). En el siglo XVI también se celebraba en León y en Astorga, con procesiones en las que participaba la gumia, tarasca o tarasquilla (3).

Existe constancia documental de que el Corpus ya se celebraba en Sajambre en 1668, pero seguramente empezó antes, ya que en las sinodales de la diócesis de León, publicadas en el año 1651, se ordenaba hacer procesión en todos los lugares de la diócesis. Esto indica que, aunque la fiesta ya debía llevar tiempo establecida en el obispado leonés,  todavía no estaba configurada del todo. Si hacía falta ordenar la procesión, es que no se hacía en todas las parroquias leonesas:

Otrosí ordenamos que todos los curas en la fiesta del Corpus Christi, después de dicha missa, la mayor solemnidad que pudieren, hagan procesión por las calles del lugar que parecieren más convenientes, llevando en custodia o cáliz, el Santísimo Sacramento de la Eucharistía descubierto, advirtiendo al pueblo para alentarle más las indulgencias que ganan los que asisten a la procesión y divinos oficios de aquella fiesta (4).


2. DEVOCIONES CRISTOLÓGICAS


Al contrario de lo que sucedió con la devoción a la Virgen María, la veneración por alguna advocación concreta de Cristo no sucede nunca antes de 1675. 

Las dos devociones que se repiten desde dicha fecha y a lo largo de toda la primera mitad del siglo XVIII son las del Cristo de Burgos y el Cristo de Villaquejida. Pero así como en casi todos los testamentos hay alguna misa dedicada a alguna advocación mariana, no sucede lo mismo con Jesucristo. Solo algunos testamentos se acuerdan de Él en las misas de devoción.  Tales dedicaciones son más frecuentes a partir de 1700. 

El culto a la imagen del Santo Cristo de Burgos tiene origen bajomedieval, aunque se extendió por toda España en el siglo XVI debido a la fama de sus milagros que difundió la imprenta y por el fervor que los miembros de la monarquía hispana tuvieron por este Cristo a partir de Isabel la Católica.

En los sajambriegos debieron influir los sermones y las historias de milagros que circulaban por aquella España, pero también la carretería, porque algunos sajambriegos llegaron con sus carros hasta la misma ciudad de Burgos. Por ejemplo, en 1667 el vecino de Oseja llamado Alonso Díaz de la Caneja había enviado a su hijo adolescente a Burgos con un carro lleno de almagre para que lo trajera cargado de trigo. Por haberlo mandado solo y ser el muchacho demasiado joven e inexperto, terminó estafado y el viaje descrito en la documentación judicial.

El mismo origen tuvo el culto al Cristo de Villaquejida, en plena Tierra de Campos. En varios casos, los sajambriegos dejan establecido en sus testamentos que las misas de devoción a esta imagen se digan “en su santa casa”, lo que demuestra que debían frecuentar el lugar en sus viajes con carros y con acémilas.    

Lo mismo sucedió con el Cristo de Villanueva, que aparece en un único caso: el testamento del vecino de Pio, Pedro Redondo, hecho en el año 1699. Se trata del Cristo de la Veracruz que es patrón e imagen venerada desde antiguo en la localidad zamorana de Villanueva  del Campo, una vez más en las tierras cerealistas que frecuentaban los sajambriegos en sus viajes periódicos a la Meseta.

También se menciona solo una vez, en 1675, el Dulce Nombre de Jesús y en una única ocasión, de 1715, se dedican misas a la Pasión de Cristo. Esta última devoción está relacionada con la influencia de los jesuitas en Sajambre, existiendo además en ese mismo documento misas dedicadas a santos de la Compañía de Jesús, como veremos más adelante. Los jesuitas difundieron en España el culto a la Pasión de nuestro Señor, como elemento central de su práctica penitencial (5), en base a la creencia de que los pecados de los hombres fueron los causantes de la Pasión de Cristo.   

3. DEVOCIONES  ANGÉLICAS


Pese a que, desde antiguo, era habitual en la tradición católica acordarse de los ángeles a la hora de la muerte, por su papel de protectores de los hombres y mediadores ante Dios, una vez más las devociones angélicas no aparecen en los testamentos sajambriegos de las primeras décadas del siglo XVII. El primer caso data del año 1641 y a partir de entonces no faltan en ningún testamento sajambriego hasta 1813.

Esto se debe, de nuevo, a factores históricos que procedo a explicar. Aunque el culto a los ángeles, de profunda raíz hebraica, existe al menos desde la época de San Jerónimo (siglo IV), la mayor difusión popular en Europa se produjo a consecuencia del Concilio de Trento (1545-1563) y de la actividad de ciertas órdenes religiosas, como los jesuitas, especialmente por lo que se refiere al Ángel de la Guarda 

La secuencia cronológica que influye en la difusión popular de dicho culto en España es la siguiente: el Ángel de la Guarda entra en el catecismo en 1566 por orden del papa Pío V; en 1615, Pablo V introduce el oficio litúrgico de los Ángeles Custodios en el ritual romano (6). Es a partir de estas fechas cuando los católicos y, en particular, los españoles empezaron a rezar al Ángel de la Guarda. No obstante, el culto tardó en llegar a Sajambre o, mejor dicho, tardó en ser asumido por la mentalidad popular.

Entre los arcángeles, solo en un caso de 1715, que corresponde al vecino de Soto, Juan Díaz de Bulnes, se ofrecen misas a los arcángeles Gabriel y Rafael. Se trata del testamento que ofrece evidencias claras de la influencia de los jesuitas entre algunos sajambriegos. Sin embargo, como digo, se trata de un caso aislado, porque ni Rafael, Gabriel, Uriel, Sealtiel, Jeudiel o Baraquiel vuelven a aparecer en ninguno de los testamentos conservados. 

Tras el ángel custodio, la entidad angélica que más se registra en los documentos analizados es la del arcángel San Miguel, considerado desde antiguo el príncipe de los ejércitos celestiales en la lucha contra el demonio.   

Ahora bien, su presencia en las últimas voluntades de Sajambre no se debe tanto a la promoción del culto a los seres angélicos que sucede durante la Contrarreforma y durante la expansión del principal instrumento al servicio de su causa que fue la Compañía de Jesús, sino que se debe a la función de San Miguel como psicopompo en la psicostasis: en su testamento del año 1713 la vecina de Oseja, María de Vega, encomienda misas al arcángel San Miguel para que favorezca mi ánima en el peso con su divina Magestad 

En la creencia cristiana, la salvación o condenación del alma sucederá en el Juicio Final, cuando se pesen en una balanza las buenas y las malas acciones de cada uno. En este acto participará el demonio, intentando inclinar a su favor el peso de los pecados, y el arcángel San Miguel, defensor de los hombres y posterior conductor del alma hacia el Paraíso. Por el doble papel de intercesor celestial y conductor de las almas en el tránsito hacia la salvación, los sajambriegos siguieron acordándose de San Miguel en sus testamentos hasta bien entrado el siglo XIX.   

4. DEVOCIONES A LOS SANTOS


La gran eclosión hagiográfica que se produce en la Europa católica a partir del siglo XVI vuelve a ser consecuencia directa del énfasis que el Concilio de Trento puso en el poder intercesor y en la ejemplaridad de los santos, frente a las posturas contrarias de los protestantes. 

En este contexto es cuando se revitaliza la hiperdulía, es decir, la devoción por la Virgen María, que vimos en el artículo anterior para el caso del concejo de Sajambre, y también la dulía, en este caso, la difusión popular de cultos antiguos a santos propios de la tradición eclesiástica, junto a otros nuevos que promocionan las órdenes religiosas o que suben a los altares en la época. 

Apóstoles  

En casi todos los testamentos figura alguno de los apóstoles, por una simple razón de jerarquía. Los más frecuentes son San Pedro y San Juan con diferencia, seguidos de Santiago, especificándose a veces Santiago de Galicia.  A distancia, aparecen también San Andrés, Santo Tomás y el apóstol número 13: San Matías, sustituto de Judas.

San Pablo, el llamado apóstol de los gentiles, solo se menciona una vez, en un testamento de 1645.

Además de la importancia de los apóstoles en la corte celestial, debemos considerar también la incidencia de la onomástica personal ya que, con frecuencia, los testadores dedicaban misas al santo del nombre; y los nombres más frecuentes en Sajambre fueron Pedro y Juan. Lo que sucede es que a veces se indica con dicha expresión («una misa al santo de mi nombre») y, en cambio otras, no se dice nada, limitándose a incluir el nombre del apóstol o del santo que corresponde al nombre del testador en la relación de misas votivas de las mandas religiosas.  

Santos locales 

Los únicos que aparecen en los testamentos de todo Sajambre fueron, por orden de importancia, San Pedro de Orzales (desde 1625) y San Roque (desde 1611).  El primero por tradición antigua, cuyo significado todavía no conocemos bien; y el segundo, por ser un santo sanador, perfectamente comprensible en una época en la que las epidemias y pestes fueron frecuentes y devastadoras. La primera epidemia documentada es la peste de finales del siglo XVI, de la que ya hablamos, y una de las últimas referencias data de principios del mes de febrero de 1780. Pero todavía en 1863, el médico leonés Vicente Díez Canseco se lamentaba del abandono médico en el que se encontraban los pueblos de la demarcación administrativa de Riaño, que no habían podido ser vacunados de viruela y que, incluso, desconocían la posibilidad misma de ser inoculados (7).

No en todos los testamentos de los lugareños se dedicaban misas votivas a los santos locales. Es lo que sucede con San Julián, de Soto, y San Pelayo, de Pio.  San Julián deja de aparecer en los testamentos a finales del siglo XVIII, aunque también es verdad que en el siglo XIX empiezan a desaparecer las mandas con legados piadosos.  Lo mismo sucede con San Pelayo de Pio,  no documentado antes de 1667. 

San Juan de Ribota se documenta desde 1602 y Santa Marina aparece en los primeros testamentos conservados de los vecinos de Pio y Vierdes, que son todos posteriores a 1659. Pero en estos casos, al igual que en los de Oseja y Soto, no todos los vecinos de Ribota, Vierdes o Pio dejaron bienes para sufragar misas de devoción en sus propias parroquias, donde se celebraban los oficios fúnebres. 

En varios casos se dedican misas a San Juan Bautista sin mencionar el pueblo sajambriego, pero cuando esto sucede el testador suele ser parroquiano de Ribota, por lo que la inclusión del Bautista está claramente relacionada con la devoción local. 

Santos del entorno geográfico  

Con respecto a los santos del entorno cercano a Sajambre, destaca uno en concreto por encima de todos los demás: Santo Toribio, obispo de Astorga, venerado en el monasterio lebaniego desde el siglo XII. En varias ocasiones, en las últimas voluntades consta que las misas votivas se digan en su santa casa o en su casa en la provincia de Liébana y en el caso más temprano, que data del año 1615, se indica que la misa de devoción se diga en la cámara santa de Santo Toribio de Liébana.  La testadora fue Catalina de Suero, vecina de Soto, y el testamento es un borrador hecho por Domingo Piñán, estudiante, y suscrito por su padre, Gonzalo.  Se trata del que con el tiempo sería el constructor de la casa palacio de los Piñán de Oseja, cura del lugar, notario apostólico y comisario de la Inquisición.  

La veneración por Santo Toribio de Liébana es muy antigua en Sajambre y en Valdeón, como se observa en la onomástica personal. El testimonio más antiguo es el de un Toribio Díaz, notario público en los concejos de Valdeón y Sajambre en el año 1304. En el siglo XV se documenta en todo el territorio que hoy es Valdeón, incluido Caín desde 1438. Esto es así porque de Valdeón se conservan más fuentes medievales que de Sajambre, donde el nombre de pila, Toribio, también es muy frecuente desde que empieza a abundar la documentación en el siglo XVI.  

La devoción por Santo Toribio de Liébana debió existir también en el concejo de Burón, al menos, durante el siglo XV, aunque el concejo leonés de Picos de Europa que más relación tuvo con el monasterio lebaniego fue Valdeón, desde la época en la que aquél se llamaba San Martín de Turieno. Tanto en Valdeón, como también en Sajambre, sigue existiendo devoción por Santo Toribio de Liébana. 

A bastante distancia, cuantitativamente hablando, y en diferente proporción se sitúan San Martino de Argolibio, San Francisco de Sahagún, San Francisco de Oviedo y San Vicente de Espinama.

San Martino, hoy San Martín de Argolibio, se menciona en algunos testamentos de la primera mitad del siglo XVII, el último testimonio data del año 1665. Argolibiu es pueblo y parroquia del concejo asturiano de Amieva, limítrofe con Sajambre. Los sajambriegos del siglo XVII tuvieron mucho contacto con los moradores de varios lugares de esta parroquia, como fueron Cien, Carmeneru, Puente Vega y Vega de Cien y, en general, con el concejo de Amieva en su totalidad. 

San Francisco de Sahagún, San Francisco de Oviedo y San Vicente de Espinama se mencionan una única vez, en 1665, 1679 y 1813 respectivamente. El San Vicente de Zaragoza, que fue martirizado en Valencia, es el patrón y la advocación de la parroquia de la localidad lebaniega de Espinama, uno de los valles más orientales de los Picos de Europa. Su aparición en los registros sajambriegos se debe exclusivamente al origen geográfico del testador. Aparte de este caso de 1813, no vuelve a aparecer en ningún testamento de fecha anterior o posterior a dicha data.  

El santoral romano  

Los santos pertenecientes al santoral romano general a los que más misas se dedican en el Sajambre durante la Edad Moderna fueron, por este orden, Santo Domingo de Guzmán, San Francisco, San José, San Antonio, Santa Catalina y Santa Bárbara. A mayor distancia y con muy pocas ocurrencias se sitúan San Cosme, San Agustín y San Francisco Javier.

En esta ocasión, vamos a empezar por los minoritarios, primero por San Cosme porque es el más antiguo. Está ya muy poco representado en los testamentos de la segunda mitad del siglo XVII, mencionándose esporádicamente en 1663 y 1675. Pero debió haber sido un santo muy venerado a juzgar por la enorme difusión que tuvo en la antroponimia sajambriega desde finales del siglo XVI y durante casi todo el siglo XVII. No solo muchos sajambriegos se llamaron Cosme, sino que también hubo varios Damianes.

En el calendario romano, los santos Cosme y Damián se celebran juntos porque fueron dos hermanos mártires, asesinados durante la persecución de Diocleciano. De hecho, el testamento mencionado de 1675 dedica una misa a los Santos Cosme y Damián, y el nombre de pila Damián se registra en la onomástica sajambriega del siglo XVII. Por ejemplo, en Oseja hubo un Damián en la segunda generación de Díaz-Canejas y un Cosme en la primera, ya que uno de los hijos de Sancho Díaz y Juliana de la Caneja se llamaba así. Por esta razón, el nombre Damián se mantuvo durante algún tiempo en una de las ramas de esta familia. Este Damián Díaz de la Caneja fue el que vendió al cura Posada la huerta del Cimploño.   

Además de hermanos, los Santos Cosme y Damián fueron médicos, razón por la cual se convirtieron en santos sanadores desde antiguo. Ya Procopio de Cesarea habla de ellos curando milagrosamente a emperadores romanos y, en la Edad Media, circularon sus historias en la Leyenda dorada. En Asturias y en León hubo templos bajo su advocación desde la Alta Edad Media. Se les invocaba contra la peste y contra otras muchas enfermedades.  En la catedral de León hubo imagen de Cosme y Damián desde 1508 y en la onomástica sajambriega, los Cosmes empiezan a aparecen a finales del siglo XVI.

En su testamento de 1663, un vecino de Oseja dedica misas, por este orden, a San Cosme, a San Roque y a San Pedro de Orzales. Solo a estos tres santos. Es decir, el moribundo se encomienda a San Pedro de Orzales, que fue santo venerado en todo el valle desde antiguo, y no por casualidad a San Cosme y a San Roque, los dos protectores contra la peste (1663 que fue año de peste en Europa). Primero a San Cosme y detrás a San Roque.

Este documento y la gran difusión del nombre Cosme en Sajambre me hacen sospechar una cosa: ¿Es posible que se invocara a San Cosme contra la peste antes de que se difundiera la devoción a San Roque? Lo creo muy probable porque, al fin y al cabo, los fieles sajambriegos no habrían hecho otra cosa que reproducir un patrón extendido por toda la Cristiandad desde la Edad Media. En el testamento de 1675, los santos Cosme y Damián vuelven a colocarse delante de San Roque: ¿Quizás por la autoridad que les proporcionaba la mayor antigüedad de su devoción, amén de su mayor peso en la tradición cristiana?

San Agustín y San Francisco Javier aparecen una sola vez en distintos documentos. El misionero jesuita San Francisco Javier se encuentra en el testamento del vecino de Soto, Juan Díaz de Bulnes, de 1715, donde también veíamos la Pasión de Cristo y los arcángeles Rafael y Gabriel. Todas estas devociones están estrechamente ligadas a las enseñanzas de la Compañía de Jesús (8). En el mismo documento está también a San José, promocionado a partir del siglo XVI por dominicos y jesuitas. Pero las misas dedicadas a San Francisco Xabiel, muerto en 1552 y canonizado en 1622, no dejan lugar a dudas sobre la influencia de la Orden de San Ignacio de Loyola en la religiosidad de algunos vecinos de Sajambre en el siglo XVIII.

Ahora bien, no hay ninguna misa dedicada a San Ignacio en todo el período analizado, ni a San Francisco de Borja, ni ninguna otra mención a San Francisco Javier, ni aparece tampoco la Pasión de Cristo con misas de devoción en otros casos diferentes a este de 1715, ni se vuelven a mencionar los arcángeles Gabriel y Rafael.  Por lo que parece que la doctrina de los jesuitas llegó a Sajambre, pero no tuvo demasiada  influencia en el lugar durante la Edad Moderna.

Quienes sí tuvieron importancia en Sajambre durante aquellos siglos fueron los dominicos, empezando por el santo (no local) mejor representado de todos en las intenciones de los sajambriegos: Santo Domingo de Guzmán, designado en los documentos como Santo Domingo Soriano, refiriéndose a la imagen milagrosa de Santo Domingo que la Virgen y María Magdalena entregaron en 1530 a un fraile del convento dominico de la localidad italiana de Soriano.

Naturalmente, el milagro del convento de Soriano no pudo llegar a Sajambre más que a través de la influencia de los dominicos, como llegó también el culto a la Virgen del Rosario.    

Además, no debemos olvidar que el comisario Domingo Piñán de Cueto Luengo construyó una capilla señorial en Oseja bajo dicha advocación que coincidía con su nombre y no por casualidad (9), donde existía un altar de madera de nogal con una imagen de Santo Domingo de Guzmán (10). Esta capilla, ahora incorporada a la iglesia parroquial de Oseja, sigue existiendo en la actualidad. Por último, el nombre Domingo es uno de los más utilizados en todo Sajambre desde la Edad Media. 

Otra devoción ligada a los dominicos es la de Santa Catalina de Siena, muy venerada en Sajambre, sobre todo entre las mujeres. En los testamentos se documenta entre los años 1645 y 1730, y en muchos casos se indica simplemente que se dedican misas a la santa del nombre. En general, las menciones la nombran solo como Santa Catalina, pero en algunos casos se precisa: Santa Catalina de Sena. Como en el caso de Domingo, el nombre Catalina fue abundante en el Sajambre del siglo XVII. Del siglo XVI conozco solo dos casos: el de una vecina de Vierdes llamada Catalina Teja, quien por cierto es la única Catalina de todas las mujeres que aparecen en el padrón de 1555; y  Catalina de Gonzalo, de Pio, en 1586.  Esta escasa representación en este siglo parece indicar que el culto no llevaba mucho tiempo implantado en el territorio sajambriego.

La otra de las órdenes mendicantes que nacen en el siglo XIII, la de los franciscanos, se refleja en la devoción a San Francisco de Asís, registrado abundantemente en las últimas intenciones de los sajambriegos hasta 1716, no documentándose a partir de esta fecha. Aquí debemos incluir también las misas dedicadas a San Francisco de Oviedo y a San Francisco de Sahagún.   

La influencia franciscana también está representada en el culto a San Antonio de Padua, documentado en Sajambre entre 1675 y 1816. Este es un claro ejemplo de cómo primero llegó la devoción (siglo XVII) y más tarde empezaron a bautizarse niños llamados Antonio (siglo XVIII). 

En Oseja existió una capilla dedicada a San Antonio de Padua que se fundó en el siglo XVII y que, como describe un documento de 1706, estaba al lado yzquierdo de la parroquial de Santa María de Oseja deste lugar, que a sus espensas erigió y fabricó Julián Díaz de Oseja. En 1706 se hizo enterrar allí Pablo Díaz de Oseja. La capilla aparece varias veces en los documentos del Archivo de la Casa Piñán, como en el testamento anterior o en un censo de 1717, al referirse a una tierra que le pertenecía entre los límites de una propiedad hipotecada. Asimismo, en una nota de testamento del escribano público Francisco de Mendoza, fechada en 1782, Lupercio Díaz de Oseja, dejó como encargo en su testamento una misa de devoción que debía decirse en la capilla de San Antonio de Padua, propia de dicho don Lupercio, dentro de la octava de San Antonio, por la que señala de limosna cuatro reales.

Aunque hay antecedentes en España del culto a San José durante la primera mitad del siglo XV (por ejemplo, devoto de su ejemplo fue San Vicente Ferrer), empieza a extenderse a partir de 1480, cuando el papa Sixto IV introdujo su fiesta en el misal romano, siendo los principales artífices de la difusión popular de esta devoción los carmelitas (fue su patrono desde 1621), los dominicos y los jesuitas a partir del siglo XVI.

En los testamentos sajambriegos existen misas dedicadas a San José únicamente entre 1677 y 1750, aunque el nombre será cada vez más frecuente en la onomástica personal (masculina y femenina) a partir de 1700 hasta la actualidad.   

La explicación de su tardía introducción se debe a la también tardía popularización del culto. Estamos viendo que, a excepción de los santos locales, la sociedad tradicional sajambriega es reacia a adoptar nuevos cultos de forma temprana. Dicho de otro modo, las nuevas devociones tardan en arraigar en Sajambre. Si la difusión popular (no la erudita) del culto a San José se empieza a producir en Europa occidental en el siglo XVI, es bastante comprensible que esta novedad llegara a una comunidad rural y periférica como la de Sajambre un siglo después, cuando los papas Gregorio XV (en 1621) y Clemente X (en 1670) había prestigiado y elevado el boato de su celebración litúrgica.    

A partir de mediados del siglo XVIII se produce un fenómeno generalizado en los testamentos sajambriegos, que consiste en la disminución de las mandas piadosas, hasta desaparecer en varios casos de finales del siglo XVIII y principios del XIX, especialmente durante el período de la ocupación francesa y, por tanto, durante la vigencia de las ideas liberales y progresistas. No obstante, en el año 1870 San José fue declarado patrono de la Iglesia Universal, revitalizándose la devoción en todo el orbe católico.

Por último, hay que mencionar el culto a Santa Bárbara que suele aparecer documentada como Santa Bárbara bendita entre 1706 y 1750.

Santa Bárbara ya estaba considerada como santa protectora contra las tormentas durante el siglo XIII, pues sabemos que el rey castellano Alfonso X se encomendó a ella durante un furioso temporal que sufrió en tierras de Segovia.  Naturalmente, el origen remoto de la relación de Santa Bárbara con los fenómenos atmosféricos, en especial con el trueno, los rayos y las tempestadas, ha de encontrarse en una asimilación de creencias paganas. Por eso, hasta tiempos bastante recientes pervivieron supersticiones relacionadas con las tormentas.

Durante toda la Edad Moderna se creyó que las campanas ahuyentaban las tormentas, que estas podían conjurarse y que existía el Nuberu, renobero como se decía en Otero de las Dueñas durante el siglo XX o nubiru como se decía en Llanes. Es más, a la década de 1950 llegó el uso de tocar las campanas para espantar la tormenta, así como la palabra renobera con el significado (no por casualidad) de ‘mujer mala’ (11).  Igualmente, José Díaz y Díaz-Caneja dejó escrito lo siguiente en la voz Nubero de su vocabulario sajambriego: «En Sajambre no existe actualmente ningún rastro ni recuerdo del Nubero, pero los conjuros y oraciones contra las nubes o tormentas coinciden con los de Asturias» (12). 

Conjuros, dice, en el siglo XX. Y exorcismos también en la p.162 de la misma obra. Conjuros... El comisario Domingo Piñán tenía en su biblioteca dos librillos de conjuros, uno nuebo y otro viexo, es decir, dos libros pequeños o dos cuadernillos de conjuros... y eso que era comisario de la Inquisición. Todavía en 1810, el Ayuntamiento de Sajambre pagó 40 reales al capellán de Caño (Cangas de Onís) para que fuera a echar conjuros. La existencia de clérigos especializados en conjuros puede rastrearse desde la Edad Media. Una obra muy interesante al respecto es el libro titulado Tratado muy sotil y bien fundado de las supersticiones y hechicerías y vanos conjuros y abusiones y otras cosas al caso tocantes y de la possibilidad y remedio dellas, del que fue autor el inquisidor español fray Martín de Castañega e impresor Miguel de Eguía en sus prensas de Logroño en 1529. El capítulo XIX lleva por título De los conjuradores e conjuros supersticiosos de las nubes y tempestades, y empieza así:

«Los conjuradores y conjuros de las nubes y tempestades son tan públicos en el reino que, por maravilla, no hay pueblo de labradores donde no tengan el salario señalado».

Hasta 1810 en Sajambre. Por lo menos. Con 'salario señalado' a expensas del erario público. Aunque todo hay que decirlo, el conjurador documentado estaba especializado en plagas de ratones. Tanto da. El caso sirve perfectamente para atestiguar la longevidad de las creencias sajambriegas en los conjuros y la no menos longevidad de los clérigos católicos especializados en tales heterodoxias.

A lo mismo se refirió Pedro Ciruelo en 1538 en su Reprobación de supersticiones y hechicerías, quien no obstante no consideraba supersticiosa la costumbre, extendida entre los campesinos, de espantar las nubes con el tañido de las campanas porque, según creía el erudito español, el aire que levantaba el movimiento de las mismas podía disolver las nubes borrascosas.

Como no podía ser de otra manera, entre letrillas, oraciones o conjuros contra la nube, tarde o temprano aparecía Santa Bárbara: 

«Santa Bárbara bendita,
que en los cielos está escrita
con papel y agua bendita;
y en el ara de la Cruz,
Padre nuestro, amén, Jesús» (13).

Estos versos se repitieron con igual contenido y función en Sajambre y en otros muchos lugares de España, como en el Alto Tajo, en Cuenca, en Guadalajara o en la Sierra de Albarracín durante el siglo XX (14). En una sociedad, como la sajambriega, que dependía del cielo para la labranza de la tierra y la recogida de sus frutos, la posibilidad de poder dominar la nube, el granizo o el rayo justificaba plenamente el recurso a la religión o a la magia.   

5.- LOS DIFUNTOS


El rezo por las almas de los difuntos para acortar su estancia en el Purgatorio es una de las principales obligaciones de todo católico... y así se creía a pies juntillas en la Edad Moderna. Por eso, en la mayoría de los testamentos sajambriegos de la época analizada se destina una parte del dinero de cada moribundo a misas por las Ánimas.

Las intenciones por las benditas ánimas del Purgatorio son constantes entre 1615 y 1813 en todos los feligreses que dejan testamento escrito, pero nunca se mencionan en las últimas voluntades de los sacerdotes del valle.   

Asimismo, entre 1602 y 1659 hay varios casos que tampoco incluyen mención alguna a las Ánimas en sus testamentos. Curiosamente, quienes se acuerdan de los difuntos son mujeres y quienes no lo hacen son hombres.   

El cura de Ribota, Toribio Díaz Prieto, que era originario de Prioro, fue el fundador de una Cofradía de Ánimas para todos los habitantes de Sajambre. En su testamento de 1712 lo expresó así: «la cofradía de Ánimas que introduzimos unos debotos y yo en este conzejo». La prueba de que la cofradía no pertenecía solo a la parroquia de Ribota la hallamos en el vecindario al que pertenecían algunos de sus miembros, como Juan González, de Soto,  Juan Díaz de la Caneja, de Oseja, y José Barales, también de Oseja. 

La creencia en las Ánimas benditas está tanto, o más, relacionada con la idiosincrasia pagana que la devoción a Santa Bárbara. No hace falta recordar el culto a los antepasados de los pueblos antiguos o a los dioses Manes romanos y, con ellos, el miedo al regreso de los muertos, de los espíritus maléficos o de las almas en pena que vagan por el mundo solas o en Santa Compaña.  La creencia gallega tiene su equivalente asturiano en la güestia: procesión fantasmagórica que, en Sajambre, podían ver los cazadores en los minutos previos a las primeras luces del alba (13). 

Desde la época en la que don Francisco de Trujillo García fue obispo de León (1578-1592) existió la constumbre en dicho obispado de celebrarse una misa por los difuntos todos los lunes del año. Al final del oficio, se hacía procesión por el cementerio rezando y cantando responsos. 

6. DEVOCIONES RELACIONADAS CON LA PRÁCTICA PENITENCIAL   

 

Junto a las ánimas, no falta en ningún testamento posterior a 1641 (a excepción de los clérigos) encargos de misas «por las penitencias mal cumplidas».  Esta intención estuvo generalizada en los testamentos españoles de la Edad Moderna.

Durante toda la etapa contrarreformista existió una atención especial por el sacramento de la penitencia y por los actos de contrición, que fueron a la vez devoción privada y espectáculo público. Ya en el siglo XV, la predicación multitudinaria de San Vicente Ferrer terminaba con una campaña de confesiones allí donde el santo daba su sermón, con toda la puesta en escena de la tramoya barroca, pese a desarrollar su ministerio en los epílogos de la Edad Media (14). Tiempo después, los jesuitas y otras órdenes harían lo mismo en sus misiones populares, con enorme carga escénica a base de ritos colectivos, procesiones o desfiles de penitentes, a fin de educar mediante las emociones (15).  Ningún católico de la época podía sustraerse a aquel ambiente y los sacerdotes cumplieron el cometido de enfatizar la importancia de la penitencia entre sus feligreses. Por eso, hasta que la sociedad rural no empezó a alejarse de la religión a partir del siglo XIX, las misas por las penitencias mal cumplidas siguieron estando presentes en los testamentos. En el caso sajambriego, el último documento analizado data del año 1805.

Como dije más arriba, estrechamente ligada a la práctica penitencial se hallaba la devoción por la Pasión de Cristo, causada por nuestros pecados, que aparece en el testamento de 1715, que es el único en el que se observa la influencia de los jesuitas. 

7. CONCLUSIONES

7.1  

El conjunto de las devociones sajambriegas que hemos visto pueden definirse como «hijas de su época». A excepción de los santos locales, en poco debían diferenciarse de las de los concejos vecinos o de las del resto del reino. La Reforma tridentina está omnipresente en los documentos del siglo XVII porque así sucedió en todos los ámbitos de la vida en España.   

Observamos también una disminución progresiva en las mandas votivas a lo largo de mediados y de la segunda mitad del siglo XVIII, hasta llegar a un siglo XIX en el que no todos los fieles establecían mandas piadosas. Aquí hemos visto solo las primeras décadas de 1800, pero en ellas ya se observa una mengua clara de los legados píos. Esta disminución pudo estar causada en parte por la pobreza de la sociedad sajambriega, que sale muy mal parada de la lucha contra Napoleón, en parte por el principio de secularización que se produce durante la ocupación francesa.

No obstante, la total desaparición de este tipo de mandas en los testamentos españoles sucederá a partir de 1889, tras la promulgación del Código Civil, en el que ya no se exige la presencia de cláusulas religiosas en el documento de última voluntad. 

7.2  

Como en el caso de las devociones marianas, los viajes que los sajambriegos hicieron a la Meseta dos veces al año (en ocasiones, tres) se reflejan en algunas devociones características del valle: el Cristo zamorano de Villanueva y el de Villaquejida son los más representativos. Pero también San Francisco de Sahagún.

Los viajes y el contacto con Asturias se observan ahora en el caso del hoy desaparecido convento de San Francisco de Oviedo y en la devoción antigua por el amievense San Martino de Argolibio. 

7.3  

Uno de los aspectos más interesantes del estudio de la religiosidad popular consiste en observar la tenue frontera que existió, en muchos casos permeable, entre la práctica religiosa y la superstición. Aquí nos hemos asomado un poco a algunas supersticiones. Hubo más. Las dejaré para otra ocasión. 

7.4

Finalmente, como ha podido observarse, la sociedad tradicional sajambriega resulta ser bastante conservadora en lo que a devociones populares se refiere. Los cultos nuevos tardan en entrar y, sobre todo, tardan en asumirse socialmente. A excepción de un único caso, el de San Francisco Javier, no hay en los testamentos estudiados devociones a los grandes santos de la época. San Ignacio de Loyola no aparece y Santa Teresa de Jesús, tampoco. El caso aislado de San Francisco Javier, canonizado el mismo año que San Ignacio y Santa Teresa (1622), parece ser la excepción que confirma la regla. En esto, la población rural se aleja de la urbana, más abierta a las novedades en todos los sentidos. 


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NOTAS 

(1) Jesús Menéndez Peláez,  “Teatro e Iglesia en el siglo XVI: de la reforma católica a la contrarreforma del Concilio de Trento”, Criticón, 94-95 (2005), p.55. 

(2) Santiago Valiente Timón, “La fiesta del ‘Corpus Christi’ en el Reino de Castilla durante la Edad Moderna”, Ab Initio, 3 (2011), p.47. 

(3) José Luis Alonso Ponga, “Las fiestas del Corpus en Castilla y León: cambio y evolución cultural en las sociedades rurales y urbanas”, Salamanca. Revista de Estudios, 51 (2004), p.231.

(4) Constituciones sinodales del Obispado de León, 1651, III, p.18. 

(5) Elías Reyero, Misiones del M. R. P. Tirso González de Santalla, XII Prepósito General de la Compañía de Jesús, Santiago de Compostela, 1913, p.118. 

(6) Cécile Vincent-Cassy, “Puesta en escena de los ángeles en la España del siglo XVII. Entre arte dramático y artes pictóricas”, Atrio, 13-14 (2007-2008), p.163.

(7) Vicente Díez Canseco, “Historia de la epidemia de viruelas que reinó en León en el invierno de 1862 a 63”, en Viruelas y vacunas, León, 1863, p.19: «...en la (zona) del norte, que comprende los partidos de Murias de Paredes, La Vecilla, Riaño y parte del de Sahagún, está completamente descuidada, habiendo distritos municipales que ni noticia tienen de ella (la vacuna): de donde procede que en los establecimientos de Instrucción pública, en que no se exige el requisito de estar vacunado para matricularse, haya muchos estudiantes en este caso». 

(8) Francisco Luis Rico Callado, “Las misiones populares y la difusión de las prácticas religiosas postridentinas en la España Moderna”, Obradoiro de Historia Moderna, 13 (2004), pp.101-125.  Roberto J. López, “Religiosidad y comportamientos religiosos en la Edad Moderna”, en Centro de Estudios del Siglo XVIII, n.27 (2017), pp.81-112. 

(9) Era frecuente que cuando algún miembro de la baja nobleza (la hidalguía) fundaba una capilla señorial, pusiera como advocación a algún santo homónimo. Esto fue una estrategia clara de ostentación social en el lugar. Sin irnos más lejos, así sucedió en Sajambre con la capilla de Santo Domingo, de Oseja, fundada por Domingo Piñán de Cueto Luengo; con la capilla de Santo Toribio, de Ribota, fundada por Toribio Díaz Prieto; y en Burón con la capilla de San Lorenzo, fundada por Lorenzo Gómez de Caso.

(10) Elena E. Rodríguez Díaz, Notas y cuadernos de notas de los Piñán, escribanos públicos de Sayambre (1659-1721), Academia de la Llingua Asturiana y Universidad de Oviedo, 2015, p. 12.

(11) Ángel Raimundo Fernández González, El habla y la cultura popular de Oseja de Sajambre, Instituto de Estudios Asturianos, Oviedo, 1959, p.169. 

(12) José Díaz y Díaz-Caneja, Vocabulario sajambriego, León, 2001, p.388. Todo el vocabulario contenido entre las Letras B a Z, es decir, casi la totalidad del libro, es de única autoría de José Díaz y Díaz-Caneja; solo en la letra A sus escritos están entremezclados con los de Olegario Díaz-Caneja. Este hecho no quedó bien recogido en la edición que se hizo de esta obra póstuma.   

(13) Ibídem, p.338. 

(14) José Sanz y Díaz, “Etnografía de las tormentas: los mitos antiguos en el Señorío de Molina”, Revista Folklore, 60, 1985.

(15) Historias orales recogidas por quien esto suscribe mientras efectuaba una carta arqueológica y etnográfica de Sajambre como trabajo de carrera... in illo tempore. 

(16) Antonio María Claret García Martínez, La escritura transformada: oralidad y cultura escrita en la predicación de los siglos XV al XVII, Universidad de Huelva, 2006.  

(17) Francisco L. Rico Callado, ob. cit., pp.104-105.