domingo, 11 de enero de 2009

CAPELLANÍAS Y OBRAS PÍAS EN EL ANTIGUO RÉGIMEN

Retomo el artículo de las Fundaciones que hubo en Sajambre con una definición previa de estas instituciones características del Antiguo Régimen. Obras Pías y Capellanías eran fundaciones perpetuas que, según definió algún autor, se encontraban a medio camino "entre la beneficencia y la familiaritas". Es asunto muy estudiado y, por tanto, bien conocido. Cito únicamente una obra clásica de cabecera: Bartolomé Clavero, Mayorazgo. Propiedad feudal en Castilla (1369-1836), Madrid 1974.
La Capellanía consistía en la dotación de una plaza vitalicia de cura (un capellán) que se vinculaba a una ermita o templo ya existente o a una capilla privada con la obligación de cierto número de misas que el capellán se comprometía a realizar por el alma del fundador y, habitualmente, también por su familia. De esta manera, los fundadores aseguraban quién rezase por ellos, requisito imprescindible para acortar las penas del Purgatorio y poder alcanzar la salvación eterna. Para el mantenimiento de la capellanía y manutención del cura, el fundador destinaba una parte de su patrimonio que generara rentas, establecía el tipo de capellanía, las condiciones del disfrute, nombraba al patrono o administrador, designaba al beneficiario y establecía el proceso de sucesión cuando la capellanía quedara vacante.
La Obra Pía era una fundación, generalmente de carácter benéfico, en la que se establecían una serie de servicios piadoso-asistenciales más o menos amplios sobre una base patrimonial, fijando también las condiciones, los beneficiarios y el funcionamiento.
Los bienes que se destinaban a tales instituciones formaban un todo indivisible que pasaba a formar parte del patrimonio de la Iglesia como propiedades vinculadas, por lo que, en la mayor parte de los casos, no se podían enajenar sin el permiso de las autoridades eclesiásticas. Capellanías y Obras Pías existían en las ciudades, pero sobre todo se prodigaban en los ambientes rurales, más desatendidos y necesitados que la población urbana de la época.
Bajo estas fundaciones benéfico-asistenciales se camuflaban, en realidad, estrategias socioeconómicas mucho más terrenales que espirituales y mucho más interesadas que altruistas. Veamos por qué.
1º.- En uno y en otro caso, los beneficiarios solían ser los familiares del fundador, con lo que este tipo de instituciones proporcionaban medios de vida a los allegados sin que las propiedades y sus rentas (al ser bienes eclesiásticos) estuvieran sometidas a carga alguna, libres de impuestos, diríamos hoy.
Recuérdese, por ejemplo, la capellanía fundada en Soto por Juana González de Coco que debía estar ocupada por su sobrino, Domingo Piñán y tras la muerte de éste, por algún miembro de su familia. Sólo en su defecto, podrían beneficiarse los vecinos de Soto.
2º.- La vinculación del patrimonio que permitían las capellanías y obras pías era un recurso útil para los que no poseían mayorazgos, ya que mediante estas instituciones se adquirían unas rentas fijas que facilitaban el camino hacia el ennoblecimiento.
Hemos de aclarar que la sociedad de los siglos XVI, XVII y XVIII era una sociedad estamental pero no cerrada, ya que existían medios para ascender en la escala social. El mayor afán del pueblo llano era convertirse en noble y el empeño del hidalgo era entrar en la nobleza de título. Los honores militares y la carrera eclesiástica eran dos medios para conseguir la promoción social, pero incluso para alcanzar cargos en la Iglesia era necesario haber poseído previamente otros beneficios (de ahí la enconada lucha del Arcediano por el curato de Oseja). Una tercera vía para entrar a formar parte del estamento nobiliario era el enriquecimiento (tras muchas de las "probanzas de nobleza" del siglo XVIII se encontraba, de hecho, una compra de las mismas). La fundación de mayorazgos perseguía este fin, como hacia idéntico lugar se encaminaban también las capellanías y obras pías. La razón: tales instituciones convertían a sus beneficiarios en rentistas.
3º.- Estas fundaciones servían como un instrumento de prestigio social y un medio de ostentación, en especial en el lugar del nacimiento del promotor, que era a donde estaban adscritas la mayor parte de estas instituciones. Del fundador se conservaba el recuerdo por "su generosidad" y los herederos y familiares se beneficiaban -también- de tales reconocimientos, adquiriendo preeminencia social. Una reminiscencia de esta función que estoy describiendo ha perdurado hasta el día de hoy, pues todavía se intentan forzar los árboles genealógicos para hacerse descendiente de un arcediano, de un obispo o de un ministro.
Podrá comprenderse ahora la extraordinaria difusión que tuvieron estas fundaciones "piadosas" durante el Antiguo Régimen. Pese a todo, las que lograron alcanzar sufuciente prestigio y fueron útiles a la sociedad adquirieron consideración como entidades de interés público y fueron integradas en las actuaciones sociales del Estado Liberal del siglo XIX. En otros casos, como le sucedió a las Obras Pías del Arcediano y del Obispo Díaz-Caneja, desaparecieron con la Desamortización.
En Sajambre existieron varias obras pías y capellanías, que de seguro irán aumentando según vayamos conociendo nuevos documentos. Como el fenómeno era general y Sajambre no fue ninguna excepción, nos encontramos con situaciones muy similares en los concejos vecinos.

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