miércoles, 4 de enero de 2012

EL GANADO MENUDO EN SAJAMBRE DURANTE LOS SIGLOS XVII Y XVIII (1): generalidades.

El número de cabezas de ganado menudo en poder de los vecinos de Sajambre entre 1600 y 1725 es irregular, aunque se aprecia una gradación relacionada con el status. Algunas familias que no poseían vacas o bueyes eran propietarios de cinco o seis cabras y ovejas. En cambio, otros que eran dueños de varias cabezas vacunas no poseían ovicápridos.  Al igual que con el vacuno, con el ganado menudo también se hacían comuñas. En estos casos, las dos partes son siempre las mismas: un rico y un pobre, sin variaciones intermedias.

En varias ocasiones no se registra la posesión de ningún animal en los inventarios, ni siquiera de un cerdo. Esta situación coincide con niveles de gran pobreza, en donde se vive en una cocina o se comparte un reducido espacio de habitación con otras familias, lo que equivale a haciendas formadas por un poco de huerto, un poco de linar, algún pedazo de tierra y, en el mejor de los casos, unos o dos pequeños prados.  

El nivel más generalizado es el que posee menos de diez cabras y ovejas en total, incluyendo las crías, y entre uno y cuatro cerdos, asimismo incluyendo las crías.

El siguiente escalafón lo ocupan los que poseen entre 12 y 24 animales entre ovejas, cabras y cerdos.  Son pocos casos y, generalmente, concentrados en linajes hidalgos de Oseja o Soto. 

Y por último, encontramos a los más ricos que poseen más de 20 y de 30 cabezas de ganado menudo, que suelen sumarse a un número no despreciable de ganado vacuno y/o caballar. Según los documentos conservados quienes se hallaban en este nivel fueron los Piñán de Cueto Luengo en todo el periodo estudiado, Juan Díaz de la Caneja (bisabuelo de Ignacio y Joaquín) en 1711 y los curas del valle en todos los siglos analizados. Pondremos dos ejemplos: el de Juan Díaz de la Caneja y el de Pedro González, natural de Oseja y cura de dicha parroquia.

A su muerte en 1711, Juan Díaz de la Caneja era dueño de “diez y nuebe obejas paridas con diez y nuebe crías, henbras y machos, más onçe corderos y corderas del año pasado y que en todo son treynta obejas de ganado lanar sin las crías deste año. Yten dos cabras con sus crías y dos chibatos del año passado. Yten más dos zerdos de un año, la una henbra y el otro macho”.

Pedro González, cura de Oseja y Soto, poseía en ese mismo año de 1711 “otras comuñas de ganado menudo, una en Los Beyos con Juan de Cassar, vecino de Canisquesso. Otra comuña con Jossephe Piñán, vecino deste dicho lugar (Oseja). Y el ganado que conpone estas comuñas no lo saben. Remítense asimismo a dicho libro de caja. Yten ynventariaron diez y siete corderos y un cabrito. Yten ynventariaron quatro tozinos que al presente están en sal, con más media baca”. 

Ninguna de estas posesiones constituye verdadera riqueza, pero en medio de aquella penuria general cualquier diferencia cuantitativa era una importante diferencia.

Junto a cabras y ovejas, el cerdo fue fundamental en la dieta campesina tradicional del norte cantábrico, aunque su carne nunca llegara a cubrir el consumo anual de una familia: “María si vas al hórreo / de tocino corta poco”, que dice un cantar asturiano.  Además, hay que tener en cuenta que desde la Edad Media, los animales domésticos (como las vacas o el cerdo) eran de tamaño mucho más pequeño que en la actualidad. En los inventarios de bienes sajambriegos, de vez en cuando aparece algún tocino en los inventarios de bienes, más numerosos cuanto mejor sea la posición social del inventariado y, en particular, el mayor número de tocinos se registra siempre en las casas rectorales, como los 14 tocinos que tenía el cura Pablo Díaz de la Caneja a su muerte en 1662. 

El tocino, que se comía y con el que se cocinaba, podía escasear en las cocinas campesinas pero nunca faltaba en las despensas clericales, aunque encontremos algún caso de más livianos avituallamientos, como los del cura de Oseja, Francisco Rodríguez Reyero, en donde sólo había “dos tozinos y una pieza de zizina” en 1720. En cambio, los chorizos, longanizas, lomos, costillas o cualquier otra parte comestible de la anatomía porcina están totalmente ausentes de los inventarios de bienes sajambriegos, en los que sólo aparecen marranos vivos o tocinos. 

Una de las cosas que más sorprenden en la documentación manejada es el escaso número de aves de corral que se registran entre 1600 y 1725. En la mayoría de las casas no había gallinas ni pollos y grosso modo puede decirse que estas aves aparecen en uno de cada diez o doce inventarios, siempre en número reducido, normalmente dos y rara vez tres o cuatro. Se entenderá que para tan poques pites no existieran gallineros y éstas compartieran el espacio con los humanos.

En los inventarios post mortem, la enumeración de las propiedades se clasifican en varios bloques. El primero está dedicado a casas, hórreos, huertos y huertas. El segundo está dedicado a las tierras. El tercero a los prados. El cuarto a los bienes muebles. Y el quinto a lo que se denomina bajo distintos nombres como estronco de casa, trastes, ajuares y alhajas, que incluye el mobiliario, los enseres domésticos, la ropa de cama y de vestir, las herramientas y los aperos de labranza.

Pues bien, el gallo, las gallinas y los pollos nunca se enumeran entre los bienes muebles con las vacas, las caballerías, las cabras, las ovejas, los cerdos e, incluso, las abejas, porque forman parte de las alhajas, los trastos y el tronco de casa y, además, acostumbran a aparecer en la cocina, entre calderos y sartenes (“yten un caldero de yerro ya viejo. Yten dos gallinas. Yten un cedazo y un sartén”, 1709)  o en el portal, entre arcas y herramientas (“yten un arca de nogal. Yten una cama de ropa a uso de la tierra. Yten dos gallinas. Yten una açuela vieja”, 1721).   

Naturalmente, las gallinas compartían el espacio con los humanos y no con los animales grandes que se guardaban en los establos. En este caso, los inventarios de bienes no asignan a las gallinas la categoría jurídica de bienes muebles, como propiamente son, y al no hacerlo nos hablan de los lugares más habituales por los que se movían las aves de corral en el entorno doméstico.