Además de un medio de transporte básico, las caballerías también se utilizaron en Sajambre para el transporte de mercancías y para el comercio con los animales mismos. Ya el Catastro del Marqués de la Ensenada de 1752 informaba que el almagre que los sajambriegos llevaban de un lado a otro ocupaba a 109 “tratantes de almagre con carros y caballos, los 40 con dichos carros a 60 reales cada uno y 69 con caballos a 10 reales", los mismos que contiene la respuesta n. 32 de idéntico documento: “y de la misma conformidad sesenta y nuebe tratan con rozines y a cada uno regularon de utilidad annual diez reales”.
En la toponimia de Oseja queda evidencia de lo que fue una de las principales actividades económicas de los sajambriegos en la Edad Moderna (el Camino de los Rocinos) y los documentos notariales del 1.600 atestiguan que el comercio de (y con) rocines tuvo en Sajambre una envergadura mayor que la que transmite el Catastro de 1752. Pero en este caso, no vamos a hablar de las actividades comerciales de los sajambriegos más que de refilón, porque el interés reside ahora en los animales en sí mismos, en sus tipos, sus características, sus procedencias y, sólo a título indicativo, sus usos. Las actividades económicas de los sajambriegos en el 1.600 (que estuvieron más diversificadas de lo que siempre se ha dicho) es un capítulo que desarrollo en la versión impresa de la Historia de Sajambre.
En los protocolos notariales del siglo XVII y primera mitad del siglo XVIII encontramos diferentes términos para referirse a los caballos que están relacionadas con sus razas, sus calidades, edad, condición, el color de su capa, su función y rara vez su género, pues la yegua apenas se nombra y las potrancas nunca aparecen.
En primer lugar encontramos las voces genéricas de caballo o caballería sin especificar ningún otro dato, a no ser el de su función: “no tiene oficio ninguno si no es trabajar su hacienda y tratar con sus caballerías para el sustento de su familia y suyo”, declara José González de Bulnes tras ser acusado de pastar sus caballerías en los prados del valle de Yanarrio (cárcel de Oseja, 1705); “yten inbentariaron dos caballerias con sus aparejos para pan y bino’’ (Soto, 1699); “una caballería para Campos” (Oseja, 1699); “yten quatro caballos aparejados para pan y vino” (Oseja, 1711); “una caballería de albarda aparejada para pan y vino” (Oseja, 1715); pongueto denunciado por acusar falsamente a un vecino de Pío de “desherrar los caballos en la maxada de los Escobales” (Pío, 1698); etc.
Genérico es también el uso del término potro, alguna vez descrito por el color de su pelo: “yten dos potros de un año el uno tordo y el otro castano oscuro” (Oseja, 1720). Lo curioso es que los potros sólo aparecen en las casas ricas, especialmente en las de los clérigos, por lo que cabe pensar que fueran crías de caballos y no de rocines.
Genérico es también el uso del término potro, alguna vez descrito por el color de su pelo: “yten dos potros de un año el uno tordo y el otro castano oscuro” (Oseja, 1720). Lo curioso es que los potros sólo aparecen en las casas ricas, especialmente en las de los clérigos, por lo que cabe pensar que fueran crías de caballos y no de rocines.
El presbítero Pablo Díaz de la Caneja, hermano del escribano público Tomás Díaz de Oseja, dejó al morir en 1662 siete potros, uno que había prometido a uno de sus hermanos y los otros seis andaban fiados a vecinos de Oseja, Soto y Ribota, valorándose entre los 10 y los 16 ducados de vellón. Entre sus bienes se registra también “un caballo con silla y freno a medio traer”. Y el cura de Oseja y Soto, natural del valle llamado Pedro González, dejó a su muerte en 1711 “dos potros cerriles, una silla de montar con su gualdrapa de felpa de tripa, un freno nuevo con su bocado y otro freno en la misma forma”. Es decir, potros sin domar y los arreos apropiados para la montura de la clase privilegiada del Antiguo Régimen que fue el clero, que debía cabalgar como correspondía a su honra y como además exigía la ley.
En los documentos parece detectarse una contraposición entre los rocines y lo que se denomina “caballerías mayores”, que a veces van acompañadas del epíteto “buenas”: “más tres caballerías mayores, buenas, de requa, con sus aparejos para pan y bino bien arreados” (Oseja, 1709); “el año pasado de mil septecientos y catorze había vendido a Pedro Alonso Tielve una caballería mayor en razón de ducientos reales” (Oseja, 1715). Es posible que la expresión se refiera a caballos de mayor alzada y algunos serían también de mayor valor, aunque entonces como ahora existían precios diversos según condiciones, ya que los 200 reales (19 ducados aproximadamente) que costó la caballería mayor de 1715 resulta inferior valor a los 22 ducados que costó un rocín en Cangas de Onís en 1711.
Se sitúan detrás, en categoría, los caballos de menor talla y calidad que reciben las designaciones de cuartago y rocín, alguna vez con la flexión despectiva de rocinejo: “yten ynventariaron un rozinexo, ya de diez años, con el hato que tenía, que se vendió en doçe ducados para ansimismo ir cunpliendo la funeral de la difunta” (1669); “un quartago aparejado para pan y vino” (1720); “...los quales le deve de un rocín que le conpró con sus tachas malas y buenas a uso de feria...”(1667); “y digo que Pedro de Redondo, vecino de Pio, siendo tal juez me enbargó de su autoridad, sin caussa ni razón, siete rozinos cargados de almagre” (1659); “yten inbentariaron dos rocines de carga, hatados para pan y vino” (1675); “un rocín con su hato salvo los queros” (1669); “un rocín aparejado para pan” (1662); “yten ynventariaron un rocín sin hato, más que una albarda viexa y su cincha y mantilla” (1675); etc, etc, etc.
Tanto una palabra como la otra (rocín y cuartago) son voces utilizadísimas en los siglos XVI, XVII y XVIII, presentes de manera muy abundante tanto en los documentos, como en la literatura de la Edad Moderna, antes y después de Cervantes y en toda la geografía peninsular.
En ocasiones, cuartago y rocín se emplean como sinónimos, como hace en 1605 Jerónimo de Pasamonte en su “Vida y trabajos”(1). En cambio, en otros casos parece existir una jerarquía social en el uso de los animales, pues en la literatura y en las crónicas vemos a reyes, príncipes y nobles cabalgando en cuartagos enjaezados, mientras que los rocines ocupan escalafones mucho más bajos, como puede verse en este pasaje de Cristóbal Suárez de Figueroa escrito en 1617: “Sábese de cierto señor que se ocupaba en hacer caballos de potros, y tal vez tuvo suerte de vender en mil escudos el que apenas le había costado cincuenta. Al contrario, otros los descrían, desmedran y deslucen, haciéndolos, de lozanos y bellos, rocines vilísimos”(2). El rocín es, por tanto, un animal vil, o sea, villano, vulgar, rústico. Por cierto, el cuartago que se documenta en Sajambre en 1720 había pertenecido al cura, Francisco Rodríguez Reyero.
Pocas veces se menciona el color de los rocines, a veces castaños y en alguna ocasión blanco: “por razón de un rocín... que le conpró el dicho Domingo Martín al dicho Sebastián Fernández Harnero, color blanco, todas sus tachas y retachas encubiertas y descubiertas, malas y buenas conforme costunbre y estilo de los mercados” (1665). La última frase es una fórmula diplomática que, con pocas variantes, se repite en los documentos de compraventa de animales y esclavos. Una de esas variantes, también muy difundida, la encontramos en otros documentos sajambriegos: “con todas sus tachas encubiertas y descubiertas, buenas y malas, a uso de feria, como nueces en costal y castañas en talego”.
La mayoría de los rocines de Sajambre procedían de Asturias y también algunos caballos comprados allí por vecinos acomodados. Se adquirían en ferias y a particulares, aunque el negocio era de ida y vuelta, pues en ocasiones también los asturianos compraban o alquilaban rocines a los sajambriegos. Pondré sólo un par de ejemplos para no extenderme más: en 1642 un vecino de Ribadesella vende a un vecino de Oseja un rocín de siete años por 30 ducados; y en 1665 un vecino de Viboli (Ponga), llamado Pedro de Llamas, compra un rocín a un sajambriego por 9 ducados de vellón.
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NOTAS
(1) Ed. José María de Cossío, 1956.
(2) “El pasajero”, en Relato extenso, novela y otras formas similares, ed. Mª Isabel López Bascuñana, Barcelona, 1988, n. 18.
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