sábado, 29 de octubre de 2011

LOS EXÓTICOS FUNERALES DE CATALINA DÍAZ (1669)

En el mes de abril de 1669 moría en Ribota Catalina Díaz, madre de Gonzalo Piñán de Cueto Luengo, escribano público del concejo de Sajambre y fundador del Mayorazgo Piñán. Catalina había nacido en Oseja y se había casado dos veces, la primera con Marcos Piñán y la segunda con Juan Fernández de Ribota.  De su primer matrimonio nacieron Gonzalo, Pedro, Juana e Isabel Piñán de Cueto Luengo. 

Su hijo mayor se hizo cargo de las exequias de su madre y guardó entre los papeles de su escribanía una anotación con los gastos de los funerales, en donde nos enteramos de lo que se comió y se bebió en aquellos dos días.  

Memorial del costo de los ofiçios de mi madre es el que se sigue:
El día del entierro se dio de caridad tres cántaras de vino y dos que se gastaron al ofiçio son çinco, más otras dos el segundo ofiçio haçen siete. Cobraron por ellas Lupercio y Juan Fernández (cuñados de la difunta) ciento y doze reales.
E puesto de mi casa un queso de quatro libras, a dos reales, son ocho. Dos libras de manteca, seis reales.
Tres pescadas çivales y una mielga, diez y ocho reales. 
Un mero que pesó nueve libras, veinte reales.
Pagué de la limosna de los ofiçios y entierro, de siete clérigos, en dos días, veinte y ocho reales y medio y media libra de cera en seis reales.
Más dos reales de una açumbre de vino que gasté la noche que venimos de Ribota, que vino el cura de Osexa a haçer oración a mi cassa.
Más açumbre y media de vino del día que se autoriçó el testamento, que vino el juez a comer a mi cassa, con tres reales.

¡Qué exotismo! ¡Una mielga!

Seguramente, los pequeños tiburones llamados mielgas (Squalus acanthias) debían ser en aquella época mucho más abundantes que en la actualidad, por ser como es una especie habitual de las costas españolas y estar como estaba en 1669 más barata que el mero. Pero ¡en Sajambre! No contento con esto, Gonzalo Piñán invitó a un mero de cuatro kilos y medio aproximadamente y a tres “pescadas civales”, o mejor “cibales”, es decir, comestibles.  Todo regado con abundante vino, manteca y un queso de dos kilos. 

Al fin y al cabo, ésta era una forma como otra cualquiera de hacer perdurar en el recuerdo de las gentes los funerales de Catalina Díaz (“¡aquel día que comimos mielga!”). 

Mi pregunta es: ¿quién se comió la mielga, el mero y las pescadas? ¿La familia, los siete curas y el juez? ¿O los pobres sajambriegos que acudieron a los oficios fúnebres de Catalina Díaz?

4 comentarios:

ESPERANZA dijo...

Buena pregunta!!! A lo mejor era pura pose y el pueblo sajambriego lo vio pasar delante de sus narices pero no lo cató.

¡Caray con los funerales de Doña Catalina!

Un abrazo

Elena E. Rodríguez Díaz dijo...

Para mí que los únicos que cataron algo fuera de la casa Piñán fueron los gatos de Oseja. Un abrazo y buenas noches.

Lourdes Vega dijo...

Lo mismo digo yo...pero dice en el escrito que se dió de caridad...tres cántaras de vino...sería que no lo cobraron, algo es algo...

Elena E. Rodríguez Díaz dijo...

Lo que llegó a los asistentes a la misa de difuntos debió ser el vino, como era costumbre, pero tanto pescado debió quedar en casa para los de casa y los más principales. Además, siete curas era mucho cura a comer. Con perdón. De las raspas, se harían cargo los gatos del pueblo. Parece lógico.