martes 28 de febrero de 2012

SOBRE LA COMPRA DE OFICIOS PÚBLICOS EN SAJAMBRE

Según el derecho consuetudinario sajambriego que llega al siglo XX, la máxima autoridad de cada Pueblo o asamblea vecinal es el presidente, cargo que era elegido directamente por la asamblea de vecinos. Durante el Antiguo Régimen, el presidente de cada pueblo o concejo era el regidor y el conjunto de regidores formaba el regimiento del municipio.

Un documento hecho en Soto de Sajambre en 1662 describe así las funciones del “regidor, que cuide del gobierno político dél (el pueblo) y açer guardar sembrados y otras cossas que le tocan como a tal, y executar las penas que para el efecto pusiere, sacándolas de cossa de quien no lo cumpliere dexándoles y açiéndoles francas las puertas de sus cassas para ello”.

Desde la Baja Edad Media los oficios públicos, como el de regidor, estaban patrimonializados. Esto quiere decir que se podían comprar, vender, arrendar o heredar como si se tratase de cualquier propiedad privada. Y aunque en un primer momento los reyes prohibieron su venta, existían numerosos subterfugios para burlar la ley. Así, se hacían renuncias o ventas encubiertas bajo la forma de trueques formalizados ante notario, de tal manera que alguien “cambiaba” su oficio público con otra persona por dinero.   

De esta manera las clases pudientes acabaron formando elites locales que controlaban los principales oficios públicos y el antiguo concejo abierto de talante democrático se fue transformando en un concejo cerrado de carácter oligárquico.  Pero es que además ante la imposibilidad de combatir el incumplimiento generalizado de las prohibiciones sobre la venta de estos oficios, los Austrias decidieron dar forma legal a la situación obteniendo provecho económico de ella. De ahí que, de vez en cuando, los reyes sacaran a subasta oficios públicos para las ciudades, villas y lugares de sus reinos. Dicho en román paladino para que todo el mundo lo entienda bien: es como si en la actualidad el Estado subastara plazas de funcionarios o cargos que hoy son electos vendiéndolos al mejor postor.  

Esta privatización de los oficios públicos afectó a todos los rincones del reino de Castilla, pues en cualquier lugar (por pequeño que fuera) había una familia más rica que otra deseando asegurarse una parcela de poder en su comunidad. Y además en aquella sociedad en la que la honra llegó a ser más importante que el dinero, el desempeño de un oficio público proporcionaba también prestigio y honor a quien lo ostentaba, así como (naturalmente) beneficios económicos.

En todo lo que se ha escrito hasta ahora sobre Sajambre se afirma la vigencia del sistema de concejo abierto hasta el siglo XX, lo cual es cierto. Sin embargo, los documentos del Archivo de la Casa Piñán nos están forzando a matizar algunos aspectos, al mostrar una realidad más compleja, en la que se constata la existencia de intentos (fructíferos o no) por limitar el poder popular. En este sentido, la compra de oficios públicos fue una de las estrategias utilizadas en la acumulación de poder por parte de quienes podían permitírselo. 

Los oficios patrimonializados que tengo documentados hasta el momento son los de notario público, cometido al que iba adscrita en ocasiones la función de escribano de concejo (o secretario de ayuntamiento), y regidor.

Aparte de varias menciones aisladas, conservamos documentación muy explícita sobre la compra-venta de estos oficios públicos en Sajambre. Estudié el caso de los notarios y de los escribanos de concejo (o secretarios de ayuntamiento) en un trabajo que está a punto de salir a la calle (1), en donde puede verse de qué maneras y bajo qué estrategias accedieron a tales oficios quienes se apellidaban Díaz de la Caneja, Piñán y Díaz de Caldevilla.  

El otro oficio público comprado por algunos sajambriegos fue el de regidor. En el año 1684, Juan Alonso Tielve, vecino de Oseja, y Cosme de Granda, vecino de Vierdes, tenían en propiedad el oficio de regidor en sus respectivos pueblos. Y en 1715 Pedro González era propietario del oficio de regidor en Soto.

Dependiendo de la importancia del lugar, el precio de los oficios concejiles sería mayor o menor. Por ejemplo, en la primera mitad y mediados del siglo XVII quienes habían comprado el oficio de regidor en Asturias llegaron a pagar 136 ducados en Ponga, entre 300 y 400 ducados en Ribadesella, 400 en Cabrales, 500 en Cangas de Onís, 600 en Gijón, 800 en Avilés, 1.000 en Llanes y 3.300 ducados de vellón en Oviedo, mientras que por el oficio de fiel almotacén (responsable del fielato) se habían pagado en Amieva únicamente 30 ducados en el año 1631 (2).  

A modo de referencia podemos decir que en Sajambre alrededor de la misma época, una arroba de almagre valía 1 ducado y con 1 ducado se podía comprar algo más de una cántara de vino; una fanega de maíz valía 2 ducados; media carga de trigo y una fanega de escanda, 3 ducados; el arrendamiento de los estancos de tabaco en Valdeón y Sajambre, 7 ducados al año; un rocín, 9 ducados; un potro, 10 ducados; el alquiler anual de una vivienda en Cueto Luengo, 14 ducados; una vaca costaba entre 18 y 20 ducados; un funeral modesto, 25 ducados; un carro de trigo y cebada, 27 ducados; la venta de una casa en Caldevilla, con sus altos y bajos, 60 ducados; 200 ducados costó la construcción del cabildo de Soto en 1668; y a 600 ducados ascendió el montante de las alcabalas de todo el concejo de Sajambre en el año 1662. Por cierto, algunos sajambriegos hipotecaban su casa por conseguir 10 ducados en efectivo.  

Queda claro que las clases bajas quedaban al margen de la compra de cualquier oficio público y, con ello, la mayoría de las familias sajambriegas, en donde solo los más acomodados podían hacerse con tales oficios que, a su vez, les servían de medio para incrementar patrimonio y prestigio.

No obstante, el sistema de venta de oficios permitió a personas ajenas a los tradicionales círculos de poder entrar a formar parte de las oligarquías locales. Es el caso, en Sajambre, de quienes adquirieron el oficio de regidor apellidándose Alonso, Granda o González, aunque estos intentos de romper el poder de ‘los de siempre’ ampliándolo a ‘otros’ no siempre tuvo continuidad en el tiempo. Por ejemplo, la familia González de Soto perdería su propiedad poco después de conseguirla.    

En paralelo a lo que estamos describiendo, los concejos o pueblos de Sajambre siguieron eligiendo a sus autoridades con el margen de potestad que poseían en cada momento, por lo que las dos realidades institucionales convivieron mientras las leyes lo permitieron.  

La privatización de los oficios públicos desapareció a mediados del siglo XIX tras el desmantelamiento del Antiguo Régimen que llevaron a cabo los gobiernos liberales (3). 

Esta última realidad es la que llega al siglo XX y la que recuerdan nuestros mayores.   

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NOTAS
(1) Elena E. Rodríguez Díaz, “La institución notarial en un concejo rural de montaña: el caso de Sajambre en los siglos XV al XVII”, en el volumen de Homenaje al Prof. D. Ignacio Fernández de Viana y Vieites, ed. Universidad de Granada, en prensa. 
(2) En 1583-1584 en Amieva se pagaba 101 ducados por el cargo de regidor que compraron familias apellidadas Soto, García y Vega. Para todos los casos asturianos aquí mencionados ver MªÁngeles Faya Díaz, “Gobierno municipal y venta de oficios en la Asturias de los siglos XVI y XVII”, en Hispania, LXIII/1 (2003), pp.75-136.
(3) Habría que decir que de iure, porque de facto algunos de los miembros de aquellas antiguas oligarquías pasaron a convertirse en caciques locales.

domingo 26 de febrero de 2012

LA ANTIGUA ADVOCACIÓN DEL SAN JULIÁN DE SOTO DE SAJAMBRE, SU FESTIVIDAD, SU FUNCIÓN Y SU ORIGEN

Ruinas de la capilla de San Julián en El Piquero (Soto de Sajambre).

Sabíamos del culto a San Julián en Soto y hoy sabemos de su amplia devoción local en el siglo XVII. Se sospechaba su antiguo emplazamiento en El Piquero y hoy podemos confirmarlo gracias a los documentos de la Casa Piñán. Entre las ruinas de la capilla y las descripciones documentales podemos decir que combinaba la piedra, la madera, la teja y los elementos vegetales como materiales de construcción. Poco antes de 1925 todavía se conocía la piedra de su altar, que fue reutilizada en una construcción rústica del lugar.

Pero aún nos quedan cosas por saber. Por ejemplo, todavía no sabemos cuándo se fundó, ni la mayoría de la gente sabe a qué San Julián de los muchos que existen en el santoral católico estaba dedicada.  

Dado que la fiesta del San Julián venerado en Soto era el 7 de enero, hay que afirmar que la advocación de dicho templo era la de San Julián el Hospitalario.  

Esta información nos los proporciona una carta de perdón fechada en Oseja, el 20 de enero de 1719, en la que se dice que el 8 de enero de dicho año, José González, vecino de Oseja, presentó una querella ante Pedro Piñán, juez ordinario del lugar, contra varios mozos de Oseja “por malos tratamientos y otras cosas” que le habían hecho viniendo de la romería de San Julián que se celebraba en Soto de Sajambre:

El origen de dicha querella abía sido motibado de la romería de San Julián que se haze en el lugar de Sotto, de dicho concejo, que biniendo de dicha romería fue el mottibo prinzipal de dicha querella, por la mucha conbersazión que en dicha romería hubo” (Archivo de la Casa Piñán, Sección 1, Protocolos, Agustín Piñán de Cueto Luengo, leg.1719, de 20 de enero).

A este San Julián (confesor de origen hispano), del 7 de enero, se le confunde desde la Edad Media con el San Julián (mártir de Antioquía) venerado el 9 de enero (1). Pero la fiesta del San Julián celebrada en Soto debía ser anterior a la fecha de la querella de 1719 (8 de enero) o como mucho de ese mismo día, de manera que, según el santoral católico de comienzos del siglo XVIII, sólo es posible la advocación del San Julián llamado Hospitalario. Además, en su monografía inédita, Don Moisés Díaz-Caneja también asigna la fecha del 7 de enero a la festividad del San Julián de Soto de Sajambre (2).

Como veremos a continuación, esta advocación resulta interesantísima y tiene un enorme sentido al considerar el emplazamiento del templo y el lugar en el que todavía se conservan sus ruinas.

San Julián el Hospitalario está considerado protector de los caminantes y patrono de los barqueros y posaderos por haberse dedicado a servir a los viajeros, ayudándoles a cruzar un río, y amparándoles y atendiéndoles en una hospedería que llevaba junto a su mujer (3). La historia completa de San Julián el Hospitalario puede leerse en La leyenda dorada de Jacopo da Varazze, escrita en 1264; y José Lorenzo Arribas aporta una cita muy ilustrativa, sacada de uno de los cuentos de Chaucer, que sirve muy bien para mostrar el significado que poseía este santo en la mentalidad medieval. A propósito de uno de sus personajes, dice el autor que aquél “practicaba la hospitalidad generosamente: era el San Julián de la comarca” (4). 

La capilla de El Piquero se adscribió a San Julián porque el templo se hallaba junto al Camino Real que comunicaba la Asturias oriental con la Meseta. Y aunque no exista ningún río caudaloso que cruzar en los alrededores, el santuario se localiza al inicio del dificultoso y peligroso tránsito que suponía la ascensión al puerto de Beza, sobre todo en la época anterior a las reformas camineras del Arcediano. 

Por eso, no resulta nada difícil imaginarse a los antiguos caminantes encomendándose al santo antes de acometer la subida al puerto. Asimismo, es my posible que el templo cumpliera la función de socorrer a los viajeros que acabaran de atravesar el puerto viniendo de Asturias en la época anterior a la fundación de la alberguería de Sahugo (5). 

Por último, ante la pregunta de cuándo se fundó el templo dedicado a San Julián el Hospitalario en las proximidades de Cueto Luengo hay que responder que todavía no lo sabemos. Pero gracias a los documentos de la Casa Piñán podemos afirmar con seguridad que ya existía en el año 1598 (6).  

Hasta aquí lo demostrado y demostrable. Quedan, no obstante, algunas pistas inquietantes y rabiosamente sugerentes.

El San Julián Hospitalario, protector de los caminantes, es uno de los santos (junto con San Cristóbal o San Roque) que se asimilaron al antiguo culto romano a los lares viales y al sinfín de divinidades paganas relacionadas con los caminos (7). Considerando este hecho y la construcción de capillas en lo alto de los montes que caracterizó al cristianismo primitivo en Asturias, queda pendiente de respuesta el siguiente interrogante: ¿en qué época se fundaría la capilla sajambriega de San Julián?   

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NOTAS
(1) El San Julián del 7 de enero y el del 9 de enero se confunden por la identidad onomástica y por el paralelismo de sus vidas. En ambos casos se trata de matrimonios forzados y en ambos casos de matrimonios castos entregados al servicio de los demás. Pero el San Julián, cuya fiesta se celebra el 9 de enero, era el marido de Santa Basilisa, mientras que de la esposa del San Julián llamado Hospitalario se desconoce el nombre. Una aclaración de esta frecuente confusión, que puede observarse en numerosas fuentes, antiguas y modernas, incluidas obras autorizadas y páginas bien fundamentadas de internet (como www.corazones.org), puede leerse en J. Lorenzo Arribas, “San Pedro de la Nave (Zamora). Interpretaciones eruditas y populares sobre el origen de un templo y sus leyendas”, Culturas populares. Revista electrónica 3 (2006), 47 pp., y en el trabajo fundamental de L. L. Cortés y Vázquez, “La leyenda de San Julián el Hospitalario y los caminos de la peregrinación jacobea del Occidente de España”, Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, VII/1 (1951), pp.56-83.

(2) Moisés Díaz-Caneja Piñán escribió: “hasta hace poco (1925) existió el caserón de la ermita dedicada a San Julián, cuya fiesta se celebraba en Soto el 7 de enero, en el cual se conservan las piedras del altar, las cuales se quitaron para hacer la casa-cuadra antes mencionada, o sea, que está a orillas del camino” (en Apuntes descriptivos y reseña histórica de Soto de Sajambre, manuscrito inédito, p.85).

(3) Julián mató a sus padres y a fin de expiar su culpa “los dos esposos abandonaron el castillo y fuéronse a vivir a un país extraño, fijando su residencia a orillas de un caudaloso río, precisamente en un lugar en el que muchos pasajeros, al intentar cruzarlo, o se morían ahogados, o corrían muy graves peligros de perecer arrastrados por la corriente. Allí edificaron una gran hospedería para alojar gratuitamente a caminantes y pobres que por aquel sitio transitaban y allí se quedaron definitivamente San Julián y su virtuosísima mujer haciendo penitencia y obras de caridad, y ayudando a pasar el río a cuantos tenían necesidad de cruzarlo para ir de una a otra orilla del peligroso cauce”: Santiago de Vorágine, La Leyenda dorada, capítulo XXX.

(4) J. Lorenzo Arribas, “San Pedro de la Nave”, ob.cit., pp.15-16.

(5) Sobre la fundación de la alberguería de Sahugo véase Elena E. Rodríguez Díaz, "La Senda del Arcediano y el Camino del Beyo: nuevos documentos para su historia", Boletín del Real Instituto de Estudios Asturianos, n.175 (2010), en prensa y a punto de ver la luz.

(6) Di a conocer esta noticia en la conferencia impartida en Soto de Sajambre por invitación de la Asociación Félix de Martino que puede leerse on line, en la página de la Asociación a la que lleva el enlace que aparece en la columna de la derecha de este blog.

(7) Veáse por ejemplo N. Santos Yanguas, “El Cristianismo en Asturias en época visigoda”, Tiempo y Sociedad, 5 (2011), p.20 y nota 38; M. Plaza Beltrán, “Culto a los caminos, límites y fronteras: dioses protectores”, Revista de Folcklore, n.344 (2010), pp.39-43. 


P.D.- Este artículo hace el post número 500 de este blog que hace tiempo sobrepasó las 50.000 visitas.

jueves 23 de febrero de 2012

MÁS DATOS SOBRE LA PISA DE ENFURTIR PAÑOS (1620)

Un documento de 1664 nos decía que la pisa de pisar sayal del río Agüeras había sido fundada por Catalina de la Puente, vecina de Ribota, usando específicamente la palabra que he utilizado: “de la fundación de la pisa de sayal que fundó en el dicho lugar Catalina de la Puente”.  

Por lo que ahora sabemos, de haber existido tal fundación debió ser una refundación, porque la pisa de sayal ya existía en el año 1620. En ese tiempo, la pisa pertenecía a varios dueños, al igual que sucedía con algunos molinos. Uno de ellos era Antón Díaz, vecino de Ribota, quien vende su parte a su cuñado, Sebastián Fernández, clérigo e hijo de Juan Fernández de Ribota.  

1620, abril, 22. Ribota. Antón Díaz, vecino de Ribota, vende a Sebastián Fernández, clérigo, vecino de Ribota, su parte en las tierras de Medere que habían sido de su suegro, Juan Fernández. Le vende también su parte y quiñón "de los adiles del Buseco que eran del dicho Juan, mi suegro y padre de vos, el dicho conprador, que linda con el prado del Buseco y la Llomba del Calero y camino que va para Yaxo”. Le vende asimismo su parte “del prado del Campo Nazere y la parte de la pisa de pisar sayal”.

No sé cuál es la equivalencia actual de ese Campo Nazere, pero mantengo la forma antigua de los restantes topónimos por el interés lingüístico que tienen: Medere, Buseco, el mencionado Campo Nazere y, sobre todo, Yaxo (que hay que leer como “yajo”) para el actual Niajo.  En cuanto a la Llomba del Calero queda la duda de si ya era un topónimo o si en 1620 había un calero en dicha loma, en cuyo caso habría que escribirlo todo con minúscula. 

miércoles 15 de febrero de 2012

LA VOZ ‘CHUETO’ EN SAJAMBRE: RECTIFICACIÓN DE UNA INTERPRETACIÓN FOLCLÓRICA

LO QUE CREÍAMOS
El término chueto es un apodo que se utiliza en Sajambre para designar a los naturales del vecino concejo de Valdeón.  Así se repite en el lugar y así se registra en el Vocabulario sajambriego, sin que se incluya en él ninguna aclaración sobre el significado de esta palabra. 

En cambio, desde el siglo XX se ha venido identificando este término con la voz xueta, -s, que en mallorquín designaba a los judeoconversos de la isla de Palma.  El término aparece por primera vez en los procesos de 1688 contra los vecinos de la calle Sagell, cuando los propios acusados empiezan a designarse a sí mismos como xuetas aduciendo que es así como los llamaba el vulgo. Según Angela Selke, esta palabra fue una creación popular de los mallorquines que poseía el significado despectivo de “judiíto” o “judigüelo” (1). 

Sin embargo, si acudimos a la tradición de Valdeón, comprobamos que allí también se utilizaba este epíteto aunque referido a los naturales de Caín, distinguiéndose de ellos en forma a veces tajante. Esta distinción tiene su explicación en el diferente origen histórico de lo que fueron los concejos de Valdeón y de Caín en los siglos XVI y XVII, sometidos cada uno de ellos a  una autoridad jurisdiccional diferente.  

En el año 2000 creímos confirmar esta tradición al constatar el origen semítico del apellido más característico de Caín: Sadia, que aparece en la documentación local con posterioridad a 1500. Pero los judíos españoles que se apellidaban Sadia (o Saadia) en la Edad Media no fueron mallorquines, sino castellanos, y en ninguna de las nóminas de apellidos xuetas aparece Sadia. 

Por otro lado, lo más sorprendente del Sadia cainejo es que no se trata de un apellido judeoconverso, sino que posee una etimología semítica que se habría mantenido intacta entre quienes fueron cristianos y vivieron en Caín a partir de 1500. Paralelamente, este mismo apellido se ha perpetuado también entre familias sefardíes que todavía a finales del siglo XX vivían en la ciudad de Melilla.   

Ahora bien, ¿quiere esto decir que la palabra sajambriega chueto es una importación del término mallorquín? 

Si así fuera, dicha importación tendría que haberse producido con posterioridad a los procesos inquisitoriales contra los xuetas mallorquines y con posterioridad a la aparición de la voz xuetas en 1688.  

Sin embargo, 16 años antes la palabra chueto ya está documentada en Sajambre. 

LO QUE PARECE SER
La nota de un documento hecho en Oseja de Sajambre el 22 de marzo de 1672 se cierra de la siguiente manera:

“Testigos: Escarramán y el chueto Florián” (Archivo de la Casa Piñán, Sección 1, Gonzalo Piñán de Cueto Luengo, 1672). 

Chueto tiene aquí un valor de apodo, como lo tiene también el mote que porta su acompañante Escarramán, quien por otros documentos sabemos que se llamaba Juan Díaz. Además, como ya vimos en otras ocasiones, es frecuente que el notario se sirva de apodos en esta fase de la redacción documental. Pero, ¿con qué significado se utiliza aquí el término chueto

Lo más próximo geográfica y cronológicamente al chueto sajambriego de 1672 que conozco hasta el momento son algunos testimonios leoneses de 1783, en los que se emplea el término chueto como sinónimo de novillo o toro pequeño (2), algo que se acerca al significado de la voz castellana (sin diptongación) que designa a la cría macho de la cabra  (DRAE).     

Asimismo, el diccionario publicado por la Academia de la Llingua Asturiana recoge la palabra bable xuetu, -a, -o, que define como “torpe, que fai les coses emplegando la fuercia y non la intelixencia” (3). 

Y, por último, el término chueto está presente también en el leonés hablado en El Bierzo con el significado de feo, tonto y de pequeña talla (4) y en la comarca de Omaña (Valle Gordo) con el significado de mentiroso (5). 

A juzgar por el origen asturleonés del habla sajambriega, la palabra chueto utilizada en estas tierras desde antes de los sucesos mallorquines debió ser un apodo despectivo empleado como sinónimo de ‘bruto’, pudiendo alcanzar también a quienes eran además de poca estatura o no resultaban agraciados físicamente. Así, los sajambriegos llamarían chuetos, es decir, brutos y quizás también feos, enanos y mentirosos a sus vecinos y sempiternos rivales, los valdeones.    

Lo que no creo es que se deba relacionar la palabra chueto sajambriega con los judeoconversos mallorquines. Creo, en cambio, que dicha atribución fue el resultado de una interpolación culta, ajena a la tradición popular anterior al siglo XX o, como mucho, a finales del siglo XIX. 

La tradición oral, siempre permeable a todo tipo de influencias, se apropió de la ‘historia de los judíos mallorquines’ sin mayor pudor, pues al fin y al cabo con ello se echaba un oprobio más encima de quienes eran sus ancestrales enemigos. Pero esta interpretación folclórica se contradice con los documentos notariales del siglo XVII que se guardan en el Archivo de la Casa Piñán.


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NOTAS
(1) Angela Selke, Los chuetas y la Inquisicion. Vida y muerte en el ghetto de Mallorca, Madrid, 1972, p.17.
(2) Roberto Cubillo de la Puente, “Toros en la ciudad de León - 1783”, Tierras de León, n.104, pp.137-154.
(3) Diccionariu de la Llingua Asturiana, Uvieu, 2000, p.1286.
(4) Marisa Cuenya García, “Chuetos y remolachones”, La Curuja, n. IV, primavera de 2005, p.17.
(5) Pallaberu llionés en http://webs.ono.com/esllabon/dicllion/indice.htm

miércoles 25 de enero de 2012

I CONCURSO DE RELATOS BREVES "LEONARDO BARRIADA"

La Asociación Félix de Martino convoca el I Concurso de relatos breves “Leonardo Barriada”, cuyas bases están publicadas en


y que se presenta con la siguiente introducción:

A veces la historia nos recuerda que existieron hombres nobles como Leonardo Barriada que apostó por la cultura y la educación como herramienta de vida y dedicó todo su empeño en hacerla llegar a un recóndito lugar de los Picos de Europa a principios del siglo XX. Él sembró una semilla que nuestra Asociación riega día a día para que siga dando sus frutos. Te invitamos a participar en esta iniciativa”.

Mis felicitaciones a los responsables de este proyecto por la idea, por el sembrador en el se inspiran y por la elección de su nombre para el concurso.

jueves 19 de enero de 2012

EJEMPLOS DE MARGINACIÓN SOCIAL EN SAJAMBRE: dos casos de 1660 y 1711.

Durante el Antiguo Régimen, la mujer permaneció supeditada al hombre de iure y de facto durante toda su existencia. Primero dependía de un padre o de un hermano, después de un marido pocas veces elegido libremente y, por último, de un hijo. Por eso, la vida religiosa supuso una liberación para muchas mujeres desde la Baja Edad Media, que se emancipaban así, sin perder su honra, de los matrimonios concertados a los que solían ser condenadas.

En cambio, las que decidían no tomar los hábitos, ni se hallaban bajo la tutela de ningún varón solían terminar engrosando las filas de la pobreza, de la heterodoxia y de la marginación social.  Vamos a acercarnos a esta realidad a través de lo que les sucedió a una huérfana de Oseja y a una viuda de Ribota. 

En los protocolos notariales se conservan muchas curadurías, documento que se redactaba ante el juez del concejo y en el que a los menores huérfanos se les asignaba un tutor legal de su persona y bienes. Si la curaduría recaía en un familiar cercano, como la madre o algún hermano, no acostumbra a haber conflicto. Lo malo era que los huérfanos quedaran bajo la tutela de algún pariente lejano o algún ‘amigo’ de la familia que, aparte de aprovecharse de los bienes que debía administrar y guardar hasta que sus pupilos cumplieran los 25 años que exigía la ley, podían producirse también otro tipo de abusos, como el que sufrió María Rodríguez en 1660, natural de Oseja y menor de 16 años.

A fin de pagar una deuda de 17 ducados que Toribio Alonso había contraído con Juan Díez de Inguanzo, cirujano y vecino de San Vicente de la Barquera, le entrega a su menor, María Rodríguez, para que sirviera en su casa durante ocho años, valorándose sus servicios en dos ducados al año. A cambio, el cirujano debía proporcionarle cama, comida y vestido a uso de San Vicente, como solía hacerse en tales casos desde la Edad Media. Como condición se establece que si la dicha María Rodríguez se escapase, Toribio Alonso debía pagar el dinero que restara por satisfacer. Pero si María moría durante tales años, la deuda se consideraría saldada.

Estas condiciones y advertencias finales resultan tenebrosas por lo que llevan implícito. En primer lugar, se considera la posibilidad de que la joven, menor de edad, se escape (“se viniere sin cunplir los dichos ocho años”), lo que indica que tal supuesto debía ser frecuente, aunque lo más terrible sea imaginar lo que debió sentir aquella jovencita de Oseja, huérfana y desvalida, que era obligada a marcharse de su pueblo para convertirse en criada (con la amenaza de un “algo peor” siempre omnipresente) de un hombre extraño durante 8 años.

La segunda advertencia resulta más siniestra todavía, porque al dar la deuda por saldada si la joven moría antes de haber cumplido los ocho años establecidos en el contrato, se sobreentiende que la posibilidad de un maltrato por parte de su amo formaba parte de los riesgos contraidos.

El 9 de abril de 1711, María González, viuda de Pedro Amigo, legítima tutora de la persona y bienes de su hijo, Pedro Amigo, pide permiso al juez del concejo para poder vender una parte de la casa en la que viven por no tener con qué alimentarse:

Parezco ante vuestra merced y digo que mediante el dicho mi hijo es de mui corta hedad, que no llega a quatro años, y por la estrechez de la tierra y lo asquerosa que es, y los años passados y pressentes ser fatales por no tener ningunos ganados muebles de que nos baler, de que nos hallamos faltos de alimento. Por tanto, pido y suplico a vuestra merced y, ablando como debo, requiero se sirba de recibirme ynformación de cómo me hallo sin medios para poder alimentar al dicho mi hijo, ni tener bienes más próssimos de que sacar dinero para el dicho alimento del dicho mi hijo que es una bigada de cassa en la que bibo”.

Se conservan las declaraciones de los testigos, unánimes en declarar que la viuda no posee “ningunos bienes muebles, ni le quedaron por fin y muerte del dicho su marido,  y que si no hubiera hallado pan y dineros sobre la bigada de cassa que el pedimiento refiere, hubiera padeçido la sussodicha y el dicho su hijo mucho detrimento los años passados y el pressente por la gran calamidad que todos padezen por la falta de granos, por lo estrecha y asquerosa que es la tierra”. Y que es preferible vender la casa en la que habitan antes que los pocos bienes raíces que poseen.

El juez otorga su visto bueno y la viuda vende a Pedro Díaz de Caldevilla y a Ana Pérez, su mujer, “una bigada de cassa en dicho lugar de Ribota, do se dize Güer, digo, la Vega del Soto, que se conpone de pajar y caballeriza, con sus antojanos por la parte de adelante, que por el costado no le corresponde ninguno. Linda con cassa de el dicho menor y con güerta de Francisco Fernández y con heredad de la Obra Pía” por 480 reales de vellón.

Ahora bien, de esos 480 reales, 385 ya se los habían adelantado, 80 se destinaban a pagar los gastos de justicia y de papeleo que había supuesto la solicitud cursada, así como la venta, y 15 reales se destinaban para construir una puerta por la que la viuda pudiera entrar en su cocina, ya que la puerta de entrada de la casa quedaba para los compradores. Naturalmente, la otorgante no firmó el documento por no saber escribir.

martes 10 de enero de 2012

EL GANADO MENUDO EN SAJAMBRE DURANTE LOS SIGLOS XVII Y XVIII (3): el ganado porcino.

Franz Marc, 1912.

Un cerdo al año daba para poco y menos aún aquellos cerdos de pequeña talla que eran los cerdos del siglo XVII. Pero ¡ay, del que no comiera cerdo!

No comer cerdo en la España del Siglo de Oro suponía una condena segura por judaizante y un boleto gratuito para pasar a mejor vida con todas las garantías de las llamas purificadoras. ¿Se acuerdan de aquel célebre verso de Quevedo, “yo te untaré mis obras con tocino para que no me las muerdas, Gongorilla”?(1). Pues por ahí van los tiros, porque una obligación de todo cristiano viejo consistía en una ingesta periódica de marrano si no se quería acabar oliendo a chamusquina(2). “Comer cristiano”, que se decía entonces. Así que para aquellas gentes temerosas de la Santa y de sus siniestros familiares que escudriñaban por las esquinas la vida de los otros, el cerdo fue una fuente de proteínas muy cristianas.

Los puercos sajambriegos podían criarse, comprarse o robarse: “juró Bernarda Díaz en 5 de agosto, en Soto, de hedad de 35 años, dice que no save nada de todo lo que está en la querella, mas que oyó deçir a María del Casero que Cosme de Mendoça traxera en San Martino pasado un lechón en canal y por pelar de Asturias, que no lo avía conprado y no savía cómo lo traía” (1665).  Acusaciones de hurto aparte, hay otros casos documentados en los que se compran cerdos en Asturias.

Pero aunque algunos marranos vinieran de Asturias, no por ello hemos de suponer la existencia de eso que se ha dado en llamar el “gochu celta”, de pata blanca, con grandes y caídas orejas, porque ese tipo de cochinos no son “celtas” en modo alguno. Por estas latitudes cantábricas la etiqueta de “celta” prestigia, pero en la mayoría de los casos se trata de etiquetas tramposas.

Cuando lo había, el tocino se pluriempleaba, pues con su grasa se cocinaba, con su carne se sustanciaba algún potaje o guiso siempre escaso de chicha entre los labriegos, con sus tajadas se acompañaba el vino en las celebraciones y en nuestra literatura del Siglo de Oro podemos encontrar ejemplos miles de su extendido consumo, como la magnífica escena del tocino y la caja agujereada que leemos en El Buscón. Y vuelvo a elegir a Quevedo por las razones ya dichas.

El término gocho bajo la forma “cocho” se registra en un documento del año 1642 escrito por Domingo Piñán de Cueto Luengo, el comisario, aunque lo que más abundan son los marranos: “una lechona con dos marranos lechaços, más un marrano de un año" (1669); “quatro lechones marranos” (1675); “una lechona y una marrana” (1667); “una lechona marrana sin cría” (1667); “yten quatro lechones, dos machos y dos henbras, los tres son marranos” (1667); “yten una lichona y un lichón” (1715); “una lichona con dos lichonzicos, macho y henbra, con más otro lichón para mattar” (1715); “una lichona escosa” (1717); “una lichona capada” (1719); “yten seis zerdos” (1720).

Más tarde, en el siglo XIX se utiliza solo el término “cerdo” y se distingue entre los destinados a la matanza (“cerdo de mata”) y los dedicados a la crianza (“cerdo de cría” o “cerdo de vida”). A efectos fiscales, el de matanza valía el doble que el de cría.

En el Archivo de la Casa Piñán se conserva un documento fechado el 21 de enero de 1821 con los impuestos que se recaudaron entre los vecinos de Oseja correspondientes al ejercicio de 1820, en donde se enumeran en cada caso los productos que tributaban y el importe correspondiente en metálico con el que cada vecino contribuía. En el año de 1820 tributaron 59 vecinos de Oseja, una población muy disminuida a causa de las pérdidas humanas ocasionadas por la Guerra de la Independencia terminada seis años antes.  La posesión de cerdos entre estos 59 vecinos se distribuye de la siguiente manera:

No poseen ningún cerdo: 6
1 único cerdo para matanza: 6
1 de mata y 1 de cría: 18
1 o 2 de mata y 2 o 3 cría: 17
2 o 3 de mata y 3 o 4 cría: 9 (Alejandro Piñán, José “el indiano”, José Piñán, Agustín Alonso, José Alonso Tielve, Fausto de Vega, Julián de Bulnes, Fernando de Acebedo y José Díaz de la Caneja y Sosa)
2 de mata y 6 de cría: Manuel Díaz de la Caneja y Sosa.
3 de mata y 5 de cría: Marcos Valbuena, el cura.
5 de mata y 8 de cría: José Antonio Díaz de la Caneja, el escribano.


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NOTAS
(1) Disculpen las citas quevedianas y los pintores expresionistas que se asoman a este blog de vez en cuando. No puedo evitarlo, son mi debilidad. 

(2) Otra obligación era no lavarse mucho y, sobre todo, no lavarse todos los días bajo ningún concepto, si no se quería acabar en las garras del Tribunal por sospecha de practicar la limpieza ritual que acostumbraban a hacer los seguidores de “la secta de Mahoma”.

sábado 7 de enero de 2012

EL GANADO MENUDO EN SAJAMBRE DURANTE LOS SIGLOS XVII Y XVIII (2): el ganado caprino y lanar.

Amaltea, la nodriza de Zeus, con el niño dios y un fauno. Año  1615.
Bernini, Gallería Borghese (Roma).


Los inventarios de bienes sólo utilizan categorías de género y edad para referirse a ovejas y cabras.

Los hombres de los siglos XVI y XVII gustaban de la carne de carnero, que nunca faltaba en las mesas de las celebraciones más destacadas. Al considerarlo un manjar, era la ofrenda votiva que distinguía y que nunca faltaba entre los más principales, mientras que el pueblo sólo recurría a estas carnes suculentas cuando había que cumplir alguna promesa importante o se pretendía agasajar a santos y ministros.  Éste podría haber sido el motivo de la escasa presencia del carnero en los inventarios de bienes, siempre presente en la Casa Piñán o en las casas de los curas del valle, pero esporádico entre todos los demás. Si era celebrado como manjar en el siglo, se cotizaría bien y se vendería pronto.

Las crías de la oveja reciben los nombres de cordero/a y cordero/a lechazo/a cuando tienen menos de un año y borro/a, cuando la cría ya ha cumplido el año:  “dos corderas, la una del año pasado y la otra lechaça” (1669); “seis obejas con dos corderos lechaços” (1675); “tres ovejas y un cordero lechazo” (1668); “una ovexa con una borra y un cordero lechaço” (1668); “dos ovexas sin crias” (1667); “yten diez ovejas en que entran las crías” (1715); “seis obejas y un carnero, un borro de un año” (1715); “quatro obejas para parir” (1715).

A los caprinos se les llama cabras, al macho castrado se le designa como castrón y las crías se denominan cabritos/as, chivatos, cabritos/as lechazos/as cuando tienen menos de un año e iguedas cuando ya han cumplido los dos años: “tres cabras con dos cabritos” (1600); “una cabra y una igueda y una cabrita” (1667); “cinco cabras con quatro cabritas” (1667); “dos cabras con dos cabritas lechaças” (1669); “tres cabras, las dos tienen un cabrito lechaço y la otra está escosa” (1669); “yten ynbentariaron un cabrito de dos años” (1706); “”tres cabras, dos yguedas y un castrón” (1706); con más dos cabras y un castrón cojudo que sirbe de padre para las cabras, con más una cabrita” (1715); “cinco cabras, las tres paridas y las otras yguedas del año pasado” (1719); “tres cabras parideras, un chivato, una cabrita y un cabrito” (1719); “dos yaguedas (sic), dos obejas” (1709).

Otro término que también se utiliza es el de recillo que, en Sajambre, significa siempre crías recién nacidas: “doçe reçillos de obexas...mas tres reçillos de cabras” (1699); “yten nueve recillos de obejas y corderos” (1701).

Por el momento no hay suficiente información para saber si en el antiguo Sajambre existieron cabras bermeyas u ovejas xaldas asturianas. No sería raro que, al menos, hubiera existido la cabra de pelo rojo, por tratarse de una raza característica del Oriente de Asturias y especialmente adaptada al terreno más abrupto. 

Una aproximación al número de cabras que tenían los vecinos de Oseja en el año 1664 la proporciona una querella transmitida en una nota in cartulis fechada el 16 de mayo. Juan Díez y Juan de Vega, por sí y en nombre de los vecinos de Las Cortes del pueblo de Oseja, se querellaron de Pedro Díez de La Lastra, el mozo, natural de Ribota, “por aver llevado prendadas çiento y más cabras de la vecería del monte de Monarga y aver dado de palos y maltratado a Marina de la Llomba, pastora del lugar”.  Como causa del secuestro, la apaleada declara que sucedió “por aver entrado quatro cabras en los arvexos y llevaron un grande ataxo de cabras del dicho monte...  en el Ballejo de Monarga”.  En cambio, lo que yo no entiendo es qué hacían en Monarga las cabras de Oseja. ¿No sería precisamente esto el motivo de la prendada y no la razón que aduce Marina de la Llomba?   

El ganado menudo y, en particular, las cabras suelen aparecer en los documentos como víctimas de los lobos. En el año 1814, a la vuelta de una vecería, Manuel de Bulnes, vecino de Oseja, comprueba que el lobo había matado a una de sus cabras que se había distanciado del rebaño, razón por la cual denuncia al vecero, Santiago Rodríguez.  Y un año más tarde, tres rapaces de Oseja acabaron ante la justicia por culpa de una cabra comida por los lobos.

Corría el año de 1815 cuando el alcalde de la Santa Hermandad (entiéndase la policía de la época) investiga un incendio provocado que se había producido “en el monte de la Edrada, que pues que de las declaraciones resulta havían sido Francisco, hijo de Manuel Díaz, Vicente, hijo de José Alonso, y Tomás Piñán, hijo de la viuda de Pacho, los que así la avían (hecho) lo confiesan, como asimismo haver llevado el fuego en que dimanó el incendio por orden de María Varales para que quemaran los despojos de la cavra que días antes le havían comido los lovos, lo que tanvién confiesan los testigos”.  Una vez aclaradas las circunstancias del incendio, el denunciante pide que se haga responsable “a la María de los daños causados, pues que a no haver sido su orden o mandato acaso los muchachos no huvieran llevado el fuego y de consiguiente no se huviera esperimentado el incendio”.   

Además del lobo, el ganado menudo también era víctima de la hechicería. En 1668, se denuncia a Juliana Bermejo, viuda de Julián Díaz, por decir que María de Tejo y Dominga Andrés embrujaban las ovejas para que no dieran leche:  “la dicha acusada, pospuesto el temor de Dios nuestro Señor, se a jatado muchas veces en las ocasiones y partes que se hallava en la conversación y en ellas dicía que María de Texo, muger del querellante, le avía llevado en cierta ocasión la leche de sus ovexas a diezmo y después que se lo avía llevado que no hallara xamás leche que sacar a sus ovexas. Y ansimismo en muchas partes dixo que Dominga Andrés, hixa deste querellante, en el monte prendía las ovexas de dicha Juliana Vermexa y las tentava el ubre, y que por esta raçón avía apartado las sus ovexas de la veçería... Dixo avía gran escándalo en el lugar y se dice la dicha Juliana induce y da a entender que las dichas María de Texo y Dominga Andrés son hechiçeras”.  

miércoles 4 de enero de 2012

EL GANADO MENUDO EN SAJAMBRE DURANTE LOS SIGLOS XVII Y XVIII (1): generalidades.

El número de cabezas de ganado menudo en poder de los vecinos de Sajambre entre 1600 y 1725 es irregular, aunque se aprecia una gradación relacionada con el status. Algunas familias que no poseían vacas o bueyes eran propietarios de cinco o seis cabras y ovejas. En cambio, otros que eran dueños de varias cabezas vacunas no poseían ovicápridos.  Al igual que con el vacuno, con el ganado menudo también se hacían comuñas. En estos casos, las dos partes son siempre las mismas: un rico y un pobre, sin variaciones intermedias.

En varias ocasiones no se registra la posesión de ningún animal en los inventarios, ni siquiera de un cerdo. Esta situación coincide con niveles de gran pobreza, en donde se vive en una cocina o se comparte un reducido espacio de habitación con otras familias, lo que equivale a haciendas formadas por un poco de huerto, un poco de linar, algún pedazo de tierra y, en el mejor de los casos, unos o dos pequeños prados.  

El nivel más generalizado es el que posee menos de diez cabras y ovejas en total, incluyendo las crías, y entre uno y cuatro cerdos, asimismo incluyendo las crías.

El siguiente escalafón lo ocupan los que poseen entre 12 y 24 animales entre ovejas, cabras y cerdos.  Son pocos casos y, generalmente, concentrados en linajes hidalgos de Oseja o Soto. 

Y por último, encontramos a los más ricos que poseen más de 20 y de 30 cabezas de ganado menudo, que suelen sumarse a un número no despreciable de ganado vacuno y/o caballar. Según los documentos conservados quienes se hallaban en este nivel fueron los Piñán de Cueto Luengo en todo el periodo estudiado, Juan Díaz de la Caneja (bisabuelo de Ignacio y Joaquín) en 1711 y los curas del valle en todos los siglos analizados. Pondremos dos ejemplos: el de Juan Díaz de la Caneja y el de Pedro González, natural de Oseja y cura de dicha parroquia.

A su muerte en 1711, Juan Díaz de la Caneja era dueño de “diez y nuebe obejas paridas con diez y nuebe crías, henbras y machos, más onçe corderos y corderas del año pasado y que en todo son treynta obejas de ganado lanar sin las crías deste año. Yten dos cabras con sus crías y dos chibatos del año passado. Yten más dos zerdos de un año, la una henbra y el otro macho”.

Pedro González, cura de Oseja y Soto, poseía en ese mismo año de 1711 “otras comuñas de ganado menudo, una en Los Beyos con Juan de Cassar, vecino de Canisquesso. Otra comuña con Jossephe Piñán, vecino deste dicho lugar (Oseja). Y el ganado que conpone estas comuñas no lo saben. Remítense asimismo a dicho libro de caja. Yten ynventariaron diez y siete corderos y un cabrito. Yten ynventariaron quatro tozinos que al presente están en sal, con más media baca”. 

Ninguna de estas posesiones constituye verdadera riqueza, pero en medio de aquella penuria general cualquier diferencia cuantitativa era una importante diferencia.

Junto a cabras y ovejas, el cerdo fue fundamental en la dieta campesina tradicional del norte cantábrico, aunque su carne nunca llegara a cubrir el consumo anual de una familia: “María si vas al hórreo / de tocino corta poco”, que dice un cantar asturiano.  Además, hay que tener en cuenta que desde la Edad Media, los animales domésticos (como las vacas o el cerdo) eran de tamaño mucho más pequeño que en la actualidad. En los inventarios de bienes sajambriegos, de vez en cuando aparece algún tocino en los inventarios de bienes, más numerosos cuanto mejor sea la posición social del inventariado y, en particular, el mayor número de tocinos se registra siempre en las casas rectorales, como los 14 tocinos que tenía el cura Pablo Díaz de la Caneja a su muerte en 1662. 

El tocino, que se comía y con el que se cocinaba, podía escasear en las cocinas campesinas pero nunca faltaba en las despensas clericales, aunque encontremos algún caso de más livianos avituallamientos, como los del cura de Oseja, Francisco Rodríguez Reyero, en donde sólo había “dos tozinos y una pieza de zizina” en 1720. En cambio, los chorizos, longanizas, lomos, costillas o cualquier otra parte comestible de la anatomía porcina están totalmente ausentes de los inventarios de bienes sajambriegos, en los que sólo aparecen marranos vivos o tocinos. 

Una de las cosas que más sorprenden en la documentación manejada es el escaso número de aves de corral que se registran entre 1600 y 1725. En la mayoría de las casas no había gallinas ni pollos y grosso modo puede decirse que estas aves aparecen en uno de cada diez o doce inventarios, siempre en número reducido, normalmente dos y rara vez tres o cuatro. Se entenderá que para tan poques pites no existieran gallineros y éstas compartieran el espacio con los humanos.

En los inventarios post mortem, la enumeración de las propiedades se clasifican en varios bloques. El primero está dedicado a casas, hórreos, huertos y huertas. El segundo está dedicado a las tierras. El tercero a los prados. El cuarto a los bienes muebles. Y el quinto a lo que se denomina bajo distintos nombres como estronco de casa, trastes, ajuares y alhajas, que incluye el mobiliario, los enseres domésticos, la ropa de cama y de vestir, las herramientas y los aperos de labranza.

Pues bien, el gallo, las gallinas y los pollos nunca se enumeran entre los bienes muebles con las vacas, las caballerías, las cabras, las ovejas, los cerdos e, incluso, las abejas, porque forman parte de las alhajas, los trastos y el tronco de casa y, además, acostumbran a aparecer en la cocina, entre calderos y sartenes (“yten un caldero de yerro ya viejo. Yten dos gallinas. Yten un cedazo y un sartén”, 1709)  o en el portal, entre arcas y herramientas (“yten un arca de nogal. Yten una cama de ropa a uso de la tierra. Yten dos gallinas. Yten una açuela vieja”, 1721).   

Naturalmente, las gallinas compartían el espacio con los humanos y no con los animales grandes que se guardaban en los establos. En este caso, los inventarios de bienes no asignan a las gallinas la categoría jurídica de bienes muebles, como propiamente son, y al no hacerlo nos hablan de los lugares más habituales por los que se movían las aves de corral en el entorno doméstico.  

miércoles 21 de diciembre de 2011

A LA BÚSQUEDA DEL SAJAMBRIEGO PERDIDO


¿A qué me refiero con este título? A la “Leyenda de los dos hermanos” y al sajambriego que “llegó a ser virrey de Nápoles”. Como ya dijimos en otras ocasiones, en dicha leyenda hay dos cosas totalmente seguras: que los dos hermanos no fueron tales y que ninguno de ellos llegó a ser virrey de Nápoles. Pero... ¿existió algún fundamento real para asignar tan alto honor a un humilde sajambriego por mucho que la tradición lo engrandeciera con el correr de los siglos? Esta es la búsqueda a la que me refiero.

Quiso la casualidad que en una de mis lecturas históricas me topase con un dato que despertó mi interés de inmediato. Tras documentarme y empezar a indagar puedo ofrecer una pista que habrá que considerar en el futuro para confirmarla o descartarla. Déjenme que les ponga en situación.

Durante la Guerra de Nápoles (1501-1504), hubo un incidente que pasó a la historia como El desafío de Barletta, acaecido el 20 de septiembre del año 1502, cuando 11 franceses se batieron en un duelo ecuestre al estilo medieval con 11 españoles. Los once soldados españoles formaban parte de las huestes de Don Gonzalo Fernández de Córdoba, más conocido como el Gran Capitán. Entre aquellos 11 valientes que lucharon sin descanso durante cinco horas había un caballero llamado Rodrigo Piñán. Junto a él, combatió Gonzalo de Aller, un asturiano (o de origen asturiano) que fue el único español hecho prisionero y el celebérrimo Diego García de Paredes.

El suceso fue relatado por los cronistas de la época e incorporado por fray Prudencio de Sandoval a la Vida del Emperador Carlos V (1). Pese a terminar en tablas, los combatientes españoles fueron aclamados como héroes y se cubrieron de gloria, de prestigio guerrero y de fama. Y cuando terminada la guerra, el Gran Capitán se convirtió en el primer virrey de Nápoles, recompensó con altos cargos, títulos y honores a quienes habían combatido a su lado. Nada extraño sería que Don Gonzalo Fernández de Córdoba hubiera otorgado alguna distinción a aquel Rodrigo Piñán que se contaba entre sus caballeros más valientes.  Sin ir más lejos, su famoso, imbatible y aguerrido compañero de armas, Diego García de Paredes, fue nombrado por el Gran Capitán marqués de Colonetta.

He estado rastreando una posible relación entre este Rodrigo Piñán con los Piñán de Toledo, buscando la perpetuación del recuerdo del héroe en la onomástica familiar y no he encontrado el nombre de Rodrigo en ninguno de los documentos que se conservan de los siglos XVI y XVII. Tampoco he hallado dicho nombre entre los Piñán de Sajambre, pero en este caso conservamos muy pocos documentos familiares de la etapa comprendida entre 1500 y 1580, así que no puede afirmarse nada con total seguridad. Y tampoco he localizado hasta el momento el nombre de Rodrigo en la documentación del siglo XVI que se conserva sobre los Piñán de Polvoredo.   

Así las cosas, me pregunto: ¿será ésta una pista válida? ¿Estaremos empezando a desbrozar el camino que nos permita acabar de comprender la leyenda más famosa de Sajambre?    

FELICES FIESTAS a todos mis lectores.

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NOTAS
(1) “En este año movieron guerra los franceses en Nápoles a los españoles sobre los términos, que les costó caro. Y fue el desafío -tan nombrado- en Trana, entre once franceses y once españoles a caballo, sobre decir los franceses que los españoles no eran hombres de a caballo sino de a pie, y que su rey tenía mejor derecho a Nápoles. Fueron los españoles Diego García de Paredes, que rindió a su contrario; Diego de Vera, que después fue muy conocido por lo de Argel y Fuenterrabía; el alférez Segura, y Moreno su hermano, Andrés de Olivera, Gonzalo de Arévalo, Jorge Díaz Portugués, Oñate, Martín de Triesta, mayordomo del Gran Capitán; Rodrigo Piñán; Gonzalo de Aller, que por su desventura fue rendido, aunque era muy valiente. Los jueces fueros venecianos; no se declaró la vitoria por ninguna parte”: Fray Prudencio de Sandoval, Historia de la vida y hechos del Emperador Carlos V, ed. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Alicante, 2003, n. XII.