domingo, 18 de septiembre de 2011

LOS SAJAMBRIEGOS Y LOS TERCIOS (y 4): las deserciones.

Un problema importante de las milicias y de los reclutamientos forzosos eran las deserciones. El número de soldados desertores solía ser muy elevado, en ocasiones el 30, el 40 o más del 40%. Las razones eran variadas y fácilmente comprensibles en el caso de los hombres que acudían forzados al campo de batalla. Muchas veces los soldados apenas podían mantenerse debido al retraso en la recepción de las pagas, a la comida escasa o inexistente, a las heridas atroces en aquella época de la medicina precientífica que desconocía la existencia de los gérmenes, lo que provocaba un elevado número de muertes y, en caso de sobrevivir, unas curas horripilantes sin anestesia, cauterizando con hierros candentes, amputando, rajando, cosiendo..., y siendo conscientes de que en muchos casos las heridas condicionarían la existencia posterior, incapacitando para el trabajo en el campo y convirtiendo al veterano en un huésped forzado de la beneficencia o de los bajos fondos.      

En los documentos del Archivo de la Casa Piñán encontramos muchos casos de los siglos XVII y XVIII de soldados desertores que abandonaban el ejército con la mayoritaria intención de regresar a sus hogares. He seleccionado tres ejemplos, uno de 1661, otro de 1705 y otro de 1707.

El 23 de junio de 1661 se reúnen las autoridades municipales con el capitán de milicias comisionado para cumplir una doble misión: reclutar 6 nuevos soldados para la guerra con Portugal y cubrir la baja de “Pedro Bermexo, soldado fuxetibo que no pudo ser abido”. Para este efecto se procede al habitual sorteo: “el señor juez tomó juramento a Juan de Redondo, de Toribio y Cosme de Azebedo, vecinos de dicho concejo, para que digan y declaren y bean quantos mozos solteros y de lista del estado de los onbres buenos. Y entraron en suertes y lista los seguientes: Pedro Barales, hijo de Perén, Pedro de Azebedo, hijo de dicho Cosme de Azebedo, Torivio Martínez Pasos, Pedro Collado, Pedro Redondo, hijo de Torivio Redondo, los quales dichos mozos son solteros, libres por casar... Y salió en suerte por soldado Torivio Martínez Pasos, hijo de Juan Martinez Pasos, el qual fue sorteado por Pedro Bermexo, soldado fuxetivo, por no poder ser abido” (1).  

Pero he aquí que, al poco de finalizar el sorteo, apareció el desertor para entregarse y, a lo que parece, se le reengancha. De hecho, debido a los grandes problemas para reclutar y al elevado número de deserciones,  en la segunda mitad del siglo XVII no solía haber castigos y las más de las veces los desertores volvían a alistarse. La situación empezó a cambiar a partir de la disolución de los Tercios en 1704. 

Los siguientes casos elegidos como ejemplos se enmarcan en la Guerra de Secesión (1701-1713), en la que Sajambre depende del cuartel de Burón. En 1705, las autoridades buscaban a Juan Simón, soldado que había sido sorteado en 1703 por Valdeón y Sajambre. El 18 de abril de 1705 lo reclama el corregidor de León y diez días después lo vuelve a reclamar el concejo de Valdeón para que “se buelba a conduzir a dicha ciudad por quenta de los dichos concexos”.   

Y el 4 de febrero de 1707, Pedro Gómez, juez del Concejo de Sajambre, dicta orden de detención contra Pedro Andrés, vecino de Ribota y criado de la Casa de la Caneja en Soto, a quien se reclamaba como fugitivo en una orden del Corregidor de León que contenía una lista de soldados desertores. La cuestión fue que Pedro Andrés, refugiado en Soto, consiguió huir gracias a que José Alonso, vecino de Oseja, le avisó. Esta actuación solidaria dio lugar a un conflicto para quien salió en su defensa que puede leerse directamente del relato que el escribano hace por boca de testigos, con la frescura que suele caracterizar tales declaraciones: 

En cunplimiento de una horden del señor Correxidor de la çiudad de León, por carta del señor Don Francisco Ronquillo Breçeño, del Consejo de su Magestad y Presidente en el Real de Castilla para el cunplimiento de ella y de un auto dado por el juez hordinario de billa de Burón, como cabeza de quartel, passé en conpañía de los comisarios nonbrados a prender los soldados que contiene la horden.  

Y yendo del lugar de Ribota, en donde bibe, al de Soto a prender a Pedro Andrés, mozo, soltero y para el manejo de las armas, y abiendo benido a notiçia de Jossephe Alonsso, vecino del lugar de Oseja, de dicho concejo, se adelantó a dar quenta a dicho lugar de Soto para que el sussodicho hiçiesse fuga, como con efecto la hiço. Y topando su merçed con sus comissarios al referido (José Alonso) en la cassa de Doña Francisca de la Caneja, en donde serbía el dicho Pedro Andrés, le reprehendió diberssas bezes, a lo qual se xató el referido diçiendo palabras desentonadas, perjudicando a la real bara de justiçia que administra. 

Y porque queda yndefenssa la real Corona de su magestad, por lo qual y por la buena administraçión de justiçia conviene se haga auto de ofiçio y cabeza de proçeso, y al tenor dél se essaminen los testigos estrumentales / que se hallaren, tomándoles sus dichos y depossiçiones, y dar quenta al señor Corregidor de la çiudad de León, como capitán de guerra, para que se dé el castigo que mereze según la grabedad de su delito y a otros sirba de ejenplo”.     

Ventura Sánchez, de 28 años y vecino de Ribota, declara que yendo con el juez Pedro Gómez y Julián Díaz de La Lastra a prender a Pedro Andrés a Soto, antes de llegar a dicha localidad “encontraron a Josseph Alonso y en su compañía benía Gregorio Díaz. Y diçiendo el señor juez al dicho Josseph Alonsso: ‘Josseph buélbete con nosotros que bamos a una diligençia’. A que respondió el referido: ‘Señor, yo ya soi biejo y estas canas me relieban’. Y biendo la prudençia del referido, dicho señor mandó y dixo: ‘Gregorio Díaz baxa con nosotros’, que dijo el sussodicho: ‘Señor, sí, por çierto, de mui buena gana’. Y entregó el referido un boto de bino que traía para un enfermo al dicho Josseph Alonsso, en consideración que benía para el lugar de Oseja, en donde bibe. 

Y abiendo llegado el testigo con su merced y los demás a la cassa de la dicha Doña Francisca de la Caneja, toparon en ella al dicho Josseph Alonsso y no al dicho Pedro Andrés, de que su merced presumió el que el referido lo ha abisado. Y reprehendiéndole dijo: ‘¿qué quería, señor juez, no topaba por aí abajo más mozos hasta benir a esta casa? Traiba quenta pero no la a lograr como intenta, que yo naçí aquí y era de aquí mi madre’, y otras palabras que el testigo por su prudençia por aora hasta quando sea neçessario las deja”. El juez le multa con 200 ducados y José Alonso se da también a la fuga, pero lo agarran, lo llevan a la cárcel de Oseja, se resiste a entrar “y si los çircustantes que estaban presentes no dieran fabor y ayuda se uyentaba”.  Estando ya dentro de la cárcel, el juez ordena atarlo “con prisiones”, a lo que el bravo José Alonso responde “que nadie se metiesse en eso, que el que llegasse había romperle los sesos”.    

Por su parte, Julián Díaz de La Lastra, de 50 años, declara que habiendo llegado a la casa de Doña Francisca de la Caneja se encontraron con José Alonso en lugar de con Pedro Andrés, teniendo en cuenta que antes de llegar a Soto se habían topado en el camino con dicho José Alonso que, en compañía de Gregorio Díaz, iba en dirección a Oseja, por lo que el señor juez “se admiró de que el susodicho hubiesse buelto pie atrás siendo así que lo tiene por honbre de bien” y, después de increparle, “el dicho Josseph Alonsso se dio por sentido y dijo palabras feas y nominiossas” y, tras multarle, “hizo como modo de fuga como con efecto la hiço”, aunque con menos fortuna que Pedro Andrés.   

----------------------
(1) No está del todo claro si este “Pasos” es apellido o mote. 

3 comentarios:

ESPERANZA dijo...

Por lo que cuentas, las deserciones estaban casi justificadas, ¡que tiempos más duros!.

Aprovecho para felicitarte por el nuevo look que le has dado al blog.

Un abrazo,

Elena E. Rodríguez Díaz dijo...

¿Verdad que sí? Pobrecillos, debía ser espantoso para ellos. Se comprenden muy bien sus reacciones.

Hubo otro caso en el que sorteaban los concejos de Sajambre y Santa Marina de Valdeón, y salió en suerte (mala suerte) un quinto de Valdeón. Pues no les dio tiempo ni siquiera a alistarlo, porque no sólo el elegido, sino todos los mozos que estaban presentes de Santa Marina de Valdeón echaron a correr y el prófugo lo fue incluso antes de cumplir con el protocolo de su alistamiento.

Iré cambiando la plantilla así de vez en cuando para no aburrirme.
Un abrazo.

Lourdes Vega dijo...

¡Pobre gente! y José Alonso...se las traía...

Publicar un comentario

Escribe tu comentario aquí