domingo, 22 de julio de 2018

EL TRASLADO DE LA ERMITA DE SAN PELAYO DE PIO EN 1703


En el año 1703, los vecinos de Pio y de Oseja rehicieron las ermitas de San Roque y de San Pelayo, seguramente como resultado de las inspecciones que se efectuaban en las visitas parroquiales. Cuando los jueces eclesiásticos ordenaban tal cosa, las refacciones tenían que hacerse a costa de los vecinos, retrasándose las obras muchas veces por lo costoso de las empresas. Recordemos que en 1642, el Arcediano se hizo cargo de la reconstrucción de la iglesia de Soto debido a su estado ruinoso.

En 1672, los vecinos de Valdeón hicieron lo mismo con la ermita de Corona, en este caso siguiendo el modelo de la ermita del Rosario, de Soto de Valdeón. En el contrato de trabajo que se conserva en el Archivo Histórico Provincial de León se describe pormenorizadamente la obra que debía hacerse. El nivel de detalle de la descripción es minucioso, por lo que un estudio detallado de dicho documento proporcionaría un retrato “casi fotográfico” de la estructura arquitectónica que tenía la ermita de Corona en el siglo XVII.

También se conservan los contratos de trabajo para la refacción de las ermitas de San Roque y San Pelayo, ahora en el Archivo de la Casa Piñán. Pero, por desgracia, las descripciones no son tan exhaustivas como el caso de Corona. De todas formas, ambos documentos son muy interesantes y, aunque ninguno de los dos es totalmente desconocido, ya que se incluyeron en el catálogo de La Montaña de Valdeburón (1980), en aquella ocasión no se llegaron a editar, por lo que vamos a hacerlo nosotros ahora, empezando por el caso de la ermita de San Pelayo. 

El documento que editamos dice expresamente que la reconstrucción de la ermita de San Pelayo debía respetar la fábrica antigua, sin alterar ni innovar nada de dicho edificio. Pero lo más interesante de todo es que aprovecharon esta reconstrucción para cambiar la ermita de sitio, desplazando su localización al pueblo de Pio, en concreto, a un emplazamiento nuevo acordado por los vecinos. Lo que no dice el documento es dónde se hallaba la ermita con anterioridad a 1703.

En la actualidad, habiendo desaparecido totalmente dicho templo, los vecinos de Pio solo recuerdan la localización más reciente, es decir, la posterior al traslado de 1703. Al intentar ubicar edificios antiguos en los pueblos sajambriegos, como es el caso, ha de tenerse presente que, pese a la crisis general del reino, todo el siglo XVII fue una época de aumento demográfico en Sajambre y lo que hoy es Soto, Oseja o Pio estaban mucho más poblados y urbanizados que en la actualidad e, incluso, mucho más de lo que llegó como realidad al siglo XX. A finales del siglo XVI y en el XVII, en casi todos los pueblos del valle hubo barrios enteros que se despoblaron a lo largo del siglo XVIII. Por eso, hay que considerar que lo que hoy parece estar “a las afueras” de un pueblo, pudo no estarlo en el siglo XVII.

A pesar de la lacónica descripción que ofrece el escribano público, Agustín Piñán, y tras comparar lo que se dice en este contrato con lo que se hace en el de San Roque, parece que la ermita de San Pelayo fue un templo muy sencillo, carente de pórtico, con una sola nave cubierta por bóveda de cañón y con una sola puerta quizás de doble hoja, ya que una mención documental del año 1675 dice que ciertos vecinos de Pio se hallaban a las puertas de la hermita del señor San Pelayo.  Ese plural que aquí se emplea tal vez se refiriera a la doble hoja de la única puerta que se describe en el contrato de 1703.  

La puerta de la ermita poseía un arco de medio punto, que se retrata con la siguiente expresión: su puerte de medio cortezo. Nótese la metafonía asturleonesa en /puerte/ en lugar de /puerta/ y el uso metafórico del término /cortezu/, también asturleonés, para referirse a las dovelas que forman el arco, a modo de “corteza” de dicha puerta.  

La carencia de pórtico de la antigua ermita de San Pelayo se asemeja a lo que sucede en la de San Pedro de Orzales (Ribota) del siglo XV. En cambio, la de San Roque tenía pórtico y es posible que también lo tuviera la de San Julián. Tales pórticos eran atrios cubiertos, a estilo de la tierra, y se sustentaban en pilares de madera (como asimismo sucedía en la iglesia de Soto que se reconstruyó en 1642). En la ermita de San Julián también había sardo en el exterior.

Junto a todos estos elementos arquitectónicos, la ermita de San Pelayo tenía además un campanario para una única campana.

Como es tradición en la zona, los habitantes de Pio se encargaron del acarreto de piedra y madera para la nueva ermita: que los vecinos sean obligados a traerles el reparo, así de cantería, como de carpintería, a dicho lugar de Pio, en donde tienen acordado poner dicha hermita y que dichos acarretos que se hicieren se agan a sus espensas. En este caso, el propio vecindario costeaba la obra, pero cuando Domingo Piñán de Cueto Luengo construyó su palacio y su capilla señorial, también los vecinos de Oseja ayudaron en el acarreto de los materiales, según la costumbre que obligaba a la comunidad vecinal a ayudar a sus miembros en las tareas de construcción.  

El contrato de San Pelayo se establece con Juan de Noriega, maestro de carpintería y vecino del concejo asturiano de Ribadedeva, y con Antonio García Álvarez, maestro de cantería y vecino del concejo de Llanes.  Entre los testigos aparece otro cantero llanisco, llamado Pedro Ribero, que trabajaba con Antonio García. Dos meses más tarde, Antonio y Pedro se harán cargo del trabajo de cantería en la reparación de la ermita de San Roque. Los trabajos de San Pelayo costaron 1.100 reales y 200 maravedís de salario a los operarios. 

DOCUMENTO

1703, agosto, 19. Pio (Sajambre).  
Contrato de trabajo de los vecinos de Pio, reunidos a concejo y presididos por Pedro Fernández, alcalde de la Santa Hermandad, con Antonio García, maestro de cantería, vecino del concejo de Llanes, y con Juan de Noriega, perito de carpintería, vecino del concejo de Ribadedeva, para el traslado y la reconstrucción de la ermita de San Pelayo, estableciéndose las condiciones arquitectónicas que debía tener dicha ermita, el coste de la obra y los salarios. 
Oseja de Sajambre, Archivo de la Casa Piñán, Sección 1, caja 10, leg.1703, s.f.


En el lugar de Pio, concejo de Sajanbre, a diez y nuebe días del mes de agosto, de mil setecientos y tres años, parescieron presentes en tres partes, de la una el señor Pedro Fernández, alcalde de la Santa Hermandad por su magestad, Dios le guarde, Juan de la Puente, Pedro del Collado, Thoribio Mayón, Juan Gargallo, menor, Juan Gargallo, mayor, Pedro del Collado, mayor, Estébano del Collado, Pedro Hidalgo, Pedro y Juan Redondo, hermanos, Pedro Gargallo, Ysidro y Pedro Gargallo, hermanos, Silbestre González, Mathías y Josseph Redondo, hermanos, Pedro Mayón, Pedro Redondo Rojo, Domingo Redondo, Alexo Redondo, todos vecinos de dicho lugar, juntos en la parte y sitio acostunbrado, como lo tienen de costumbre de se juntar para azer y conferir las cosas de la utilidad de la república, a son de canpana tañida, de que yo escribano doi fe aberla oído. Y por los ausentes, güérfanos y viudas prestaron caución de racto, grato e manentte pacto de que estarán y pasan por lo contenido en esta escriptura, so espresa obligación que hicieron de sus personas y bienes, y de los propios y rentas de dicho lugar, mediante son la mayor y más sana parte de los vecinos de dicho lugar, de que yo, escribano, doi fee, y juntos de mancomún, con renunciación de leyes de la mancomunidad como en ellas se contiene.

Y dijeron que mediante se alla con disposición de mudar la hermita del glorioso San Pelayo del sittio donde se alla al dicho lugar de Pio por estar dicha hermita muy deteriorada, todos los referidos unánimes y conformes ajustaron la obra de dicha hermita, de cantería y carpintería, con Juan de Noriega y Anttonio García, maestros del mismo arte, que están presentes y vecinos que dijeron ser del concejo de Llanes dicho Anttonio García, perito de cantería y el dicho Juan de Noriega, de carpintería, del valle de Riba de Deba. Y se obligaron en la forma dicha de reparar dicha hermita // con la deçencia que se requiere, sin alterar ni ynovar según las capitulaciones siguientes.

Primeramente, que los vecinos sean obligados a traerles el reparo, así de cantería, como de carpintería a dicho lugar de Pio, en donde tienen acordado poner dicha hermita y que dichos acarretos que se hicieren se agan a sus espensas.

Y que dicha hermita no a de tener más edificio ni agricultura que la que al presente tiene, que es una bóbeda con los mismos buecos y maçizos, su puerte de medio cortezo y dicha ermita con su canpanario para una canpana con la decencia necesaria. Y el bueco de dicha capilla aya de ser el mismo que tiene, en donde está dicho santuario. Y si se renta la obra, así de un género como de otro, a de ser visto por entrambas partes por personas nonbradas de uno y otro arte, cuya cantidad fue mill cien reales el edificio de ella, la qual quedaron pagar para el dicho día los referidos, apercibirlo y cobrarlo y d(…) cobrará cada uno de dichos maestros a ducientos maravedís de salario, sin embargo de uno y otro quieren se agan las mismas delijencias que se renumeran. Y los dichos maestros se obligaron a lo que dicho es con poder de justicias y renunciación de leyes de su fabor y el dicho lugar la menoridas dél.

Siendo testigos: el licenciado Don Toribio Díaz Prieto, cura de los dichos lugares, y Pedro Ribero, maestro del mismo arte de cantería, vecinos que dijeron ser del concejo de Llanes, y Domingo García, vecino de dicho concejo. A los susodichos y otorgantes yo, escribano, doi fe conozco. Y lo firmaron los que supieron y por los que no, un testigo. Y en fe de ello lo firmé.

Antonio García Álbarez (rúbrica).
Antte mí, Agustín Piñán de Cueto Luengo (rúbrica).


jueves, 14 de junio de 2018

LOS CAMINOS HISTÓRICOS DE SAJAMBRE: PERIODIZACIÓN DE LAS OBRAS EN LA SENDA DEL ARCEDIANO


Gracias a las fuentes escritas que vamos reuniendo, cada vez podemos documentar mejor los caminos históricos que cruzaban Sajambre y la parte leonesa de lo que hoy es el Parque Nacional de Picos de Europa. En esta ocasión, vamos a centrarnos en una parte del antiguo Camino Real, que se conoce como Senda del Arcediano, por haber sido remodelada por el arcediano de la catedral de Oviedo, llamado Pedro Díaz de Oseja (c.1580-1665). 

No voy a referirme a la historia de dicho camino real, por haberlo hecho en otros lugares. Lo que voy a hacer ahora es una síntesis de lo que vamos sabiendo sobre el tramo mencionado.

PRIMERA ETAPA: ANTES DE 1642  


En su testamento del año 1665, don Pedro Díaz de Oseja manifestaba que él ya había gastado parte de su fortuna en arreglar los caminos principales que atravesaban su Sajambre natal. Los documentos conservados confirman estas palabras. Sabemos que las obras de lo que, con el tiempo, se habría de llamar Senda del Arcediano se habían iniciado antes del año 1642 y que, para entonces, se estaba trabajando en el término del concejo de Amieva (Asturias), junto a la majada de Saúgu.

En dicho lugar existió una venta desde el siglo XVI, pero en aquella fecha de 1642 el Arcediano costeaba la construcción de una hospedería para caminantes y la capilla anexa, dedicada a la Virgen María, que se documenta a partir de 1642 y que seguía existiendo a mediados del siglo XVIII. El albergue y la capilla ya estaban terminados a finales del mes de septiembre de 1642.

SEGUNDA ETAPA: 1643-1701  


Consta que en el año 1643 se estaba trabajando en el término de Soto de Sajambre y que la mano de obra era local. Es decir, que los vecinos de dicho lugar colaboraron en el empedrado y remodelación del camino real a su paso por dichas tierras. 

En los 58 años que mediaron entre 1643 y 1701 se avanzó en la obra comprendida entre los términos de Soto y los de Berrunde, ya en Oseja. Dicho de otra manera, se tardó 58 años en cubrir la distancia entre Beza/Soto y la Portilla de Berrunde.   

TERCERA ETAPA: 1701-1708  


En el año 1701, el Concejo de Sajambre contrata a un perito de cantería para trabajar en las pedreras de Berrunde, en concreto, para continuar la obra entre la Portilla de Berrunde y Los Trabanzos. Este perito de cantería era de Llanes (Asturias) y se llamaba Martín Sánchez del Toro. Los sajambriegos le pagaban 3’5 reales por cada braza al cuadrado (1). No puede calcularse que los sajambriegos tuvieran capacidad para costear un total de 82’85 brazas anuales, en base al presupuesto que poseían de 220 reales al año, ya que en esa financiación había que incluir también el coste del trabajo en el camino del Beyo, que se realizaba simultáneamente al del camino real. 

Del documento se deduce que este “perito” trabajaba con más gente, seguramente ayudantes y aprendices. Por documentos posteriores sabemos que la mano de obra no cualificada estuvo formada por vecinos del concejo de Sajambre, lo que confirma lo detectado en el documento de 1643.  Una vez terminado el trabajo de empedrado, este debía ser inspeccionado por «personas peritas del oficio o las que el concejo nombrare».   

El problema fue que los albaceas testamentarios del Arcediano, que fueron los canónigos de la catedral de Oviedo, se retrasaban en el libramiento de los 20 ducados de vellón anuales (220 reales) que estaban obligados a enviar a Sajambre para la obra de los caminos. En el mes de junio de 1708, la catedral de Oviedo debía a Sajambre 180 ducados, es decir, el equivalente a 9 años. La petición que el notario público del Número, Agustín Piñán de Cueto Luengo, traslada a los señores canónigos, en representación de los vecinos de Sajambre y que se ha conservado en el archivo de su familia, permite conocer la parte del camino en la que se estaba trabajando desde el año 1701: «desde la Portilla que llaman de Berrunde hasta el collado do dizen Los Trabanzos».   


CUARTA ETAPA: DESPUÉS DE 1708 


El 24 de junio de 1708 todavía no se había llegado a Los Trabanzos. Hacía ya 43 años que había muerto el Arcediano y más de 66 años desde que se habían iniciado los trabajos de remodelación del camino real.  Desde Los Trabanzos al Collado de Pontón quedaba todavía un buen trecho que, además, tenía bastante dificultad por la orografía y el desnivel que debía salvarse.

Además, hay que recordar que en el presupuesto disponible se debía incluir el trabajo en el camino del Beyo, lo que ralentizaba el avance de la obra en la Senda del Arcediano. No obstante, en el año 1708, el camino del Beyo estaba casi terminado, a falta tan solo de un puente.

Si a todo esto se suma que los canónigos de la catedral de Oviedo solían demorarse en los pagos, no sería nada arriesgado suponer que la obra caminera que estudiamos sufriera varios retrasos.  Por tanto, no nos extrañaría que lo que hoy se conoce como Senda del Arcediano tardara alrededor de un siglo (o más) en concluirse.

Por último, toda la obra que hoy se observa y se conserva a lo largo de este tramo, es decir, entre el Collado de Angón y el Collado de Pontón, data de esta remodelación descrita. Dado el estado actual de la investigación, no creo que pueda detectarse en la Senda del Arcediano nada anterior a la Edad Moderna. Del camino medieval no debe quedar nada y menos todavía si se llegara a confirmar la mayor antigüedad del mismo. Para buscar indicios materiales anteriores al siglo XVII, se debe investigar en tramos del Camino Real del Oriente diferentes al sajambriego. 


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NOTAS


(1) El documento dice claramente “braza”. Está editado en Elena E. Rodríguez Díaz, “La Senda del Arcediano y el camino del Beyo: nuevos documentos para su historia”, Boletín de Letras del Real Instituto de Estudios Asturianos, 175-176 (Oviedo, 2010), pp.95-116. También se habla del Camino Real en Elena E. Rodríguez Díaz, “Carreteros y arrieros de Sajambre. El intercambio de mercancías en la Montaña Oriental leonesa (ss. XVI-XVIII)”, Estudios Humanísticos. Historia, 14 (León, 2015), pp.39-71.

martes, 10 de abril de 2018

«CAPÍTULOS DE BUEN GOBIERNO» DE LA MERINDAD DE VALDEBURÓN (1823)


Cuando estaba a punto de cerrarse el Trienio Liberal (1820-1823) y no había terminado la intervención militar de los llamados Cien Mil Hijos de San Luis, que devolverían el poder a Fernando VII restaurando el Absolutismo, el merino mayor de Valdeburón, a la sazón Francisco Rodríguez, dictó varias órdenes tocantes a asuntos de justicia, entre las que se hallaba la condena de los principios constitucionales. Como se sabe, el 31 de agosto de 1823, los franceses, al mando del duque de Angulema, terminaron con la resistencia de los liberales en la batalla de Trocadero (Cádiz) dando inicio a la Década Ominosa (1823-1833).

En el mes de junio de 1823, el general Burcke, del contingente francés, pasó por la ciudad de León en dirección a Asturias y a Galicia (1). Consta que a mediados del mes julio, los concejos de la Merindad  ya habían abolido la Constitución de 1812, pues el día 16 de dicho mes el merino mayor promulgó una ordenanza (designada como «capítulos de buen gobierno») que se ha conservado en el Archivo de la Casa Piñán y que ahora editamos, en la que se anulan las libertades alcanzadas durante el Trienio Liberal.

Dicho documento trata también sobre la celebración de los concejos vecinales, algunas obligaciones concejiles y sobre el procedimiento administrativo en la práctica judicial. Su contenido ordenado es el siguiente:

En primer lugar, el merino ordena que cualquier recurso que se eleve a su persona (como juez en segunda instancia que era) tenía que ir redactado y presentado por abogado, algo que ya se había empezado a hacer en el siglo XVIII, pero que no todos cumplían.  

Se establece el mismo requisito para los juicios en primera instancia, ante los jueces ordinarios, al tiempo que se recuerda que tales asuntos debían escriturarse ante los notarios públicos de los concejos y no ante el fiel de fechos, capacitado legalmente para eso solo en el caso de no existir escribano público. Y así era en efecto, porque el fiel de fechos era el equivalente al actual secretario de ayuntamiento, cuya función era la de dar forma a los documentos municipales, pero no a los particulares o judiciales existiendo en la tierra notarios públicos. El escribano o notario público y el fiel de fechos son dos figuras diferentes que, a menudo, se confunden, pero cuyas competencias estaban claramente separadas en la normativa de la época. El merino insiste en la irregularidad que existía al recurrir al fiel de fechos y no al escribano público para redactar documentos judiciales. Las fuentes conservadas indican que esta práctica, que aquí se condena, solía ser frecuente.  

En el capítulo tercero se regulan varias cosas relativas a las obligaciones vecinales. Primero, se recuerda la necesidad de tener arreglados los caminos, fuentes y puentes en cada lugar. A continuación, se reglamenta el comportamiento que los miembros de los concejos vecinales debían guardar, sobre todo «con silencio, modestia y compostura, hablando cada uno por su orden, según vayan pidiendo la palabra, y no dos o más a un tiempo»; y se establece que tales reuniones no duren más de una hora, fijando penas monetarias y de cárcel para el vecino que se excediera y para el regidor que lo tolerase.

En cuarto lugar, se regula el comportamiento de los procuradores y de los «llamadores» o encargados de remitir las convocatorias.

En el quinto capítulo se ordena proporcionar copia de dicha ordenanza a todos los pueblos de cada uno de los concejos de la Merindad, obligando a las autoridades locales a asegurar su cumplimiento.

En sexto lugar, se ordena suprimir de todas las ordenanzas municipales los capítulos que tuvieran contenidos relacionados con el «extinguido sistema revolucionario». Una de las afectadas pudo ser la del concejo de Sajambre. Me refiero, en concreto, a las ordenanzas manuscritas que se conservan en el Archivo del Ayuntamiento, mal datadas tradicionalmente por tratarse de una copia simple del siglo XIX. La redacción de algunos de sus capítulos parecen reflejar lo que establece la Constitución de Cádiz.

Y, por último, se prohíbe cantar canciones políticas que causen alborotos o bullas, dejando claro que «si por desgracia todavía hubiese algunos perversos que de noche o de día, en público o secreto, tengan osadía de cantar Trágalas, Lariones y otras canciones semejantes, sean inmediatamente presos con todo rigor».

El ya citado José García de la Foz alude en 1867 a los frecuentes disturbios que existieron en los pueblos de la provincia de León, al igual que en el resto de España, a causa de los cantos del Trágala, a los que «sucedieron los de la Pitita, y las purificaciones y las venganzas personales» (2).  

De todas estas canciones «patrióticas» que enardecían a los seguidores de una u otra causa, la más conocida es la del Trágala que, con diferentes versiones, se cantó también durante la Guerra Civil de 1936-1939. Y la menos conocida fue la de los Lariones, cuyo estribillo festejaba una España sin reyes y sin súbditos: «Lairón, lairón, muera todo Borbón».

Para el Trágala, compuesto en 1820, y la Pitita de 1823 recomiendo la versión de Joaquín Díaz, contenidas ambas en el disco titulado Canciones de la Guerra de la Independencia (ns. 15 y 16). 

A continuación, editamos el documento guardado en el Archivo de la Casa Piñán. 

1823, julio, 16. Burón. 
Ordenanzas promulgadas por Francisco Rodríguez, merino mayor de la Merindad de Valdeburón, y dirigidas a los cinco concejos de su distrito, tras abolirse en la tierra la Constitución de 1812 y las libertades alcanzadas durante el período de 1820-1823.
   A. Oseja de Sajambre, Archivo de la Casa Piñán.
 
[Encabezamiento:] Capítulos de buen gobierno del señor merino.

Don Francisco Rodríguez, Merino Justicia Maior de esta Real Merindad de Valdeburón por el rey nuestro señor, que Dios guarde.

Por el presente y su tenor mando a las justicias ordinarias, rexidores generales, concejiles, oficiales públicos, vecinos y moradores de los cinco concejos que componen esta dicha real merindad, que durante el presente año guarden, obserben, hagan guardar y cumplir los capítulos de buen gobierno siguientes:  

Que no siendo por asumptos de cortés importancia, no se admita recurso alguno en esta superioridad sin que venga formado de letrado y con poder a vecino de esta villa si se sigue la causa a segundas diligencias.

Que esto mismo se obserbe y execute en los juzgados de  ordinarios respecto de toda petición y demanda sin que ningún juez pueda actuar con fiel de fechos, aviendo escribano dentro de la jurisdicción, y no aviéndole se valga precisamente de fiel de fechos de conocida suficiençia, mas no de qualquiera con conocido perjuiçio de los litigantes suele subceder resultando informalidades que imbalidan el progreso de las causas lo que obserben los jueces inferiores, pena de veinte ducados y de toda responsabilidad por qualquier omisión que en esto se adbierta.

Que los mismos sean vigilantes y celosos en hacer que los caminos, puentes y fuentes de sus distritos estén bien repasados y compuestos. Y que en los concejos de los pueblos y juntas de sus respectibas jurisdicciones se guarde el maior silencio, modestia y compostura, hablando cada uno por su orden, según vaian pidiendo la palabra, y no dos o más a un tiempo, sin que concejo ninguno pueda durar de una hora arriba, pena de mil maravedís por cada contrabenidor, así juez o rexidor concejil que lo tolere, como al vecino que se exceda, además de un día de cárcel, de donde no saldrá sin que primero pague la multa.

Que los procuradores generales quando sean llamados concurran puntualmente a la hora señalada, pena de dos mil // (f.2r) marabedís. Y en la misma incurran los llamadores que se descuiden en embiar a tiempo las combocatorias.

Que de estos capítulos se pase un inserto a cada concejo por medio de los procuradores para que en sus respectibos ayuntamientos se saquen tantas copias quantos sean los pueblos del distrito, embiando cada juez testimonio de averse fijado en todos y encargando a las justicias su mayor cumplimiento y obediencia.

Que en todo lo que las ordenanzas municipales de los pueblos de esta Merindad no tengan roce, conexión, ni relación con el extinguido sixtema rebolucionario, se guarden, cumplan y executen puntualmente, tildando y borrando primero los indicados capítulos que tengan afinidad o apoyo en el proscrito régimen llamado Constitucional, bajo las penas que en cada artículo comprenda.

Que no se canten canciones, ni se causen alvorotos y bullas, especialmente de noche por las calles. Y si por desgracia todavía ubiese algunos perbersos que de noche o de día, en público o secreto, tengan osadía de cantar Trágalas, Lariones y otras canciones semejantes, sean inmediatamente presos con todo rigor, formándoseles la competente causa y dando parte para acordar probidencias, pena al juez ordinario o concejil que fuese omiso de cinquenta ducados y demás que haya lugar en justicia.

En cuia consecuencia, mando expedir el presente.

Dado en la villa de Burón, a diez y seis de julio de mil ochocientos veinte y tres.

Por ausencia del señor merino, como teniente Thorivio Álvarez Sánchez (rúbrica).
Por su mandado, Juan Bautista Gómez de Caso (rúbrica).

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NOTAS
(1) y (2) José García de la Foz, Crónica de la provincia de León, Rubio y Compañía, Madrid, 1867, vol. de su Crónica general de España [Ed. Valladolid, Editorial Maxtor, 2002] p.82.