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sábado, 31 de enero de 2026

LA CASA DE LOS DÍAZ-CANEJA EN EL BARRIO DE QUINTANA DE OSEJA: Una disputa familiar de 1847



Presento primero el documento que voy a analizar para extenderme a continuación. Se trata de una carta del obispo Díaz-Caneja, en la que se expresa en términos muy duros sobre una de sus cuñadas y sus sobrinos, amenazándolos con desheredarlos a todos. 


Carta de Ignacio Díaz-Caneja y Sosa a Juan Piñán de Cueto Luengo sobre la disputa que había entre su cuñada, Vicenta Piñán, y sus sobrinos por el testamento de su hermano, José Díaz-Caneja y Sosa.

 A.     Oseja de Sajambre, Archivo de la Familia Piñán, Correspondencia. Doble cuartilla de papel.

 

Oviedo, 15 de septiembre de 1847

 Amigo Juan: 

Recibo una carta escrita por ti en nombre de nuestra hermana y si te he de confesar la verdad, sobre serme terrible la muerte del hermano, me afecta la desunión y poca armonía de sus hijos y madre en sus asuntos de interés. Sé que alguno quiere anular el testamento, otros que no valga el 5º mandado en el mismo y todos temiendo las mejoras que su madre podrá hacer a favor de alguno de ellos. Yo deseando la unión de la madre con los hijos y el honor de todos, te confieso que me ha sido muy terrible la especie de que algunos de ellos quiere(n) anular el testamento de su padre, con el fin de anular la manda hecha a otro hermano por empeño de su madre. Para unirles en // (1v) este punto hazles saber que mi deseo es el que se observe dicho testamento, cediendo la casa a José que su padre le mandó. Y si esto no cabe en la 5º, el esceso (sic) lo pagaré yo para repartirse entre sus hermanos.  

Por lo que hace a nuestra hermana, nunca he tenido intención de defraudarla, sino de reducirla a razón. Yo querría que no hubiera división y anúnciales para que se aprovechan de ellos por los días de su vida si los necesitase más que para tranquilidad de sus hijos se obligan a no mejorar a ninguno de ellos y dejades el residuo de ellos para que los repartiesen entre sí a partes iguales como verdaderos hermanos, y de este modo viviesen tranquilos, y ella asegurase así su conciencia, porque estas mejoras siempre son contrarias al amor que // (2r) los padres deben tener a todos sus hijos, hablando generalmente. Y si se empeñase no obstante en hacer alguna mejora, bienes propios tiene de su legítima. De esta manera queda todo el caudal a su disposición, los hijos dan pruebas de que aprecian a su madre y la madre de que ama igualmente a todos sus hijos.  

Hazles saber a todos este mi pensamiento, y que, si alguno se opusiere a él, ninguno de mis sobrinos cuente conmigo para cosa alguna hasta tanto que no sepa que se ha compuesto todo en paz.  

Que Vicenta tenga esta carta por suya, pues que para ella la escribo, la que debe suponer que, si la viese en alguna necesidad, la preferiría al socorro de otras. Da la explicación y manda a tu amigo y beso tu mano, Ygnacio Díaz Caneja (rúbrica).  

Espero me avises con prontitud del resultado. 

*

 El que cuatro meses más tarde sería nombrado obispo de Oviedo habla en esta carta sobre las disputas familiares que se produjeron tras la muerte de su hermano, José Díaz-Caneja y Sosa. Aunque no se le nombra en ningún momento, la misiva va destinada a Juan Piñán de Cueto Luengo, hermano de Vicenta Piñán, quien a su vez se había casado con José Díaz-Caneja y Sosa. No hay duda de esta atribución, ya que al final de su escrito, Ignacio Díaz-Caneja dice: «Que Vicenta tenga esta carta por suya, pues que para ella la escribo».   

De manera que la que se identifica al inicio de la carta como «nuestra hermana» es Vicenta Piñán de Cueto Luengo (1) y la expresión «sobre serme terrible la muerte del hermano» se refiere a José Díaz-Caneja y Sosa Martino y Tovar. 

En el testamento de José, este dejaba la casa familiar del barrio de Quintana íntegramente a su hijo José Díaz-Caneja Piñán, aunque la madre quería favorecer a otro de los hermanos que no se nombra y estaba sembrando discordia entre todos sus hijos para conseguir lo que quería. No sabemos si a quien deseaba favorecer era a Tomás, el único varón aparte de José, o alguna de las hijas. Ignacio Díaz-Caneja se manifiesta totalmente en contra de la madre y les conmina a todos a cumplir el testamento del padre.  

PERSONAJES AQUÍ REFERIDOS 

JUAN PIÑÁN DE CUETO LUENGO Y RODRÍGUEZ DE COSGAYA 

Juan Piñán, a quien se dirige la carta, fue el tercero de este nombre entre los documentados conservados. Se registra en 1813, 1835, 1837, 1840, 1847 y 1851 en el archivo de la Familia Piñán. Debió ser el padre de Juan Bautista y Bernarda Piñán. Hermano de Vicenta Piñán y concuñado de Ignacio Díaz-Caneja.

 VICENTA PIÑÁN DE CUETO LUENGO Y RODRÍGUEZ DE COSGAYA 

Fue hija de María Magdalena Rodríguez de Cosgaya y de Alejandro Piñán (II) de Cueto Luengo y Fernández del Campillo. Este Alejandro fue tataranieto de Gonzalo Piñán de Cueto Luengo, el escribano público, y cuarto nieto de Marcos Piñán, vecino de Soto. Vicenta fue hermana de Froilán Agustín (párroco del Burgo Ranero), Juan (el anterior), Alejandro (militar, residente en León) y Ana María.  

María Magdalena fue pariente y heredera directa de Alejandro Rodríguez de Cosgaya (1697-1768), natural de Espinama, que emigró a México, donde hizo fortuna y fundó una obra pía de estudiantes en su localidad natal. Creo que los eruditos lebaniegos que han estudiado a este último personaje no conocen los documentos conservados en el Archivo Piñán.   

Vicenta Piñán de Cueto Luengo está documentada también en 1813, 1821 y 1856, cuando se registra su fallecimiento en el año 1855, en casa de su hija Ana María y de su yerno Víctor Acevedo. 

Vicenta casó con José Díaz de la Caneja y Sosa. Hijos conocidos fueron José, María, Tomás, Juana y Antonia Díaz-Caneja, por este orden.  

JOSÉ DÍAZ DE LA CANEJA Y SOSA MARTINO Y TOVAR 

Hermano de Ignacio y Joaquín Díaz de la Caneja, que se convierte en Díaz-Caneja a partir de ellos. El apellido «Díaz de la Caneja» empezó a usarse como compuesto desde los hijos de Tomás Díez/Díaz de la Caneja (primero del nombre) en el último cuarto del siglo XVII, pero el Díaz-Caneja actual no es anterior al siglo XIX.  Se casó con Vicenta Piñán de Cueto Luengo y fue padre de José, María, Tomás, Juana y Antonia Díaz-Caneja.   

JOSÉ DÍAZ-CANEJA Y PIÑÁN DE CUETO LUENGO 

Hijo primogénito de José Díaz-Caneja y Sosa y de Vicenta Piñán de Cueto Luengo. Sobrino carnal de Ignacio y Joaquín Díaz-Caneja y Sosa. 

Todos los Piñán sajambriegos pierden el apéndice toponímico «de Cueto Luengo» en el siglo XIX, quedando este personaje llamado simplemente José Díaz-Caneja Piñán. La conjunción copulativa que unía los apellidos paterno y materno entre los nobles titulados y los hidalgos de todo el Occidente peninsular empieza a desaparecer también en el siglo XIX.   

José Díaz-Caneja Piñán desempeñó varios oficios públicos, como regidor de Oseja en 1828 (hoy equivaldría al presidente de la junta vecinal de dicho pueblo) y en 1856 aparece como «alcalde del ayuntamiento constitucional» de Sajambre en el Bienio Progresista. 

Su padre, José Díaz-Caneja y Sosa, muerto en el mes de septiembre de 1847, dejó a su hijo José la casa familiar en su testamento. Dice el obispo en su carta: «hazles saber que mi deseo es el que se observe dicho testamento, cediendo la casa a José que su padre le mandó». Esto fue motivo de conflicto entre la madre y los restantes hermanos, pues esta (Vicenta Piñán) quería favorecer a otro de sus hijos, alguno quería invalidar el testamento del padre y todos desconfiaban de las maniobras de la madre: «Sé que alguno quiere anular el testamento, otros que no valga el 5º mandado en el mismo y todos temiendo las mejoras que su madre podrá hacer a favor de alguno de ellos». 

No queda claro a quién quería favorecer la madre. Ignacio no da nombres. Pero es evidente que la principal causante de las disputas fue Vicenta Piñán. Las duras palabras del obispo sobre las desigualdades causadas por la madre y la amenaza última a todos sus sobrinos si no acataban el testamento de su padre, no dejan lugar a dudas.   

LA CASA OBJETO DEL LITIGIO 

La casa familiar que José Díaz-Caneja y Sosa dejó a su hijo homónimo era la del barrio de Quintana o una parte de ella, porque no sabemos si se dividió entre los restantes hermanos. Lo que sabemos por los documentos conservados es que en Sajambre quedaron José y Manuel, que Tomás desapareció en la Guerra de la Independencia, que Juan fue cura en Castilfalé, que Pelayo se fue de Sajambre con su hermano el cura, que Ignacio y Joaquín también se fueron de Sajambre, que Rosa murió joven y que María tuvo tres hijos: Julián, Agustín y María, quienes ya no portaban el Díaz-Caneja como primer apellido. 

Esta casa había llegado a poder de los Díaz-Caneja en la segunda mitad del siglo XVII y con anterioridad había pertenecido a Juan Alonso de la Mata. Todavía en una delimitación de propiedades de 1814, dicha casa lindaba con la ería de Palacio, tal y como se describe constantemente en los documentos de los siglos XVII y XVIII.   

Según los registros conservados, el primogénito de cada generación solía heredar la casa familiar de Quintana, o el grueso de ella, desde el matrimonio de Tomás Díaz de la Caneja con María Alonso, quienes tuvieron cinco hijos: el primogénito Juan (bisabuelo de Ignacio y Joaquín), Tomás, Manuel, María y Catalina (casada con Juan de Granda). El 22 de enero de 1675, Juan era el tutor de sus hermanos menores de edad Tomás y María. El padre fue el escribano del número y de ayuntamiento (equivalente al actual secretario de ayuntamiento) que se hizo llamar Tomás Díez/Díaz de Oseja cuando cambió su residencia de Ribota a Oseja a causa de su matrimonio. Sin embargo, en todos los documentos familiares (algunos autógrafos) se registra siempre como Díez/Díaz de la Caneja (2). Y hay unos cuantos documentos porque, entre otras cosas, hubo pleito entre los hermanos a la muerte de uno de ellos que había sido cura (3). Este primer Tomás fue el tercer hijo varón de Sancho Díaz de Ribota y Juliana de la Caneja, fundadores del linaje. Como se recordará, Sancho Díaz de Ribota también fue escribano público. De hecho, esta fue la escribanía más antigua del concejo, como a menudo recuerda el propio Tomás en sus documentos y algunos de sus descendientes del mismo oficio hasta el siglo XVIII inclusive. 

Propiamente, la casa de Quintana fue la de la mujer del primer Tomás, María Alonso, que había heredado de su padre Juan Alonso de la Mata. En el inventario de 21 de enero de 1675 de esta María Alonso, que murió cuando ya era viuda del escribano Tomás, se lee cómo la casa lindaba con la ería de Palacio, que es uno de los límites de la casa de los Díaz-Caneja que se repite hasta el siglo XIX inclusive. En el siglo XVII lindaba también con casa de Pedro de la Mata, bautizado Pedro Alonso de la Mata. Su inventario la describe genéricamente de la siguiente manera: «Primeramente ynventariaron la cassa de la continua morada en que vivía la susodicha, de piedra, madera y texa, con sus altos y vaxos, antoxanos y servidunbres, según linda con la hería de Palacio y casa de Pedro de la Mata, vecino de dicho lugar» (4).  Sabemos que Tomás (I) Díaz de la Caneja adquirió muchas propiedades durante su ejercicio como escribano público y quizás ampliara la vivienda original que transmitió después a su hijo mayor. Además, cabe pensar que el Tomás que llegó a ser merino mayor de Valdeburón en el siglo XVIII también hiciera mejoras con el enriquecimiento que implicaba el desempeño de dicho cargo. 

La casa está documentada y descrita en los documentos de los siglos XVII y XVIII. Uno de los primeros, aparte del inventario anterior, es la partición de herencia de los hijos del primer Tomás Díaz de la Caneja, fechada el 22 de enero de 1675, que se divide «en cuartas partes» para cuatro hermanos, porque el quinto hermano, llamado Tomás, había sido condenado y desterrado de Sajambre por asesinato. En lo relativo a la casa principal, el padre había favorecido al primogénito en su testamento: «la quarta parte de la cassa de la continua morada en que vivían dichos difuntos, sacada la manda que hizo dicho Tomás Díez a Juan Díez, su hixo» (5). 

En el inventario post mortem de este Juan Díez/Díaz de la Caneja, bisabuelo de Ignacio y Joaquín, fechado en el año 1711, el edificio de la vivienda se describe así: «la cassa en que bibía dicho difunto que se compone de rezibimiento, cozina, aposentos, bodega, bajo portal, caballeriza y pajar, que linda de un lado con cassa de Lorenzo Alonsso de la Mata y de otro lado con la hería de Palacio». Poseía también dos hórreos, dos huertos pegados a la casa de los Alonso y otra casa más en el mismo lugar que lindaba con los herederos de Juan y Pedro de Vega. Nada se dice de los establos para el ganado que también debía poseer, pues contaba con 25 cabezas de ganado mayor, 34 de ganado menudo, 4 caballos y dos cerdos. 

            Debe aclararse que, en esta época, apenas se describen “aposentos” (en plural) en las casas sajambriegas que, sin embargo, no faltaban en la de los Piñán de Cueto Luengo, en las de los curas locales y pocas más. Pero también se habla de un «bajo portal», algo que no se incluía en los inventarios de bienes sajambriegos, salvo que hubiera construcciones en ellos, como gallineros. El hecho de que se haya contemplado aquí quiere decir que era digno de destacarse y de incluirlo en un inventario de propiedades, seguramente por su tamaño. De otro lado, la caballeriza de la casa no era para guardar el ganado, sino para «quatro caballos aparejados para pan y bino».  El Catastro de Ensenada de 1752 aclara el número de aposentos de la casa de Tomás Díaz de la Caneja (padre de Ignacio y Joaquín): «Tiene una casa en que biue que se compone de portal, vodega y caballeriza por lo baxo y cozina por lo alto, tiene otros dos quartos. Tiene de largo quarenta y cinco pies, y de fondo treinta, y nuebe de alto» y seguía lindando con la ería del Palacio y calles del concejo. Una advertencia sobre esta fuente: al contrastar la información contenida en el Catastro de Ensenada con la de los documentos notariales se observa cómo todos los vecinos de Sajambre mintieron todo lo que pudieron a los oficiales reales. Al fin y al cabo, eran conscientes de que se estaban registrando sus propiedades para luego cobrarles impuestos.  

En el archivo de la familia Piñán hay también una partición de bienes de los hijos de José Díaz-Caneja y Sosa y Vicenta Piñán fechada el 13 de febrero de 1856, unos meses antes del fallecimiento del obispo Ignacio Díaz-Caneja, que murió en noviembre de ese mismo año. En ella, todos los hermanos, menos José, se repartieron huertos, tierras, prados y «la mitad de La Casica que se halla al frente de la casa de Don Juan Piñán», que había pertenecido a la madre, Vicenta Piñán. La casa familiar del barrio de Quintana no se incluye. José preside dicha partición, pero no interviene en ella. En los deslindes de las propiedades se ve que José ya tenía su parte y que «la casa de esta herencia», a la que se alude en algún pasaje, seguía lindando con El Palacio. Esto en 1856.  

De otro lado, la amenaza del obispo en 1847 de desheredar a sus sobrinos si no respetaban el testamento de su hermano José, en el que se entregaba la casa al hijo del mismo nombre, no se cumplió, pues todos los parientes del obispo se beneficiaron de sus bienes. Por lo que finalmente se acató el testamento de José Díaz-Caneja y Sosa, como asimismo demuestra la partida de 1856.  

El lugar en el que se levantaba la casa original de los Díaz-Caneja con sus propiedades adyacentes (hórreos, huertos) está ocupado hoy por edificaciones de diferentes propietarios que no son anteriores a 1900 y, en cualquier caso, tampoco son anteriores a 1856.  En todo este conjunto de viviendas y construcciones agropecuarias únicamente parecen antiguas las molduras cultas del dintel de la puerta de lo que llegó a la segunda mitad del siglo XX como establo, situado en el interior del corral que hoy pertenece a la familia Mendoza, y que podrían haber formado parte, quizás, de una edificación del siglo XVII o XVIII por su semejanza con las molduras del dintel de la puerta de la Casa Piñán, siendo mucho más modestas las de Quintana. Dicho establo perteneció a la herencia de Francisca Díaz-Caneja (mi bisabuela). 

Pero las dos casas que están en el mismo corral tampoco son la casa original de los Díaz-Caneja, como no lo es la casa que perteneció a Pedro Díaz-Caneja (padre de Pepe Caneja). Las dos casas en un mismo corral pertenecieron a dos hermanos: Francisca Díaz-Caneja (casada con Ramón Díaz Piñán, secretario del ayuntamiento) y Ramiro Díaz-Caneja (casado con Jesusa Piñán). Ambos también fueron hermanos de Pedro Díaz-Caneja (casado con Francisca, conocida como la tía Quica, padre de Pepe Caneja y abuelo de Tomás Díaz-Caneja, conocido en el lugar como Tomasín). Hermanos de Francisca, Ramiro y Pedro fueron asimismo Fernando, Domingo, Julia y Juan.  Estos siete hermanos fueron hijos de Pedro Díaz-Caneja y María Acevedo.  

La casa antigua, donde nacieron los hermanos Díaz-Caneja y Sosa en 1769 (Ignacio) y en 1777 (Joaquín), fue muy diferente a la casa de Pedro Díaz-Caneja, a la de Ramiro Díaz-Caneja o a la de Francisca Díaz-Caneja.  En realidad, el lugar que ocuparon la casa, los hórreos y los huertos de los Díaz-Caneja está hoy completamente desfigurado con respecto al siglo XVIII. 

¿SIGUE EXISTIENDO LA CASA EN LA QUE NACIERON IGNACIO Y JOAQUÍN DÍAZ-CANEJA Y SOSA?  

La casa en la que nacieron estos próceres sajambriegos en el barrio de Quintana, de Oseja, limitaba con el camino del Ribero y con las tierras de El Palacio, tenía vivienda con una portalada grande, dos hórreos, una caballeriza, un pajar y dos huertos. Un detalle más: durante toda la Edad Moderna, en las casas hidalgas y acomodadas de Sajambre se utilizó un elemento arquitectónico de estatus que fue el arco de medio punto. Considerando el poder que los Díaz-Caneja ya tenían en el siglo XVIII, me extraña muchísimo que su casona no tuviera algún arco.  

Frente a la zona que describo quedan unas ruinas con restos de arco o, al menos, creo que llegué a verlas hace no mucho. Esa propiedad limita, como dicen los documentos de 1700, con la tierra de la rectoría o con la Huerta del Cimploño, que es lo mismo, y está claramente identificada en los documentos del siglo XVIII. Perteneció a otra rama de los Díaz de la Caneja: los descendientes de Manuel, hijo del primer Tomás y hermano de Juan Díaz de la Caneja, que tuvo un hijo llamado Damián Díaz de la Caneja, que fue quien heredó la casa que limitaba con El Cimploño.  

La casa original del primer Tomás y de su hijo, Juan Díaz de la Caneja, se fue dividiendo por la transmisión hereditaria. Los hórreos y los huertos desaparecieron porque sus emplazamientos se fueron urbanizando. Las casas viejas se demolieron y se construyeron otras más modernas. El corral que hoy existe no es antiguo. Ninguna de estas viviendas tiene la cocina por lo alto, como se describe en el siglo XVIII, ni tampoco la prolongación del tejado hacia la fachada principal formando una amplia portalada o porche, ni sus lindes coinciden con lo que indica el conjunto de la documentación histórica.  

En resumen, la respuesta a la pregunta que da título a este epígrafe es negativa: la casa natal de los célebres hermanos Díaz-Caneja y Sosa ya no existe y no corresponde a ninguna vivienda actual.   

Lo que quedó en Quintana no es la casa en la que nacieron Ignacio, Joaquín y sus hermanos y hermanas, sino el espacio en el que dicha casa se localizaba, que hoy está ocupado por construcciones posteriores que corresponden, cada una, solo a una parte de dicho espacio, que se repartió entre distintos miembros del linaje Díaz-Caneja.   

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 NOTAS  

(1) Me pregunto si Vicenta Piñán no sería analfabeta o, en caso de haber recibido alguna instrucción, que no escribiera bien, porque es el hermano el que toma la pluma por ella para escribir a Ignacio Díaz-Caneja, como se dice en las primeras líneas.  

(2) De hecho, en los documentos de 1675, todos estos personajes aparecen nombrados como Díez, no como Díaz. Sobre el uso indistinto de las formas Díez y Díaz en Sajambre durante los siglos XVI, XVII y XVIII, ver Elena E. Rodríguez Díaz, “El proceso de imposición de modelos lingüísticos en la Edad Moderna: el caso del patronímico Díaz/Díez en Sayambre”, Lletres asturianes. Boletín de l’Academia de la Llingua Asturiana, 113 (2015), pp. 45-63.  

(3) Elena E. Rodríguez Díaz, Catálogo de documentos notariales del concejo de Sajambre (1659-1694), Sevilla, 2024, núms. 96-105, 110, 119-120 y pp. 52-55, 57, 60.  

(4) Elena E. Rodríguez Díaz, Catálogo de documentos notariales del concejo de Sajambre (1659-1694), Sevilla, 2024, núm. 422, p. 163.  

(5) Elena E. Rodríguez Díaz, Catálogo de documentos notariales del concejo de Sajambre (1659-1694), Sevilla, 2024, núm. 402, pp. 156-157.  

domingo, 10 de agosto de 2025

FUNDACIÓN DE LA ERMITA DE SAN ROQUE DE OSEJA EN 1598-1599

El viernes 14 de septiembre de 2018 publiqué en este mismo blog el artículo titulado Más datos sobre la ermita de San Roque de Oseja de Sajambre (siglo XVI), en el que concluí lo siguiente:

 1º) Que la ermita no podía ser anterior a la primera mitad del siglo XVI, momento de la difusión del culto a San Roque por el norte peninsular.

2º) Que tenía que haberse construido en una de las epidemias de peste bubónica de dicho periodo, bien en la de 1582-83 o en la más mortífera que fue la que llegó por barco desde Flandes al puerto de Santander el 5 de noviembre de 1596, extendiéndose rápidamente por toda España desde la costa hacia el interior y desde el norte hacia el sur, sin que la mortandad empezara a disminuir hasta el año 1602.

3º) Que en el cercano pueblo de Las Rozas, de Cangas de Onís, se construyó una ermita dedicada a San Roque en 1599, en plena epidemia.

4º) Que en un Libro de Difuntos de Prioro, escrito entre 1597 y 1598, se describían las muchas muertes que estaba causando la peste en pleno mes de agosto de 1598, por lo que en dicho año el concejo de Sajambre ya estaba inmerso en el contagio.

5º) Que los documentos conservados en la Casa de la Familia Piñán indican que la ermita de San Roque de Oseja ya existía en los últimos años del siglo XVI, en concreto, entre después del mes de mayo de 1598 y 1600.

Pues bien, en una extensa carta autógrafa que el arcediano, Pedro Díaz de Oseja, escribió desde Roma el 4 de junio de 1622, editada en el año 2015, añadió como posdata lo siguiente: Anuncio un jubileo para señor San Roque. Si lo anuncia a mitad de 1622, hay que suponer que el año jubilar se celebraría a lo largo de 1623.

Pero, ¿por qué decidiría el papa Gregorio XV establecer un jubileo dedicado precisamente a San Roque? ¿Quizás para conmemorar la extensión del culto a este santo en España durante la epidemia finisecular, en la que tantas ermitas debieron construirse como apotropía contra la peste bubónica?  

Como se sabe, los jubileos ordinarios solían celebrarse cada 25 años. Si a 1622, que es cuando escribe el arcediano, se le restan 25 años, la fecha resultante es la de 1597, cuando ya moría gente en Laredo, Castro Urdiales y Ribadesella. Y si el jubileo se celebró a lo largo del año 1623, como se deduce de la misiva del arcediano, entonces el resultado es el año 1598, justo cuando la peste asolaba Prioro y la montaña oriental leonesa.

Este jubileo y el eco que de él hizo el arcediano en relación al San Roque sajambriego, sirve de fundamento sólido para vincular la fundación y construcción de la primitiva ermita de San Roque de Oseja con la llamada Peste Atlántica ya sin ninguna duda.

Por consiguiente, la erección de la primera ermita dedicada a San Roque, en Oseja de Sajambre, tuvo que suceder entre los meses de junio y diciembre de 1598 o en 1599, porque ya existía con total seguridad a inicios de 1600.

El Parque Nacional de Picos de Europa puede añadir los años 1598-1599 a los carteles que existen en el lugar de San Roque, como fecha de origen de la ermita, sin miedo a equivocarse.  De esto hace ahora 426 o 427 años. 


jueves, 19 de junio de 2025

COCINAS DE POBRES, COCINAS DE RICOS EN SAJAMBRE DURANTE LOS SIGLOS XVII Y XVIII (2): CONSUMO, CONFORT Y URBANIDAD EN UNA COMUNIDAD RURAL DE MONTAÑA

Ningún siglo es igual a otro. El continuismo rural es un mito producto del desconocimiento histórico. Solo hace falta pensar en cómo se vivía en Sajambre en la década de 1920 y cómo se vive ahora. Las diferencias son grandes para lo bueno y para lo malo, y así sucedió en todos los siglos. 

En el artículo anterior describí lo que dicen los documentos sobre las formas de vida de los sajambriegos en el siglo XVII, a través de los objetos domésticos y de consumo en las cocinas, que es el espacio habitado mejor descrito en los inventarios de bienes sajambriegos. El menaje resultó ser muy escaso en todas las viviendas y con una alta desigualdad entre los más ricos y todos los demás. No había categorías intermedias. Ese nivel básico generalizado no siempre fue sinónimo de pobreza, sino de ausencia total de elementos superfluos y suntuosos, o sea, de una inexistencia absoluta de objetos no necesarios, a los que nos tiene acostumbrados el consumismo moderno. Se vivía de una manera muy distinta a la actual, porque la mayoría de la gente no valoraba los objetos que no fueran imprescindibles para el trabajo o para la vida cotidiana. En las casas tenían lo que necesitaban y nada más. El valor se lo daban a las tierras, a los prados y a los animales. Por otra parte, tampoco hay que olvidar que el siglo XVII fue una época de crisis generalizada en toda España, por lo que las dificultades que pudieron tener los sajambriegos en esa época se agudizaron por la mala situación del reino. 

Pero pese a que el siglo XVII terminó con las secuelas de la gran crisis económica y el XVIII se inició con la Guerra de Sucesión (1701-1713), que diezmó demográficamente el valle y obligó a muchos sajambriegos a emigrar, pese a estas circunstancias adversas, se observa un paulatino cambio de mentalidad a partir de 1695 aproximadamente.  

Vimos cómo antes de esta fecha solo los ricos usaban manteles en las mesas para comer y solo ellos se servían de cubiertos para lo mismo. Los demás carecían de tales niveles de urbanidad y comían con las manos, con la escudilla de madera o ayudándose con el pan. Esta realidad seguirá existiendo y la escudilla para beber siguió usándose durante mucho tiempo. Tan extendida estaba esta costumbre, que los más pudientes las compraban de loza de Talavera, como el cura de Oseja y Soto en 1720, en cuyo documento se especifica el uso que se le daba: “una escodilla de Talavera con que se bebe” .  No hay vasos, ni copas en la vida cotidiana de la generalidad del valle. Solo en unas pocas viviendas que vuelven a concidir con los más acomodados: los clérigos y los Piñán de Cueto Luengo. No se utilizan en los hogares de la mayoría, salvo "la copa del concejo", de plata y con una función ritual y protocolaria, que aparece ocasionalmente guardada en casa de algún vecino. 

Sin embargo, a partir de 1695 se detecta una realidad cambiante, más parecida a lo que se lee en los documentos del siglo XVIII. Las innovaciones entran lentamente, ahora a través de los grupos medios de la sociedad rural formados por algunos que llegaron a alcanzar mejor situación, gracias a la práctica diversificada y combinada de las actividades agropecuarias y comerciales, estas últimas a través de la carretería y de la arriería. El cambio empieza a detectarse, incluso, en algún hogar más modesto. En cualquier caso, se sigue observando cómo otras modernidades penetran en el valle asimismo de mano de las élites locales. 

El porcentaje de uso de menaje variado en el siglo XVII, con algunas piezas más aparte de las estrictamente necesarias, era del 8’5%. Este mismo porcentaje en el siglo XVIII asciende al 27’6% de los casos. Con menaje variado no me refiero a un único caldero para el llar, sino a varios y de diferentes tamaños; cazos de distintos materiales, de hierro, de latón y de aleaciones como el peltre, con plomo y estaño; ollas metálicas y de barro; caballetes con mayor frecuencia para asar; herradas para transportar agua, así como más de una mesa o de un escaño. Cuando hay dos escaños en buen estado, uno suele colocarse cerca de la cama. 

También se documenta un número mayor de arcas porque hay más cosas que guardar, a veces entre tres y cinco, como las cinco que poseían los Díaz de la Caneja en su casa solariega de Oseja. En otras estancias de la vivienda aparecen también bancos de respaldo, escritorios y bufetes con cajones, ya no solo en casa de los Piñán de Cueto Luengo, donde había escribanos públicos, o de los Díaz de la Caneja, donde también había escribanos, sino, por ejemplo, en la casa de los Martino, de Soto. Son pequeñas diferencias que se extienden muy despacio, pero que hacen su aparición en el siglo XVIII. 

Al porcentaje anterior le sigue el 21’2% de hogares que ahora tienen manteles y servilletas en las mesas para comer, frente al mismo 8’5% del período anterior que, como vimos, se limitaba a la Casa Piñán y a los clérigos. 

Un 8’5% era también en el período anterior el porcentaje de casas con cualquier objeto de ostentación que podríamos calificar “de lujo”, o sea, jarras y platos de Talavera, salpimenteros o cubiertos de plata. Este mayor consumo aumenta de forma muy ligera a un 12’7% en el siglo XVIII, posiblemente porque hay información de más miembros del estamento clerical. No obstante, en 1709 se documenta un José Díaz, laico, que vivía en una casa con “cocina, sala, bodega y dos caballerizas”, sita en el barrio de Caldevilla, en Oseja, junto al palacio de los Piñán, que se hallaba bien abastecida y en la que existían dos escaños de nogal y de tejo y una cama de madera sin labrar. Este José Díaz poseía también “dos jarras de Talavera, la una ya quebrada” y acababa de construirse un hórreo junto a la casa y el huerto anexo. Pese a conservarse menor cantidad y diversidad de documentos que en el siglo precedente, son diferencias que se localizan con menor esfuerzo en el XVIII, lo que indica un tímido cambio en la manera de vivir y en la mentalidad de algunos hogares sajambriegos durante el 1700. 

En el siglo XVIII aparecen por primera vez en los inventarios de bienes de Sajambre los vasares y armarios en las cocinas para guardar los platos y las vasijas, pero las únicas casas en las que se incluye este mobiliario doméstico vuelven a ser las viviendas de los clérigos. Hasta el siglo XIX no se registran quixiellas o quijiellas para colar la ropa. 

Las cocinas de los sajambriegos siguieron estando impregnadas de humo en el siglo XVIII, lo que, en su lado práctico, servía para curar los productos de la matanza. El escaño continuaba alrededor del llar, con el gran caldero colgando de las llarias o clamiyeras de hierro y con algunas tayuelas para sentarse. En cambio, la cocina baja de la Casa Piñán responde al modelo de las casas señoriales. Seguía siendo la única de chimenea de todo el valle, con varias trébedes de distinto tamaño para colocar las ollas, con vasares, platos de madera y vajilla de loza, cubertería de plata, copas de vidrio, almireces de bronce o cacillos; con la matanza curándose en dependencias distintas a la cocina y con el horno para amasar fuera de dicho espacio, en una estancia independiente. Estas cocinas libres de humo no llegaron a las restantes casas sajambriegas hasta bien entrado el siglo XIX y, en algunos casos, hasta principios del XX. 

Entre los nuevos objetos que se encuentran ahora en las mesas más acomodadas, que – insisto – siguen siendo las de los clérigos y los Piñán de Cueto Luengo, se encuentran los potes de tabaco y las chocolateras, tan características del siglo XVIII. Habrá que esperar al año 1856 para encontrar una chocolatera en casa de Víctor Acevedo, vecino de Oseja. 

La otra cara de esta misma moneda es la pobreza, que seguía estando bastante extendida. Por ejemplo, en 1721 el bien más preciado del mobiliario y enseres domésticos que tenía Juan de Granda, vecino de Vierdes, era un escaño destartalado.

CONCLUSIONES 

La principal conclusión que se extrae de esta documentación es que la memoria que llegó al siglo XX como creencia de lo que fue la vida tradicional en Sajambre, en lo que respecta al contenido de las casas de morada, no es anterior al siglo XIX y, para muchos casos, más bien la segunda mitad de dicho siglo. 

Esta realidad es absolutamente paralela a lo que se ha estudiado en Asturias. Lo que se “cree o creyó recordar” como vida popular no sobrepasa el 1800 o 1850 y lo que se considera propio de las casas tradicionales no es anterior a esa misma época.  

domingo, 13 de abril de 2025

COCINAS DE POBRES, COCINAS DE RICOS EN SAJAMBRE DURANTE LOS SIGLOS XVII Y XVIII (1): CONSUMO, CONFORT Y URBANIDAD EN UNA COMUNIDAD RURAL DE MONTAÑA

En las tierras montañosas de toda la Cordillera Cántabrica y, con ellas, en la comarca geográfica (que no administrativa) de Picos de Europa, la cocina fue hasta hace muy poco el espacio principal de las casas.  La vida transcurría en ella. Allí se comía, se dormía, se charlaba, se preparaban los alimentos, se amasaba o, simplemente, se pasaba el tiempo al calor del llar. Muchas viviendas solo tenían una cocina y un cuarto para dormir, porque en siglos pasados no existieron algunos fenómenos modernos, como el consumismo o el confort.  Estaban acostumbrados a vivir con un traje para el invierno y otro para el verano, con los aperos y utensilios justos para desempeñar las tareas agrícolas, ganaderas y comerciales, y con el mobiliario doméstico más austero que facilitara algún lugar para sentarse, otro para dormir y otro para calentarse y cocinar. No hacía falta nada más para la existencia humana. La casa era, en esencia, poco más que un lugar que protegía de las inclemencias. 

No existía el concepto de decoración, ni conciencia o necesidad alguna de tener que adornar la vivienda. Solo se poseía lo que se necesitaba. 

No había intimidad porque, a menudo, los miembros de una familia dormían juntos y las casas carecían de la compartimentación del espacio a la que estamos acostumbrados en la actualidad. Además, el espacio se compartía con los animales, al quedar la cuadra en los bajos de las viviendas, muy cerca de los lugares de habitación humana. 

No existía el concepto de confort. 

No había WC ni cuartos de baño. Los excrementos humanos terminaban en la cuadra o en el corral y el aseo se hacía con una jofaina, si se hacía. La mayoría de los cuartos de baño de las casas de Sajambre empezaron a construirse en los años 70 y 80 del siglo XX. Esto no solo sucedió en el concejo de Sajambre, sino que fue tónica predominante en el medio rural español, y en algunos casos también urbano, hasta bien avanzado el siglo XX. 

Las casas carecieron de agua corriente hasta la Edad Contemporánea. A por agua se iba a las fuentes públicas con cántaros y herradas, salvo que existiera algún pozo en el corral. En los documentos sajambriegos de los siglos XVII y XVIII, solo se documenta un pozo en el corral de la casona que poseyó en Ribota el cura párroco, Toribio Díaz Prieto, a comienzos del siglo XVIII. Normalmente eran las mujeres las encargadas de ir a por agua a la fuente en los pueblos de España. Pero en las ciudades existía el oficio de aguador, que se encargaba de recoger agua, transportarla en burros y repartirla por calles y plazas. 

Las viviendas eran, en general, lugares insalubres y mal ventilados para combatir los rigores climatológicos. Los únicos vanos en las fachadas eran la puerta de entrada y algún ventanuco en la cocina o en el cuarto. Sin cristales, porque el vidrio no llegó a todos los bolsillos hasta su fabricación industrial en el siglo XIX. Solo los edificios nobles, como las iglesias, y algún palacio podían tener vidrios o vidrieras. Los demás tapaban las ventanas en invierno con pieles, cortinas, pergamino o se cerraban con contraventanas de madera. Por esto, el interior de las casas era también un espacio muy mal iluminado. La iluminación artificial era a base de velas, con palmatorias y candiles como mucho (candelabros en las casas ricas); hasta finales del siglo XVIII no existieron lámparas de gas en las ciudades; y la electricidad llegó a Sajambre en el siglo XX gracias al indiano, Félix de Martino. La multiplicidad de huecos o su tamaño en las fachadas de las viviendas fue indicativo de un nivel social más elevado o de un cierto enriquecimiento de sus dueños. En Sajambre, las ganancias de la arriería y de la carretería permitieron la construcción de algunas casas (pocas) con elementos nobles, como ventanas o puertas en arco de medio punto. 

Los interiores de las casas eran lugares insanos porque las cocinas eran de humo, con el llar como centro. Algunas llegaron al siglo XX. Al no haber chimenea, el humo impregnaba techos y paredes, ennegrecidos por ello. El humo se aprovechaba para curar los productos de la matanza. No se tenía ni idea de lo extremadamente dañino que es el humo y los ahumados para la salud humana.  Las cocinas de chimenea se utilizaron en la Edad Media. Los manuscritos medievales están plagados de miniaturas que las representan. Pero el mundo rural del norte cantábrico siguió prefiriendo las cocinas de humo durante toda la Edad Moderna. Fueron mayoritarias hasta el siglo XIX, no solo en Sajambre, y en muchos pueblos llegaron algunas hasta el siglo XX. 

No existía demasiada preocupación por la limpieza doméstica. No aparecen útiles para estos quehaceres en los inventarios de bienes y hasta el siglo XIX no se inventó la escoba. Hasta que no empezaron a abrirse comercios de proximidad en el siglo XX, los sajambriegos fabricaban escobas rústicas con ramas silvestres. Las migas y restos de comida por los suelos seguramente eran engullidos por las pitas y algún gato o perro. Cuando en los inventarios de bienes se procede a la descripción del estronco de casa, es decir, el contenido de las viviendas, aparecen siempre las gallinas dentro de las casas de morada. Nunca se habla de gallineros, normalmente se describen junto a los objetos que había en las cocinas. Por cierto, solo en 2 casos de 153 documentos consultados aparecen perros y gatos, en concreto, 1 gato y 1 mastín. Es decir, estos animales no poseyeron valor material para los sajambriegos de los siglos XVII y XVIII. Seguramente, el gato se valoraba solo como cazador de ratones y el mastín por su desempeño con el ganado. 

La higiene no tuvo ningún interés para aquellas sociedades porque no se conocía el fundamento biológico de la enfermedad. Las ciudades estaban algo más avanzadas en esto que el medio rual, pero hasta el siglo XVIII no se iniciaron las preocupaciones políticas por el higienismo. Fueron los ilustrados los que lo difundieron en España, aunque con razonamientos todavía alejados de las causas científicas de las patologías. Por ejemplo, se achacaba a los malos olores la razón de muchos contagios. Este fue el principal motivo que llevó a Carlos III a obligar a construir los cementerios fuera del casco urbano de ciudades y pueblos, porque la costumbre de enterrar a los muertos bajo el suelo de las iglesias hacía la estancia en ellas a menudo insoportable. Las disposiciones carolinas se cumplieron de forma irregular en el medio rural. Oseja es una de las poblaciones cuyo cementerio está todavía dentro de la población y, además, en el mismo centro urbano. 

Como se sabe, la primera vacuna (viruela) no existió hasta finales del siglo XVIII y los microorganismos causantes de enfermedades infecciosas no se descubrieron hasta el XIX. A principios del XX todavía había médicos en España que no creían en los microbios, lo que hoy son los virus y bacterias, y escribieron libros negando su existencia. Es decir, en el Sajambre de los siglos XVII y XVIII no se sabía por qué se producían los andancios, de ahí que no se preocuparan demasiado por el hacinamiento, por la higiene, ni tomaran precaución alguna en el contacto continuo con los animales. 

Otra cosa distinta son los objetos de distinción social que poseyeron las clases altas, que les proporcionaban comodidad y refinamiento. En la Edad Media, un noble no solo pertenecía a los grupos privilegiados de la sociedad, sino que también tenía que parecerlo. Es decir, debía vestirse y vivir acorde con su estatus. Eso era lo que se entendía como “decencia” y ese es el origen de la expresión “nobleza obliga”. Esta mentalidad tuvo continuidad en la sociedad estamental del Antiguo Régimen. De manera que, en las casas de los más acomodados de Sajambre, encontraremos objetos de ostentación y, con ellos, un incipiente consumo de lo que, en aquel ambiente, se entendió como objetos de lujo. Pero, aunque el 80% de la sociedad sajambriega perteneciera a la baja nobleza (la hidalguía) y no existiera en la tierra nobleza titulada, ni el lujo, ni el confort afectó a todos. Al contrario, la mayoría fueron pobres o muy pobres, tanto que, a pesar de ser hidalgos, trabajaban con sus manos para sobrevivir. Como ya manifesté en otros artículos, al hilo de otros temas, en el siglo XVII solo destacaron los Piñán y los curas. Es a partir de 1696 cuando empieza a observarse una pequeña diversificación en los objetos de uso cotidiano de algunas casas, con un incipiente interés por novedades, por piezas suntuarias o por ciertos utensilios y mobiliario que demuestran un cambio de mentalidad. 

Por último, el menaje de cocina informa también sobre las convenciones de urbanidad en la mesa, o la ausencia de ellas. Veremos cómo en esto también existió una importante diferenciación entre las casas de los ricos y las casas de los pobres. Por ejemplo, durante todo el siglo XVII los únicos cubiertos que aparecen en la mayoría de los inventarios son la cuchara de hierro, que era el cucharón que se usaba en el caldero, y la esplena para las sartenes. La sopa se bebía directamente de la escudilla y el resto se comía con las manos, ayudándose de alguna rebanada de pan. La mayoría de los sajambriegos no tenía mesas en las cocinas, a veces solo un escaño y casi nunca manteles. Las servilletas eran un lujo que solo poseían los ricos. Tampoco se documentan vasos, ni tazas, ni jarras en la mayor parte de los hogares del siglo XVII. Se bebía con la escudilla o, en su caso, con la bota de vino. 

Un problema importante de estas fuentes documentales es la inexistencia de objetos domésticos relacionados con la cocina en muchos inventarios masculinos. Esto se debe a que muchos utensilios fueron bienes privativos que la mujer aportaba al matrimonio en su ajuar y cuya propiedad conservaba hasta su muerte. Ese ajuar es el “carro de trastes” o “carro de ajuares” que se menciona en algunos documentos.  Así, en el ajuar que recibió la hermana de Gonzalo Piñán de Cueto Luengo cuando se casó con Juan Díez en 1653 se hallaba lo siguiente: dos pares de manteles, una caldera de cobre, una cuchar, una esplena, un asador, dos hoces de pan, una cuchilla para la masera, un cazo de cobre, un cedazo, una peñera y un maniego con dos docenas de platos y escudillas de madera, además de ropa de cama, vestidos de su cuerpo, una azada y 50 ducados de arras. Esta información procede de un memorial anexo porque lo habitual, en las cartas de dote, es que solo se incluyan las cantidades monetarias, tierras, prados y ganados y se aluda genéricamente al “carro de ajuares”, pero sin enumerar su contenido. 

El mobiliario y los complementos domésticos de los hogares sajambriegos del 1600 y del 1700 aparecen retratados en los documentos de la época con los siguientes términos: trastes, ajuares, bastigas, alhajas y, en general, estronco de casa. En el período más antiguo, que aquí comprende los años 1600 a 1695, solo encontramos dos tipos de casas: pobres y ricas, sin situaciones intermedias. Eso sí, dentro de la pobreza, había individuos mejor y peor abastecidos. El siglo XVIII fue distinto, en él se encuentra una mayor variedad de situaciones. 

Por último, he de decir que he utilizado un total de 153 documentos conservados, compuestos por inventarios post mortem (la mayoría) y algunos de otro tipo, en los que se enumeran mobiliario y utensilios de cocina. De esos 153 documentos, solo encontré información útil en 89 (42 del siglo XVII y 47 del XVIII). Vamos a centrarnos primero en el siglo XVII para apreciar, después, los cambios que se observan en el XVIII.  Tales cambios se empiezan a detectar en Sajambre a mediados de la última década del 1600, por lo que he establecido la frontera cronológica en el año 1695. 


SIGLO XVII (1600-1695). COCINAS Y MESAS DE LA GENERALIDAD DE LA POBLACIÓN DEL VALLE


Todas las cocinas de Sajambre fueron de humo en el 1600, excepto la única de chimenea que tuvo el palacio Piñán. La mayoría se componían del llar y sobre él un caldero que, en esta época, era de hierro. Incluso en las casas de los ricos, donde también había calderos de cobre, no falta el grande de hierro. Este caldero, en el que se cocinaba, colgaba de las cadenas del llar. Por eso, tales cadenas aparecen justo antes o justo después de los calderos de hierro en los inventarios sajambriegos. En algunas viviendas había calderos más pequeños u ollas que se colocaban sobre la trébede para cocinar. 

Las cadenas de hierro para el caldero aparecen en esta época con las siguientes denominaciones: pregancias (1600), clamiyeras (1652), “unas clamiyeras de yerro con sus garfios y travesías” (1677) y llarias (1662, 1669, 1677), incluso se registran “unas medias llarias” (1699). 

En la cocina tradicional solía haber un banco de madera corrido en forma de U, a menudo pegado a la pared, con o sin brazos, que, a veces, tenía una mesa abatible. Es lo que hoy se conoce como escaño. No obstante, en el pasado un escaño también fue un banco de madera corrido sin mesa, o un banco de madera con brazos para dos o más personas con o sin respaldo y con o sin mesa, o un simple banco para sentarse en la cocina. La primera vez que se documenta un escaño en Sajambre es en 1675, sin especificar de qué tipo, en casa de Juan de la Puente, de Ribota. Estaba en su cocina porque se incluye entre otros artilugios domésticos propios de dicha estancia. En 1677 se registra “una mesa vieja y un escaño desarmado” en casa de Victorio Alonso, de Oseja. 

No hay más mobiliario en las cocinas del siglo XVII, aunque en ellas, o en algunas de ellas, debía haber alguna mesa, como la que estaba desarmada en la vivienda de Victorio Alonso, pero no se especifica su función. No aparecen maseras en el siglo XVII en las casas pobres, tampoco vasares o armarios de ningún tipo. Por su parte, se entendía que el horno formaba parte de la arquitectura de la cocina. Solo se menciona cuando se encontraba fuera de dicho espacio.   

Entre los recipientes para almacenar, transportar u otros útiles que aparecen en las cocinas se encuentran: calderos pequeños, “una olla de traer agua” que tenía en 1675 María Martín, vecina de Oseja y viuda de Juan de Acevedo; alguna herrada (1661) para lo mismo y cántaras para agua o vino; pellejos y botas de vino; artesas para echar manteca (1675), peñeras y cedazos para cribar la harina, pesas y toda suerte de cestería.  

Dejo para el final el menaje de cocina y la cubertería.  Son escasas las “ollas gitanas”, es decir, metálicas y más frecuentes las sartenes (era masculino en Sajambre: el sartén) y los cazos. El sartén era siempre de hierro y los cazos podían ser de hierro o de cobre. No se registran trébedes, pero tenía que haberlas para poder colocar las sartenes y ollas sobre la lumbre o sobre las brasas. Tradicionalmente, una trébede era un armazón de hierro con tres pies que servía de soporte a cazuelas y sartenes. Con el tiempo y por extensión, la encimera de las cocinas modernas se llamó (y se llama) “trébede” en Sajambre. 

Abundan también les cuchares, con el plural siempre en asturiano. El singular es “la cuchar” y el plural, “cuchares” o “cuyares”. La cuchar siempre era de hierro y se relaciona con el caldero. En la mayoría de las casas solo había una cuchar, por lo que claramente se usaba en el caldero. No aparecen otras cucharas que estas, ni siquiera de madera. Este hecho indica que no usaban la cuchara para ingerir alimentos. Teniendo en cuenta que todos eran artesanos de la madera y que fabricar cucharas para comer no debía resultarles demasiado oneroso, esta total ausencia indica una falta de costumbre. Para lo que hoy hacemos con las cucharas, se servían ellos de las escudillas o del pan. 

Hay también esplenas y algo que no faltaba en ninguna casa: platos y escudillas de madera. Su número variaba según los casos. Veamos. 

Lo más frecuente era que la gente tuviera una docena de platos y escudillas. Es lo que más se repite en los inventarios. Siempre de madera, así se especificaba, y si se daba el caso de que fueran de otro material, el notario dejaba constancia porque su valor era más elevado. En el siglo XVII nos encontramos con algunos que superaban la media: como los Piñán (lo veremos enseguida), o como la docena y media de platos y escudillas de Juan González (Soto, 1659) o 14 escudillas y 4 platos (Catalina Díez, Ribota, 1665) y otros que se quedaban por debajo, como “media docena de platos y escudillas” (Inés Amigo, viuda, Pío, 1667; y Victorio Alonso y su mujer, Oseja, 1677); 4 platos y 4 escudillas (María Martín, viuda, Oseja, 1675); 7 escudillas y 1 plato (María Redondo, soltera, Pío, 1677) o solo 3 escudillas (María de la Puente, viuda, Pío, 1675). 

En dos casos de 1659 y 1675 aparece un “asador”, es decir, una barra puntiaguda de hierro que servía para remover la lumbre y que se usaba también en el tallado de la madera. 

Nadie comía sobre manteles en la mayor parte de las casas sajambriegas antes de 1696. No usaban servilletas. No conocían el tenedor. No aparecen los cuchillos, aunque debían tener instrumentos cortantes para trabajar la madera y trocear los alimentos, aparte de puñales, que debían ser “multiuso” como armas defensivas u ofensivas, para el trabajo en general, para la matanza y para otras circunstancias. En el siglo XVII, ese instrumento ya pudo ser una navaja, porque los cuchillos abatibles se habían inventado precisamente en España a finales del siglo XVI. Al menos, uno de los hijos del primer Tomás Díaz de la Caneja, llamado Pedro, tenía una navaja en 1670, con la que asesinó a su primo, Toribio Díaz, a causa de una disputa por una partida de naipes el día de Nochevieja.  

La conclusión es que la mayor parte de los sajambriegos del siglo XVII comía con las manos en los escaños o bancos de las cocinas, sin mantel, ni refinamiento de ningún tipo, sin comodidad y sin higiene. 


SIGLO XVII (1600-1695). COCINAS Y MESAS DE LOS RICOS 

Para documentar este período entre la clase alta de la sociedad sajambriega solo hay documentos relativos a los Piñán de Cueto Luengo, que son suficientemente expresivos. Debe pensarse que el arcediano, Pedro Díaz, no vivía en Sajambre y que, cuando su madre estaba en Oseja, se hospedaba en casa de los Piñán o, es de suponer, que con alguna de sus hijas. Los principales documentos de la línea principal de los Piñán son el inventario de bienes de Marcos Piñán, el de su hermano, el cura de Oseja y Soto y comisario de la Inquisición, Domingo Piñán, en su casa palacio de Oseja, el ajuar de una de sus sobrinas y una serie de testimonios resultantes de la actividad notarial o judicial con información útil. 

Antes de 1636 se ponían manteles para comer en la residencia que Marcos Piñán tenía en El Casar, de Soto, una “morada con cocina, bodega de amasar y cuatro aposentos dormitorios”. Estos cuatro aposentos marcan una diferencia importante con las casas de todos sus vecinos en la primera mitad del siglo XVII, en las que solo había un aposento y, a menudo, ni siquiera eso. Marcos Piñán tenía una buena posición económica, con numerosas propiedades en Soto, algunas recibidas por herencia de su padre, el escribano Gonzalo Piñán, quien casó con una Juana González de Coco, que se llamaba igual que la fundadora de la capellanía de la Virgen del Pópulo quien, a su vez, vivió y murió en Madrid, pero que estuvo emparentada con su homónima sin ninguna duda (quizás fueron tía y sobrina), porque dejó al cura Domingo Piñán, hijo de la primera y al que la segunda llamaba su “sobrino”, como primer beneficiario de dicha capellanía. Aparte de las propiedades y rentas heredadas, Marcos Piñán debió haber hecho algo de fortuna vendiendo vino en Asturias. 

En su inventario post mortem del 31 de julio de 1636 figuran “tres mesas de manteles”, aunque en su casa hubiera una cocina tradicional con su llar y su caldero.  Para esa fecha de 1636, su hermano, el clérigo e inquisidor, ya había terminado de construir un palacio rural en Oseja, que fue el único edificio del valle que tuvo una cocina de chimenea en su planta baja. En el piso alto hubo una segunda cocina de humo a uso de la tierra. “Con su cozina alta y vaja”, siguieron repitiendo los documentos familiares durante todo el siglo XVII. 

El comisario Piñán no tuvo nada que se nombrara como ‘escaños’, pero sí “tres bancos de respaldar”, tres taburetes y dos sillas, todo de madera de nogal (1652). Tuvo también, al menos, dos mesas que se cubrían con “manteles alemaniscos, unos pequeños y otros grandes, con quatro serbilletas de la misma tela y otra serbilla (sic) en una pieça, que es decorada a los manteles grandes alemaniscos, de largo todo hermano. Más unos manteles ordinarios de lienço, de cada día, con media doçena de paños del mesmo lienço. Más otros dos paños de manos labrados de ilo leonado y negro, de manos”. Es decir, Domingo Piñán, sus sucesivas barraganas y sus hijos, no comían en la cocina, sino en una dependencia aparte donde había una mesa que a diario se vestía con manteles de lienzo y servilletas del mismo género. Para ocasiones especiales tenía servilletas y manteles bordados de tejidos más nobles y de importación, calificados de “alemaniscos” por su procedencia germana, aunque seguramente se adquirían en los mercados de paños de Segovia o en alguna feria bien abastecida, como la de Medina del Campo. 

La cubertería que poseía el palacio Piñán cuando murió su primer dueño se componía de “doce cuchares de plata y dos tenedores, doce cuchillos en dos caxas”. Los tenedores eran una absoluta novedad en Sajambre y aquí sí vemos cuchillos (no la vulgar navaja que usaba el pueblo llano), de plata y con una clara función en el servicio de mesa. 

La vajilla se componía de las siguientes piezas: “Tres taças de plata y una jarra de plata…. Más un salero de plata y dos de Talabera... Más dos açeiteras de estaño… Más tres doçenas de platos y escudillas de Talabera. Más un pipotillo de echar binagre… Más quatro doçenas de escudillas y platos de madera, ordinario de casa...”. O sea, para uso diario se comía en platos y escudillas de madera, como el resto de los sajambriegos, solo que el comisario tenía cuatro docenas. Para ocasiones más solemnes, sacaba la vajilla buena, que era de loza de Talavera (tres docenas). Todo se acompañaba con complementos de plata y cerámica (jarras, tazas, saleros, aceiteros, etc). 

En las cocinas tenía el siguiente instrumental: “Cinco jarros y pichetes de estaño, de una açunbre y media y de puchera… Más una olla de estaño oro pelada que haçe una puchera… Más dos almireçes con sus manos... Más tres ollas de metal i hierro que llaman jitanas. Más quatro calderos y una caldera de cobre, y los calderos de hierro. Más dos caços de cobre y una tarta y una caçuela todo de cobre... Más nuebe queros de traer bino que llaman pellexos… Más tres badillos y dos caballetes de asar carne y dos tiellas y un sartén y dos cuyares de fierro... Más tres herradas de traer agua... Más dos pares de clamiyeras de casa. Más dos xarros de açunbre de madera”. En el ajuar de 1653 aparece “una masera”, que veremos proliferar en las casas del valle durante el siglo XVIII. En concreto, “una cuchilla para la masera”. Por cierto, en la casa Piñán, aparte de las cocinas, había “un aposento donde se amasa el pan para dicha casa”, o sea, el horno estaba en un espacio independiente de las cocinas.

En los inventarios de los Piñán de esta época no se especifica el material de los almireces o morteros, quizás por eso no eran de bronce. La olla de estaño dorada quizás fuera un objeto de ostentación para servir los guisos en la mesa. Los badillos tenían una función similar a los asadores, la de remover las ascuas en el horno. 

                                                                                   * 

En resumen, los Piñán de Cueto Luengo no solo tenían en el siglo XVII la casa de mayores dimensiones de todo el concejo, considerada palacio en la Real Chancillería de Valladolid, y una capilla señorial de bóveda enfrente de la casona, sino que el interior era acorde con el estatus de sus dueños, hidalgos notorios de solar conocido. Pero otros muchos sajambriegos que también fueron hidalgos notorios por nacimiento nunca llegaron a igualar en fortuna a los Piñán, porque estos últimos fueron enriqueciéndose de distintas maneras a lo largo de varias generaciones, destacando ya en el siglo XVI cuando vivían en Soto.  Lo cierto es que, en el XVII, estaban a años luz del resto de los sajambriegos. Ahora bien, esto es válido para el pequeño marco de la sociedad rural sajambriega de aquella época y, si acaso, para alguno de los concejos circundantes con perfiles socioeconómicos parecidos, porque la fortuna de los Piñán habría sido irrisoria para los más ricos de ciudades como Oviedo o León y no digamos en la corte de Madrid. Por tanto, todo ha de relativizarse y entenderse en su contexto.

Al mismo tiempo, cuando cualquiera entraba en la casa del comisario del Santo Oficio, Domingo Piñán, contemplaba una sucesión de objetos de ostentación en cada estancia, porque no solo poseyó lo que aquí se ha descrito, sino también cortinajes, cuadros con óleos en las paredes, candelabros, espejos, bargueños, escritorios o una nutrida biblioteca. Y la cuestión es que sus paisanos frecuentaban el palacio, bien porque trabajaban como sirvientes, o porque trataban allí asuntos de iglesia o de negocios (más de medio concejo de Sajambre tenía ganado en aparcería con Domingo Piñán), o porque acudían a pagar las rentas (más de medio pueblo de Soto vivía en casas alquiladas a Domingo Piñán, tantos otros de todos los pueblos llevaban prados suyos y muchos tenían prestámos hipotecarios con él), o porque iban de visita, pues el cura se molestaba si cuando nacían sus hijos, no acudían sus feligreses a su casa para darle la enhorabuena. Que un cura post tridentino tuviera hijos era un escándalo al estar penado en los cánones del concilio. Pero Domingo Piñán tuvo varios hijos. Porque podía. Y nunca le pasó nada, a pesar de haber sido denunciado. También se construyó un palacio al llegar a Oseja en 1621. Porque podía. Y una capilla funeraria cuya advocación era la de su nombre: Santo Domingo. Porque podía y la había pagado él y así perduraría su recuerdo por los siglos de los siglos.  Todavía existe en la actual iglesia de Oseja la capilla de Santo Domingo. Empezamos a entender cómo los objetos de lujo relacionados con el refinamiento y el confort que disfrutó Domingo Piñán, frente a la modesta forma de vida de los restantes sajambriegos (incluidos los otros hidalgos notorios), adquiría un significado simbólico (de prestigio y poder) en las mentes de sus convecinos. 

domingo, 1 de septiembre de 2024

LAS BOLERAS SAJAMBRIEGAS ANTES DE 1830

 

Índice: 1. Un poco de historia previa. 2. Boleras de Sajambre en los documentos anteriores a 1830.  


 1. Un poco de historia previa 


El juego de bolos o de birlos, como era conocido en el pasado (así en el Brocense), hunde sus raíces en la noche de los tiempos. Artefactos encontrados en el Neolítico hacen creer en la existencia de prácticas de puntería y precisión que serían los antecedentes más remotos de este entretenimiento, con variedades que se multiplicaron sin interrupción desde el antiguo Egipto hasta tiempos recientes en todas las culturas del Mediterráneo, primero, y de la Europa germánica después, y cuyo denominador común consistía en derribar objetos a distancia lanzando bolas, que primero fueron de piedra y más tarde de madera. 

Claudine Bouzonnet-Stella y Jacques Stella, Les quilles (1667). 
Fuente: Metropolitan Museum of Art.

En España, de oeste a este y de norte a sur, existieron distintas modalidades de juego como muestran las fuentes históricas y etnográficas; y lo mismo podría decirse de una gran parte del Occidente europeo. A nosotros nos interesa el estilo que se extendió por Asturias y norte de León y que, desgraciadamente, ha dejado poco rastro en la documentación antigua. De ahí que cuando aparece alguna evidencia, resulte más valiosa. Sin embargo, aunque sus huellas escritas sean exiguas, no son inexistentes. En las fuentes judiciales puede hallarse algún que otro testimonio y, como se verá en la segunda parte de este artículo, también en otro tipo de registros históricos. 

Las variedades del juego en León y en Asturias son consideradas de origen céltico y prerromano por algunos o configuradas a lo largo de la Edad Media por otros. Aquellos que niegan su existencia en el siglo XIII basándose en su ausencia en el Libro de los juegos de Alfonso X, copiado en Sevilla en el año 1283, se equivocan en su juicio porque esta obra se dedicó a lo que podríamos calificar, grosso modo, como juegos de mesa y naturalmente los bolos quedan al margen del objeto preferente del tratado alfonsí, que el rey identificó propiamente como libros del açedrex e tablas e dados, que solían jugarse sentados. No obstante, en el prólogo se mencionan otros juegos a caballo y a pie, en ambos casos de forma sucinta y genérica como se puede comprobar: "E los otros que se fazen de pie son assí como esgremir, luchar, correr, saltar, echar piedra o dardo, ferir la pellota e otros iuegos de muchas naturas en que usan los omnes los miembros por que sean por ello más rezios e reciban alegría" (f. 1r del original escurialense).  Ese "echar piedra o dardo" es una referencia genérica a todos los juegos del siglo XIII en los que se tiraban o lanzaban piedras, pues está claro que los  dardos se lanzan a distancia, y recordemos que, en los birlos, las bolas fueron de piedra durante mucho tiempo y todavía en la Edad Media. No hay duda, por tanto, que el juego de bolos quedó incluído de manera genérica en dicha expresión. 

Las menciones documentales del siglo XIV sobre birlos en otras latitudes peninsulares insisten en su práctica en la Edad Media hispana. A partir del XVI se prodigan las alusiones tanto en documentos, como en fuentes literarias, lo que ha hecho afirmar a algunos autores que es entonces cuando se difunde verdaderamente en España el juego de bolos o birlos (1).  Sin embargo, yo me pregunto hasta qué punto esta percepción no será falsa porque con anterioridad a 1500 las fuentes escritas son numéricamente muy inferiores a las conservadas con posterioridad al siglo XVI. Por eso, al aumentar el número y la variedad de fuentes escritas en la alta Edad Moderna, aumenta también el número de hallazgos documentales sobre el juego de bolos. Esto me parece significativo y debiera hacernos relativizar las afirmaciones negativas que se han formulado sobre la Edad Media para nuestro país.   

En esta primera parte de mi artículo voy a referirme a los tres casos más antiguos que conocemos en lo que fue el territorio del antiguo Reino de León que corresponden, en este caso, a Asturias y a la provincia de León, si bien mucho más tarde, ya a finales del siglo XVIII hay algún otro caso en tierras salmantinas. El primer testimonio histórico es ovetense, data del año 1495 y ha sido ampliamente repetido desde que se diera a conocer. El segundo es leonés, ha permanecido inédito hasta el momento y está fechado en el año 1549. El tercero también es inédito, vuelve a ser asturiano y está datado en el año 1554. Como se ve, los tres son muy cercanos cronológica y geográficamente. Ninguno de ellos informa sobre modalidades técnicas concretas que puedan distinguirse en la actualidad, pero sí sobre su existencia y difusión, sobre costumbres relacionadas con el juego o su ubicación en el espacio urbano y sobre aspectos sociales y hasta económicos de dicho entretenimiento. 

1495, Oviedo. Se ha transmitido en una querella interpuesta por Alonso de Quintanilla, contador mayor de los Reyes Católicos, contra Nuño Bernaldo el 17 de julio de 1495 por un agravio acaecido durante una partida de bolos que se había jugado en el campo de San Francisco. La noticia fue dada a conocer por Uría Ríu en 1949 y completada en el año 2000 por Ruiz Alonso (2).  El ultraje que terminó ante la justicia se describe en el documento: "Estando un día del mes de abrill  deste anno de nouenta e çinco en las octavas de Pascua, estando en el campo de San Françisco, que es fuera de la çibdad de Oviedo, que es çerca del monesterio de Santa Clara, mirando cómo Nunno Bernaldo... jugando a los byrlos que dixo el dicho Nunno Bernaldo que avía meado por las armas de Alonso de Quintanilla" (3). En este testimonio consta que apostaban vino y cabritos en las partidas, y se observa algo que sigue constatándose en la documentación posterior: jugaban juntos nobles y plebeyos.   

1549, Ponferrada. Una cincuentena de años después del conocido documento ovetense, en 1549 sucedió otro altercado que terminó en pleito criminal cuando “un día domingo, que se contaran doze días del mes de mayo del dicho año, estando ellos jugando los bolos en cuerpo y sin espadas algunas, en el camino real quanto ha de Las Heras de la dicha villa para La Cruz, extramuros della...” (4). Como en el caso anterior, la partida se juega fuera de las murallas de la ciudad, pero a juzgar por lo sucedido, dicho emplazamiento no debía quedar muy lejos del convento de San Agustín. La única puerta que queda en pie de lo que fue la muralla medieval de Ponferrada se conoce hoy como el Arco de las Heras, tras el cual se encuentra la plaza del Ayuntamiento, lugar en el que se localizaba antiguamente el convento de San Agustín. Así que uno de los lugares donde los ponferradinos del siglo XVI jugaban a los bolos debía estar bastante cerca de dicha puerta.  

Lo que sucedió fue lo siguiente. Tras personarse en la partida Cristóbal de León, su criado Pedro Doria y otros vecinos, todos armados, algunos jugadores les increparon diciéndoles que “qué avían de hazer armados de diversas armas, espadas, broqueles y cascos e piedras e cotas de malla”. La reacción de los aludidos consistió en agredir a Pedro Arias, cuando este estaba “andando en el exerziçio del dicho juego, avaxándose a tomar un bolo, el dicho Antonio Hernández, haziendo lo que le avía mandado el dicho Christóval de León, le tirara con una gran pedrada, con la qual le diera en las espaldas alevosamente”. Tras la pedrada llegaron los golpes y cuchilladas con las espadas: “e una le açertara en las espaldas de que le ronpiera cuero e carne e le avía salido mucha sangre”. El documento narra cómo el tal Pedro Arias se salvó de una muerte segura gracias a la concurrencia de gente que asistía a la partida, lo que le permitió huir y refugiarse en el convento de San Agustín. 

Como dijimos, al igual que en el caso ovetense de 1495, la partida se celebraba extramuros y había en ella una gran cantidad de gente, es decir, era un juego al gusto de la población y con amplia difusión social, lo que indica tradición. Como en 1495, entre jugadores y asistentes se entremezclaban los diferentes estamentos sociales, motivo de conflictos en uno y en otro caso.   

1554, Colloto (Oviedo). Poco después de aquella infausta partida en Ponferrada se documenta otra en Santa Eulalia de Colloto, en Oviedo, donde vemos cómo los habitantes del lugar jugaban en este caso junto a las tabernas, apostaban y eran los taberneros los que guardaban los bolos.

La información procede de otro pleito, ahora contra Juan de Cimadevilla, vecino de Oviedo, por ruidos y alborotos en su taberna a causa de los que jugaban a las cartas y a los bolos y por permitir apuestas “a dos reales de fruta y vino”. Es muy interesante desde una perspectiva económica el descargo de culpas que se argumenta sobre las cantidades apostadas. Se acusa también a María de Mercado porque “siendo la tavernera pública, en su casa avía dado naypes y bolos para jugar”. Al formularse la primera acusación se especifica que “avía en frequençia juego de naypes e volos e otros géneros de juegos e visto el daño e ayuntamiento de gentes e gastos e ruydos que suçedían por los taverneros de naypes e birlos y avía estado dentro de la taverna de Juan de Cimadevilla, en anocheciendo, mucha gente jugando a los naypes e junto a la casa, otros a los volos...” (5). 

Según la acusación, ambos contravenían una real provisión sobre los juegos en las tabernas y además estaban amancebados. De esto último se defienden argumentando falsedad y mala intención porque Juan de Cimadevilla tenía más de 60 años y María de Mercado más de 75. Seguramente y como era habitual en la época, María de Mercado sería viuda y habría heredado de su marido la taberna local.

La real provisión que se menciona debió ser una de las muchas órdenes destinadas a evitar los alborotos y pendencias que este tipo de reuniones sociales traían consigo, especialmente el juego de cartas. Ya vimos hace tiempo en este mismo blog cómo en la Nochevieja de 1670, a causa de una partida de naipes en Oseja, un hijo de Tomás Díaz de la Caneja, llamado Pedro, había dado muerte a navajazos a su primo, Toribio Díaz, quien lo perdonó in articulo mortis, siendo desterrado del concejo el matador. Los casos anteriores de 1495 y 1549 son ejemplo de las disputas y problemas que podía acarrear una partida de bolos. Pero a diferencia de ellos, ahora observamos la ubicación de las boleras en el interior de la población y en la proximidad de las tabernas. La concurrencia seguía siendo nutrida. 

Aunque esta actividad lúdica no haya quedado suficientemente reflejada en los documentos del pasado, es obvio que siguió practicándose sin interrupción y en abundancia en Asturias y en León, por lo que Jovellanos aludió a su práctica en varios de sus escritos, como en la Memoria para el arreglo de la policía de los espectáculos y diversiones públicas y sobre su origen en España, de 1790, y dejó escrito que en la mayoría de los pueblos y lugares de Asturias hay siempre una bolera que es el sitio en donde se reúnen y juegan los vecinos”. Esto también es válido para Sajambre. 


2. Boleras de Sajambre en los documentos anteriores a 1830


Otra manera de documentar el juego de bolos consiste en rastrear pacientemente las delimitaciones de propiedades en contratos, transacciones y negocios diversos transmitidos en la documentación  notarial porque, de existir, las boleras podían utilizarse como referentes espaciales.  Utilizo como fuente para esta segunda parte la documentación notarial sajambriega de los escribanos públicos Gonzalo y Agustín Piñán de Cueto Luengo, José Díaz de Caldevilla y Juan Bautista Piñán. 

Lo lógico sería pensar que todos o la gran mayoría de los pueblos de Sajambre tuvieron boleras en la Edad Moderna y, desde luego, en la época de Jovellanos. Incluso en el siglo XIX y principios del XX se jugaba a los bolos en las majadas de todos los valles de Picos de Europa, práctica que sospecho más antigua. No obstante, en los documentos sajambriegos conservados de los siglos XVI, XVII, XVIII e inicios del XIX solo he encontrado boleras en Oseja y en Vierdes.    

1675, 1703, Oseja (barrio de Las Cortes). En el barrio de Las Cortes quedó el topónimo Huerta de la Bolera porque en dicho lugar se situó una de las boleras de la localidad, que se documenta en 1675. Esto no quiere decir que no pudiera ser anterior. En realidad, debió serlo. Lo que quiere decir es que en tal fecha aparece por primera vez en un registro escrito.   

Ahora bien, en ninguno de los documentos anteriores a 1830 aparece el topónimo Huerta de la Bolera tal y como existe en la actualidad. Lo que aparece es una casa o un hórreo que lindan con la bolera, con el camino de la bolera, etc. Es decir, la bolera del barrio de Las Cortes se usa como referente espacial para situar propiedades. Esto significa que dicha bolera estaba en uso.  

La noticia de 1675 procede del inventario de bienes de María de Cabrero, viuda de Pedro Díez de Viya, efectuado el 10 de septiembre. En él se dice que su casa de morada se situaba en el barrio de Las Cortes junto a los hórreos de Juan y José Bermejo, junto a la casa de los Acevedo y junto “al camino de la bolera”.  

Este camino de la bolera debía ser el mismo que conducía a los molinos de Carunde desde dicho barrio, ya que así aparece varias veces (1693, 1703, 1705, 1706) en documentos relativos a la casa más antigua de los Acevedo. La casa familiar de los Acevedo Villarroel (espero dedicarles un artículo en otra ocasión, sobre todo a los que salieron de Sajambre) o casa vieja se dividió en 1693 en cuatro partes: una pertenecía a Pedro de Acevedo y sus herederos, la segunda era de Gregorio de Acevedo y sus herederos, la tercera de María de Acevedo y de su marido, José Alonso, y la cuarta correspondió a Ana de Acevedo y a su marido, Agustín de Vega. Todo lindaba con la bolera y “con los caminos que van a los molinos de Carunde por bajo y por arriba”.   

Por esta razón, en el testamento de Pedro de Acevedo fechado en 1703 se identifica su vivienda como “la media casa de la bolera que se compone de caballeriça y pajar, bodega y portal que se partió con Juan Bermejo, y dicha casa y bodega es la parte de abajo y linda con casa y bodega de Roque Bermejo y con el camino real que ba a los molinos de Carunde”.   

En consecuencia, en el siglo XVII la bolera del barrio de Las Cortes y del adyacente barrio del Valleyo, que eran entonces, como saben bien los lectores de este blog, los emplazamientos más poblados de la villa, se situaba en medio del caserío y al borde de un camino. No era la vía principal de acceso a la localidad o camino real, como en el caso de Ponferrada, pero esta es una coincidencia que se observa en varios de los casos más antiguos.  

1812, Vierdes.  En un documento de cargo y data relativo a la actividad de Pedro Simón, vecino de Vierdes, durante la tutela de sus sobrinos menores de edad, escriturado el 2 de diciembre de 1812, en plena guerra contra los franceses, se incluyó “la huerta de la volera sita en este lugar, cerrada sobre sí, palmiento como dos carros y medio de abono, tasada en seiszientos y cinquenta reales”.  

Aquí “la bolera” vuelve a ser un referente espacial porque se escribe con minúscula, cuando a lo largo de todo el documento el escribano pone mayúsculas en los topónimos. No debe extrañar a nadie que hubiera huertas en medio de las aldeas, ya que la unidad de poblamiento sajambriego fue la de casa-hórreo-huerta, estando la última a menudo junto a las casas o en su parte trasera. Todavía quedan viviendas con esta disposición en el centro de las poblaciones del valle.  

Este Pedro pertenecía a la única familia apellidada Simón que existió en Vierdes en el siglo XIX, por lo que, si todavía quedan personas llamadas así con este origen, serán sus descendientes o de su hermano difunto, Matías Simón, ya que un tercer hermano, de nombre Toribio, se hallaba entonces prisionero en Francia al haber sido apresado en el sitio de Astorga (tendría que dedicar otro artículo a los héroes sajambriegos que fueron enviados a defender la ciudad de Astorga de los franceses). Pedro tuvo por hijos a Joaquín, Modesto e Isidoro. 

Nada más indica el documento sobre la bolera de Vierdes, pero posiblemente fue la misma que la que hoy existe en el centro de la localidad.  

1827, Oseja (barrio de Caldevilla). En la actualidad, la única bolera de Oseja se localiza en el barrio de Caldevilla, junto a la cabecera de la iglesia parroquial por un lado y frente a la Casa Piñán por otro, en lo alto del muro de contención que se construyó al edificarse la iglesia a mediados del siglo XIX, siendo inaugurada en el año 1855.  

En esta imagen de Google Maps se ve el muro de contención que rodea la iglesia de Oseja. 
Los árboles de la derecha ocultan la bolera actual. 

No sabemos con exactitud cuánto tiempo le llevó al obispo de Oviedo, Ignacio Díaz-Caneja y Sosa, construir la actual iglesia parroquial de Oseja y remodelar todo su entorno, aunque estoy convencida de que todo el proceso se podría detallar rastreando los planos y los documentos que deben conservarse, probablemente, en Oviedo. Si partimos de la creencia popular de que don Ignacio acometió la obra cuando ya era obispo, para lo que fue nombrado en 1848, habría que considerar que la nueva fábrica de la iglesia, el pórtico, el cementerio, el cercado del recinto y los muros de contención del perímetro por los lados del cementerio, de la bolera, del camino y de La Cortina debieron hacerse en esos siete años como marco cronológico general. En cambio, la noticia de una bolera en el barrio de Caldevilla es anterior a esa obra, en concreto de 1827, por lo que antes de los trabajos efectuados en la iglesia y en sus aledaños ya existía una bolera en Caldevilla. Pero, ¿dónde estaría entonces esa bolera? 

En el inventario de bienes de José Rodríguez se describe una de sus propiedades de la siguiente forma: “En la casa de avitación de el padre del difunto, donde al presente vive su hermano, Santiago Rodríguez, en el barrio de Caldevilla, a la parte que de ella pertenece a la volera y hacia la de don Juan Piñán, tiene este difunto 80 reales de vellón”.  Esta bolera es, de nuevo, un referente espacial para identificar la parte de una casa orientada hacia dicho lugar. También es un referente espacial la “casa de don Juan Piñán”, que corresponde a la casa palacio de los Piñán de Cueto Luengo. Por tanto, la propiedad de los Rodríguez se encontraba en Caldevilla, cerca de la Casa Piñán y cerca de una bolera que estaba en uso. Por exigencias del juego, el lugar tenía que ser forzosamente llano y despejado, y sabemos que entre la iglesia y la Casa Piñán pasaba el camino real que procedía del Puerto de Pontón y que al lado del palacio de los Piñán había más caserío, con hórreos y con huertas. ¿Dónde se ubicaría exactamente aquella antigua bolera? 

En la documentación conservada de la Edad Moderna no se mencionan accidentes geográficos en el entorno de la iglesia, aunque relacionado con ello debe estar el “allizaze petrinia” del documento que delimita el coto del “monasterio” altomedieval de Santa María de Oselia. Un alizace es una hoya, foso o barranca y el epíteto petrinia especifica su carácter rocoso. Antes de la remodelación del siglo XIX existió una depresión o corte natural en el terreno, con roca o pared de piedra, que más tarde se aseguró con muros de contención, bajo la cual debió construirse el templo primitivo de Santa María de Oseya. Lo que está claro es que el actual muro de contención, sobre el que está la bolera, es del siglo XIX y que lo que hoy es el pórtico que rodea toda la iglesia fue aplanado y cercado en la misma época. También son de ese tiempo los restantes lienzos de muro, casi siempre de contención. De manera que la fisonomía del terreno antes de 1848 debió ser similar a la actual, con la iglesia situada en un nivel más bajo que el del resto del caserío de Caldevilla y en un lugar rodeado, al menos en tres de sus lados, por tajos rocosos naturales, en cuyo centro se edificó la iglesia prerrománica y en 1621-1636 la capilla funeraria de Santo Domingo.  Entre dicho emplazamiento y el caserío documentado discurría el tramo del camino real que bajaba del Puerto de Pontón. Así que la antigua bolera de Caldevilla de 1827 debió ubicarse a un lado de aquel camino, si no en el mismo lugar en el que hoy se halla, no muy lejos de allí. Lo que no sé es si la construcción de la carretera actual a finales del siglo XIX le afectó de algún modo y si entre los cultivadores sajambriegos del juego tradicional de los bolos se ha transmitido algún tipo de memoria al respecto. 

La mucha población que tuvo Sajambre con anterioridad a mediados del siglo XX y Oseja en particular, explican la existencia de dos boleras en momentos concretos, sobre todo considerando la distancia que existe entre los barrios de Caldevilla y de Las Cortes. Los dos eran también lugares muy poblados, junto con el barrio de Quintana, del que no se tiene noticia de bolera propia.  

 

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NOTAS

(1) J. G. Ruiz Alonso, Estudio de los bolos en Asturias: aspectos histórico-culturales, modalidades, elementos y materiales de juego. Tesis doctoral, Universidad de Granada, 2000, pp. 53-58.

(2) J. G. Ruiz Alonso, Estudio de los bolos en Asturias, pp. 66-67. 

(3) Archivo General de Simancas, Cámara de Castilla, núm. 10. 

(4) Archivo de la Real Chancillería de Valladolid, Reg. Ejecutorias, 707, 13, ff. 1r-2v.

(5) Archivo de la Real Chancillería de Valladolid, Reg. Ejecutorias, 823, 21, ff. 1r-3r.